REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
10 | 12 | 2019
   

De nuestra portada

Homenaje a Vlady - Varios apuntes*


Varios

Apuntes

La tradición es una fatalidad. Como la necesidad misma, ella se busca guiándose por indicios misteriosos, como una hormiga que da vueltas, se aleja, regresa bruscamente, se detiene, se precipita en una dirección opuesta, pero la tradición que equivale a la verdad, como un estilo que sería común a muchos, se acaba por formarse en determinado gusto, inclinación o preferencia.

La pintura propiamente mural no existe, ni la pintura mejicana existe con un gran carácter cualitativo. Sin embargo para mí es evidente que existen órdenes o formas de sentir tan comunes a una sensibilidad rusa como mejicana aunque todavía no hayan encontrado sus formas específicas.

Podemos suponer con bastante fundamento que la producción de pintores como Orozco, Diego, Tamayo, del mismo Siqueiros, contienen algo de lo que constituirá la tradición de la pintura mejicana. (¡Sin que fuera por la sencilla razón de que les ha dado la gana!)

Es la oposición al formalismo por parte de algunos pintores mejicanos. Observamos más una insumisión a formas extrañas (doctrinas exóticas) pese a que por otro lado pequen de lo mismo. Parece ser prematuro un formalismo mejicano.

El estilo surge de una sensibilidad elaborada por varias generaciones y sólo un genio puede venir a precipitar (y nada más) su aparición. Esta sensibilidad se abre camino a través del accidentado terreno de una realidad cultural y psicológica de un pueblo eliminando y seleccionando, resumiendo y combinando exactamente como el pintor hace con la forma, el color y la textura.
8/febrero/56

Raíces

Realmente el problema del pintor consiste menos en la investigación de nuevos medios que de tener una visión universal y detallada de todo y del todo.

Cualquier revista de arte lleva media docena de reproducciones de cuadros excelentes, pero el valor del cuadro no es aislado. Se trata de un proceso de caídas y hallazgos, de una personalidad que se confecciona, productora y producto de una obra. Miremos lo que vemos y hagamos las cosas como si la objetividad existiera con convicción.
6/febrero/56

Frases

Para pintar, hacer versos o música hace falta tener raíces. ¿Cómo pintar sin raíces?

Las raíces –quiere decir la tradición, el atavismo de una cultura. Pero el que no la tiene ¡¿Qué desdicha?!

Pero ¿quién no tiene tradición? Sólo hay quienes no saben verlo, como se olvida de que respira.

Hay tradiciones nacionales, regionales, culturales, familiares, fragmentarias, monolíticas, internas, diluidas, olvidadas, conscientes, ajenas, propias, superpuestas, implícitas, impuestas, perdidas, halladas, combinadas, anheladas, frustradoras, constructivas.

6/febrero/56

Reflexiones

Como la perla necesita de todo el mar para producirse, el cuadro necesita de todo el hombre.

Los momentos de ausencia de sí mismo son los de mayor ensimismamiento.

Atento a sí mismo... La del artista es una condición egocéntrica por definición. Es generoso sólo indirectamente.

Egoísta –sí, pero su amor a sí mismo es el medio de aumentar el caudal sensible de una cultura. Así es como cierta especie de egoísmo tiene efectos altruistas.

El dilema entre materialistas e idealistas, que decidían en última instancia a favor de la primacía del espíritu o de la materia, pero a la luz de la evolución del sentido de la convivencia en los últimos años, de... idealismo. Ambos sitúan la regla fuera del hombre. Siempre esta huida de la responsabilidad. Ahora el dilema se plantea entre ¿el Hombre o las cosas?


* Textos inéditos entregados por Carlos Díaz a la revista de literatura y arte contemporáneo El Perro Azul, cuya publicación es editada en Cuernavaca; fundada por Ariel Ramírez y dirigida por Leonardo Compañ Jasso. Compartimos los Apuntes de Vlady a los lectores de El Búho.)

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Vlady en la antesala del Gulag
(Fragmento del libro inédito Los Camaradas Eternos)

Claudio Albertani


Los recuerdos evocados en estas páginas nos hablan de un Vlady adolescente que sufre en carne propia la represión política estalinista hacia toda su familia y a su padre en particular y que fue llevando, paso a paso, a su madre a la locura y al resto de la familia a la terrible inseguridad de un día a día sin más futuro y esperanza que los brindados por la imaginación y las ganas de vivir.

La profesión de revolucionario vencido era oficio difícil en un país totalitario. Muchos abandonaron la partida creyéndola perdida, otros estimaron que era preciso maniobrar, adaptarse a las circunstancias. Algunos –una minoría– optaron por aferrarse a sus convicciones.

La mañana del 8 de marzo de 1933, después de cinco años de semi-cautiverio, Víctor Serge fue interceptado en Leningrado, mientras cruzaba la calle 25 de Octubre, y trasladado a la sede de la GPU local. “Los detalles de esta detención se mezclan, en mis recuerdos con la anterior [que tuvo lugar en 1929]; aunque puedo decir que ambas fueron bastante dramáticas”, cuenta Vlady.

