REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 10 | 2019
   

Confabulario

Demasiada


Ángel Acosta Blanco

Montón de memorias juntas, atestadas y esparcidas en sí mismas. Navaja ardiente de sangre que me enseña el cobre en un colmillo podrido. Instante, toda tú pareces irte, irte de verdad entre los embotellados brazos de un maniquí. Viento que trae miedo, ya no silbes que me destrozas los tímpanos. Caótico devenir, listo para consagrarse en las regiones más cercanas de la piel. Calles y callejones, grandes avenidas y el periférico, siempre oprimidos por la intemperie, son como ebrios convalecientes que se cruzan, abriendo nuevos corazones tísicos, que bombean —imparables— ardor y fiebre. Huesos pulsando resaca. En cada interior de tus putas engendras el desgaste universal de nuestro cansancio, y ahí mismo se pierden las manos y los pies como cáliz regado en la mejilla de un pétalo. Al pie de tu espalda hay más gravitación; aun, debajo de ella, los mares se encuentran débiles, amarrados y crucificados al calor del medio día. El misógino y el esquizofrénico, y yo, y nosotros, y el que me engañó ayer, y el que me mintió hoy, hijos tuyos que van y vienen entre el oleaje del asfalto, se multiplican en cada nueva aurora, devorando los pequeños cordones de la consagración. Ruta prohibida por los cielos fértiles. Eres nuestra creación donde los perros estriban los rincones, agasajándose, allá, en el rito de lo inconexo. En las noches, en cubitos de oxígeno lascivo, se fermenta la esperanza, cuyo fluir transita en inquebrantables burbujas, y estas últimas, al compás del hielo y de la muerte, brincan de los fálicos tinacos como sombras errantes, como cantos álgidos y salvajes. Ni siquiera sabemos que somos tan tuyos, como tan de lo eterno. A no ser que tú hayas puesto agua en el lejano fuego de nuestros nombres, y así, respirando lento y abriendo lo que no fuimos hoy, sabernos un poco en el reflejo de las gotas. Mi mente huye; se hace cloaca y el tiempo la desnuda volviéndola hiena. Tú y tus invisibles harpas de cemento nos quiebran, nos arriman a balbuceos internos de la ausencia y nos invaden hasta quemar las puntas de nuestras miradas. Podría decirse que todo es una cortina de humo ilusoria, como un holograma que brota desde el interior del alma hasta las inmediaciones del universo. A expensas de ti, el neón fluye como quien muere muchas veces y todos respiramos con un poco de sopor. ¡Tantos ojos te han visto de cerca y tantos otros te han visto de lejos, y ninguno, como lo ha hecho la indiferencia, te ha profanado tanto! En una risa, sin gracia y sin mesura, custodias el despliegue de los sueños y de la partitura del arrullo frágil de las escasas aves, que rigen con verdadera magia las voluntades. Oasis del vértigo. No se habla de polvos enamorados; se viola la transparencia. Eres el recién nacido viejo que nos perpetúa como cultura, como conjunción ubicua que se niega a desaparecer. Llama plástica. Madre que me odia. Eres para todos lo mínimo; para un particular, interminable. Lágrima rota. Marea tiránica. Los abusos son quemantes y, en toda esquina, los guardas con rotundo amor. Hocico, amputación y PVC, como si supieran tragarse todo junto. Musgo rojo. Incandescente semen. En ti, donde es ineluctable oír pasos y gemidos, y hasta rugidos, la ira, dueña de sí y hacedora de la erosión, se dispersa entre los espectros de tu espesa arquitectura. De tu sed abierta, las estatuas jadean escurriendo abstención anonadada, el claxon de un BMW grita la independencia del ruido y un payasito cubierto y pintado de muecas conocidas, doblemente enmascarado, se masturba con el hambre alucinante. Un cero positivo me centra en espiral. Faquires que se lanzan al confort de los vidrios porque mamá y papá están ahí, ahí les extienden los blandos brazos, ahí se coaccionan en espejos con nosotros. Llaga de cadáveres asfaltados. Sádico que me acaricia la ingle. Filibusteros y corsarios ladinos que capturan las utopías para mermarlas de herpes. Ambulantes, ambulantes, ambulantes. Los cuerpos saben a salitre. Anarquistas, anarquistas, anarquistas. Algunos pechos callan, palpitan y mueren entumecidos. ¡Tú, monstruo que ignora su propia identidad, has de caer en tu perteneciente violencia!... Puño de alquitrán mortuorio. Somos los violentos. Hambre y sed. Caricia y puñalada. Arriera y mentirosa. Obstinados que no aprendemos que eres miles y miles de años juntos. Aborto ensangrentado de lenguas y salivas. Porfiados que en nada comprendemos que eres una pequeña efusión del azar. Ojos que quieren alcanzar el cielo. Monóxido de carbono. Coladeras del miedo. Luminarias de la estafa. Antropología de la caridad que cruza el puente peatonal. Crédulos que pagan su diezmo a embaucadores. Infames y egoístas con sífilis en las tiroides. Mañana lo hice hoy porque soy. Véndeme el clon sin virus. A tus tratantes, entiérrales en las uñas la limosna. El preventivo no lo verá tampoco. El ecologista meterá la cabeza en su yacusi. Y tú te fuiste cuando naciste, cuando brilló en Gaza un globo de confeti: el que envió el dinero. La bomba que se equivocó de misión. El taxi come. El semáforo vigila de forma escrupulosa. Dos torres se auto asesinaron para demostrar cómo se hace un fraude desde las nubes. La llanta habla por celular y los tickets son dólares. ¡Tú, maldito! Tu gran útero de cebolla. Mástil para la bandera del arcoíris en huelga del porvenir. Estruendosa y callada. Enjambre insalubre y guiño insoluble. Virgen basura. Banquetas de cochambre. La tiña invade mi boca. El gober-precioso y el andén del olvido destilan tiroxinas en la bilis. Tercos que comprendemos que, además de ser la implacable caída de la espuma y además de ser la demora del tiempo, eres el susurro de la doble negación humana... hecho demasiada ciudad: Triunfo del burgués. Conquista del mendigo. Éxito del profesional. Arraigo del lumpen. Máquinas sobre el humano. Castillo de la tristeza. Vinagre con pus en las corneas. Un ocaso en la escalera de los miedos. Va a nacer un poema y revienta otro crepúsculo… Así, irás a contemplar la corrosión del escusado. Me mimarás en la oscuridad y te besaré el clítoris, el glande y el escroto, el pezón y las axilas secas. Ayer, amanecimos juntos… Hoy. Me sangra el costado. Otra llaga… Otra llaga que da risa… Otra llaga que duele… La misma que quedó abierta por la misma lanza que abrió la carne de aquél que fue pródigo y prodigio… Sólo hay ansia para mi cicuta con vitíligo… ¡Recórrase para el fondo! ¡La bajada es por atrás! Y sólo quedas tú en el horizonte… Imponente y sucia. Majestuosa e infecta de ladillas. Adusta y postillosa de hollín. Estaremos esperando en el tráfico el turno de la luz verde para regresar a casa… Trébol sin suerte: ¡es demasiada!