REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 08 | 2019
   

Confabulario

El ave de metal


Jorge Alberto Ley Delgado

Constituía una verdadera emoción captar el sonido del agua, procesar las imágenes de flores, gusanos, ardillas y demás animalitos del bosque. A intervalos se escuchaba el movimiento propio de un motorcito. ¡Sss! ¡Sss! Su cabeza se movía y sus diminutos lentes se posaron en una hermosa ave. Su plumaje verde-azulado, pico pequeño, ojos rojos y de porte peculiar captaron su atención. Veinte fotografías tomadas en menos de un minuto y archivadas bajo el nombre: ilusiones.
Extendió sus alas y comenzó el vuelo asistido por dos pequeños, pero potentes motores en cada una de sus alas. Voló una hora hasta posarse sobre un viejo y robusto roble que comenzó a balancear sus ramas.
–Hola, viejo roble, –dijo el ave con una voz mecánica, pero encantadora a la vez.
– ¿Puedes hablar? –qué extraño, hace más de 70 años que me plantaron y es la primera vez que veo un ave tan distinta. ¿Cómo puedes sentir la naturaleza? –dijo el roble muy sorprendido.
–Puedo sentirla porque hablo, razono, vuelo, entre otras cosas. Mis sensores capturan y mi cerebro electrónico procesa la información.
–¿Quiénes son tus padres? ¿De dónde vienes? ¿Por qué estás aquí? –Seguía preguntando el roble.
–Mi padre es un hombre sabio y gentil con la naturaleza, tuvo la idea de construirme cuando presenció el aniquilamiento de una docena de aves. Aquella tarde con la mirada triste y las manos temblorosas se dirigió a su estudio secreto, colocó papel sobre la mesa de madera y pacientemente por largos 4 años diseñó el complejo mecanismo que me brinda movilidad. Mi cerebro electrónico le tomó un poco más de tiempo debido a la inexistencia de las piezas que requería; tuvo que diseñarlas y construirlas, después de 9 años mi primera imagen archivada fue precisamente la de mi padre –recordó el ave cariñosamente.
–Tu historia es sumamente extraña, he de reconocer que te creo –indicó el roble al tiempo que veía con felicidad dos pequeñas ardillas que jugueteaban en una de sus ramas.
Uno de estos animalitos se acercó al ave y la recorrió con su nariz.
–Noto que mis huéspedes no te temen, la maldad no habita en tu corazón, bueno si es que tienes un corazón –decía el roble un tanto apenado.
–No tengo corazón, pero puedo sentir todo a mí alrededor.
Una parvada se posó en la rama más cercana mientras observaban al ave brillar al calor del sol. Sus ojos eran parecidos a las cámaras fotográficas y cuando movía la cabeza se escuchaba un sonido que parecía salir de su interior. Las aves estaban prestándole atención cuando advirtieron la cercanía de tres cazadores. El lugar que se mantuvo durante mucho tiempo ajeno a la maldad del hombre se veía ahora amenazado por la raza que en pocos años había extinguido a muchas especies. Inmediatamente una bala hirió a una de las aves, y ésta cayó del viejo roble. Las demás emprendieron el vuelo y cerrando los ojos, el roble moviendo sus brazos al compás del viento expresó:
–Huye mientras puedas ave extraña. ¡Huye! ¡Huye!
Uno de los cazadores levantó su arma y apuntó a otra ave, pero el cerebro del ave de metal calculó la trayectoria del mortífero proyectil y sin meditarlo dos veces, se abalanzó utilizando toda su energía. Gracias al impulso de sus baterías logró interponerse en la trayectoria de la bala. El ave fue arrojada a unos metros muy cerca de la casa de las incansables hormigas, las cuales presenciaron desde el suelo su sacrificio. Rápidamente las hormigas se acercaron y lograron ver la agonía del animal; de su cabeza brotaba sangre. El impacto contra el suelo fue tan fuerte que sus alas cayeron destrozadas, sus plumas artificiales estaban regadas en diversos puntos. Todos los animales eran fieles testigos de la metamorfosis inexplicable del ave. Una hormiga mensajera solicitó ayuda a un par de leones para ahuyentar a los cazadores, los leones a su vez llamaron a los elefantes y los animales organizados hicieron huir a los cazadores.
El cuerpo fue trasportado en las fauces de uno de los leones y depositado en una pequeña roca. Todos los animales se dieron cita para despedirse de la pequeña ave. El roble contó lo ocurrido, las lágrimas de los conejos, linces y sus hermanas aves caían sobre el pequeño cuerpo. Todos los animales la nombraron Ave reina y depositaron sus restos en una parte del bosque que sólo los animales conocen. Ahí pactaron no revelar la localización exacta del ave. Y así, los días, semanas y meses transcurrieron, y con su sacrificio, los demás animalitos adquirieron, según su especie, su particular forma de comunicación abandonando el lenguaje humano por considerarlo ineficaz y prometieron nunca jamás confiar en ningún acto humano.

*Tomados del libro La juguetería y otros cuentos. Registro INDAUTOR 03-2015-121811510000-14