“Conservo, clarísima, la imagen de un desbarajuste en el estudio de mi padre, de costumbre tan ordenado: los cajones estaban abiertos; los cuadros, papeles, libros y fotos tirados en el piso; mis abuelos, mi mamá y mis tías gritaban y lloraban. De repente uno de los militares pisó con desprecio una foto que teníamos de Trotsky y mi tía Esther susurró que la recogiera. Yo, sin pensarlo, corrí a buscarla y la limpié con afecto en la cara de los esbirros, lo cual quedaría como gran hazaña en la memoria de la familia.

Creo que esto pasó en la primera detención, porque yo era muy pequeño; de la segunda tengo recuerdos un poco más precisos. Teníamos, por entonces, a tres agentes de la GPU viviendo de planta en la casa: abrían cartas, registraban las visitas y las conversaciones telefónicas, y maquinaban en contra de nosotros con los otros inquilinos del inmueble. Yo sabía qué hacer porque mi padre me había adiestrado desde chiquito a enfrentar situaciones de este tipo”.

Aquella mañana del 9 de marzo, Vlady estaba, como todos los días, en la escuela. Cuando regresó encontró a Liuba, su madre, hundida en una de sus crisis psicóticas y a sus tías que, sin éxito, intentaban calmarla. El adolescente no tardó en entender lo que estaba pasando.

Horas después sonó el teléfono: era Serge quien, desde la GPU, había obtenido permiso de hablar, y deseaba comunicarse con su hijo. Le explicó lo que estaba pasando, le rogó no olvidarlo (sabía que podía pasarle lo peor), le pidió que fuera valiente, que siguiera dibujando y que se hiciera cargo de su mamá que ahora lo necesitaba más que nunca. No había mucho que hacer: Liuba fue internada pocas horas después en un hospital para enfermos mentales.

Vlady pasó una de las noches más difíciles de su vida y el día siguiente no tuvo el valor de ir a la escuela. Salió a caminar sin meta, machacando su rencor. Atraído por la música de un coro sacro, se metió a una iglesia pero, en lugar de calmarse, tuvo un ataque de rabia.

“En mi familia nunca escuché una palabra contra la religión, pero aquel día estaba yo tan desesperado que me pregunté cómo puede la gente seguir engañándose”.

El muchacho había heredado algo de la calma proverbial de su padre, quien, incluso en las situaciones más difíciles, raramente perdía el control de sí mismo. Vlady tenía, entonces, casi trece años y sabía perfectamente bien quién era y en qué andaba metido Serge. Aunque estaba consciente del peligro, había desarrollado una especie de orgullo, el sentimiento de pertenecer al reducido grupo de personas que conocía la verdad.

“Nosotros sabíamos quién era Stalin y quién era Trotsky. Éramos los verdaderos revolucionarios, y teníamos que ser fieles a nosotros mismos, sin importar los costos”.

Vlady volvió a la casa pasando por la flamante sede de la GPU donde, con toda probabilidad, estaba detenido su padre. Era éste un edificio moderno e imponente –construido en lugar del antiguo palacio de justicia derrumbado en marzo de 1917– que dominaba el río Neva de un lado, y la céntrica perspectiva Volodarsky del otro.

La silueta inmóvil de dos guardias armados destacaba al pié de dos inmensas columnas de granito.

De repente, casi sin darse cuenta, cerró los ojos y se echó a correr, enfilando hacia la escalera de mármol que subía al primer piso. La casualidad quiso que un funcionario de mediano nivel pasara en aquel momento y, comprendiendo que el nivel de peligrosidad del adolescente era nulo, paró a los guardias que ya le venían alcanzando. Intrigado, el hombre le intimó que pasara a su despacho. –¿Qué pasa? ¿Qué quieres?
–Mi padre. Ustedes detuvieron a mi padre.
–Y ¿cómo se llama?
–Kibalchich.
–Ya no está aquí.
–No le creo.
El militar no era una mala persona. Cogió el teléfono y, frente a Vlady, habló a la sede central de la GPU, en Moscú, para saber dónde estaba Serge. Le contestaron que estaba detenido en la Lubianka.

Era cierto. Serge permaneció casi tres meses en Moscú para los interrogatorios, además de unos cuantos días en la cárcel de Butirki. No fue torturado; pero sí muy presionado con el argumento de las supuestas confesiones de Anita (Russakov). Su estrategia defensiva fue muy inteligente: no negó tener profundos desacuerdos con la política del régimen, pero rechazó haber realizado actividades conspiradoras y declaró no tener vínculos organizativos con la Oposición de Izquierda desde 1927, año de su expulsión del partido. Al final, la sentencia no fue demasiado severa: tres años de deportación a Orenburg por “conspiración contrarrevolucionaria”.

