REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 10 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Antología poética de Pedro Garfias


Juan Rejano

Garfias, un inmenso poeta apenas recordado
Hace más de siete décadas llegó a México un valioso puñado de españoles refugiados. Todos venían desesperados huyendo de las múltiples venganzas del fascismo de Francisco Franco. México se enriqueció con sus generosas presencias, ellos encontraron un cálido refugio para seguir la lucha. Entre esos republicanos, estaban dos poetas guerreros que habían hecho la guerra de principio a fin: Juan Rejano y Pedro Garfias, eran grandes amigos y el exilio consolidó esa hermosa relación. El primero supo hallar un lugar en la literatura, la militancia política (era comunista) y el periodismo cultural, el segundo no, vagó nostálgico y triste, amparado en el alcohol y la soledad, por las ciudades mexicanas. Era un poeta singular, maravilloso, pero no le importaba: estaba hecho para enfrentar al franquismo y defender la República española. Escribió muchísimo, pero no le interesaba conservar la poesía que contaba sus tristezas. Muchos poemas se perdieron en cantinas inmundas del norte mexicano, otros fueron recuperados por amigos como Rejano. Se hizo una leyenda. Pero como tantos otros legendarios artistas militantes en España los olvidaron, ni siquiera la democracia los recuperó o lo ha hecho a cuentagotas. Algunos como Alberti, León Felipe y Buñuel se hicieron inmensamente famosos. Si Garfias fue desafortunado en vida, la muerte lo oscureció más todavía. Su brillante y trágica poesía ha quedado en los libros que sus amigos promovieron y en las conversiones de unos cuantos poetas y críticos poco sensibles.
Sirvan estos fragmentos de Arturo Sousa y Juan Rejano, y algunos de los poemas de Pedro Garfias, para recordar a un inmenso luchador político y poeta de genio, que murió de pena en algún lugar de un inmenso país que fue incapaz de acogerlo y entenderlo.
El Búho


Antología poética de Pedro Garfias
Selección y prólogo de Juan Rejano



Introducción a la segunda edición
Arturo Souto


La vocación poética de Pedro Garfias está fuera de duda. Acudió al llamado desde la adolescencia y perseveró en su ejercicio, a veces esporádico, errabundo o soterraño, pero siempre tenaz, desesperadamente. De ahí que sobre él haya escrito Juan Rejano: 'Aquí está el poeta contra todos: contra él mismo;' Porque cuando parecía naufragar, su instinto poético lo sacaba a flote. Y es que no fue Garfias un poeta preocupado por su propia obra, diligente, atento a la suerte que pudiera correr una vez nacida al mundo. En una época en que muchos poetas egocéntricos de aquel y este lado del Atlántico hacían de la poesía un ritual casi sagrado, Garfias se apartó de la aristocracia literaria para dejar sus versos en las manos del viento. Una vida nómada, impráctica, desastrada en casi todo lo que la sociedad juzga importante -incluidas las astucias de la literaria: nombre, élite, editores-, se refleja en el desgaire, en el descuido, en el abandono con que trató sus escritos. Si en el comienzo hubo ansia de perfección, soberbia artística, pronto fue sacrificada a un propósito superior: la idea de que la poesía es expresión integral de la vida con todos sus contrastes; visión humanísima, y por tanto, más ancha y elevada del destino poético.
Escribió a la aventura, a bandazos de borrascas interiores y exteriores, impulsado por la irreprimible urgencia de expresarse, aunque fuera sin orden ni castigo. El texto poético no fue para él un objeto que a cierta distancia estética se trabaja híper lúcidamente, sino un desahogo emotivo, existencial, un testamento de angustias y esperanzas, una especie de tabla de salvación. Por lo mismo, aquí y allá, según la ocasión, fue esparciendo sus poesías azarosamente. No pocas veces afloró de sus bolsillos en papeles arrugados, y como la de juglar dispuesto a perderla del todo en las cantinas, a no ser por el rescate piadoso de buenos amigos. Podría pensarse en circunstancias adversas, pero no; de lo que se trataba en el fondo era de una actitud ante la función y el alcance de la poesía. En la poética de Garfias, el arte está en función de la vida -con todos sus enigmas, sus claroscuros-, y no al revés. Y esta actitud, que ha ocasionado la pérdida de buena parte de su obra, ilumina también muchos de sus rasgos característicos.
No existe, hasta donde hoy sé, una edición de las obras completas de Garfias. Esta Antología poética que presenta la Universidad Nacional Autónoma de México al través de la Dirección General de Difusión Cultural, reimprime la que en 1970 hizo Juan Rejano para Alejandro Finisterre en su colección poética de Ecuador 0°0'0'. Hace unos años, y también en Difusión Cultural, apareció una breve antología preparada por Aurora Pedroche. Y antes, en 1970, el disco, con voz del autor, que presentó Luis Ruis en 'Voz Viva de México'. Carácter antológico tiene asimismo el libro de Viejos y nuevos poemas, de 1951, que por primera vez incluye el retrato que del poeta escribió Rejano. En su conjunto, las ediciones de Garfias son pocas, privadas, intermitentes, y desde luego agotadas en la actualidad. Varias se deben al nuevo y desinteresado mecenazgo de sus amigos en México. Hay, en su trayectoria literaria, largos trechos en blanco. Es quizá, desde el punto de vista de la historia y la crítica literarias, uno de los poetas contemporáneos menos conocidos. En vida no se le hizo mucha justicia, sobre todo en España, donde hasta hace muy poco permanecía de hecho casi ignorado. No tanto en México, ya que fue aquí donde encontró amigos, amparo; donde, en realidad, renace a una segunda y muy superior vida poética. Si no hay obras completas de Garfias, mucho menos edición crítica. Nada fácil será la tarea. Vista en su totalidad la bibliografía del poeta no corresponde como debiera a la calidad de su obra. Con todo, es indudable que en estos últimos años empieza Garfias a ser reconocido como un gran poeta, y que su poesía atraerá muy pronto -atrae ya, de hecho múltiples estudios y análisis. Y es de esperar que pierda vigencia lo que Rejano escribió en el retrato de 1951:

