REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Letras, libros y revistas

La letra escarlata


Roberto López Moreno

X (Equis), quien en cualquier descuido podría cubrir patronímicamente el diccionario íntegro (son los tiempos que son, que es el tiempo), falleció de agudo e intransigente vulvibácter que le marcó sin inflexiones la pena moral y su muy visible deterioro físico… y prefirió la muerte, una muerte que bien pudo haber sido conjurada con un oportuno tratamiento antibiótico. El miedo a la intransigencia de las mayorías mata. No es de hoy ni del 1600, no es del 1850, cuando se escribió la novela La letra escarlata, no es por las vaporizaciones de estas puntuales tropicalerías ni por las incomodidades climáticas de lo muy al norte perviviente. Es, en veracidad suprema, un fantasma que por las encrucijadas de todas las geografías los seres en comunidad se reparten para la flagelación.
Los prejuicios de las religiones antisexuales son el abono más eficaz para esto. La voz ventajosa de las mayorías, alevosa y perversa que, sabiéndose el cuerpo de los más, se ovilla hipócritamente en los crespones de lo que decidieron como el bien y desde ahí, su pluralidad descarga el odio contenido contra la singularidad, la persigue, la cerca, la atormenta, voltea hacia ella la culpa para disimular las propias, método efectivo comprobado una y muchas veces a lo largo de la historia de la humanidad.
La mayoría tiene la razón, la minoría con su presencia solitaria plantea el debate irresoluble y muestra las entrañas de la libertad del uno aplastada por el reglamento de los muchos. El marco duro e inflexible desde la geometría que en su exactitud no late, sólo demuestra, es impuesto contra el pulso, dueño de los caminos, mismos que no le permiten transitar porque la libertad envenenaría a los coludidos con la ley, la que se crea para armonizar y se convierte en imposición y asesinato.
¿Cuántas veces hemos sido llevados al centro de la plaza por fuerza de la multitud justiciera? ¿Cuántas veces la mayoría nos ha elevado hasta la dignidad pavorosa del patíbulo y nos ha hecho pagar nuestra soledad frente a la rabia conglomerada? ¿Cuántas veces nos hemos tenido que rehacer de horca o guillotina por haber pretendido sernos leales? Las mayorías mandan y sus fanatismos, en lo moral, en lo religioso, en lo político, firman la sentencia. Luego la ejecutan. Y hay que volver a nacer para repetir el episodio. Para ello hemos contado con todo el tiempo del mundo.
¿Qué sufre más, la mente o la carne? La mente es atormentada con la conciencia del delito cometido, la hacen creer en él, padece, se angustia; a veces acepta ante el natural de todos, y a veces sufre más todavía al rebelarse frente a la vesania enceguecida que clama por el crimen como venganza porque criminal califica el agravio que dice que se le ha cometido. La mente se inclina hacia su reducto intimísimo de libertad y sufre profundamente ante la sordera y la ceguera de la ira masiva.
Para los inclinados hacia la carne creemos que ésta es la que más sufre, porque además de conllevar los efectos de las mismas prohibiciones, su promoción angustiante y represora, soporta directamente, como adversa suma, el dolor de la agresión física, la conflagración en la piel, la hendidura en el cuello, la horadación del proyectil, el filo de la rata en la mazmorra, el escupitajo que quema.
Pero la carne sufre desde antes, desde que se convierte en el objeto de la prohibición. Algo tan vital, tan principal, tan sustancia en la vida humana; se le carga de amarras, de vergüenzas, de cadenas (mentales y reales) porque se le identifica con el diablo, esto en el horno propio de las religiones contemporáneas. Se le identifica con el diablo quizá porque se piense torcidamente que la libertad de la carne lleva finalmente a la libertad del hombre. ¡Sexo!, grita el diablo. Y la mayoría somos pobres diablos hipócritas, que queremos… pero nos persignamos para tener las manos ocupadas.
Entonces las cavidades húmedas se clausuran a sí mismas, los volúmenes expandidos se disimulan y a veces hasta se les flagela por el intento de romper los moldes de lo que ya impuso lo sagrado; los deseos se domeñan a bozal y rienda firme y crece la palabra pecado como valladar primero, cuyo abatimiento, si lo hay en colmo de desacato, se pagará primero y después con el martirio de la carne y después y primero también con el martirio del alma. No hay salvación posible, las buenas conciencias, las buenas costumbres, los buenos modales impondrán finalmente la salvación de la carne y la del alma.
¿Así fueron los primeros pasos del puritanismo de aquellos casi legendarios colonizadores de la Nueva Inglaterra?, ¿los primeros pasos del “hombre civilizado” en el norte de nuestro continente? Hombres de fanatismo bien calzado -de lo que existen fehacientes testimonios- nos hacen pensar en aquellas imágenes que la intolerancia debe haber diseñado para los que no comulgaran con la cerrazón de la alpabardada mayoría que imponía sus creencias, y sus leyes morales y sociales a partir de esas creencias.