He aquí los recuerdos de Serge: “Estuve 85 días en una celda de la GPU sin leer y sin ninguna ocupación, sin noticias de mis queridos. Setenta de estos días los pasé en un aislamiento total, sin derecho al aire en el patio gris reservado a gente más recomendable. Ahora me enviaban 2000 kilómetros más lejos. Un buen camarada y yo casi nos morimos de hambre”1.

El 8 de junio de 1933, Victor Serge llegó a su residencia forzada escoltado por agentes de la GPU. Vlady y Liuba lo alcanzaron unas semanas después, acompañados por el abuelo de Vlady, Alexander Russakov quien regresó enseguida a Leningrado. Además de ropa y enseres, cargaban un grueso baúl de madera con la máquina de escribir Remington de Victor, sus archivos, manuscritos y algunos libros.

Plaza militar de cierta importancia, puente geográfico y también político hacia la Siberia, Orenburg contaba entonces con unos 150,000 habitantes. La ciudad –situada al sur de los Montes Urales, en el cruce de las grandes llanuras que separan a Asia de Europa– era un crisol de pueblos y religiones: kazaks, cosacos, tártaros, kirguizios y uzbeks de observancia islámica o tribal, además de judíos y cristianos ortodoxos de etnia rusa. En tiempos del zar, las caravanas de camellos traían mercancías orientales para intercambiarlas con ganado, productos europeos y los magníficos rebozos de lana bordados en seda que producían los artesanos locales.

La región conoció un auge importante a principios de siglo, cuando la construcción del ferrocarril Orenburg-Tashkent atrajo a nuevos habitantes, en su mayoría colonos rusos, quienes, poco a poco, se volvieron la etnia mayoritaria.

En 1933 quedaba muy poco de aquella prosperidad. El comercio era un recuerdo del pasado y la ciudad estaba ahora en franca decadencia por los estragos de la guerra civil, la carestía y las colectivizaciones forzadas.

Gran parte de la población se dedicaba a la agricultura; había un taller de reparación de trenes, alguna industria, un campo de aviación y muchas instalaciones militares. El centro lucía algunos imponentes edificios gubernamentales, una gran avenida, y un mirador con vista en el río Ural. De ahí se veía el estratégico puente del ferrocarril, siempre resguardado por soldados con órdenes de disparar a la menor provocación.

La máxima autoridad local era un hombre gordo y de cara hinchada, típico representante de la nueva casta dominante. A menudo Víctor y Vlady pasaban por su isbá, muy bien pintada y llena de flores, como era de rigor entre burócratas. Se llamaba Georgy Malenkov y en los años sucesivos tendría una carrera brillante.2

Orenburg tenía historia. En el siglo XVIII, había sido la capital del efímero reinado de Pugachóv, el cosaco rebelde que casi logró derrumbar el zarismo. Los cosacos tenían reputación de ser soldados invencibles y los zares, en lugar de perseguirlos, los empleaban como cuerpo militar escogido.

Hacia finales del siglo XVIII, sin embargo, los orgullosos guerreros de las estepas se sentían amenazados por la política centralista de la zarina Catalina la Grande. Emilian Ivanovich Pugachóv (1741?- 1775), un valiente capitán que había servido en la guerra contra Turquía (1769), se insubordinó después de una crisis mística, proclamándose zar. Para diciembre de 1773, el caudillo rebelde había juntado un ejército de 30,000 cosacos a caballo y marchaba rumbo a Moscú. Las tropas de la zarina lograron derrotarlo únicamente a precio de una terrible batalla en la que hubo millares de muertos. Era agosto de 1774. Traicionado por sus tropas, Pugachóv fue capturado al poco tiempo y públicamente ejecutado a principios de 1775. Su sacrificio quedó en la imaginación del pueblo ruso como una etapa en la larga marcha hacia la emancipación.

En tiempos recientes, los cosacos habían sostenido el antiguo régimen, pero en Orenburg el caudillo Vassilli Chapayev (1887- 1919), había puesto cuarenta mil hombres al servicio de la causa revolucionaria. Sus gestas dieron vida a una nueva epopeya cuyo recuerdo todavía estaba vivo. La ciudad reclamaba también alguna herencia literaria. Alexander Pushkin, el gran novelista de principios del siglo XIX, había ambientado aquí La hija del capitán, novela que tiene como marco histórico la revuelta de Pugachóv.

En los días sucesivos a su llegada Serge logró alquilar la mitad de una modesta isbá, situada en un barrio cosaco, no lejos del río. La renta era de unos 30 rublos al mes, lo cual representaba la totalidad del subsidio que la GPU le otorgaba en cuanto deportado sin derecho a trabajo.