¡Cerrad vuestras trampas, vuestros podridos legajos, torpes, interesados antólogos, historiadores literarios del aguachirle que tantas 'veces la habéis postergado, que tantas veces habéis olvidado esta poesía, olvidando al que no conoce el olvido!

Fue Rejano uno de los mejores amigos de Garfias. Se conocieron tiempo atrás, desde antes de la guerra, y no creo equivocarme pensando que fue Rejano quien mejor lo conoció, y quien más eficazmente contribuyó a rescatar su poesía, que de otra manera se hubiera perdido. En gran medida la salvó del propio Garfias. Amigos y admiradores de Pedro Garfias fueron también Horacio López Suárez y Luis Rius, con quienes convivió cuando eran profesores en la Universidad de Guanajuato. Diálogo recíprocamente fecundo aquél, lleno de anécdotas, de experiencias poéticas que no pueden aprenderse en texto alguno. Garfias, por ejemplo, andariego, anárquico, sentía de cuando en cuando cierta curiosidad por el método de las disciplinas académicas, el orden universitario de las letras, que en nuestros días aspira a ser una ciencia casi exacta. Sus jóvenes amigos, por su parte, añoraban las vivencias de aquel nuevo siglo de oro que fueron los años veinte, treinta, y admiraban, como el cronista Otaola y tantos otros, la fina intuición del viejo poeta, su prodigiosa memoria para decir y revivir los versos propios y los de clásicos y modernos. Ruis fue así uno de los primeros en estudiar de cerca la poesía de Garfias. Y hay que subrayar, además, el mérito de la tesis de doctorado que presentó Margaret Resnick para la Universidad de Vale. Pocas investigaciones literarias tan diligentes y completas.
Pedro Garfias nació el 20 de mayo de 1901 en Salamanca, pero sus orígenes y entornos son andaluces. De padre cordobés, quizá, y de madre sevillana, pasó su infancia y adolescencia en Osuna, en Sevilla, en Cabra. La geografía que desciende desde la sierra de Córdoba hasta la desembocadura del Guadalquivir, la antigua Tartesos, su 'blanca Andalucía', condicionan el sustrato psíquico de sus versos.

-¡Qué azul tu fuente! Tu manantial
¡qué azul y qué limpio! Puras aguas serranas.
Fluías con holgura y blandamente
ceñías a la tierra tu vena inmaculada.

Primerísima juventud en que la luz, el sol, el mar, los blancos reflejos de las casas enjalbegadas, abrazan y se funden con los primeros amores. Primeras imágenes que pasados muchos años volvería a traer la memoria del poeta en horas oscuras. Años de iniciación en una vida libre y azarosa, primeros vagabundeas. Conciencia de la miseria que agobiaba a los braceros andaluces, primeros escarceos políticos en la Casa del Pueblo. Tabernas, cante jondo. Elementos, en apariencia contradictorios, que son, sin embargo, medulares en la biografía poética de Garfias. Su destino fue bien distinto al que se proyectaba. Llegado a Madrid durante la primera guerra mundial, con la idea de graduarse en leyes, cosa que nunca hizo, entró en contacto con el bullente mundo literario de entonces y se dedicó a su verdadera vocación. Desde 1916, a los quince años más o menos, colabora en la revista literaria Los Quijotes. Poco tiempo después forma parte del grupo de Ultra, la avanzada poética del momento en España.
Se ha definido a los poetas de Ultra, creo que Gloria Videla, como un haz de tendencias más o menos dispares cuyo denominador común es el afán renovador. Se dice que a Ortega y Gasset lo que más le interesó del grupo fue el nombre: “ultra”, más allá. Consiste en el deseo explícito y un poco escandaloso de una nueva generación de jóvenes artistas que se empeña en hacer algo nuevo frente al envejecimiento, la repetición, el hastío, en fin, de lo que entonces se llamó el 1900; es decir en gran parte los imitadores sin genio del gran Darío. El caudillo intelectual de los ultraístas, Rafael Cansinos Assens, en una entrevista con Xavier Bóveda, dada a la prensa de Madrid a fines de 1918, lo explicaba así:

