REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
26 | 05 | 2019
   

Confabulario

Onza de plomo


Jesús Yáñez Orozco

Durante cuatro minutos los 11 pasajeros, compañeros de mal fario de la camioneta Van –unidad para 20 personas– quedaron petrificados ante el revolver pavonado, calibre .38, que el hombre sacó lentamente de la mochila negra con la mano derecha y el índice en el gatillo. En su centro, estampado, un pequeño escudo con la bandera tricolor y el águila al centro, devorando la serpiente sobre el nopal.
Encandiló las miradas de los 22 ojos el oscuro brillo metálico del arma, iluminada por los rayos solares veraniegos que entraban por los cristales del vehículo blanco con faenas rojas laterales habilitado como transporte colectivo. Era alrededor del mediodía.
Aquiles Baeza, sexagenario, creyó que era broma. En uno de los tantos pensamientos confusos, fugaces, raudos que cruzaron por su mente pensó que era de juguete, madera o barro, lo que apuntaba directo a su corazón y al de los otros 10 atemorizados pasajeros.
Poco faltó que se restregara los ojos en un vano intento por salir de la pesadilla. Algo similar pudo ocurrir con los otros viajeros distribuidos en las cuatro bancas, pensó…
Pero no.
La realidad no mentía. Estaba ahí, como congelada en una imagen en sepia.
Por quinta vez Aquiles era víctima de la delincuencia. Dos de ellas le habían extraído la cartera en el transporte colectivo; el llamado “dos de bastos”. Las demás fueron con armas de diverso calibre.
Cuando sacó la pistola, el asaltante ordenó al joven que iba a su lado moverse al asiento que se encontraba a su derecha, a espaldas del conductor, con otra mujer y un hombre, para no tener nadie a su lado. Frente a él iban tres mujeres. Dos adultas. Una de ellas con su hija, una guapa adolescente quizá de 18 años, y en el extremo un usuario cuarentañero.
Encañonándolos a todos, en un paneo, como si la “tartamuda”, que vomita muerte, fuera una cámara de cine o de celular, escupió: “Vengan celulares y carteras, rapidito; carteras y celulares, ¡carajo!”.
Como disco rayado arengó, con pocas leperadas, quizá por la presencia de las mujeres: “Y que nadie se pase de vivo porque le suelto una onza de plomo en la cabeza o el corazón. Da igual. ¡Venga, rapidito, que llevo prisa!”
Por la pátina delirante en sus palabras se percibía que, quien osara interrumpir su discurso, podría recibir un cachazo en la cabeza o un disparo, sabrá Dios dónde.
A lado derecho de Aquiles viajaba una mujer morena, cuarentona, rolliza, ropas humildes, bolsa de plástico multicolor para el mandado. Calzaba zapatos negros devorados por el tiempo. Rostro de luna llena.
“¡Usted no me dé nada, doña!”, dijo, suavizando la voz autoritaria, dirigiéndose a ella.
Iba otra fémina a su izquierda, al extremo de la banca.
Años atrás era común que los asaltantes de transporte colectivo exigieran joyas, relojes, carteras y aretes.
El pesado silencio se podía rayar con una navaja. Era una losa de mármol invisible.
El terror sicológico de sus palabras hizo mella en todos. Estaban paralizados. El alma en un hilo.
Cuando el asaltante subió se sentó a la vera, la derecha de Aquiles, en uno de los dos asientos transversales. Él iba en medio, en la banca trasera. Enfrente tenía a los pasajeros que iban a espalda del chofer.
* * *
Aquiles revivió un recuerdo lejano, inconsciente, la fugaz mirada asesina, flamígera, clavada en sus ojos como puñales, con que lo vio el atracador, midiéndolo de pies a cabeza, al momento de abordar la unidad, a medio metro de distancia.
Aunque no dio importancia.
Aunque desde el barrio donde había nacido y crecido tuvo contracto con delincuentes, carteristas y asaltantes, sobre todo, quienes, con la mirada, adivinaban quién traía dinero y quién no.
Llegó a ver, incluso, los maniquíes vestidos, con cascabeles en lugares estratégicos, en los que entrenaban para extraer billeteras y carteras de mujeres. Si sonaban, había que repetir, hasta que quedaran mudos.
Que la acción fuera “limpia”, decían.
Le vino a su memoria la infausta experiencia vivida, pellizco al dolor que duele, cuando, años atrás, uno de sus hijos cayó preso, injustamente, en una de las cárceles más peligrosas de la ciudad.