“La porción que nos correspondía –cuenta Vlady– comprendía un corredor donde se guardaba la leña, una pieza que cumplía las funciones de estancia, cocina y estudio y, separada por una delgada pared de madera, la pequeña alcoba de mis papas. En la parte central había una gran chimenea, única fuente de calor en los terribles inviernos y, a la vez, estufa para cocinar. Del lado opuesto, cerca de las tres ventanas que daban a la calle sin pavimento, estaban la mesa redonda donde mi padre escribía y el baúl con sus manuscritos. En la pared colgaban unos daguerrotipos del siglo XIX con retratos de la familia Kibalchich, además de dos fotos de Trotski y una de Pilniak. Completaba el adorno un mantel de terciopelo amarillo –color que Serge amaba sobremanera porque era lo que más le había faltado en la cárcel– y un bonito frasco de cristal azul, también recuerdo de familia. No había luz eléctrica, así que para leer, dibujar y escribir empleábamos lámparas de petróleo”.

Los caseros eran gente muy sencilla, y las relaciones nunca llegaron más allá del respeto recíproco. Aunque no sabían mucho de política, intuían la delicada situación de los deportados y les manifestaban simpatía. La dueña, una señora grande y huesuda, leía las cartas y fumaba como un soldado. Un día apareció el marido, andrajoso, harapiento y sin rasurar. Mientras Serge lo observaba con curiosidad, el hombre, como para disculparse, murmuró una palabra: konokrad (ladrón de caballos).

Acababa de salir de la cárcel.

Tenían dos hijos, ambos un poco más grandes que Vlady y estaba también la abuela, una viejita encogida siempre envuelta en trapos, tanto en invierno como en verano.

Los primeros meses fueron muy duros. Para un adolescente inquieto y enamorado de la pintura como Vlady, Orenburg era la frontera del mundo, el sitio en donde terminan la vida y los sueños. “Lo que todavía no alcanzo a entender, sin embargo, es por qué la deportación se quedó en mi memoria como una época luminosa”, reflexiona.

Los cielos eran verticales e insólitamente altos en las estepas y las temperaturas extremosas: hasta 45 grados en verano, y menos 45 en invierno. En julio, el calor era tan intenso que las dunas de arena a un lado del río Ural parecían incendiarse. En diciembre el cielo asumía violentos tonos de azul cobalto y la blancura de la nieve cegaba los ojos. Entonces los rayos del sol iluminaban las estepas como hilos de seda colgantes de la inmensa cúpula del cielo.

Vlady y Víctor miraban con asombro aquellos paisajes extraños. Cada quien a su manera, ambos lograron salir adelante y pronto se despertaron tanto el sentido plástico del hijo, cómo la imaginación literaria del padre, quien compuso poemas de una belleza asombrosa: “la arcilla primordial –escribió– tiene aquí tonos coralinos, y el sol siembra tremendos clavos rojos”3.

Sea como fuere Orenburg era considerado un destino afortunado entre los deportados, sobre todo en relación con los campos de concentración, verdaderas máquinas para quebrar espíritus. Serge, además, no tenía la condición de “prisionero”, sino de “deportado”, lo cual implicaba ciertas libertades. Podía moverse libremente, pasear por la ciudad y por los bosques aledaños, aunque no tenía autorización de viajar, ni de trabajar. El control policial existía, por supuesto, pero no era tan pesado como en otras partes. “Éste es un sector tranquilo de la deportación, escribía. Nada de persecución. Muchos camaradas tienen trabajo. Yo no”.4

La situación material se mantuvo difícil a lo largo de los tres años. Lo que dio animo a Serge –y que a la postre salvó a la familia– es que logró mantener una relación epistolar con el resto del mundo, en particular con sus camaradas franceses. “En la experiencia que me toca vivir, la única cosa que me fortalece es la amistad y solidaridad que me llega de muy lejos –geográficamente hablando– y sin la cual hace mucho tiempo hubiera yo concluido mi tramo de camino en este bajo mundo. (…) Aquí ningún trabajo, ninguna posibilidad de recursos materiales en la espantosa indigencia que nos rodea”, escribió el 28 de mayo de 1934 a su amigo Henry Poulaille.5

La severa carestía que, como resultado de las delirantes colectivizaciones estalinistas, azotaba a la URSS –6 millones de víctimas, según cálculos recientes– estaba llegando a su fin, sin embargo la situación era todavía muy crítica.6

“Fue terrible, recuerda Vlady. Muchos niños se morían de hambre en las calles. Nosotros la pasamos muy mal y sobrevivimos en gran parte gracias a los francos que, de vez en cuando, mi padre recibía de la venta de sus libros en Francia o de las suscripciones organizadas por la revista La Révolution Proletarienne”.

Todo era un problema, incluso conseguir leña y comida. Hacían largas colas, incluso de noche, para recibir un tosco pan negro con espesa corteza y una miga que parecía pegamento caliente y cemento frío. La dieta se completaba con una sopa, un poco de verdura, generalmente col agria, a veces papas, y, muy de vez en cuando, huevos o pescado.

“La primavera nos trajo dificultades de abastecimiento que son difíciles de imaginar, leemos en la misma carta a Poulaille. La comida cotidiana es un verdadero problema, incluso cuando se puede pagar. Hace ocho días que sólo comemos pan.” 7

A veces, recibían paquetes de comida –azúcar, café, arroz, harina–, libros y medicinas enviados desde París por Magdaleine Paz y Henry Poulaille. Entonces hacían fiesta. En una ocasión le enviaron aceitunas, algo completamente desconocido en las estepas. Vlady cortó las aceitunas en varios pedazos para que sus compañeros de escuela tuviesen el gusto de probarlas.