-Creo que el porvenir intelectual reside únicamente en la poesía ultrarromántica. Todo lo demás es viejo, viejo, viejo. Tiene ya las barbas blancas y le llegan hasta los pies. La poesía debe desprenderse en absoluto de la retórica, y la oratoria sobre todo. La guerra no influyó absolutamente nada en nuestra literatura. Estamos igual que en el novecientos.

No hay una definición precisa del ultraísmo, salvo el ansia de cambio, de renovación. Es, desde luego, el eco español de las corrientes de vanguardia, catalizadas por la primera gran guerra: futurismo, dadaísmo, imaginismo... España, neutral, parecía haberse desviado una vez más del ritmo histórico europeo. Muchos escritores españoles, como Unamuno, por ejemplo, pensaban que esa marginación tendría adversas, incalculables consecuencias para España. De ahí que la nueva generación, como los más lúcidos de la del 98, insistiera en ponerse a la par con la vanguardia europea. En eso, y en tantas otras cosas, fue precursor Gómez de la Serna. Volviendo a los ultraístas, su primer manifiesto fue publicado en la prensa de Madrid, en el mismo año de 1918, y firmado por Bóveda, Comet, Guillermo de Torre y otros. Y entre ellos, Pedro Garfias. Un ejemplo de su adhesión al ultraísmo en esa época:

Nuestra literatura debe renovarse, debe lograr su ultra, como hoy pretenden lograrlo nuestro pensamiento científico y poético.
Nuestro lema será ultra, y en nuestro credo cabrán todas las tendencias sin distinción, con tal que expresen un anhelo nuevo. Más tarde, estas tendencias lograrán su núcleo y se definirán.

Pero el ultraísmo español, efímero entre 'ismos' efímeros, de 1918 a 1923 aproximadamente, nunca llegó a perfilarse claramente. Una vez más ocurría en España la histórica asimilación de lo ajeno. Cierto es que los jóvenes ultraístas rechazaban por principio el secular misoneísmo español, pero a la vez, distaban mucho, con su más o menos respetuosa rebeldía, de la iconoclasta de los futuristas y dadaístas. En realidad -y el futuro vino a demostrarlo-, lo que pretendían era integrar una serie de nuevos procedimientos expresivos a la tradición poética española. Y Garfias es uno de los primeros ejemplos. Ultraísta entusiasta a los diecisiete años discípulo de Cansinos Asséns pero, en realidad, ¿qué tiene de ultraísta? Lemas anónimos como: 'Los motores suenan mejor que endecasílabos'; 'ha desaparecido el sentimentalismo estrangulador'; 'Ultraísmo: único oxígeno posible', son muy difícilmente aplicables a su poesía. La poesía de los Ultra es apenas una sombra, más bien un pálido resplandor de la vanguardia literaria que se había forjado durante la primera gran guerra. Un sentido colectivo de renovación; resonancias futuristas en el culto a la imagen (que en España rescata a Góngora); forzada ilusión por las máquinas; libertades de puntuación y rebeldía tipográfica a lo Apollinaire. Lo más positivo: juego, humor, imaginación. Si del Garfias ultraísta se ha dicho que nunca lo fue, la verdad es que el ultraísmo en sí no pasó de ser un nebuloso proyecto de cambio. Su importancia estriba en haberle abierto las puertas a la renovación lírica del 27. Por esos años Garfias en unos versos dedicados a su maestro Cansinos Asséns le decía:
torno a mi casa, solo,
pienso hacer un poema,
un poema desnudo,
ultraísta,
con lo más íntimo y lo más virgen de mi alma.

