REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 10 | 2019
   

Clave de sol

John Lennon, ¿qué harías en este 2011?


René Avilés Fabila

La semana pasada* recibí un correo del hermano menor del legendario escritor Parménides García Saldaña, el primer camarada de mi generación en fallecer. Ignoro la edad precisa de Edmundo García Saldaña, pero tendrá al menos ocho o nueve años menos que yo. El correo contiene un video con imágenes de las figuras centrales del rock de los años cincuentas del siglo XX y llega a los sesentas, algo que parecerá verdaderamente remoto a quienes nacieran hace unos veinte años y que son más producto del nuevo siglo que del anterior, del mío. En el trabajo se aprecian figuras como Elvis Presley, los Beatles, Rolling Stones, Bob Dylan, Janis Joplin, Procol Harum y Jimi Hendrix, entre otros más, todos notables. Recuerdo que José Agustín, quien de esto sabe mucho, me vaticinó que los tres grupos mayores que pasarían a la historia sin contratiempos, eran Beatles, Rolling Stones y Procol Harum, aunque yo pondría en la breve lista a Who y a quienes, a mi modo de apreciar la época, la concluyeron: Sex Pistols. Con el paso demoledor del tiempo, los muy veloces avances tecnológicos, el surgimiento de figuras extravagantes al nuevo estilo comercial, como la insufrible Madonna o Lady Gaga, la gente ha olvidado el muy peculiar talento del grupo inglés Procol Harum, que estuvo alguna vez, ya mermado, de visita en México, autor entre otras piezas célebres de “A Salty Dog” y “A Whiter Shade of Pale”.

La música y los roqueros aparecen enmarcados con otras fotografías y algunas ideas breves que ubicaban el contexto de una etapa formidable. Está allí la recién iniciada Revolución Cubana, el Che Guevara todavía vivo, la heroica defensa de Vietnam, los diversos movimientos estudiantiles que iniciaron en mayo 68 en París, cuyo mejor publicista fue entre nosotros los mexicanos, Carlos Fuentes, el hippismo, la revuelta sexual, las drogas, el amor entre flores e ideas comunitarias, las manifestaciones de distinto cuño por la paz y en contra de la guerra, las acciones revolucionarias de los negros en EU como Black Panther, Black Power o las encabezadas por Malcom X. Para redondear el panorama repleto de inquietudes positivas, en África se agitaban los pueblos árabes y negros, amparados por ideas de no alineación política con ninguna de las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética. Se acababa rápidamente el colonialismo, surgían nuevas naciones y proyectos socialistas armados o pacíficos. En América Latina teníamos dos tipos de lucha en perspectiva: la vía armada y la ruta electoral como en Chile. Es lo que muchos han llamado la década prodigiosa, un periodo de activismo político, rebeldía y amor libre al amparo del rock que hizo vibrar al mundo entero. Las nostalgias de hoy se fundamentan en ese periodo que va, para ponerlo de modo claro y fácil, de 1960 a 1970 y algo más. Imposible las precisiones, no hay fechas exactas, de allí que sea Elvis (1955) quien arranque la década y cierre con grupos y movimientos posteriores a los sesentas y desarrollados en los setentas. Los datos fijos, históricamente hablando, no existen, siempre hay antecedentes, personajes anteriores, que permitieron los cambios y otros que toleraron su extensión antes de morir. Los Beatles, sobre todo John Lennon, amaron a Elvis, luego, al encontrarse con él en Graceland, el rey los descontroló: no era más el rebelde que sacudió al mundo anquilosado, absorto ante las canciones cursis de Bing Crosby o de la inefable Doris Day. En este caso, Frank Sinatra se cocina aparte. Fue un caso notable y absolutamente memorable del pasado que supo hacerse leyenda sin modificar un ápice su estilo y el fraseo genial que lo hizo un fenómeno artístico y le permitió morir rodeado de éxito humeante por los cigarrillos que fumó y húmedo por la cantidad de whisky ingerido incluso en los escenarios. Todavía en pleno auge de Beatles y Rolling Stones, de Dylan y Jim Morrison, metió algunas canciones al Hit Parade. A su vez, el cantante de “Jail House Rock”, se sintió molesto con los nuevos talentos, los Beatles, que tenían cualidades y valores distintos y más avanzados a pesar de venir en línea directa de sus primeros discos. No en vano, Lennon cantó más de una rola de Presley, Gene Vincent o Budy Holly, en homenaje a los pioneros de mayor talento.