La familia dependía mucho de estos envíos y cuando la GPU les retenía el dinero o la comida –y sucedía a menudo–, la pasaban muy mal.

La salud de Liuba complicaba terriblemente las cosas: la pobre mujer sufría horrores y les hacía la vida, literalmente, imposible. Sus condiciones empeoraron cuando, a los pocos meses de llegar a Orenburg, llegó la triste noticia de la muerte del abuelo, el viejo obrero anarquista, Alexander Russakov. “Fue un dolor terrible para todos. Recuerdo que, por primera vez, vi a mi padre llorando, cuenta Vlady (la segunda fue, muchos años después, cuando, ya en México, fuimos a visitar a Natalia Ivanovna, la esposa de Trotski)”.

Las crisis de Liuba, que antes eran intermitentes, se hicieron cada vez más frecuentes: gritaba, se tiraba al suelo y rompía todo lo que tenía a su alcance. Y cuando volvía a la normalidad, tenía fuertes depresiones y sentimientos de culpabilidad: –no sirvo para nada, soy un estorbo, les hago daño, es mejor que me vaya… Vlady comprendía que su madre lo estaba abandonando para hundirse en los abismos de la locura. En adelante, no participaría más en su futuro.

Desde entonces, y hasta la muerte de Liuba medio siglo después sintió hacia su madre un extraño sentimiento de ternura mezclada con resentimiento. Serge, por su parte, sufría en silencio, pero cuando se relacionaba con Liuba, procuraba conservar una expresión dulce y tierna.

Hacia la primavera de 1934, las cartas que enviaba a Europa se hicieron más dramáticas: “si sigue así mi esposa está perdida. (…) Su desequilibrio es para nosotros una pesadilla permanente en estas condiciones más que primitivas y en este ambiente. (…) Consumamos muchos narcóticos e hipnóticos. Reconstituyentes no; ¿para qué? Si lo que falta… ¡son los alimentos! Mi esposa parece víctima de un proceso esquizofrénico que el traumatismo psíquico no deja de agravar. Este último año ha sido terrible y funesto. Liuba se debilita cada día más, sufre enormemente y hace de nuestra vida de Robinson un modesto sucedáneo del infierno. Las curas que podrían aliviarla un poco son posibles sólo en institutos especializados y mis solicitudes para internarla en un hospital han quedado sin respuesta (es cierto que fui expulsado del sindicato). Internarla aquí sería lo peor, antes de esto preferimos cualquier cosa. La enferma sufrió, recientemente, explosiones de una violencia inaudita que agotaron mis fuerzas y las de mi hijo”.8

Estas palabras nos remiten al calvario de Víctor y a los muchos esfuerzos que hizo para salvar a su esposa. Pronto se hizo evidente que Liuba no podía seguir viviendo en familia y, en otoño, ya embarazada de Jeannine, se marchó a Leningrado para recibir tratamiento profesional y vivir con su madre, la abuela Olga.

Serge y Vlady se quedaron solos en la isba, gozando de un corto intervalo de calma relativa. La nueva situación produjo un efecto muy benéfico sobre el adolescente: “Serge me aconsejaba en mis lecturas, tanto en el ámbito de la literatura como del ensayo y la historia. Me hablaba del mundo Occidental, de la democracia, de los sindicatos... Me leía poemas en voz alta, a menudo en francés y creció en mí, con su apoyo, la pasión por el dibujo, que cultivaba desde niño. Aunque era muy difícil conseguir los útiles, hice muchísimas acuarelas, algunas de la cuales conservo hasta el día de hoy. Recuerdo unas espléndidas noches de otoño, con la chimenea prendida y la trémula luz de la lámpara de petróleo que esclarecía la mesa redonda en donde nos sentábamos los dos, el uno frente al otro. Él escribía y yo dibujaba. A su lado todo se volvía bello para mi, incluso las terribles asperezas de la realidad rusa”.

(El anterior texto se reproduce por autorización del mismo autor y Carlos Díaz. Dicho fragmento inédito parte en gran medida de la biografía del escritor Víctor Serge, reconstruida por su hijo, Vlady. Las entrevistas al pintor de origen ruso fueron realizadas en México entre 1993 y 1998.)


