REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 07 | 2019
   

Confabulario

Instantáneas de la ciudad


Miguel Ángel Tenorio

Un momento para acercarnos al lado
humano de la ciudad. Para acercarnos a personajes
que transitan, corren, sueñan, se enamoran,
se pelean, en fin, tantas cosas que suceden a
diario en estas… Instantáneas de la Ciudad.


UNA MAÑANA MUY AMOROSA
Los dos despiertan casi al mismo tiempo. Las manos de él se acercan y rodean la espalda de ella. Las manos de ella toman los muslos de él. Los ojos de él se entreabren. Los labios de ella se aproximan. Los labios de él responden con un beso suave. Los ojos de ella se entreabren. La boca de él succiona. La boca de ella se incrusta en la de él. Las dos lenguas se entrelazan. De pronto, los dos a un tiempo, rompen en un abrazo jubiloso y en besos ansiosos y los brazos entrelazándose.
- Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero -se dicen, en una explosión de amor, que se vuelve más intensa cuando él entra en ella, que lo rodea con sus piernas en la espalda y ruge, se contrae. Él grita, se vacía. Ella azota su espalda en la cama sintiéndose plena.
-Ay, cómo disfruto estos momentos -dice ella.
-Yo también -responde él. No sólo disfruto. Los necesito.
-¿Y cuando tengamos hijos, me vas a querer igual? -pregunta ella.
-Sí -dice él.
-¿Y te vas a levantar en la noche a dormir a los bebés? -Sí -dice él.
-¿Y vas a llegar temprano para ayudarles en su tarea a los niños?
-Sí -dice él.
-¿Y nunca me vas a engañar?
-No -dice él.
-¿De veras?
-De veras.
-No te creo -dice ella.
-¿Por qué?
-Me siento insegura contigo.
-¿Pero por qué?
-Tengo la sensación de que te vas a cansar de mí y vas a buscarte otra mujer.
-¿O sea que no me tienes confianza?
-No.
Él entonces guarda silencio y se aparta de ella. Ella también se aparta. Se hace un silencio como témpano. Él se levanta y dice:
-Voy a correr.
-Sí -responde ella, mientras él se viste con sus pants y sudadera. Ella se queda en la cama. Él se acerca para darle un beso. Ella voltea para verlo. Él inhibe el beso. Ella se voltea. Él se va.
Mientras hace su ejercicio suelta su malestar, su furia, su coraje, pero se carga de otra furia, de otro coraje, de un enojo de otros días: “Es que siempre me habla de lo mismo, es que todo el tiempo me está diciendo esto, es que no me tiene un mínimo de confianza. Es cierto que sí soy coqueto, pero me he estado frenando, he estado poniendo toda mi voluntad”.
Ella da vueltas en la cama y suspira: “¿Es que cómo puedo sentirme segura? Voltea a ver a cualquier cosa que traiga faldas. Yo no quiero estar celosa. Nunca he estado celosa en toda mi vida. No me gusta. Me odio. Me siento mal, pero no lo puedo evitar. No sé si podré vivir toda mi vida con esto. Debería separarme antes de que tuviéramos hijos.”
Él corre y piensa: “¿Para qué tener hijos con ella si no me tiene confianza? ¿Para qué? ¿Para qué seguir con ella si vamos a estar todo el tiempo así?”
Ella se levanta de la cama, se pone su bata, abre el clóset y empieza a empacar cosas en la maleta. Él detiene su carrera, respira y dice: “¡Ya basta! Yo tomo la decisión. Nos divorciamos.”
Ella avienta las cosas a la maleta: “¡Me divorcio!”
Él entra a la casa, decidido. Ella lo escucha entrar y sale a recibirlo. Está decidida. Los dos se miran, decididos. Pero de pronto, algo pasa. La decisión se queda en pausa. Se quiebra. Se disuelve. Las miradas están fijas del uno sobre el otro. Las palabras no salen, están detenidas. Una leve sonrisa se asoma en el rostro de ella. La mirada de él se suaviza. La mano de ella se aproxima a la mejilla de él. Las manos de él se aproximan al brazo de ella. Los labios de ella se acercan a las manos de él. Los labios de él se acercan al hombro de ella. De pronto, los dos, al mismo tiempo, rompen en abrazos, en besos y en palabras que dicen: “Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero”… Y luego, la calma, la sonrisa y otro “te quiero” más suave, cuando, entre los dos, van colocando nuevamente la ropa que está en la maleta, la van poniendo en sus anaqueles correspondientes, al igual que también van poniendo sus emociones, sus afectos, sus sueños, sus esperanzas y su conocimiento mutuo del uno y del otro en los anaqueles correspondientes, de la misma manera en que van acomodando sus muslos entre los muslos, las manos en las caderas, los labios en los labios, las piernas de ella que se abren para recibirlo a él y colocarle sus piernas sobre los hombros y él besa sus pantorrillas que aprisionan su rostro, mientras él entra en ella que lo aprisiona para moverse los dos a un ritmo que no es de uno ni de otro sino de los dos unidos, los dos que sienten, que se traspasan, que se mueven con vehemencia moviendo el universo que explota en un big bang original que da paso a la calma de besos suaves en las mejillas, en los labios, miradas tiernas, suspiros y los dos, a una sola voz, leve, muy leve, soltar al unísono un… “te quiero”.

