REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
27 | 05 | 2019
   

Confabulario

Instantáneas de la ciudad


Miguel Ángel Tenorio

“UN DÍA DEL PADRE … DISTINTO”
-¿Sabes qué? –le dice ella.
-¿Qué? –responde él, que más bien está gruñendo, porque hay que ir a ver a los papás de los dos. ¿Cómo repartirse?
-¿Desayuno con el mío y comida con el tuyo? –le propone a ella que le contrapropone:
-Mejor al revés.
-Es que va a estar mi hermano y su esposa -dice él- y pues creo que a mi papá le daría gusto que estuviéramos todos.
-Sí, pero a mi papá le vamos a hacer una comida -apunta ella. La hemos venido planeando desde hace más de un mes.
-Está bien –dice él, que ahora, ante el “¿sabes qué?” de ella, ya está listo para brincar como fiera, pero se contiene y pregunta:
-¿Qué?
-¿Te acuerdas del día de las madres?
-¿Qué del día de las madres? –responde él con otra pregunta, afilada como espada que quiere pelear.
-¿Te acuerdas lo que nos pasó ese día? –pregunta ella más dulce.
-No –responde él, más agrio.
-¿No te acuerdas cuando sonó el teléfono? –sondea ella con una sonrisa invitadora que finalmente a él lo suaviza y lo mete al recuerdo: Diez de mayo. Se va a ir a trabajar. Pero ella le dice:
-¿No que no ibas a ir a trabajar?
-Voy a ver unos asuntos.
-Nadie va a ir –le dice ella, que luego lo acusa:
-Lo que pasa es que no quieres convivir con mi mamá.
-Pues no –afirma él, pero sólo para sí, no para afuera. “Lleva tres semanas aquí la maldita vieja”, piensa con furia. Y ni modo, se queda en casa. Desayuna rápido, se encierra en el cuarto. Lee el periódico, hojea unos libros, prende la tele, está muy inquieto.
Entra ella y él se le echa encima. Ella lo contiene:
-No, mejor en la noche.

Pero él no le hace caso y la besa donde sabe que ella pierde: el lóbulo de la oreja, le pasa la lengua por el cuello, le muerde con suavidad los cachetitos y las manos empiezan a acariciar más abajo. La boca invade territorios protegidos por la ropa. Ella todavía quiere oponer una leve resistencia, pero él la sorprende y le alza el vestido, le baja la pantaleta y ella ya no puede oponerse. Deja que él acerque su boca, que mueva con suavidad su lengua. Ella se estremece, siente a profundidad. De pronto, el teléfono suena. Ella quiere ir a contestar, pero él la aprisiona con las manos y la lengua hace también su trabajo. Ella se desploma. La mamá de ella contesta, les toca la puerta del cuarto:
-Hablan tus hermanos, mi hijita, para saber a qué hora llegan.
-Ay, perdón, no te dije –le informa ella a él- . La comida va a ser aquí.
Él ya no escucha, se desviste y embiste. Ella goza, él también. La mamá insiste en la puerta, pero él y ella prosiguen en lo suyo hasta que los cuerpos se vuelven líquidos y terminan exhaustos. El recuerdo se cierra.
-Sí, ya me acordé –dice él, con una gran sonrisa.
-Pues felicidades –dice ella. El día de la madre me hiciste mamá. Y hoy, día del padre, pues ya te puedo informar que eres papá.
Los dos gritan, se besan y olvidan por un rato los agrios momentos familiares.