Ensueño

Isabel Díaz Fabela

Ven caballo blanco
acércate
y me escuchó...
inquieto me empezó a buscar en el oleaje
y vino hacia mí
lento y elegante
caminando sobre la superficie
de este increíble mar de tinta azul espesa
y brillos como espejos
caminando, caminando
por encima
sin siquiera salpicarse...
poco a poco su figura se iba haciendo grande
hasta llegar a su tamaño natural
entonces yo alargué mi brazo y mi mano
más y más hasta tocarlo
mientras él venía a mi encuentro con sus pasos lentos y elegantes
ondulando sus crines y su cola por la brisa de este mar interminable
se detuvo ante mí...
y lo toqué...
pasé mi mano por sus ojos de terciopelo pavonado
y acaricié sus sensuales belfos...
Suavemente pasé mi mano por su vientre
y toqué sus caudalosas venas...
y sentí el latido de su sangre...
acaricié dulcemente su delicado sexo y sus testículos de piel de seda.
Entonces él cerró sus ojos, arqueó su cuello
y bajó la testa...
se alejó de mí y se fue rumbo al infinito
de este mar de tinta azul espesa y brillos como espejos
todavía alcancé a tocar sus ancas duras...
pero entonces mi brazo y mi mano
volvieron a su tamaño natural...
lo llamé
ven caballo blanco ven...
pero solamente quedaba la huella de sus cascos
sobre este increíble mar de tinta azul espesa
y brillos como espejos...
se paralizó mi mente y quedó en blanco
y también mis ojos se cerraron...
perdí la noción del tiempo
por el choque de estos dos colores
el azul y el blanco...
abrí después los ojos
y me encontré poniendo la marcha de mi coche
apreté el acelerador
y me confundí
con el ir y venir de los coches y camiones
de la calle de Insurgentes
con sus árboles... sus hombres... sus niños y mujeres.


Vlady: el significado del trazo y el color
Leonardo Compañ Jasso


Vlady: línea tras línea, semirecta, semicurva, recta, quebrada, pero siempre delimitadas por la línea y la blancura simple del papel. A veces, el color intenso de la sangre, del fuego, del fulgor o la melancolía oscura del vino tinto chocando contra el óleo y el lienzo, al modo renacentista de un Da Vinci, o un Tintoretto. El boceto y la pintura, la idea y el trazo de una pluma, o el pincel, hechos por un hombre de gran bigote y anteojos de cristal dilatado y miope.

La letra deja de serlo y adquiere el poder ineluctable, misterioso, del signo y la huella. La impronta horada la moneda y retoma, desde la raíz, la revolución. Entonces, Vlady no es Vlady, sino Víctor Serge, su padre. Y se hace mexicano, pese a su antinacionalismo, por amor a una mujer, Isabel Díaz Fabela, quien murió hace un año; y a una Nación, el México revolucionario y posrevolucionario, que degeneró, como da cuenta Don Renato Leduc, en gobierno y Ejército, en prian y soldados en las calles.

La revolución circuló por sus venas y floreció en su obra plástica, desde antes de dejar su país natal, Rusia, y caminar el exilio en Europa, con su padre, hasta llegar a México. Y, aquí, a vivir sus últimos años en Cuernavaca.

Una tarde de tardes, hace más de cinco años, cuando Carlos Díaz, sobrino de Vlady, nos permitió a Óscar López y a mí visitar el estudio del artista en la colonia Lomas de Cortés 70 de Cuernavaca, además de contemplar un magnífico mural y el orden de sus materiales de trabajo pudimos admirar el retrato que le hizo a Don Samuel Ruíz, que si mal no recuerdo llegó a aparecer en un número de Letras Libres.

Vlady admiraba la revolución zapatista, surgida en 1994. Este año, su admiración le llevó a exponer en la Secretaría de Gobernación cuatro cuadros monumentales, que el entonces titular del ramo, Patrocinio González Garrido, ordenó fueran embargados y confiscados: “Luces y Obscuridad”, “Violencias fraternas”, “Descendimiento y Ascensión” y “Huellas del Pasado” (Teresa del Conde, Alfonso Colorado y otros, “Vlady. El Modelo Interior.”, pág. 63, CONACULTA, 2000, México). La medida, tiránica y caciquil evidentemente, sólo subrayó el carácter revolucionario, disolvente y generador de conciencia del arte, tal cual proponían, entre otros, Walter Benjamin y Guy Debord, uno de los ideólogos del movimiento estudiantil de mayo parisino de 1968.

En Vlady se anudan, quizás por mero azar, por pura casualidad, Víctor Serge y Debord. “La teoría revolucionaria –dice Debord, en La Sociedad del Espectáculo, parágrafo 124, pág. 116, con prólogo, traducción y notas de José Luis Pardo, edit. Pre-Textos, tercera reimpresión (segunda edición), 2007, España)– es ahora enemiga de toda ideología revolucionaria, y sabe que lo es”. Pero el motivo, el fundamento, lo puntualiza Víctor Serge: “si la inteligencia no las domina (a las revoluciones) nos destruyen”. Las revoluciones son, como puntualiza Teresa del Conde (pág. 8, Óp. Cit.), “volcanes”. Cabría precisar: fuerzas naturales.

Y, en esto, caemos en una propuesta kantiana, asentada en la Crítica del Juicio, para referirnos a Vlady. O, si es menester actualizar argumentos dentro del discurso de Giles Deleuze: el pintor crea y, por ende, revoluciona, luego de hundirse en su propio caos.

