REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
26 | 05 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Laura de Berney, dilecta de Balzac


Edwin Lugo

Honorato de Balzac, uno de los más gloriosos titanes de la literatura nació en Tours, región casi central de Francia, bañada por los ríos Indre y Loira el 21 de Mayo de 1799 en la calle de la Armée D’Italia, hijo de Bernardo Balssa y Ana Carlota Solombie.

Su padre era militar y fue abastecedor del ejército y empleado bancario, su madre, de familia refinada era hija de banquero.
De su progenitor heredó Honorato lo fantasioso, en tanto de que de su madre prudente e introvertida la sensibilidad.

No obstante que la familia merced a los no muy limpios negocios del milite gozaba de una desahogada posición, según la propia confesión del escritor pasé la niñez más cruel que le fuera deparada a un ser humano.

Pequeño aún, fue entregado a una mujer de leche, esposa de un gendarme, para que lo cuidara, y después internado en el severo presidio espiritual, disfrazado de colegio, regenteado por los padres oratorianos en Vendôme, donde con una férrea disciplina, hambre, castigos corporales, rigidez, desamor, incomprensión, fanatismo, enseñanza anti pedagógica, se intentaba ¡Inútil y necia pretensión! formar hombres.

El que más tarde habría de ser una celebridad, gloria de Francia, nunca perdonó completamente que sus padres tan fríamente se hubiesen deshecho de él y siempre rechazó profundamente que su madre intentara inmiscuirse en su vida, incluso cuando ya era un hombre y contaba cuarenta y tres años.

Retrato de la triste reclusión de su juventud está narrada magistralmente en la novela Luis Lambert que forma parte de la más gigantesca obra que novelista alguno haya producido y que el prolífico autor dio el epígrafe de La Comedia Humana.

Lejos de su familia, sin amor ni compañía, careciendo hasta de lo más indispensable pues sus padres nunca le visitaban y por lo consiguiente nunca tenía un sólo céntimo en el bolsillo, sus malvados educadores lo ataron como un galeote al banco de la más degradante esclavitud. Pocas simpatías en verdad podía despertarles aquel muchacho tosco, mofletudo, grandulón y obeso, si bien, dotado de una prodigiosa memoria. Sin embargo, a fuerza de horadar la verdad, es de justicia reconocer que tuvo un amigo, verdadera excepción en aquel ambiente de hostilidad y santurronería, el padre bibliotecario, quien le facilitaba los libros con los que pronto aprendería a soñar con los ojos abiertos.

Más tarde, víctima de su injusta y necia familia, quien por ocultas razones buscaba alejarlo del hogar, fue a estudiar al Gimnasio de Tours, al Instituto Ganzery Bauzelin de Paris y al Colegio Lepitre donde pasó desapercibido, como ha ocurrido desde siempre con los auténticos genios.

Regresó a casa a los dieciocho años cumplidos con los dedos cubiertos de sabañones, pero apenas varió su suerte, pues debió soportar la espantosa avaricia de su madre y el inseguro carácter del padre, aquellas astucias de campesinos pensando eternamente en el dinero lo empujaron a resignarse al designio materno: estudiar derecho; y para no tener que pagarle los estudios, decidieron buscarle un empleo miserable con el notario Passez.

Honorato se inscribió en la Facultad de Derecho el 4 de noviembre de l816.

No obstante ya bullía en él la gran decisión de su vida: convertirse en escritor, Laura su hermana lo apoyaba y la familia terminó por concederle una tregua, permitiéndole abandonar la carrera y la notaría y accedió a celebrar el más curioso trato por el que le concedían dos años para ser un escritor de renombre o abandonar definitivamente la literatura; la índole avarienta de sus padres apenas alcanzó para concederle cuatro francos diarios, cantidad exigua que le permitió instalarse en una miserable buhardilla en las afueras de Paris, por cuyo techo la lluvia se colaba y el intenso frío le impedía dormir, con aquella paupérrima suma apenas podía comprar: verduras, pan, velas, papel, plumas y café, del que habría de volverse un adicto para el resto de su vida.
En el Paris de los severos inviernos inició la maravillosa aventura de escribir armado del entusiasmo devastador que presidiría su vida, intentando escribir un drama, cuyo tema era Cromwell ¿Pero puede escribir para el teatro un infeliz muchacho que no disponía siquiera de un franco para procurarse la más barata localidad?