“Y DE PRONTO… LA ILUMINACIÓN”
Él inhala, eleva los brazos lentamente a los lados de su cuerpo. Los estira hacia el cielo. Retención del aire. De la cintura para arriba al cielo. De la cintura para abajo hacia el suelo. Flexionar el tronco hacia delante, dejándose ir sobre las piernas, las manos hacia las plantas de los pies, alcanzando el grado máximo de estiramiento y una vez ahí, con las respiraciones, que cada vez son más profundas, relajar todo el cuerpo. Sentir cómo se vacía. El cuerpo flota.
Vuelve a inhalar subiendo el tronco, los brazos van hacia el cielo hasta quedar sentado nuevamente. Brazos bien estirados. Retención del aire. Luego, soltar el aire y bajar lentamente los brazos por enfrente del cuerpo, abrir los ojos y de pronto… la iluminación, la revelación. Descubrirla a ella es la revelación… la revelación es ella.
Días atrás, él está caminando en Chapultepec, preparándose para hacer sus ejercicios de yoga. En eso, algo se aparece que lo perturba: es ella, a la que ha visto varias veces, ella, que viene caminando con su portafolios. Llega a su carro.
-¡Guau, guau, guau! –grita él, para sí. Son las mejores piernas que he visto en mi vida.
La mirada se le va sobre ella. Unos que corren le pegan por estar baboseando.
-¡Quítate buey!
Él pide disculpas. Ella lo mira y parece sonreír. Pero sube a su carro y se va. Él toma nota de la hora: las siete y veinte.
Al día siguiente, a la misma hora él la espera. Ella no viene. Al tercer día, tampoco. El jueves le pregunta al que lava los carros:
-Oye, ¿y no has visto a la mujer del carro blanco ése que se para aquí…?
-Ah, sí, ya sé, la de las piernotas, ¿no? –dice el lavacoches, goloso. La que tiene su buen… y también su buen… No, está re buena la vieja. Ésa es la que dice, ¿no?
-Sí –responde él, avergonzado.
-No, pues no ha venido. No siempre viene. Pero cuando viene… ¡qué tacote de ojo se echa uno! ¿Verdad?
-Sí, pues sí –dice él, que ya se va a hacer su yoga. Elevando los brazos, inhalando, reteniendo, exhalando.
Una semana después, cuando él piensa que ya, que seguro que ya no la va a volver a ver en su vida, que/. De pronto, ahí está ella. Otra vez caminando a toda prisa. Él la ve y se decide, se acerca. A ella se le caen las llaves antes de abrir la puerta de su carro. Él corre a toda prisa para ganarle al que lava los carros, que también quería recoger las llaves. Duelo de miradas entre él y el que lava los carros:
-Dame chance, soy clase media igual que ella –parece decir él-, que toma las llaves del suelo. Inhalando. Reteniendo el aire, disfrutando el panorama que tiene enfrente: las piernas de ella.
-Sí, son las mejores que he visto en toda mi vida –confirma, exhalando y subiendo lentamente para entregarle las llaves a ella, que agradece con una sonrisa.
Por un instante los dos se miran. Inhalamos, retenemos, oxigenando cerebro y sangre, exhalamos lentamente. Ella abre la puerta del carro, él le ayuda. Ella agradece y sube al carro. Se sienta y… ¡OM! ¡OM! ¡OM! ¡RECONTRA OM! La falda se le sube. Inhalamos, enrojecemos, nos estremecemos. Retenemos el aire, agrandamos el placer de ver. Y exhalamos.
Ella, por su parte, no sabe si darle a él una moneda. Abre su bolsa, saca una de cinco pesos. Él se siente ofendido, torpe, ridículo. Ella parece darse cuenta, se disculpa con la mirada y entonces le pregunta:
-¿Nos conocemos?
-No –responde él, que inhala, retiene, se toma su tiempo para encontrar el pretexto perfecto para hablarle y decirle, al tiempo que exhala . Precisamente porque no nos conocemos, por eso quiero presentarme.
Él da su nombre, que a ella no le dice nada:
-Ah, pues mucho gusto.
Ella se va a ir, pero él la detiene y se atreve:
-¿Habría forma de que nos pudiéramos ver?
Ella sonríe como si estuviera inhalando, retiene su respuesta y finalmente, exhalando responde:
-Tengo pareja.
-Qué lástima –dice él, que esta vez no retiene su respuesta y decide lanzarse sin ningún pudor. Déjeme decirle que usted tiene las piernas más hermosas que he visto en mi vida.
Ella baja la vista hacia sus propias piernas. Parece que se va a bajar el vestido que se le ha subido. Pero en un acto de misericordia infinita, decide no hacerlo. Le sonríe y arranca el carro para salir. Él regresa a sus ejercicios, feliz de haberse atrevido a decirle lo que pensaba.
Pero hoy, al inhalar, retener, exhalar, la descubre llegar junto a él y dejarle un sobre. Por un momento duda de que esto sea real. Y es que él no sabe que ayer, su pareja le dice a ella:
-¡Estoy harto de ti! Siempre con tus estúpidos celos y… ¡Me largo!
Ella esta vez, a diferencia de otras veces, cuando se le abrazaba a su hombre y que casi casi se iba arrastrada jalándole la pierna y gritando desaforada:
-¡No me dejes! ¡No me dejes! ¡Pégame, engáñame, házme lo que quieras, pero no me dejes!
Y el hombre siempre terminaba diciendo:
-Está bien, me quedo. Por esta vez nada más, ¿eh? Pero si me vuelves a hacer una escenita, si me la vuelves a hacer, te juro que ahora sí, ¡me largo!
Esta vez ella no pregunta ni dice nada. El hombre sale azotando la puerta. Los minutos pasan. Ella cierra con la doble cerradura. A las dos horas el hombre le habla por teléfono. Ella no contesta, desconecta el teléfono. En la madrugada el hombre queriendo entrar a la casa. Ella, durmiendo. En la madrugada, recado en la contestadora:
-¡Te lo advierto que si no me dejas entrar, ahora sí me largo! ¿Lo oíste? Ahora sí te voy a abandonar. ¡Te voy a abandonar! ¡Te voy a abandonar!
Esta mañana, ella se baña, se limpia de impurezas todo su cuerpo. Se viste con la falda más corta que encuentra y en un papel, que guarda en un sobre pequeño, escribe: “Usted me preguntó el otro día si habría forma de que nos viéramos. Y hoy yo quisiera decirle que me encantaría. Aquí le dejo mi número de celular”.
Y él, con los ojos cerrados, inhala, retiene, exhala, siente una presencia a su alrededor, abre los ojos, un sobrecito chiquito junto a él, inhala. Levanta la vista, retiene: las piernas de ella que se aleja a toda prisa, doble retención, porque son maravillosas. Exhalando más profundamente, toma el sobre, lo abre, lee el recado y…
¡OM!¡OM¡OM!¡RECONTRA OM! y exclama:
-¡Hoy sí que me llegó... la iluminación!