REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 08 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

TRANCO I
Dichosos nosotros, los siete miembros de ese siete veces H. Cuerpo Editorial de la también siete veces heroica revista de El Búho. Y ¿por qué Dichosos?: bueno, será fácil de explicar esto a nuestros dilectos amigos y selectas amigas que se solazan mes a mes con los ricos contenidos literarios, obra magistral de los nunca bien ponderados escritores de lujo que nos engalanan. Y nosotros, al recibir este espléndido material que debemos de leer para su distribución adecuada en las diferentes secciones de nuestra revista, nos elevamos al cielo ante la riqueza que está en nuestras manos y que salta jubilosa ante nuestros ojos pecadores.
Así las cosas, nuestro “trabajo” no lo es -claro, en el sentido que fuera picar piedra o acarrear pesadísimos bultos de cemento o cargar decenas de kilos de mercancía sobre nuestros delicados hombros-, es por lo tanto una delicia el adentrarse en lo que cada creador nos envía, es, como arriba lo señalamos, una dichosa aventura mensual. Y para aterrizar y que ustedes sientan lo que nosotros sentimos, lean ahora, a renglón seguido, lo que nuestro escritor preferido -en realidad, todos y todas se merecen este calificativo- el maestro Carlos Bracho remite a nos su creación que sale echando espuma de su indomable vena creadora. Lean ustedes y al terminar de esta tarea, puede que nos concedan razón en lo que aquí, al desgaire, hemos expuesto. Va:
“Pasaba yo un tiempo en Córdoba, la Sultana. La tierra del buen toreo, la tierra de Manolete, torero que jamás reía cuando del honor se trataba. Y ante el empuje del toro, ante los Miuras, Manolete, no reía, no, se entregaba a la suerte, ofrecía su cuerpo antes que andar de lado o de hacer graciosa huída o de salir por peteneras. Hombres como él ya pocos existen en este globo terráqueo, ahora escasean mujeres y hombres que den y ofrezcan su vida por el honor.
El caso es que yo tomaba un vinillo en un bar, en las mesas que adornan la banqueta, y que se asoma al Puente sobre el Guadalquivir. Y el vino y el aire y el ambiente propicio, producen estados de ánimo que hacen subir la temperatura. Y todos los días, a la misma hora del mediodía caluroso, pasaba muy oronda, partiendo plaza una mujé de polendas: Maricrú… y todos los días me miraba, sonreía y luego apretaba el paso. Yo, claro, quedaba como si me hubieran puesto un par de garapullos. Un día me decidí a hablarle, a pedirle que se sentara conmigo, que se tomara un café, un carajillo, o un buen chato de vino. Y para mi beneplácito, y para mi fiesta interna, un día me dijo que sí, y allí sentada con su voz de gitana señorona, charlamos largo y tendido, como si nos conociéramos desde varios años atrás, gozando la Feria de la Virgen de la Fuensanta -el recogimiento, pero también la fiesta, el vino y la comida son de antología-, pero lo cierto es que yo gozaba con la presencia de esta gitana, de esta mujé de pelo claro y ojos como las luces del sol poniente. Del cuerpo ya no digo nada, para qué ahondar en los lances toreros, para qué agregar más al movimiento de la capuchuela. Ella, todos los días se sentaba en mi lugar que mira al cielo. Me confesó que era casada. Así que cuando la llevé al río, yo sabía que tenía marido, pero olvidamos eso. Olvidamos las reglas que rigen en todos lados. Ella miraba con mirada que me deshacía y yo la acariciaba con caricias como las que el toro le da a la muleta. Yo la subía a mi caballo y partíamos plaza, el alguacilillo nos daba el permiso y el redondel era nuestro. Allí, en la arena, bajo el tendido de sol, entre la barrera de sombra los besos sonaban como trompetas angélicas, como diana de la banda que toca a rebato cuando el torero culmina una faena de antología. Partí plaza con ella, toreamos al alimón y nuestros cuerpos sintieron lo que es triunfar a las cinco de la tarde. “La Plaza de Toros Los Califas” nos observó, atenta, como en el mano a mano de Maricrú y yo, los dos triunfamos, los dos salimos a hombros…
Y una tarde memorable fue cuando visitamos la Mezquita, la maravilla musulmana que recorrimos palmo a palmo –como recorríamos en las tardes nuestros cuerpos- y que su fundador Abd-Alhahman nos legó para la eternidad. Eternidad era la que me unía a Maricrú. En cada columna se desataba nuestro fervor, en cada nave surgía el deseo profundo de ser amado. Nosotros amábamos la Mezquita, nosotros amábamos cada mosaico, cada pared, cada adorno lo hacíamos nuestros. Y en el Patio de Los Naranjos terminaba, no nuestra fiesta, no, terminaba nuestro recorrido a esa reliquia, e iniciábamos el retorno a nuestro íntimo patio. El patio de su casa, asoleado y luminoso en el día, pero en las noches una fuente de agua nos daba la melodía y el ritmo que le impondríamos a nuestras manos, y el pasto que se tendía bajo la sombra de un árbol, árbol Ciprés que temblaba de gusto al saber que en sus plantas dos seres hacían lo que hacen las mujeres y los hombres que están vivos y que son capaces de amar la vida. Esa entrega de ella, esa soledad que reinaba en su jardín, esa manera suya de ver el transcurso del universo, me hizo dudar, me hizo creer que ella no tenía marido… Córdoba, ah, Córdoba que eres el centro de mi Andalucía del alma, cuna de las parroquias de San Nicolás y San Lorenzo; cuna de la Calle de las Flores, que, por cierto, Maricrú y yo nos gusta caminarla y caminar hasta decir basta, y cansados, llegar a su casa y tomar un vino y gozar de la comida andaluza, y gozar de los brazos de Maricrú. Bueno, para más señas, la Maricrú parece salida de una pintura de Julio Romero de Torres, nada más y nada menos.
Por cierto, cuando paseábamos por el Callejón de las Flores, y que nos veía la torre de la Catedral al fondo, nuestra vista no se cansaba de ver sus paredes blancas y sus macetas floreadas que de cuando en vez nos miraban envidiosas, pero la Maricrú y yo, les decíamos que los besos son eternos, como eternas son las flores. Las flores enmacetadas solían decirnos que sí, que teníamos sobrada razón.
Bueno, corto aquí. Dejo para otro tiempo la continuación de esta historia cordobesa, dejo que las aguas del Guadalquivir sigan su curso. Dejo que pase la tarde. Dejo que las mujeres de Julio Romero sigan engalanando los museos, dejo que los patios cordobeses se llenen de flores, de limoneros y de madreselvas, dejo que el pasto siga más verde. Sí, que se llenen de vida natural, que se inunden de sol y de aire y de olor de naranjas, para que cuando yo me tienda en el pasto con la Maricrú, todo ese mundo de fantasía tienda un velo que nos cubra y que oculte nuestras caricias, nuestros besos. Sí, al dar las cinco de la tarde ella y yo iniciemos nuestra corrida, iniciemos nuestra fiesta… y… ¡Basta…! No sigo….
Vale. Abur.