Nebuloso, contradictorio, paradójico hasta en la ambigua elección para los títulos de sus revistas: Greda Cervantes el ultraísmo, con todo, representaba una avanzada: Algunos poemas ultraístas de Garfias entonces:

El avión
extraviado se coló en la sala
y conoció su error
al dar en las columnas con las alas.
Intervino el acomodador.
(Grecia, 1919)

Los pájaros se tiran serpentinas
azules como arroyos
-y todas las campanas
corren por los tejados persiguiéndose.
Clavada en lo más alto ondea
mi esperanza.
(Ultra, 1921)

Una variante del poema arriba citado, creo que mejorada, aparece con el título de 'Exaltación' en El ala del sur (Sevilla, 1926), el primer libro de Garfias. Pasado el ímpetu ultraísta, de él quedaba lo más valioso: la energía del arranque desbocado, el resplandor de la imagen. El ala del sur evoca el ángel andaluz, la inspiración neopopular. Nada tiene que ver con la distancia estética o el antisentimentalismo de un arte deshumanizado. Por lo contrario, reaparecen, con más fuerza que nunca, la tierra y la sangre de los románticos. Garfias, en efecto es ultrarromántico en sus temas: amor, soledad, paisaje; en sus formas, como romances y romancillos... Se acerca más a la tradición clásica y popular que a las heterodoxias de la vanguardia europea. En todo caso, apenas unas pocas huellas: bastante libertad estrófica, imágenes sorpresivas... De ese primer libro de Garfias, casi el único que se cita en las historias de la literatura, se pueden rescatar muchos poemas que tienen valor en sí mismos y no sólo histórico literario.
La publicación de El ala del sur vino a cerrar la primera etapa creadora del poeta. No tuvo suerte, nada suyo apareció hasta la guerra civil, despertador de un prolongado letargo que muchos creyeron definitivo. Parecía haberse desviado de su destino poético, pero la guerra del 36 lo revivió con vigor extraordinario. Por entonces, Garfias, como tantos otros escritores de su generación, se había politizado cada vez más radicalmente bajo la dictadura de Primo de Rivera y los sucesos que se fueron acelerando hasta la gran crisis española. Iniciada la guerra, se incorporó a las milicias del frente cordobés, donde llegó a ser comisario político; 'cargó de pólvora y acero su voz', escribe Rejano. A esa época pertenece Héroes del sur y otras poesías de carácter epicolírico (vuelta a la antigua poesía tradicional) que le valieron el Premio Nacional de Literatura de 1938. Su trayectoria literaria, después de diez años de silencio, experimentó un cambio profundísimo. Lo que hasta entonces había tenido mucho de juego, de alegría, de ilusiones e inquietudes adolescentes, sentimentales, se imanta con tremenda energía, se precisa y adensa. Poesía de guerra hecha, en el frente de circunstancia pues, pero de tal naturaleza esta circunstancia que tenía que calar hondo, trastocar su existencia misma, remover las más profundas entrañas psíquicas. No es poesía de propaganda la suya en ese tiempo. La poesía de propaganda, la comprometida o civil, como se llamaba antes, suele hacerse en frío, de arriba hacia abajo, al dictado, más o menos honesto, pero siempre ajenamente racional. La poesía de guerra, por lo contrario, es auténtica porque brota de una vivencia entrañable, humanísima, existencial. Y en esto, como en todo, se muestra el temperamento. El romancero de la guerra civil española, tanto en sus presencias como en sus ausencias, es el testimonio de la manera en que afectó dicho suceso a los más grandes poetas españoles. Fue una piedra de toque, un ensayo. Hubo quienes lo sintieron como una perturbación -terrible, sin duda, pero al cabo externa, confusa y transitoria- en su gozoso y cotidiano trabajo; hubo quienes experimentaron profundos cambios; y hubo quienes, como Garfias, encontraron en la guerra y en el exilio una no sólo nueva voz, sino verdadera, furiosa, ensordecida, quebrada, sobre todo suya, es decir, original.
Tras la guerra, la derrota, el desmoronamiento físico, vino el renacer poético de Garfias. La pérdida de su tierra y de sus ilusiones, el contraste entre lo soñado y lo vivido, entre la memoria y la ruina, definen una nueva etapa poética. Entre los muy pocos refugiados españoles que aceptó Inglaterra, gracias a la ayuda de las organizaciones obreras inglesas, vino a encontrarse el medularmente andaluz Garfias en Eaton Hastings, 'un bosque inglés', dice Rejano, cerca de Londres y es allí, donde escribe Primavera en Eaton Hastings (Poema bucólico con intermedios de llanto), considerado por muchos, y con razón uno de sus mejores poemas. Poema sutil, extraño, desigual, contrastado, misterioso contrapunto que va revelando un largo, angustioso soliloquio del poeta consigo mismo y con el mundo que le rodea. Un poema íntimo, interior, profundamente lírico, en el que el lector se ve unas veces envuelto en un aura prerromántica a lo siglo XVIII, retórica y apacible, para otras verse interpelado por un grito seco, directo, desesperado. En él se alternan sabiamente dos voces, el sosiego y la furia, el estar y no estar. En el fondo, lo que va expresando Garfias a lo largo de sus versos es el absoluto asombro, la irrealidad de lo que vive. Porque ha venido a caer en un verde, armónico, inmaculado parque inglés, irritantemente ajeno al sufrimiento, la miseria y el pavor de la catástrofe española. Es este remanso de paz egoísta, la vida a salvo, pero el alma en ruinas, la única forma de expresión que encuentra Garfias es el soliloquio dramático, la dialéctica de todas las emociones y las ideas que en ese momento en él se contraponen.
Es Primavera en Eaton Hastings un largo poema en el que no sólo se oponen dos motivos antitéticos evidentes -el fragor de la guerra española y el remanso de la paz inglesa sino una encrucijada psíquica en la existencia de Garfias donde confluyen, para de una vez por todas señalar su desolado destino, tanto las fuerzas oscuras como las luminosas que hasta entonces lo determinaban. De un lado la antigua retórica, la armonía de una tradición poética clásica en la que deliberadamente se abordaban tópicos de una belleza natural y objetiva; del otro, la ausencia de todo lo perdido, concreta, individual, intransferible. En el paso de una a otra vivencia, el poeta tiene que cambiar el ritmo, el tono, el lenguaje:

