REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 08 | 2019
   

Arca de Noé

Incomprensible lógica triunfalista


Juan José Huerta

A propósito del aumento decretado en las tarifas eléctricas, el director general de la Comisión Federal de Electricidad, Enrique Ochoa Reza, se congratuló de que “las tarifas industriales son apenas 8 por ciento superiores a las que se cobran en Estados Unidos… cuando en 2012 eran 84 por ciento mayores”. Pues podrá ser así, pero la referencia escogida no da motivo para ningún triunfalismo si consideramos que la capacidad adquisitiva real del dólar y las percepciones de los factores de la producción en aquel país son al menos 5 veces mayores que las de México. ¿Estamos muy satisfechos porque en esas circunstancias la energía eléctrica nos cueste lo mismo que allá?
Y así andamos en muchos otros aspectos del rampante triunfalismo gubernamental en el que se insiste. Empezando por las “reformas estructurales”
La reforma educativa debiera haber sido implantada para mejorar la calidad de lo que se tiene: escuelas, sistemas educativos, maestros. La reforma educativa debiera mejorar integralmente la infraestructura escolar en todos los estados y especialmente en los más pobres; también, adaptar los planes de estudio a las nuevas realidades tecnológicas del mundo, al necesario mejoramiento cultural y moral de los mexicanos Sí, el gremio magisterial incurrió al paso de los lustros en muchos vicios, pero la reforma educativa ha de proponerse eliminar esas lacras y mejorar la preparación técnica y el profesionalismo de la planta de maestros con que se cuenta, no hacerlos a un lado, no descartarlos, con el argumento de que evaluaciones chafas demuestran que no son “idóneos”. ¿Los funcionarios del gobierno federal estarían dispuestos a someterse a una medida similar?
¿Qué hace la reforma energética?, abandonar Pemex a su suerte, permitir que el gobierno le extraiga hasta el 49 por ciento de sus ventas, arruinarla financieramente, debilitar operaciones esenciales como la refinación, para importar la mitad de las gasolinas que se consumen, todo ello con resultados previsibles: pérdida de la autosuficiencia energética, privatización y extranjerización de la riqueza y la industria petroleras.
Las políticas seguidas se basan, anacrónicamente, en la profundización y los excesos del modelo neoliberal que, como ya es clamor mundial, provoca la pobreza y la desigualdad extremas. El gobierno ha sido llevado a una abjuración creciente de sus funciones, a la privatización acelerada de las mismas en todas las ramas, con mecanismos como las omnipresentes asociaciones público-privadas. Ahora bien, si se considera que por las complejidades de la vida moderna, y de las poblaciones crecientes, ya el gobierno no puede cumplir con lo que fue originalmente uno de sus objetivos principales, corregir o compensar las desigualdades productivas, económicas y sociales, la apresurada privatización debiera estar acompañada de un sistema fiscal bien establecido y controlado que fuera efectivamente redistributivo de las extraordinarias riquezas generadas, lo que obviamente no está siendo el caso.
Y otra gran meta de las políticas y las reformas seguidas es la extranjerización de las inversiones, pues consideran que el sistema nacional no es capaz de generar excedentes productivos suficientes para invertir, ni cuenta con los conocimientos tecnológico al efecto, por lo que se acude a las inversiones extranjeras como salvadoras de la economía nacional y de la patria. Esto se combina con el libre ofrecimiento de la explotación de nuestros recursos naturales para la exportación sin mayor transformación interna, y la consolidación de México como un país maquilador que vende muy barata su mano de obra. Resultados obvios: falta de valor agregado nacional, economía estancada, insuficientes ingresos fiscales, endeudamiento oficial gigantesco, devaluación del peso. Todo ello traducido en desempleo, subempleo, economía informal, pobreza, desigualdad económica y social. ¿Es real la tasa de inflación tan baja que se reporta? No la siente así el grueso de la población.
Y cuando más falta hace la inversión pública como mecanismo dinamizador de la economía interna, se multiplican los recortes del presupuesto público en sectores muy importantes, eso sí, sin afectar, los gastos superfluos del gobierno, como la chafísima propaganda gubernamental y tantos otros, ni la corrupción rampante. Así, una gran proporción de los 125 millones de mexicanos se encuentra en el desamparo, en la falta de oportunidades para una vida digna.
No se aprovecha el empuje de la inversión pública, por ejemplo, en un gran programa dedicado a engrandecer el campo mexicano, recuperar la autosuficiencia alimentaria y llevar el progreso a muchos pueblos del país. La inversión pública en una política de impulso a la industria de transformación, a la incorporación masiva del trabajo mexicano en la producción de los muchos bienes que una sociedad consume. La inversión pública en el estímulo a las medidas urgentes que eviten o contrarresten el deterioro de nuestra riqueza natural, del medio ambiente mexicano sometido a grandísimos retos con este modelo de desarrollo y la falta de recursos para controlar mucho mejor las múltiples acciones y omisiones del ser humano que devastan y contaminan nuestro maravilloso país, aunque el triunfalismo no deje también de manifestarse al respecto, como al fijar las metas en el combate al cambio climático.
Y, obvio, no es de extrañar que con las serias fallas en la producción económica, en el empleo digno de la gente, en sus oportunidades de educación y desarrollo, sea creciente el flagelo de la delincuencia creciente, enmarcado en un sistema de impartición de justicia que no acaba de tomar una mejor forma para castigar justicieramente a grandes o pequeños delincuentes; en un régimen carcelario con deficiente infraestructura y administración y muy sobrepasado en reos internados en malas condiciones. Es inédito el sentimiento de inseguridad en la sociedad mexicana.
Relacionado esto también con el deterioro en las costumbres y la moral de la gente, en su vida individual y como sociedad. En buena proporción ello tiene que ver con la creciente complejidad de las relaciones humanas en una población que, como la de México y el mundo, ha aumentado tremendamente en las últimas décadas. Luego, con la falta de oportunidades de vida digna que empuja a muchos a la manera de vivir, que se cree más fácil, la del delito. Y, en tercero pero no en último lugar, la pérdida de valores que se refleja en medios tan importantes de comunicación, como la televisión y el cine, saturados de violencia y malos instintos. Es evidente que estos graves problemas deberían ser motivo para un gran esfuerzo nacional de mejoramiento de las costumbres y la manera de vivir individual y su reflejo en la convivencia social.
Bueno, parafraseando a un profesor turco de ciencia política: México “tiene el hardware de la democracia –instituciones, elecciones– pero nuestro software no es bueno”. Dejemos un poco el triunfalismo y volvamos a la dura realidad para mejorar las cosas.