UNA PRIMERA VEZ
-Gracias, gracias -musita ella, al ir sintiendo cómo él va entrando muy despacito en ella, que por primera vez, a sus 55 años, está entregando esa entrada de ella que tantos quisieron a sus 17, a sus 20, a sus 30, pero ella nada. Había oído decir que dolía mucho y por eso nada, nunca, pero hoy con él sí, él que fue novio de ella largo rato allá en sus veintes casi treintas, y que a la mera hora los dos se casaron con otros, pero hoy él y ella, como nunca antes, hoy los dos trabajando juntos. Tantas veces que pensaron que podrían hacer un buen equipo, tantas veces que estuvieron cerca, pero por una razón o por otra, a veces lo contrataban a él y a ella no, o a la inversa, y cada vez que se ven parece que quiere revivir aquel fuego que por años tuvieron, y que quién sabe si de pronto se apagó, porque ella dijo que no cuando él le dijo aquel día:
-Déjame entrar por atrás.
Y ella que estaba más que encendida, en ese momento parece que va a decir que sí, pero de pronto, algo en su interior le dice: “Duele, duele”
Y entonces ella dice:
-No.

Y él, aunque la tiene con las caderas hacia arriba y la frente sobre la cama, él respeta y no entra por la puerta trasera, sino por donde siempre, pero esa vez, algo se queda flotando en el ambiente, aunque él no lo quiera aceptar.
-¿De veras es tan importante para ti hacerlo por detrás? -le pregunta ella, que un día se atrevió a preguntarle a sus amigas, si ellas ya.
-¡Ay, es delicioso! -dice una.
-No, cuál delicioso, es horroroso -dice otra. Yo nada más lo hago, porque mi marido quiere, pero si no…
-No, yo nunca lo haría -dice una tercera. A mí me contaron que a una señora, por hacerlo tantas veces así, la tuvieron que operar.
-No, no es tan importante -dice él, sólo que ese día se me antojó.
Ella asiente, él asiente. Piden otro café, ahí en el Sanborn´s de San Ángel, donde están festejando los 30 años de ella, que ya se quiere casar, porque siente que ya es tiempo, que ya quiere un hijo, que…
Pero él, que era el que hacía dos años quería que ya se fueran a vivir juntos, él es el que ahora dice:
-¿Por qué no nos esperamos un año más? Estoy terminando mi tesis para el doctorado y luego tengo que ir a España para el examen y…
Y cuando él se va a España, una carta le llega, una carta que dice:
-Perdóname, pero me voy a casar.
Él regresa, quiere hablar con ella. Nada.
Pero hoy él aquí está, entrando en ella, que va sintiendo cómo se va llenando, todo él está dentro de ella que se contrae, por sus muslos parece recorrer una ráfaga que sale de las rodillas a las ingles y ella siente como si se ahogara en un ahogo delicioso, un ahogo largo, un ahogo que la hace sentir que de pronto ya no está aquí, sino en el cielo. Los muslos de él chocan contra la parte posterior de los muslos de ella, que siente cada vellito de las piernas de él, y sus manos la toman por las caderas, y ella ahora, para completar lleva su mano derecha a su propio pubis, su clítoris y empieza a frotar, a frotar, a frotar, a frotar.
¡Pruuuuuuuuuuuuum! Las compuertas de la presa se abren, las aguas se desbordan, los inundan a los dos con el gozo supremo y ruedan sobre la cama de ese hotel en Avenida Revolución, al que siempre quisieron ir cuando andaban de novios, pero que era muy caro para ellos, y que hoy su precio no importa.
-¿Cómo estás? -le pregunta ella.
-Muy bien -responde él, que la abraza, la cubre de besos, y de pronto le dice:
-¿Sabes? Siempre había tenido ganas de hacerlo así, pero nunca lo había hecho, sino hasta ahora contigo. Una vez con mi ex mujer, de pronto me dijo que quería que se la metiera por ahí, y no sé qué me pasó, pero se me bajó y no pude. Lo intentamos otro día y tampoco. Y no sé, pero siento que a partir de entonces, como que algo se rompió en la relación. Digo, duramos muchos años más, pero ahora que lo veo a la distancia, creo que ahí cambió todo.
Y ella que estaba a punto de decirle que para él y para ella, la vida también había cambiado a partir de que ella había dicho que no, aquella vez, ella prefiere no decir nada y sólo besarlo, acariciarlo, decide tenerlo, retenerlo. Total, los dos ya están libres de compromisos matrimoniales y a lo mejor en una de ésas, retoman lo que hace tantos años quedó, por lo visto, solamente en pausa.