Aunque te rompas, frágil bóveda, en mil pedazos
esta noche estrellada
yo tengo que gritar en este bosque inglés
de robles pensativos y altos pinos sonoros.
He de arrancar los árboles a puñados convulsos
y de llorar a voces este dolor mordido
que brota a borbotones de mi raíz más honda.

La estancia de Garfias en Inglaterra fue breve. En 1939 llega a México en el 'Sinaia', uno de los primeros barcos en traer exiliados españoles. Colabora con Rejano y Andújar en la elaboración del diario de a bordo, y en él publica su poema 'Entre España y México.' Muchos de los pasajeros lo recuerdan recitando versos de Antonio Machado durante las veladas de la travesía. Pero en la ciudad de México, y aun en el solidario ambiente de los primeros años de exilio, no acababa de encontrar Garfias un espacio adecuado a su inquietud. La soledad estaba demasiado arraigada en él, así como la rebeldía ante toda clase de rutina o disciplina fija. No pudo centrarse en los trabajos que otros escritores emprendían. Ganarse la vida de una manera regular fue para él cada vez más difícil. Prefirió recorrer la provincia leyendo sus poesías, andar un poco a salto de mata, inseguro siempre, pero libre. Para muchos, es uno de los últimos poetas malditos. Ha seguido siendo fiel a sus ideales políticos, pero precisamente ese idealismo, esa indisciplina, ese indomable espíritu libre y anárquico, no lo convierten en ejemplo de militante. Garfias, en realidad, se solía decir por esos años, es un poeta, ni más, ni menos; hay que dejarlo a su ser.
En 1943, durante la fase más crítica de la segunda guerra mundial, Garfias escribió un breve cuaderno de versos: Elegía a la presa de Dnieperstroi, conjunto de cuatro poemas, apoyado el primero en un episodio del frente ruso, cuando los obreros soviéticos, para detener el avance del ejército alemán, volaron la presa que ellos mismos habían construido. Los poemas siguientes están dedicados a la defensa de Stalingrado, al propio Stalin, y a José Díaz. Poesía de circunstancias, pero a diferencia de la poesía de la guerra española, más retórica y distante. En buena perspectiva histórica, el tiempo, las mutaciones políticas, que hoy pueden tender a descartar como ingenuas, en cuanto a su contenido ideológico, esas poesías, no debe hacer olvidar que en aquellos años, cuando el mundo democrático había abandonado la causa de la república, muchos españoles, como Garfias, se aferraban a una ilusión que si hoy parece quijotesca, era entonces para ellos real y auténtica.
Hubo en la vida de Garfias, un enigma, una pena negra, un desasosiego íntimo, que lo llevó a vagar de un lado a otro sin más compañía que su creciente soledad.
Aunque es fácil atribuir esta inquietud al exilio, la realidad parece ser más antigua. Ya en sus primeras poesías, alude el poeta, en un homenaje a Góngora, a la soledad. Una constante temática en casi toda su obra. En México recorrió muchas ciudades: Torreón, Chihuahua, Guadalajara, Puebla, Campeche, Mérida, Veracruz, Guanajuato... Y en todas encontró amigos, dio recitales y conferencias, fue alargando, digna, penosa y pobremente una vida que le era cada vez más difícil sobrellevar. Publica uno de sus mejores libros: De soledad y otros pesares, en Monterrey, en 1948. Y por esos años nos lo retrata Otaola en La librería de Arana:

Casi toda la producción de Pedro Garfias pertenece a la memoria. Pedro nunca escribió sus versos.
Pedro, a la hora de caligrafiar, no sabe hacer la o con un canuto.
……..