Así las cosas Vlady funde en el boceto y la pintura la inteligencia y la fuerza natural. No revoluciona por seguir una ideología revolucionaria determinada, como burguesamente hizo Diego Rivera, por dar un caso, sino por disolver propuestas establecidas y generar nuevas.

Parafraseando los primeros versos del poema “Testamento” de Tudor Arghezi diríamos, respecto a Vlady: hijo, no te dejo bienes, sino una firma al final del lienzo. Paradójicamente, Vlady sólo dejó firma y comentarios en lienzos, pero ningún hijo. Ni siquiera José Luis Cuevas puede considerarse su hijo, mucho menos esos vividores de las becas del Conaculta, INBA y otras instituciones públicas, que se jactan, cínicamente de ser escritores, poetas y artistas, y cuyos nombres se omiten para conservarlos en su anonimato nefando; si acaso, Arnold Belkin, que retomó, a su estilo, la dimensión que Vlady otorgaba a sus dibujos usando trazos firmes de espirales inyectadas en brazos, piernas y demás.

Hay dos pinturas de 1957, donde la combinación de técnicas permite a Vlady otorgar dimensión y poder a dos mujeres. En una, de 51 por 34 centímetros, el conté y la sanguina, en cuadrícula garabateada dentro de cada uno de los miembros del cuerpo genera a una mujer plena de ternura y redondez.

En el otro, de 49 por 31 centímetros, la tinta china y la aguada insinúan, entre el negror geométrico de la línea, en diversos grosores, y el tenue azul cielo, la sensualidad de una mujer desnuda, que bien podría ser Helena de Troya, la apenas descrita por Homero, si no fuese por el corte de su cabello, trazado en cuatro líneas precisas, que la colocan en la moda de los 50´s.

El contraste entre la línea y el color producen, en ciertas ocasiones, la impresión de un lenguaje y no, precisamente, al modo en que un Cranach asentaba una sentencia, o aforismo determinado. Es una pulsión codificadora de procesos mentales, que traduce a líneas, colores y composiciones pictóricas ideas, conceptos, recuerdos, estados anímicos y vivencias.

Por lo mismo, resulta difícil situar la obra de Vlady en alguna corriente determinada de pintura. Según el boceto, el mural y demás Vlady camina pasos de Braque, el expresionismo, el arte abstracto e, incluso, el naif postmoderno, como en “La Capilla” de 1975, acuarela y pastel de 76 por cincuenta y seis centímetros. Este cuadro, por cierto, evoca matices místicos a lo Goitia. Muy mexicanos, claro está, y revolucionarios.
Y, de nuevo, surge la palabra “revolución” y lo que implica en su significado. Cabe desprender de la obra de Vlady que una revolución es algo más que un cambio de estructuras sociales, económicas y políticas; es una transformación de la perspectiva.

Desde este ángulo, la obra de Vlady se resiste a padecer lo que Debord ubica como espectáculo. Para decirlo de algún modo, no cabe en un museo ni queda a merced de un curador, pues es, por sí misma, disolvente; se irrumpe a sí misma, se desclasifica y reclasifica, en un devenir revolucionario donde la imagen es letra y el color, palabra en gestación, signos de procesos psicofisiológicos de lo humano y su refundación.

A Vlady no se le mira pasivamente; no encontramos la contemplación de un instante que nos trasciende, “aural” como le nombra Hans-George Gadamer. Antes bien, nos impele a la acción y, en este sentido, nos incita a la muy renacentista “voluptas” de la “Primavera” de Botticelli.


Vlady: bisturí de la psique
Óscar López


Cuando salimos de la caótica nomenclatura de Cuernavaca, ésa que nos extravía entre avenidas, calles, callejas, privadas y números reales e imaginarios, llegamos a casa de Vlady, casi una hora después de la cita. Carlos Días, su sobrino y principal promotor de su obra, con paciencia y cortesía nos abrió la puerta y nos hizo pasar. Dejamos el caos e ingresamos a la anarquía; es decir, salimos del estado de derecho e ingresamos a la armonía del arte, donde rige el contraste de la luz y la oscuridad, el color y la forma y, en fin, el idioma de lo que, en tiempos de Platón y Aristóteles, se llamó Megalopsichos, alma grande, territorio de la Belleza, del Kalós, donde Vlady desplegó una revolución pictórica que todavía está por descubrirse.

Entramos y, hacia la derecha, precedidos por Carlos Díaz, en compañía de los perros, llegamos al estudio de quien todavía sigue ahí para mostrarnos el poder de la técnica, el trabajo y el talento. Un amplio salón, de techo elevado, nos esperaba con el mural “Jerjes”; bocetos, grabados, litografías, acuarelas, cuadros y, en fin, frutos de una actividad diaria de catorce horas. “Era un nietzscheano”, nos dijo su sobrino casi a boca de jarro. “Leyó a Nietzsche durante más de cuarenta años”. Y por la obra que apenas vimos no pudimos ponerlo en duda.
No obstante, Vlady le comentó a su sobrino que cuando muriera “sólo moriría un poquito”. Y vaya modo de ir muriendo. Con técnica de Tiziano, de Botticelli, Vlady supo consignar ese resquicio de vida en colores encendidos e ígneos para narrar, entre otros, hechos como los de la masacre de 1968. Quien haya visto sus bocetos comprenderá una de las muchas propuestas de Vlady, pues en ellos cada cuerpo humano adquiere la forma de un órgano, ya el cerebro, ya el páncreas, ya el intestino. Conforme a esto, la masacre del 68 es, propiamente, un “suicidio”; más que un genocidio.