En mi caso, salí del marasmo musical mexicano, harto de mariachis, tríos, boleros y canciones rancheras, con la violenta aparición de Elvis. Fui capaz, aún lo soy, de aceptar y prenderme fuego con la música más avanzada y de calidad, no comercial, desde luego. Cuando Elvis fastidiaba con filmes tediosos y lamentables, cuando ya era estrella de Las Vegas y había quedado casi al nivel de Pat Boone, su voz seguía impresionando, no importaba que ahora la destinara a baladas con frecuencia cursis y canciones memorables del tipo de aquéllas que escribió Paul Anka, hasta el final mantuvo una poderosa voz que dominaba a placer y que tenía influencia negra y country, una extraña mezcla. Casi enseguida de los pioneros norteamericanos, comenzó la famosa invasión inglesa. De todos ellos, los Beatles ocuparon un primer lugar. Para mí no hubo amor instantáneo como con Presley, fue gradual, al principio verlos uniformados, con el mismo corte de pelo, propios y agradecidos con el público (el “respetable”, diríamos los mexicanos, cuando todo tiene menos respetabilidad) que comenzaba a idolatrarlos. Brillaba Lennon, a pesar de la belleza masculina de Paul, la simpatía de Ringo y la seriedad de Harrison. Alguna vez le preguntaron a Keith Richard si era mejor guitarrista que su compañero de banda, Ron Wood (quien sustituyó a Mick Taylor en 1974), no lo sé, repuso el extravagante roquero, ídolo del actor Johnny Deep, pero juntos somos insuperables. Ésa era la clave de los Beatles: juntos eran geniales, no importaba que Ringo o Harrison fueran de menor talento, reunidos en el escenario o en el estudio de grabación eran inmejorables y muy pero muy peculiares.

Sentí, como hasta hoy, devoción por los Rolling Stones, tuve la suerte de presenciar el concierto de despedida de Brian Jones en Londres y los he visto muchas veces en París y en el DF, me fascina su música, los movimientos singulares y siempre juveniles de Jagger, su sentido de la amistad y solidaridad, se quieren a pesar de las diferencias entre sí, pero los Beatles fascinaban, poseían el arte de evolucionar. Pronto fueron más famosos que Jesucristo y desde luego más gozosos. Tengo sus discos, incluido el asombroso Álbum blanco en primera edición. Me acompañaron por años, hasta que los Beatles anunciaron su dolorosa separación. ¿Tan rápidamente un grupo genial rompía su amistad y trabajo colectivo, luego de una profunda e imborrable huella? Muchos responsabilizaron a Yoko Ono, otros vieron la ruptura como parte del discreto enfrentamiento entre los dos mayores talentos de la banda: Johnn y Paul. Cada quien hizo lo que pudo por su lado y quienes mayores triunfos consiguieron fueron justamente Paul y Johnn. Harrison los siguió con discos formidables, el album All Things Must Pass, digamos, en cuyo interior estaban “My Sweet Lord” e “Isnt’it a Pitty” y Ringo puso en juego su simpatía y cordialidad para grabar viejas melodías que le iban a su estilo y no le fue nada mal, supo conservar la relación con sus ex camaradas y tocaba la batería con unos y otros.

Sin duda una etapa estaba llegando a su fin y la anticipaba la ruptura de los Beatles, la desaparición de otros grupos de alta calidad y la fatiga política del bloque socialista que, dicho sea entre paréntesis, no era muy dado a permitir el carácter subversivo del mejor rock y prefería seguir en las tranquilas aguas del estalinismo que sólo era útil para impedir la mirada de lo que abajo ocurría: poco a poco se desmoronaban los cimientos que Lenin logró hacer y donde no pudo construir el edificio completo, serían sus sucesores los autores de una obra de pésima calidad y cuyos resultados ya no están a la vista. La revolución marxista, la gran utopía, había muerto o estaba en plena fuga.

John Lennon y su eterna Yoko se fueron a posiciones más radicales y provocativas. Posaban desnudos, hacían música audaz y letras contestatarias, peleaban con los medios de comunicación más atrasados desde las camas de hoteles famosos. Alguna vez le preguntaron a Lennon si era hippie y él repuso con sencillez complicada: No, soy un Beatle. Ya solo, sin Paul, George y Ringo, compuso su propia y única música, era poco común, desgarradora, de limpia protesta como “Imagine” o “Mother”, asimismo volvió a sus inicios, al rock and roll de los cincuentas. Se hizo un buen padre y optó, aferrado literalmente a Yoko, lejos de la idea Beatle, por vivir en Nueva York, una ciudad maravillosa, que para él fue letal. Su asesinato es bien conocido. Para mi desgracia, en esos días estaba yo por viajar a tal sitio, para una plática en la Universidad de Columbia, así que la noticia me impresionó todavía más. Como muchos otros fui al lúgubre edificio Dakota, donde filmaron El bebé de Rosemary de Roman Polansky. En la puerta estaban muchachos acongojados, flores por docenas, veladoras y fotografías del que fuera líder del grupo más exitoso del orbe. Caminé por allí, entre jóvenes y policías, pensando que (John era de mi edad, de mi generación) una época se había acabado. “The Dream is Over”. Sí, comenzaba un largo periodo de nostalgia, del que no hemos salido por más que hayan aparecido cientos de figuras musicales de talento. Lennon era algo más que un cantante, que un músico, era un revolucionario sincero, un agitador, un provocador necesario, indispensable, un tipo genial que no hizo más daño que llenarnos de excelente música y justas propuestas de cambio, dejando de lado la tonta etapa de la India y su espiritualidad entre comillas.