Pedro Garfias va a recitar y eso sí que es un espectáculo. Siempre, en el arranque, titubea un poco, mueve mucho la cabeza y las manos para atrapar definitivamente el poema. Su temperamento no le deja en paz los nervios. Produce la impresión que lo va a reconstruir con mucho esfuerzo, sobre la marcha, pero no.
El poema sale entero, caliente y estremecido. Viene en carne viva del fondo de la sangre, con dolor, con terrible jadeo, con atroz crispatura de los músculos. Es en ese tiempo cuando Garfias quiere escribir el poema desnudo, sin nada postizo, ni retórico, ni adjetival.
Un último libro, Río de aguas amargas, publicado en México, en la ciudad de Guadalajara en 1953, es quizá su obra más auténtica y definitiva, en el que se proyecta su vida, su personalidad, mediante un estilo directo, coloquial, a veces casi prosaico. Contiene, sin embargo, poemas de gran intensidad lírica. Un ejemplo:

Cuando me tiro de noche
en el ataúd del lecho
que es menos duro que el otro
porque ya sabe mis huesos,
me pongo a mirar arriba
los astros de mis recuerdos.
Aquél que se abrió de pronto
cuando todo era misterio.
El otro que se apagó
antes de sentir abierto.
A veces grito iracundo:
aquí me falta un lucero,
aquí me sobra una estrella.
¿Quién hizo este firmamento?
Una voz piadosa dice
que no es cielo sino techo.
-Por mi vida, grito yo,
dejadme saber mi sueño.
Donde yo pongo los ojos
todo es cielo.

A pesar de su vida desordenada y errabunda, Garfias poseyó muchas y fundamentales virtudes humanas que independientemente de sus dotes poéticas le ganaron amigos allí donde estuviera. Amigo de sus amigos, brutalmente sincero a veces, leal con sus ideas, reacio a concesión alguna que limitara su libertad o su dignidad artística, Garfias pudo sobrellevar una existencia cada vez más desolada y dolorosa gracias a una gran fortaleza física y anímica. Poco a poco, el tiempo y la miseria fueron embistiendo esa poderosa naturaleza, ese inquebrantable temple. Río de aguas amargas, nueva alusión a las graves coplas manriqueñas, es un libro de alta poesía. Y no por lo que tenga de intenso sino porque cada uno de sus versos expresa directamente, con la menor retórica posible, las vivencias del poeta. Inmensos en acre y viril melancolía, estos versos no sólo describen el infierno físico en el que se debate el poeta, sino el estupor que le produjo el mundo apenas nacido a él. La imagen del río una vez más simboliza la duración, el fluir del tiempo en un señero, irreversible sentido.
Los últimos años de Garfias fueron particularmente dolorosos. Cuando estaba en la ciudad de México, asistía regularmente al 'Hórreo', muchas veces solo, para sentarse a la mesa absorto en sus recuerdos, estrujándose la memoria, ya entorpecida. Hablaba trabajosamente consigo mismo. Era evidente que se consumía. Entró y salió en varias ocasiones del Sanatorio Español, de día en día más minada su resistencia física y espiritual. Murió en Monterrey, el 9 de agosto de 1967.
De su obra ya se ha dicho que gran parte debe estar desperdigada, quizá perdida para siempre. Se sabe, por referencias de amigos, como Otaola, Rius y otros, que escribió dos piezas de teatro, una colección de sonetos a su padre (del que se ha rescatado alguno), un guión de cine, etcétera. Tiene un cuento publicado en la revista Romance, en 1940. En cuanto a La ronda de los toreros muertos, al parecer perdida, y consistente en una serie de romances sobre famosos toreros de este y el pasado siglo, me consta su existencia, porque fue ilustrada por mi padre con dibujos a tinta, asimismo perdidos. Vi y hojeé en varias ocasiones tanto los dibujos como la obra original, ya pasada en limpio y a máquina. Se los llevó Garfias del estudio, pues el libro iba a publicarse en fecha próxima, y nunca más volví a verlo. El poeta, de nuevo, dejó su poesía en las manos del viento.
Arturo Souto