Concluido el plazo se le hace comparecer ante el tribunal familiar al que se añade la voz de un mediocre dramaturgo M. Andrieux, quien opinó que si bien el joven poseía facultades, el verso definitivamente no era su fuerte y mucho menos sabía nada de dramaturgia. Su madre, cuya enfermiza obsesión era el dinero, insistió que la profesión no era rentable, pero el impetuoso muchacho dueño de una inquebrantable voluntad de hierro, se asoció con otro devoto de las letras Augusto Le Pilvelin, para escribir novelas por entrega, firmadas con un pseudónimo, las que fueron publicadas por modestas editoriales para entretenimiento de sirvientas y cocheros.
Balzac inundó Paris con una literatura de pacotilla, donde las pasiones, los crímenes o el más burdo romanticismo le daba a ganar hasta dos mil francos mensuales, pagando de esta manera su rescate y su codiciada independencia, fue en esa época cuando adquirió una mesa de madera burda donde trabajaba hasta dieciocho horas diarias y de la que nunca se deshizo conservándola por el resto de su vida, ni siquiera cuando desentonaba con el más lujoso mobiliario que el ya afamado escritor pudo adquirir; sobre ella plasmó sus primeros ensayos “Notas sobre Filosofía y Religión”, “La Inmortalidad del Alma”, el “Libro de Job” y las incipientes novelas Coqsigrue y Stenia Falthurne, Los dos Héctores y Carlos Pontiel.

En tan aciagos tiempos podría considerarse que Balzac fue más cartujo que artista. Mal comido, peor vestido ¿Qué amores, preámbulo de alguna pasión, elemento indispensable para la creación literaria podría encontrar?, es posible que entonces habrá acuñado su inmortal sentencia: “Ser célebre, ser amado” y el matemático de la voluntad se lanzó a la conquista de la gloria y del dinero, seguro de que poseía un alma, con el embeleso que las mujeres anhelaban percibiendo con clara sensación que había nacido para el amor.

En su inmortal novela La piel de Zapa Balzac retrata sus veintiún años en el parlamento del protagonista: Era aún ingenuo para una sociedad tan artificiosa.

Poco tiempo después como una aurora de redención, despuntó tras de aquellos días de oscuridad la primera mujer que consiguió hechizarlo: Laura de Berny, casada, noble, antigua camarera de la reina María Antonieta: la señora de Berny, cuya lealtad por la desafortunada soberana quedó de manifiesto al sustraer en la Consergerie las comprometedoras cartas dirigidas al enamorado conde sueco Axel de Fersen.
Al principio Laura lo escuchó, aunque más tarde la relación se tornó conflictiva, pues su esposo era invidente y las convicciones religiosas de ambos los llevaron a una encrucijada moral. El escándalo cundió amenazando los cuarenta y cinco años de la dilecta, la huella del seminario no perdona y finalmente separados, Balzac se refugió en el fraterno afecto de su hermana Ana Laura que lo acogió comprensiva.

Pero el destino se había cumplido cabalmente. La señora de Berny había desarrollado el papel más importante que un ser humano puede significar en la vida de otro, ella fue la maga que rehabilitó al escribidor mediocre, al hombre aplastado, al adolescente sometido a la estrechez del yugo materno; ella le otorgó respaldo, seguridad, coraje, despertando su adormecido genio creador, ella reavivó el combustible de aquel atleta del trabajo, cinceló al artista y le dio a Francia y al mundo el novelista jamás igualado, el que habría de rivalizar con los titanes de su época: Eugenio Sué, Xavier de Montepin, Víctor Hugo.

Inmortalizada en la Enriqueta de El Lirio en el Valle y en la Paulina de La Piel de Zapa, Laura está presente en toda su portentosa obra, aún en aquellas novelas que no fueron escritas pensando precisamente en ella.

La dilecta apareció en la vida del escritor cuando las demás mujeres ni siquiera reparaban en él, cuando no se atrevía a firmar con su nombre un artículo y sus libros pululaban intrascendentes en las librerías baratas del Palais Royal, cuando vendía su arte por cuartillas y carecía de lo mínimo para pagar los favores de la más humilde cortesana, cuando exclamaba lleno de amargura: De poco sirven el espíritu y el saber, cuando no se es guapo ni apuesto.

Balzac escribirá más tarde: La mujer de treinta años y concluirá afirmando: Una mujer de cuarenta años hará todo por ti, una de veinte jamás hará nada.

Stephan Zweig su acucioso biógrafo, dirá más tarde: ¡Dichoso el hombre cuya última imagen a la hora de la muerte, es el rostro de la primer mujer amada, la primera y última beatitud, antes de acercarse a la suprema beatitud de Dios!