Carlos Díaz, por cierto, nos comentó que Vlady no pintaba cabezas a quienes no les advertía talante de hombres. Es claro que todo ser humano cuenta con el cuerpo que la especie le otorga, pero el rostro ha de labrarlo cada quien según sus actos e ideas. En esto, no había vuelta de hoja. La mirada de Vlady, al pintar a alguien, se transformaba en bisturí de la psique, tal cual le tocó constatar a Carlos, a quien un día de días simplemente le dijo que se colocara ahí y se puso a pintarlo. “No soportaba su mirada”, confiesa Díaz. Pero si al pintar Vlady no tenía conmiseración ni consideración ninguna al tratar a quien apreciaba y aquilataba por su valía interna no sólo lo entendía sino que nunca le retiraba la palabra. Para Vlady la persona valía desde la palabra.

Es menester decir que Carlos Díaz no únicamente mereció su palabra sino su cabeza. Posiblemente por lo mismo es que Vlady exigía un autorretrato a quien pretendía aprender de él los secretos de la pintura. “Él poseía una buena cantidad de autorretratos; más de cuatrocientos, en sus cuadernos, y no siempre acordes con la edad en que los hacía.” Sin duda, el autorretrato es indispensable para el pintor si consideramos que constituye una interpretación de sí mismo. Sí, una interpretación, no un autopsicoanálisis, pues la pintura no sirve para conocer los procesos psíquicos, ya propios o ajenos, pese a los peculiares análisis realizados, en su momento, por Freud. También aquí Vlady era nietzscheano; estaba claro que los signos del “hecho interno” son insuficientes para entenderlo. Sin embargo, luchaba por entenderse desde el arte. Cerca del mural Jerjes hay un gran óleo que, a decir de Carlos, le llevó más de cincuenta años pintarlo, precisamente porque representa sus “vivencias dolorosas”, generadas en buena medida por quien fuera mejor conocido como “El Carnicero” Stalin, tenaz persecutor de los bolcheviques; entre otros, Trotsky y su padre, el escritor Víctor Serge.

Isabel Díaz Fabela junto con Vlady, allá por los años cincuentas organizaron exposiciones que dejaron una impronta en la cultura. En el Jardín Borda, aunque ya no con mucha frecuencia, realizaron muestras en las que asistieron críticos del arte, estudiantes, directores de cultura, filósofos, poetas y pintores. “En Cuernavaca, él formó pequeños alumnos que hoy en día tienen muchas influencias vladyanas. Recuerdo que cuando Vlady convocaba a exposición en el foro del Borda eran concurridas. `Dejaron un buen sabor de boca´. Aunque después ya no con mucha frecuencia se hicieron; recuerdo que fue allá por los noventas. Creo que mis tíos trabajaron muchos años por el arte y para el arte”, dice.

La obra vladyana, refiere Carlos Díaz, debe ser estudiada y valorada. “Él junto con su obra deben ocupar un lugar importante en el arte mexicano y también en el mundo. Mi tío se entregó al arte. Y creo que eso debe ser apreciado. Debemos organizar mesas de discusión y más muestras pictóricas. Como único heredero me gustaría que su obra perdure si se puede en todos los museos y centros culturales del país y otros países. En eso me estoy ocupando precisamente ahora en llevar el arte de Vlady a otros estados de México.”

En esta ciudad Vlady apoyó desinteresadamente todo proyecto cultural joven; siempre fue un crítico del poder y un fiel admirador de las revistas literarias. Su obra apareció en varios ejemplares independientes en Morelos, como fue el caso de la revista de la literatura y arte contemporáneo El Perro Azul. Proyecto al que siempre le compartió sus consejos de un sabio. “Creo que fue un hombre siempre generoso con su familia, con las causas sociales, como fue el caso de los zapatistas en Chiapas, con Marcos, con el Tatic Samuel Ruiz”, sentencia Díaz.

Le cuento a Carlos Díaz que en el 2001 entrevistamos a Vlady en su estudio. En aquella ocasión con el artista hablamos de temas en general, pero siempre se lanzó en contra del sistema capitalista, el cual desde su muy particular punto de vista es “un mal que prevalece entre nosotros. El capitalismo está destruyéndonos como sociedad.”, decía.

Pese a lo interesante de la conversación con Carlos Díaz tuvimos que concluir nuestra visita. Las sombras comenzaban a imponerse sobre el estudio de Vlady y poco se podía apreciar ya su obra.