PRÓLOGO
Juan Rejano

De oscuro pájaro ganchudo la faz, reverso insólito de un alma luminosa, melancólica, -manadora de sueños, como la sepultada estrella de la niñez;
revuelta, hirsuta la melena de cansado león sobre una frente organizada para los pensamientos -que con la virgen ternura se humedecen;
agudos y endrinos los ojos dispares, disparados y anublados a un tiempo por un frío velo -crepuscular, como esos pequeños relámpagos estrangulados en un cielo de nácar aborrascado;
un rictus de bondadosa amargura en la boca navajeada, por donde han brotado tantas sílabas -musicales, que apenas quedan campanas en las torres herrumbrosas, lenguas de cristal en los -ríos romanceros;
apesadumbrado el dorso: las corvas espaldas trepando a los hombros de encima o de sillar;
torpe, renqueada la andadura, que fue airosa alguna vez como la inconsciente juventud que no -advierte su sangre;
ágiles las manos cual navecillas de nicotina: manos subrayadoras de palabras que ya no son -sino esqueletos de palabras, recortadas imágenes fonéticas, de las que sólo percibimos un -sonido de coda rota;
monólogo puro, monólogo cordial,
desesperado hilo del corazón que, a punto de romperse, se anuda más fuertemente y vibra y -restalla y se enciende, metal desafiador de los más altos fuegos:
aquí está Pedro,
aquí está Pedro Garfias,
aquí está Pedro Garfias de Ecija, de Cabra, de Osuna,
Pedro de la campiña bética y de las marismas que llegan a Tartesos,
Pedro poeta, poeta contra él mismo: Pedro contra todos, mago de los naipes líricos, maestro de -los otros naipes que abanican madrugadas de azar y livideces recónditas;
matemático jubilado antes de nacer a las altas ecuaciones que se enlazan con el álgebra -poética;
coleccionista de noches universales, de esas noches calumniadas, en que el poeta crece sobre el -césped de los jardines brumosos;
soldado de la sola, sola verdad revolucionaria: aprendiz en la Casa del Pueblo, huelguista de las -glorietas madrileñas, orador de mítines rurales con olor a establo y tricornio de la guardia -civil;
disecador de lunas ásperas, de lunas como puños sangrientos alzados vengativamente sobre la -miseria enracimada, contra las cerraduras millonarias;
acaricia las nieblas, ignora la topografía: ciego sin lazarillo y sin perro por los temibles -laberintos;
lucero galán de todas las tabernas enamoradas: arcángel frecuentador de los manantiales más -embriagantes; pontífice mudo del cante jondo que de Triana a Jerez tiende su riguroso -meridiano:
la guitarra de los acordes alterados deambula por su cuerpo, de un amanecer a otro:
estatua desprendida de la tierra, oloroso a vides y panales,
una rama de olivo le signó la frente,
un clavel negro le traspasó la piel,
un torso campesino doblado sudorosamente sobre la tierra le avivó la rebeldía.
Si un día fue renovador metafórico, gladiador impulsivo en los anales poéticos españoles,
si un día cantó con la frescura de los racimos, de las orillas y de los rocíos, la humildad de los -blancos caseríos tendidos al sol, la novia torcaz en la provincia lejana, la lluvia, el viento, los -nidos, el alba,
otro día, ya desgajada España, ya rota la patria por todos los puñales de la mentira, la cobardía -y la traición, cargó de pólvora y acero su voz y la disparó incesantemente contra las espadas -purulentas, aniquiladoras de la inocencia popular;
brotaron los himnos, resplandecieron las canciones heroicas; un clarín perforó el verso alerta, -hecho de heridas y laureles, de agonía y de esperanza, de juventud y pan libre.
¡Ay el sueño, el sueño aquél del hombre, de los hombres de España encarnados en el poeta, -lanzado fue de su tierra, desterrado, sumido en lo aciago!;
pero, vertical sobre sus despojos sangrientos, lejos, lejos del regazo perdido, de nuevo levantó -su acento de diamante, su vuelo cegador, y en un bosque inglés nació el más hermoso canto al -amor y a la patria, escapado de unas pupilas ciegas.
Brindó el mar sus anchas espaldas, su poderoso pulmón de olvido a la caravana del éxodo, y -cabalgando con ella en las olas llegó el poeta al nuevo mundo, a la ribera fragante de América:
México abría los brazos,
México restañaba la crueldad occidental, la de los caballeros de la civilización cristiana, con -dulces paños fraternales,
y el poeta desde el mar lanzó su canto a México, a su generosidad ardiente, y aún sigue -cantando, a la sombra violada del tezontle, sobre la meseta milenaria del Anáhuac.
Miradlo todavía penetrando noches, respirando auroras, la garganta juglar enronquecida de -decir el metro armonioso de su evangelio,
de su poesía: de su poesía impar que, como las selvas, tiene un rumor eterno, un pensamiento -brotado de las entrañas y una autenticidad inmarchitable; de su poesía, abrevada en lo esencial -hasta cuando briza las cosas más cercanas; dentro del tiempo, del intransferible tiempo que le -ha tocado apresar;
de su poesía, forjada en el corazón-de-siempre, clara, pura, humana, como el hombre a quien -busca, el hombre capaz de sueños, abnegaciones, nobles luchas.
¡Cerrad vuestras trampas, vuestros podridos legajos, torpes, interesados antólogos, -historiadores literarios del aguachirle, que tantas veces la habéis postergado, que tantas veces -habéis olvidado esta poesía, olvidado al que no conoce el olvido!