Inauguro mi relación a partir de la letra W.
Con la letra W, en español, se inicia la palabra wuichita, el nombre de un grupo étnico que habitaba las extensiones nortecontinentales y que nada sabían del puritanismo que un día iba a cruzar el océano para avasallarlos. También desde el español se puede componer la expresión washigntoniano, para designar a los originarios de la ciudad que representa la unión de los estados que se formaron después de cruzado el Atlántico. Con la letra W, en inglés, se puede decir wacky, para denominar lo absurdo. También se puede decir weeping, para referirnos al llanto. Ahora, la W se va a convertir en nuestro eje.
Cuando llegaron los puritanos a las costas atlánticas americanas el fanatismo instauró lo absurdo y el llanto, wacky and weeping. Una de las primeras ciudades fundadas fue la de Salem y aquí no entrarán a participar en el texto asuntos fílmicos, ni escenográficos, sino hechos reales, que fueron dentro de los marcos históricos. Una de las grandes fechorías de la sociedad puritana fue su cacería de brujas llevada a cabo después de los juicios de Massachusetts en 1692. Los enconos entre los propios fanáticos hicieron que en Salem se condenara bajo cargos de brujería, como resultado de la gran histeria que en ese sentido habían desatado las autoridades en la región, a hombres y sobre todo a mujeres a quienes finalmente no se les pudo probar nada. Durante aquellos acontecimientos fueron ejecutados siete hombres, trece mujeres y 400 personas más fueron arrestadas y enjuiciadas.
Todo esto provocó un torrente de acusaciones falsas entre los habitantes; bajo signos de extremismos religiosos creció un caudal de procesos amañados entre los que incluso fue acusado, para evitar la ira de Dios, hasta el presidente mismo de la Universidad de Harvard. Todos se espiaban y se delataban, todos se acusaban, todos se indiciaban… histeria absoluta… demencia colectiva… en los interiores las libertades individuales eran manoseadas morbosamente por el exterior investido.
A tal grado había llegado el absurdo que el propio gobernador William Phillips tuvo que perdonar 18 meses después a los sospechosos que todavía no habían sido ejecutados. Cuatro años después de estas deformaciones aquí relatadas, los jurados que habían dictado sentencia desde su celo en preservar lo moral, lo casto, lo puro, se vieron obligados a firmar una confesión de error para reiniciar de esa manera una nueva página de su historia.
Uno de los jurados más feroces, quien incluso se negó drásticamente a firmar esa confesión de error fue William Hathorne, bisabuelo del escritor Nathaniel Hawthorne. Aquí, en este punto, nos vuelve a aparecer la W que habíamos anunciado como eje de este texto. Wuichita, washigntoniano, wacky, weeping, etnia, gentilicio, absurdo, llanto y aparece una W más, la que Hawthorne agrega a su apellido para diferenciarse por ese medio lo más posible de la infamia de su antepasado.
Y no sólo eso, sino que termina escribiendo una de las novelas clásicas de la literatura estadunidense, La letra escarlata, en la que hace una severa denuncia de los hechos ocurridos y de los graves daños que pueden provocar en las sociedades y en los individuos el fanatismo y la intolerancia religiosas. De la novela escrita por Nathaniel se desprende que los puritanos de 1620, que desembarcaron en Cabe Code, los de 1650, que ya poblaron por miles la zona, los de 1650, que es el año en el que se ubica su novela, se parecen mucho a los puritanos de hoy y de siempre. En todos los casos su cerrazón puede llevar a la muerte.
Cierto, la novela se ubica como ya se dijo en 1650 pero Hawthorne la escribe en 1850; hoy nos disponemos a leerla una vez más, en el siglo XXI y la historia sigue siendo tan actual y posible que continúa constituyendo una advertencia real que nos reitera la escritura de este autor tan cercano en su tiempo al llamado socialismo utópico.
¡Qué gran novela! ¡Qué gran mujer la que se eleva como su personaje central! ¡Qué gran escritor el que nos obliga a considerar profundamente reflexiones morales, sociales, políticas, históricas y culturales que abarcan una época y las épocas! En La letra escarlata estamos citados todos en los diferentes tiempos en los que nos ha tocado estar sobre este planeta. Hawthorne nos invitó a conversar a todos en las páginas de su libro.
La trama nos refiere a una mujer, Hester Prynne, quien es acusada de adulterio por los moralistas de su tiempo y es obligada a reconocer públicamente su falta ascendiendo por un cadalso rodeado por la población entera, con su hija en brazos, producto del “pecado” y llevando zurcida en la vestimenta una letra “A” escarlata, como vergüenza, como símbolo de su falta: “Adúltera”. Harold Bloom el gran crítico literario de nuestro tiempo se atreve a calificar a esta Hester Prynne como “la Eva americana” y le considera un gran poder sexual, lo que otros identifican como la expresión de una fuerza moral que la eleva por encima de los mezquinos que pretenden humillarla.
