REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2019
   

De nuestra portada

Libertades equívocas


Hugo Enrique Sáez A.

“Estamos condenados a ser libres” escribía Jean Paul Sartre en los albores del existencialismo de posguerra. Con esa sencilla expresión ponía al desnudo la ambigüedad que contiene en su esencia el término libertad. Un alumno suyo, atormentado por una dicotomía que enfrentaba, fue a consultarlo sobre qué haría: ir a pelear en contra de la invasión nazi a Francia o quedarse a cuidar a su anciana madre viuda. El filósofo le respondió aduciendo que él no podía darle un consejo, que hiciera lo que considerara coherente con su libre proyecto de vida. En nuestros días, el sistema económico social nos obliga a ser “libres”.
Continuemos con la polisemia de la palabra libertad. En principio, la abolición de la esclavitud decretada por Abraham Lincoln en nombre de la libertad se hizo para resguardar los intereses de los empresarios del norte de los Estados Unidos. Según un historiador, en esa época un esclavo se cotizaba en el equivalente al precio actual de un automóvil Rolls Royce de lujo. Era más sencillo convertir a los afroamericanos en fuerza de trabajo “libre” y pagarles un salario modesto, en lugar de concurrir a las subastas de seres humanos que se comercializaban como si fueran carne motriz de una mula.
Por supuesto, Sartre no se refería específicamente al mencionado acontecimiento del siglo XIX sino a la condición de existencia en países modernos y “democráticos”. En esta segunda década del siglo XXI, la educación de los sentimientos no se efectúa a partir de la antigua ética del deber sino desde la perspectiva del libre querer; por eso, la frase de Sartre se aplica con rigurosa precisión a la ética del neoliberalismo: tienes que ser libre. Y la sentencia se inculca desde la más temprana edad en el hogar y en la escuela. Más tarde, en la adolescencia se perpetran embarazos no deseados mientras que los proyectos de adulto involucrados en la probable paternidad se justifican argumentando que son dueños de sus decisiones y de hacer lo que les venga en gana. En este contexto, es legítimo querer sin que importe el objeto deseado ni los medios para apropiárselo, y esa tendencia a apropiarlo no significa en la conciencia un daño a la posición del otro, al que se imagina sólo como una barrera a superar. A todos los sujetos en una competencia se les adjudica los mismos derechos y, por tanto, sólo son piezas diferentes situadas en el común estatus de jugador. Se impone la aceptación de las diferencias entre los sujetos como un hecho natural. Un caso particular ilustra la vigencia de esta ética del libre querer: la legalización de la mariguana en varios países porque ya resulta demasiado oneroso capturar a los narcotraficantes y mantenerlos en prisión. Desde la óptica del libre querer, al consumo de la droga se le visualiza como un derecho del individuo, es decir, quien desee viajar a una realidad alterna, que lo haga. Por otra parte, ya estamos inundados de otras drogas legales como el alcohol y el tabaco. En este sentido, no caben objeciones del sistema respecto de esos derechos. El Estado, en lugar de imponer prohibiciones, facilita el libre juego de las voluntades. Las consecuencias del juego serán muy severas.
El verdadero problema se halla en otra parte, y es que la diferencia entre individuos se instaura a partir de tablas jerárquicas producto de la desigualdad de recursos, porque la apropiación del objeto de la voluntad supone una competencia en la que el único criterio de legitimidad y la única regla es la superioridad de las fuerzas, y la posesión del dinero se convierte en la fuerza básica de operaciones. Ocurre en una subasta de cuadros, en la elección de la pareja, en el costo de la educación (que ya no es pública ni universal), en las competencias deportivas, en el ingreso a un puesto de trabajo (se exige “buena presencia”), en un atascamiento vial (las camionetas blindadas de los plutócratas se abren paso con metralleta en mano), y en cuanto acto social se imaginen. El que pierde revela que es prescindible para el estrecho círculo de la sociedad, y en el mejor de los casos se contendrán sus necesidades como objeto de políticas caritativas, aislado de la sociedad del rendimiento sin límites.
La sociedad se ha convertido en un casino donde se apuesta alguna de las múltiples propiedades del cuerpo, que debe lucir un envase impecable si se propone competir. Hombres y mujeres se disponen a competir por ingresar a un trabajo, por concluir negocios, por la concesión de privilegios, por cargos en el gobierno, por sexo, por subsidios, por créditos, por contratos, por premios, por terrenos para los terratenientes inmobiliarios. La explotación significa al mismo tiempo producir un cuerpo apto y una voluntad dócil frente al sistema. Un elemento esencial es el dinero, que de ser un representante y producto del trabajo ha devenido en fuente de poder y violencia. La máscara que se construye el sujeto social tiene que estar bien pulida porque se adquieren los envases atractivos, como el cuerpo sexy moldeado en gimnasios y cirugías.
En apariencia se ha sustituido la ética del deber por la ética del libre querer. Ahora bien, esa libertad te la tienes que ganar con mucho esfuerzo, principalmente siendo exitoso en el terreno económico, tarea que te absorbe con exclusividad al tiempo que la comunidad recibe la atención de un elemento subsidiario. Debes convertirte en esclavo del trabajo rindiendo tu máximo para disfrutar el poder que engendra el dinero. Entonces nos aproximamos a una sociedad enferma por el éxito, logrado o no logrado. La trampa es perfecta. Uno, si triunfas y acumulas una fortuna que te permite vivir en una mansión, mandar a los hijos a las mejores universidades, manejar un carro de lujo, disfrutar vacaciones en paraísos exclusivos, entonces te esclavizas a cuidar tus propiedades y te conviertes en un paranoico amenazado siempre por la pérdida de tus beneficios. Cuántos divorcios han dejado en la ruina al hombre que confiaba en su mujer (o a la inversa), cuánta violencia doméstica se escenifica en las familias porque el varón no es el “proveedor” o porque la fémina tiene mejores ingresos, cuántos crímenes cometidos para cobrar un seguro de vida, cuántos suicidios por perder las acciones en la bolsa de valores. Dos, si en cambio fracasas en alcanzar las metas que te habías propuesto, te espera el consultorio de un psiquiatra para superar la depresión o una clínica para recuperarte de las adicciones con que has suplantado una situación de abandono en la que te sientes miserable.
Evoco a continuación una de los tantos pensamientos de Muhammad Ali que nos hace lamentar su muerte a los 74 años, por el amor y la admiración que despertó en el mundo; decía 'No quiero ser lo que vosotros queréis que sea”. Su trayectoria deportiva y personal sí fue un ejemplo de lucha en contra de la libertad/esclavitud que impone el sistema. En un acto revolucionario de su existencia, cambió el nombre con que lo habían bautizado bajo el predominio de los WASP, en una época en que a los descendientes de esclavos se les prohibía subir al mismo autobús que los amos. Él mismo fue rechazado en una cafetería pese a que había ganado una medalla de oro olímpico para los Estados Unidos. Luego, fue encarcelado por negarse a ir a matar gente en Viet Nam, al otro lado del océano, mientras en su propio país se mantenía la discriminación y la pobreza para un amplio sector de la población. 'A mí no me han hecho nada', fue su clarividente respuesta cuando lo remitieron a prisión por 'desertor' del ejército estadunidense. Por su indomable personalidad hasta recibió la visita de los Beatles en el campamento donde entrenaba. Ante una multitud que lo aclamaba pronunció el discurso más breve de la historia: 'Me. We.' (Todos somos yo). Su violencia en el ring ('mariposa que flota, al tiempo que pica como abeja') terminó siendo un mensaje de paz.