SIEMPRE DENTRO
Restaurant El Portón, en Buenavista. Ella mira la carta para saber qué va a querer cenar. No sabe, indecisa entre el pozole o los chilaquiles o la... de pronto levanta la vista y allá, a lo lejos, muy lejos, del otro lado del restaurant, ahí, ahí está... ¿quién está? Pues él... él...
Contracción en el estómago de ella, recuerdo: él, tendido en la cama, desnudo, sonriendo; ella, sentándose sobre él, sintiéndolo a él, cómo va entrando en ella, cómo se va llenando ella de calor, de gozo, de él, de él, de él, de él, de /
-¿Qué van a ordenar? -pregunta la mesera.
-¿Qué vas a querer? -le pregunta su esposo a ella, que se siente bañada en sudor, ya no quiere nada y sólo le dice al esposo:
-Pide tú primero.
-Un pozole -pide el esposo.
Ella se siente mal, se levanta.
-Voy al baño -dice.
-¿Qué te pido? -le pregunta el esposo.

Ella camina apresurada al baño y sólo voltea, con una sonrisa fingida, para decir a señas que “luego, luego”.
Ella cruza todo el restaurant y de pronto: él, él, él... ¡ahí está él!
Él que levanta la vista; él, que sonríe. Él, que se levanta para saludarla, para abrazarla, para besarla, para abrirle el vestido ahí, en el centro del restaurant, para dejarla como siempre, en ropa interior.
-No te la quites -le dice la primera vez.
-Me encantas con tu ropa interior -le dice siempre él, que sólo hace a un lado la pantaleta para poder entrar al recinto sagrado de ella, que lo quiere a todo él, entero, para ella.
Pero no, ¡No! Él está casado.
-La verdad que me gustas mucho -le dice él.
-Si te hubiera conocido antes.
-Yo te dije desde el principio que estaba casado.
-No te estoy exigiendo nada -le dice ella -sólo digo lo que me gustaría que fuera, aunque ya sepa que eso que digo no pueda ser... Además, hay un chavo que me está rondando, que me cae bien, que se ve buena onda y que... no sé, a lo mejor con él me olvido de ti.
-¿Por qué no te conocí antes? -dice él, llorando, la abraza, ruedan por la cama.
Ahora es ella la que lo consuela a él; ella, la fuerte; ella la que le dice:
-A lo mejor, de veras, como dicen, el tiempo cura todo, y a lo mejor, diez años después, cuando nos volvamos a ver, ni siquiera sintamos nada.
Pero hoy aquí, en Buenavista, no son diez, sino quince años los que han pasado y hoy él, en su mesa, levanta la vista, la descubre a ella, se turba, ella se da cuenta de la esposa que está al lado de él. Ella comprende, él no se va a poder levantar...
Ella entra al baño, se encierra en uno de los privados, se sube el vestido, se baja la pantaleta, se sienta en la taza, suspira, recuerda: él tendido en la cama, desnudo, sonriendo; ella sentándose sobre él, sintiendo cómo se va llenando de él, cómo se lo va quedando dentro para siempre, sonríe, se levanta, sale del privado, se mira en el espejo, se siente contenta, sale del baño, pasa cerca de la mesa de él, lo mira rápidamente, sonríe, él se turba, ella lo sabe, ella regresa a la mesa donde su marido ya come su pozole, ella pedirá chilaquiles y seguirá viviendo su vida lo mejor que pueda, sabiendo que a él lo traerá siempre dentro, aunque él mismo no quiera, aunque él mismo ni siquiera lo sepa.
*Miguel Ángel Tenorio, fundamentalmente dramaturgo, que también ha escrito cuentos y novelas para niños y jóvenes. Desde 2001 es también un Narrador Oral que presenta tanto sus “Instantáneas de la Ciudad”, como otras obras de su autoría en bares, cafés, plazas públicas, parques, escuelas y en teatros. Se ha presentado no sólo en México, sino también en Estados Unidos, Canadá, Colombia y Panamá. Las “Instantáneas de la Ciudad” se han publicado en nueve libros distintos, pero todavía quedan muchas por ser publicadas y contadas.