En el presidió Aquiles también aprendió a leer los ojos de los criminales, luego de 32 visitas a lo largo de dos meses de cuatro horas cada una. Fueron 128 horas de verdaderos descensos al infernal infierno de lo que representan las cárceles.
Esa mirada profunda que hiela la sangre y el corazón. Y que se convierte en plomo derretido en la entraña.
El llanto de los goznes de la enorme puerta de metal, que se abría para el acceso al penal de los familiares de los internos, era el primer anuncio, canto macabro, de escenas de dolor y terror en el interior.
Las de aquellos que habían asesinado, robado, secuestrado, narcos, violadores –de niños y niñas. Algunos de ellos le decían “Jefe” o “Don”. Aparentaba una gélida seguridad. Aquiles se sentía pavorreal entre aquella jauría humana presa.
Sabía que un gramo de fragilidad en sus palabras, rostro o expresión corporal y perdería ese respeto. Se movía como pez en el agua. Trataba de mantenerse incólume, de una pieza. Tenía claro que si flaqueaba, transmitiría inseguridad a su hijo y sería aún más vulnerable en reclusión.
La mirada, como ventana del alma desalmada.
Además, tenía en antecedente de que, como estudiante preparatoriano, y luego universitario, había realizado dos visitas a prisiones, como parte de una labor social.
* * *
La realidad, necia, seguía ahí.
Una y otra vez, nervioso, el asaltante, volvía a colocar el arma dentro de la mochila. El cañón hacia abajo. Pero sin quitar el dedo del gatillo.
“¡Tú, cabrón!”, advirtió al conductor, “¡no bajes de 80 por hora o te vuelo los sesos!”
Vestía zapatos negros de punta roma, pantalón gris y camisa negra. Promediaba los 40 años. Pesaba unos 95 kilogramos. Tenía rasgos de indígena, piel morena, nariz chata y el corte de cabello a la brush, como soldado. Media cerca de 1.65 de estatura.
Parecía burócrata.
Por la percha y discurso autoritario, tarabilla asfixiante, tenía trazas de haber sido militar o policía, con algún grado. Quizá comandante.
Duró el atraco efímeros 240 segundos, que se hicieron eternos.
La camioneta de transporte colectivo era parte de la serpiente metálica que reptaba veloz por la lateral de Periférico, al norte de la ciudad, driblando a diestra y siniestra unidades que iban a paso lento. La cinta asfáltica –gris rata– quemaba los neumáticos.
Los edificios, oficinas y comercios, pasaban fantasmales. Semejaban árboles petrificados de cemento y fierro.
El asaltante no observaba qué le entregaban los pasajeros. Eso sí, no perdía de vista la mirada de todos y cada uno. Salvo de los tres que viajaban en la parte posterior, las dos mujeres y Aquiles, en medio.
No quitaba la vista al joven casi treintañero que le había pedido que se cambiara de asiento.
“¿Eres policía, verdad, cabrón?”, lanzó sus palabras como una bofetada, entre pregunta y afirmación. Y apuntándole con el arma hacia la mochila negra, que también portaba, advirtió:
“¡Ni se te ocurra sacar el cuete porque te mueres, puto!”
Aquiles Iba preparado para estas situaciones. Consciente de la ola de asaltos que ocurren por doquier, traía un diminuto celular Nokia, inservible, que había costado 10 pesos en un tianguis de chácharas.
Sudaban frío sus manos.
No soltó el estuche de imitación piel negra, que era agenda, que llevaba dentro de su portafolio, y que hacía las veces de la cartera, aunque llevaba sólo 70 pesos en billetes. Uno de 50 y otro de 20 pesos. Traía escondido en sus botines otro móvil Samsung, que sí servía, de unos tres mil pesos.
Pensó que si lo volvía a encañonar exigiéndole la billetera tendría que entregarla. Un año atrás le habían sacado la cartera en el metro. Y más que el poco dinero que traía, le preocupaba el vía crucis que era volver a tramitar la licencia de manejo, credencial de elector, de ex alumno de la Universidad, del Insen…
Horas y días de interminables trámites burocráticos.
Aquiles venía releyendo el libro del Popol Vuh, el que narra, entre otras cosas, cómo tras el juego de pelota prehispánico, que algunas etnias llaman Ulama, los ganadores son sacrificados y su corazón, extraído con puñales de obsidiana, echado a las brasas en un ritual religioso.
El asaltante, tal vez inconsciente en su diatriba, interrogó:
“¿Plata o una onza de plomo? ¡Suelten celulares y carteras, pero ya!”