La dimensión de Hester crece aún más porque el hombre con el que ha alcanzado su realización sexual es el mismo, el que por razones circunstanciales, se ve obligado a subir con ella al patíbulo y a exigirle en nombre de la autoridad que descubra la identidad del otro pecador, del padre de su hija. Ella calla. Los dos sufren ante esta situación; cada uno por lo que está desgarrando al otro.
Después del escarnio público ella regresa a la cárcel y tiempo después a la libertad, pero siempre bajo la burla generalizada. Por lo tanto, la libertad que le dan los otros es ficticia. La verdadera libertad se la da ella, con su decisión y con su carácter.
El padre de su hija, que resulta ser su confesor, de nombre Dimmesdale, no puede más con los grandes remordimientos que le corroen y cuando siente cercana su muerte, después de un lúcido sermón que impresiona a todos por su elocuencia, decide ante la multitud ascender también por el cadalso y confesar públicamente que él es el complemento de la otra parte de la falta. Ante el asombro de la gente después de su confesión cae muerto y muchos que presencian la escena aseguran haber visto sobre su pecho, cosida en su piel, la letra escarlata que pregona su pecado.
Todo esto nos lo cuenta Hawthorne creciéndose dueño de un gran estilo. Su prosa no es ligera pues está llena de metáforas y simbolismos. No obstante que habla omnisciente interviene en la trama en interacción continúa con los personajes. De esta escritura resultan oraciones extensas a cambio de pocos y breves diálogos. Cada caso, cada situación, cada paisaje con su profundo significado son asumidos cuidadosamente por el escritor. Se trata sin duda alguna de un gran libro escrito para mostrar, desde el viento hasta la entraña.
Algunos precisarán con mayor puntualidad que se trata de una forma de prosa barroca. Por mi parte considero que tal estilo es el más apto para abrir en la imaginación del lector una serie más abundante de posibilidades de interpretación y por lo tanto una mayor suma de consideraciones síquicas y morales con respecto a los hechos que se relatan. Los personajes principales merecen por parte del autor una detenida atención que se interna detalladamente en los valores de su íntimo. Gozará ampliamente la lectura el que esté dispuesto a desentrañar las maravillas que proporciona todo buen tejido metafórico como lo es éste.
La sicología del autor desarrolla su lenguaje, pero la descripción del paisaje también y éste tiene mucho que decir desde la ciudad morbosa hasta la libertad del bosque en donde crece Perla, la hija de Hester. Hawthorne nos coloca ante las diferentes consideraciones del pecado, del arrepentimiento, de la culpa, del castigo, del fanatismo, del odio colectivo y en 24 capítulos no de gran extensión, formula una crítica que con los años iba a tomar un nuevo y mayor sentido cuando entre 1950 y 1956 Estados Unidos iba a experimentar esa otra desmesura violatoria a los derechos humanos conocida en el mundo moderno como el macartismo.
Pero estamos en el año en el que fue escrita La letra escarlata, es necesario recordarlo porque la historia que narra ya la habíamos vivido antes, desde Salem, desde mucho antes todavía, en otros continentes, y pareciera como si estuviéramos condenados a seguirla viviendo mientras exista el fanatismo sobre la faz de la tierra.
Por lo pronto lo que tenemos en las manos, en firme, es un gran libro que inauguró parte de la gran literatura estadunidense. El alegato de Hawthorne en contra de la fanática intolerancia sigue vivo como nunca, quizá porque se da dentro de un gran libro, y quizá también porque los grandes libros tienen ese maravilloso don, el de ser inmortales.
Quién sabe cuánto tiempo más nuestras sociedades se seguirán desgarrando entre la gracia divina y la justicia de los hombres con su respectivo castigo, por lo tanto libros como La letra escarlata seguirán teniendo su fuerte carga de actualidad. Cuando apareció, fue tan importante que se mandó a imprimir en lo que para aquellos tiempos fue abundante tiraje, mismo que se agotó en tan solo 10 días. La salida del tomo fue todo un éxito, pero no lo veamos como éxito comercial, sino como el éxito de una fuerza delatora que se enfrentaba y removía conciencias. Ése es el gran libro que ahora volvemos a tener en las manos.
Del propio Hawthorne fueron las siguientes palabras: “la naturaleza humana a no ser por la presencia del egoísmo está más predispuesta al amor que al odio”.
Leamos el libro, es un buen ejercicio para aprehender la buena literatura, para filosofar sobre lo bueno y lo malo que podemos ser dentro de la misma unidad, sobre los ángeles y demonios que nos revolotean en torno, sobre el pecado y su pretendido acto conjurador (perversión multiplicada), sobre la luz y la sombra. Cerremos el libro, pero al ponerlo sobre el buró no nos asomemos al espejo, porque podemos identificar en el centro vítreo una letra escarlata que nos cubra el pecho; y sabremos que no es cierto, que tal imagen no es real, que es la malvada imaginación con su portentosa fuerza creadora la que desde las confluencias del cómplice reflejante nos estará gritando que sí es cierto.