Años después de su muerte, Paul estuvo en México todavía con Linda que movía graciosamente un pandero. Atrás del ex Beatle aparecían fotos de Lennon y él, de Lennon solo. Lo sentí como un acto de oportunismo y escribí para el suplemento cultural de Excélsior, El Búho, un texto titulado algo así como “Querido Paul, para qué demonios fui a verte”. El mejor momento del concierto fue cuando tocó las viejas canciones que firmaron Lennon y McCartney. Para colmo, poco después Paul reclamó que deberían ser firmadas al revés, pues su papel había sido fundamental. Volví a pensar en que la razón de la ruptura fue el choque de personalidades y no la fea de Yoko, cuya historia de amor es intensa. Si no eran golpes de oportunismo, al menos sí una puñalada a un muerto. Algo semejante escuché decir a Joan Baez en televisión, hablaba de esos años y de sus figuras señeras; obvio, tocó a Dylan y dijo que había traicionado sus principios. No lo entendí, me pareció una tesis exagerada. Meses después, tuve la humorada de presenciar una estúpida entrega de premios Oscar, ceremonias de total tedio y la prueba de que el show business es ramplón y meloso por excelencia. El Oscar a la mejor canción fue para Dylan, quien estaba en Australia o en Tanzania o en algún lugar remoto. La cámara vía satélite lo enfocó y lo vimos nervioso, inquieto, retorciéndose las manos como quinceañera antes de bailar el vals con Marcelo Ebrard, cuando escuchamos las palabras más anheladas del mundo: “And the winner is…” Bob Dylan y aquél que se preguntaba dónde estaba la respuesta, sonrió agradecido en la peor actuación comercial de su vida: la respuesta estaba no en el viento sino en Hollywood, como Elvis la halló en Las Vegas.

No son más los tiempos de la década prodigiosa. No hay bipolaridad y el socialismo se esfumó. Janis Joplin fue sustituida por Madonna y Lady Gaga. La tragedia es suplantada por el espectáculo. Paul es noble, aristocrático, como el gordito amigo de Lady D, Elton John, ambos van a Palacio de Buckingham y la reina los recibe para ganar popularidad. Muy lejos quedó la expresión irónica de John Lennon: aquellos que están en gayola, aplaudan, quienes están en los palcos y en primera fila, agiten sus joyas. Todo se comercializó y quedó en manos de los poderosos, empresarios y políticos. La revolución se alejó huyendo del neoliberalismo, la globalización y el show frívolo. Para acabarla de joder, un alumno mío de la UAM-X, en 2010, se tituló con una tesis sobre Paul McCartney, a pesar de mis ruegos: no, no, la figura era Lennon.

Los revolucionarios pocas veces llegan a viejos. Los tenemos siempre jóvenes, muertos en plena grandeza: en cine James Dean, por ejemplo, en la pelea social, figuras de la talla de Emiliano Zapata o Ernesto Guevara, en la música John Lennon. Así se mantendrán, inalterablemente, en el tiempo: radiantes, lejos de la terrible vejez. No nos legaron la foto cobrando la pensión, ayudados por un bastón o muletas o ingresando al hospital en silla de ruedas. A veces la muerte llega de una mano asesina, otras de la propia, como Kurt Covain. No padecieron la decrepitud. Los seguiremos viendo vigorosos y en plena acción, poniendo su esfuerzo en hacernos distintos.

Nos vemos pronto, querido John, en el otro mundo, si es que lo hay. Pero no me gustaría encontrarte tocando para Cristo, tú fuiste más famoso que él. Quiero decirte que restan algunos seres lastimosos, que inspiran piedad, envueltos en el halo de la nostalgia, que vagan en París buscando la tumba de Morrison o atisban el edificio Dakota para ver si de pronto se les aparece tu fantasma.

He sido un largo fanático del rock, de principio a fin, excluí grupos como los Archies y como los Monkys, hoy sigo, pasando por Pink Floy o Leed Zeppelín, a Oasis y a Green Days, a veces a U2, cuando no visita a Ernesto Zedillo o a Felipe Calderón. Pero cada tanto vuelvo a la música de esa década prodigiosa, donde Lennon nos pidió imaginar un mundo sin religiones y sin violencia y demandó que fuéramos soñadores.

Tlalpan, mayo 16 de 2011

*18 de mayo, 2011.