Hubo un momento, cuando salió de su ángulo visual, dirigiéndose a quienes venían en la parte posterior del asiento del chofer, que Aquiles tuvo una idea suicida, de fracción de segundos: darle una patada con la pierna izquierda a la altura del oído izquierdo al asaltante. Sabía que lo noquearía. Era una fracción de segundo. Le dio valor su fortaleza física: corría 10 kilómetros diarios en 40 minutos. Se sentía como roble.
Durante tres segundos, conforme deshojaba la margarita si lo hacía o no, su corazón comenzó a desbocarse. Sintió que estallaba ante la adrenalina generada por su pensamiento reprimido.
Pero la duda lo contuvo.
Pensó que en la acción podría salir alguno herido si accionaba el gatillo.
“Que nos robe, pero que nadie salga herido”, pensó.
Y, luego, en caso de someterlo, iría al ministerio público de la delegación correspondiente, que equivale a descender a los avernos de la indefensión y el desamparo.
Ahí, por lo que había vivido con su hijo, antes de ser sentenciado a cinco años de prisión, sabía que es más factible que el denunciante acabe primero que el delincuente en la cárcel.
Antes de descender, el asaltante advirtió que se detendría en la siguiente gasolinera y que revisaría uno por uno para ver si le habían entregado sus pertenencias.
“¡Me echo al que me quiera ver la cara de pendejo!”, amenazó.
Aquiles elucubró que eso era imposible y tampoco entregó su agenda-cartera.
“¿Cómo, se preguntaba, iba a revisarlos a plena luz del día?”
Cuando vio que de nuevo se dirigía a él, Aquiles sintió que su corazón era un volcán en erupción.
“¡¿Qué te guardaste?!”, soltó, digiriendo el arma entre sus piernas y el asiento.
Nada dijo.
Sólo mostró las palmas de ambas manos al frente, en señal de que nada tenía con los dedos hacia el toldo de la unidad.
Descendió segundos después con la mochila en ristre, una advertencia previa:
“¡Que a nadie se le ocurra seguirme ni verme, porque le suelto un plomazo!”
El silencio pesó más. Nadie habló.
El conductor arrancó.
Después de recorrer 300 metros, luego del asalto, el joven al que se refirió el asaltante diciéndole que era “policía”, reconoció que, en efecto, era judicial.
Y que tampoco había sacado su arma de cargo para no poner en riesgo a los pasajeros.
“Sí: vengo armado”, dijo mientras extraía de su mochila una pistola calibre .45, cromada, con el cañón hacia el piso.
Cuando la unidad pasó cerca de una patrulla, el agente pidió al chofer que se detuviera. Descendió y soltó un fuerte silbido a los patrulleros. Y dirigiéndose a ellos con autoridad, dijo:
“¡Nos acaban de asaltar. Vamos por él!”
Aquiles preguntó si todos estaban bien.
Hubo un “sí” generalizado. Alguno, contrito, asintió con la cabeza.
Cuando pasó la acción sintió un agudo dolor lumbar. Exacto donde termina la espalda baja. Había somatizado la contención del deseo de patear al delincuente en la cabeza.
Todos sudaban frío.
Hubo comentarios catárticos la mayoría, quienes más de alguna vez habían sido asaltados. Fue curiosa la coincidencia de que la pandemia de asaltos en la ciudad, era gracias al desempleo, por las malas políticas económicas gubernamentales que se vienen aplicando desde hace décadas.
“Falta poco para que el país reviente con tanta delincuencia: narcos, asaltantes, violadores, secuestradores, políticos…”, se atrevió a decir uno de los pasajero, con cara de estudiante universitario.
La madre comentaba a su hija que llegando a su destino, el metro, tendría que llamarle a su esposo para que fuera por ellas. Había entregado todo su dinero.
La rolliza mujer, de piel morena y ropas humildes, sacó de su seno un pequeño monedero de piel negra. Extrajo unas monedas y se las extendió: 25 pesos.
“Con eso les alcanza para regresarse”, dijo bondadosa, voz cantarina.
La mujer agradeció, ruborizada, con una sonrisa que iluminó su rostro y se convirtió en un fugaz sol, pese al susto.
El chofer, que nunca volteó al mirar lo que sucedió atrás, describió al delincuente como si lo hubiera tenido frente a él todo el tiempo. Sólo veía por el retrovisor. Todos dijeron que sí. Era exacto como él decía.
“Es el que hace una semana, en esta misma unidad, mató a un militar que se rehusó al asalto”.
Todos se persignaron.

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