Aquí está Pedro. iMiradlo!
Aquí está Pedro Garfias.
Aquí está el poeta contra todos: contra él mismo.
¡Aquí -miradlo- está el poeta!

SELECCIÓN DE POEMAS DE PEDRO GARFIAS:

Del libro El ala del sur
PUEBLO
Mi corazón temblando bajo el ala del sur.
Desde la Colegiata, alta como una frente,
es grato componer y descomponer
el rompecabezas del pueblo:
los suspiros claros de las casas,
las plazas de ancho aliento
y esos viejos murguistas de las torres,
ciegos y altivos.

MANSIÓN
Mi casa es como un fruto.
Se abre a la luz en gajos blancos y finos.
Sus paredes bruñidas se ofrecen puras a mi gozo.
y sus columnas indomables
tienen la gracia ágil de mi bastón.
La noche en ella es breve, blanda,
apenas una oscura venda para los ojos.
Pronto el sol llama a nuestro sueño, con golpes bruscos.
Sol seco y fuerte como un vino.

SOL
Del azul cuajado del alba,
como un surtidor invertido,
brota espontáneamente el sol.
ni las casas enjalbegadas
ni los cristales
ni tus ojos lo quieren.
Resbalando aquí, rebotando allá.
Viene a caer sobre la dulce tierra
y la traspasa.

MAÑANA
Cada paso nuestro, amiga,
rasga la carne tierna de la mañana.
Se la siente crujir y desgarrarse,
aún se desangraría,
si no llegase pronto la brisa
dulce como una mano, a calmarla.

PASEO
La carretera es recta como una vocación.
A ambos lados hay árboles
que bambolean la brisa en sus brazos
y pájaros erguidos sobre sus trinos certeros.
Al frente
una montaña brotada de caseríos frescos
en los que mis miradas apacientan
resbalando por el aire cernido.

NOCTURNO
Recuerdo que las sombras tenían
aquella noche
el color de tus pupilas.
De esta manera yo me sentía
como mirado mil veces por ti
y enajenado
de sentir tu mirada en todo mi cuerpo.
Suspendida de las ramas más altas
amorosamente extasiada,
la brisa contenía su aliento.
¿Eran las nueve...? ¿Eran las doce...?
Quién habría podido pautar
aquella noche tersa y azul,
inmenso suspiro del cielo.

NOVIA
Tus ojos tienen la profundidad
de los espejos.
Muy a lo hondo de tus miradas
hay un paisaje verde, acribillado
por las mil flechas de la brisa.
Tus trenzas tienen el retorcimiento
de los pecados.
Pero son inocentes.
Bajo mis manos palpitaban
mansas y humildes como corderos.
Tus piernas son altivas y castas.
Serenamente te alzan sobre la vida
y amansan su oleaje
como dos rompeolas.
La serpentina de tu risa
que pintó de colores al viento
aprisionó en su jaula la tarde
como un pájaro deslumbrado.
Tu voz es para mí como la música
de las estrellas para los oídos
embelesados de las sombras:
que la escuchan toda la noche sin fatiga.
A esta luna esponjada y plumada
como pavo real
tu voz tiene calor y ritmo de paloma.
Honda guarida de tus manos
para mi corazón.
Cuando tú pasas
callan los cascabeles de las horas
porque el tiempo
de las mil colleras vibrantes
se inmoviliza
como un corazón extasiado.

CIUDAD
Bullía en su copa la noche
burbujeada de luceros.
Lentos gritos perdidos la recorrían
palpando aquí y allá las sombras
hasta hallar una, profunda y tierna,
donde cobijarse.
Sabiamente
el viento pulsaba las calles,
tensas y vivas.
A lo lejos
sobre el horizonte
glogloteaba el día
como un agua presa.

EVOCACIÓN
Un álamo cernía el sol
y lo espolvoreaba en su nuca
suave y pálido como un aliento.
Ella sentada, firme y dulce, sobre la tierra.
Yo tendido, con toda mi vida,
mi cabeza en su falda y un brazo suyo
como una rama dócil sobre mi cuello.
Mi corazón y el tiempo justos, acompasados.
Luego acelera el tiempo su corriente,
se precipita todo compacto
como un bloque de hielo flotante.
Arden mis mejillas al roce vivo, continuado,
de los días y de las noches.
Mi corazón se acongoja detrás.
y abro los ojos.
Un cielo asfaltado, frío, de gran ciudad,
y un airecillo vivaz y desnudo como un pilluelo.
A mi alrededor
extendida por todo el mundo
una gran soledad.
Mi corazón temblando bajo el ala del Sur.

Antología poética Pedro Garfias, Selección y prólogo de Juan Rejano. Prólogo a la segunda edición de Arturo Souto, Segunda edición, 1985, Textos de Humanidades, UNAM, P.p. 5 al 36