REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 07 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Poemas para un poeta que dejó la poesía


Alejandro Alvarado

En el libro Poemas para un poeta que dejó la poesía (Cuadernos EL FINANCIERO) se reúnen 72 creaciones de diferentes autores convocados por Eusebio Ruvalcaba en un acto de solidaridad con Javier Sicilia, quien dejó de escribir poesía a consecuencia de la trágica muerte de su hijo. El crimen conmovió de tal manera a Ruvalcaba que ideó preparar esta obra para unir a los hombres de letras en el dolor de Javier Sicilia y lo expresara cada uno a su manera. Entre los poetas que participan puede señalarse a Juan Gelman, Eduardo Lizalde, José Emilio Pacheco, Raúl Renán, Víctor Roura, Jaime Ajure, Víctor Manuel Mendiola; y los poetas españoles Eloy Sánchez Rosillo, Vicente Gallego, José Rubio, Rafael Adolfo Téllez, José María Álvarez y Luis Antonio de Villena.

La concepción del volumen fue una reacción espontánea para el autor de Un hilito de sangre, quien considera que la muerte del hijo de Javier Sicilia es “un acontecimiento brutal y atroz”, y explica: “Todos los días en la situación de violencia que vive México mueren muchos jóvenes y no se distingue el hijo de un poeta del de un cirujano, o de un abogado. Creo que el impacto en el espíritu de la emoción es el mismo; pero lo que me pareció una verdadera autoinmolación, que desbordó todo lo que mi teoría del castigo entendía, es el hecho de que Javier Sicilia tomara la decisión de dejar de escribir. En la historia hay castigos que son justos y otros injustos; pero nunca un poeta dice me voy a castigar dejando de escribir poesía. Eso fue lo que me conmovió realmente.

“Para la edición del poemario conté con la generosidad de Víctor Roura. Cuando me comuniqué con él, por teléfono, y le expliqué el proyecto, le pedí luz verde para publicarlo en Cuadernos de El FINANCIERO; Víctor, sin dudarlo, me asintió inmediatamente: ‘Sí, Eusebio, que se publique’. Lo cual para mí fue importante, porque su anuencia significó una palmada en el hombro y una mirada de comprensión”.

Cuenta Eusebio Ruvalcaba que para él fue una sorpresa humana el apoyo que recibió de los autores que enviaron sus textos, y una sorpresa poética descubrir que un acto que conmociona puede redundar en la poesía. “Yo soy de una idea muy primitiva: Creo que la poesía puede modificar una conducta en particular, puede desparramarse en las personas que lo rodean. Sentí que en los trabajos que me llegaban había una suerte de un encuentro con el destrozo, con el error. Reconocí que los remitentes son personas que han sufrido y quieren manifestar, al mismo tiempo, su solidaridad con Javier Sicilia, con la determinación que tomó, y con algo que a ellos, en lo personal, los perturbaba, y los hacía partícipes de un sufrimiento y ahí estaba la palabra escrita. Tengo una enorme fe en la palabra de la poesía, pero antes que en ella en la palabra escrita, pero antes que en la palabra escrita en la palabra. Siempre viene a mi mente en momentos de introspección lo que alguna vez mi madre me dijo: ‘Acuérdate de mis palabras, hijo, y acuérdate de mis lagrimas’. Desde entonces yo asocio la palabra con la condición humana. Los poemas que empezaron a fluir en esta antología me confirmaron que las cosas profundas se relacionan con el sufrimiento del hombre. Respecto del corazón que se duele, hay una palabra que lo nombra, sé que nunca es la más acertada (porque la palabra nunca cumple el cometido de nombrar verdaderamente ese sentimiento). El grito, el aullido y la lágrima que desgarra, no se traducen en palabras; sin embargo éstas nos acercan, nos hacen partícipes del horror, a veces nos conmueven hasta provocarnos el llanto”.

Al seleccionar los poemas del libro, Ruvalcaba refiere que se convirtió en un rector. “En los cuadernos de El FINANCIERO hay un protocolo, un determinado número de páginas (de 65 a 80 aproximadamente) que no puede excederse. Principié por eliminar en principio los poemas excesivamente panfletarios. Los que ofendían al presidente Calderón o a los partidos políticos. Sabía a lo que me estaba enfrentando. Creo que tenía, no los pelos de la mula en la mano, porque nadie los tiene, pero sí un mínimo criterio de poesía; e intenté encontrar, en los poemas que articulan esta antología, una línea, un verso que contuvieran belleza; que me devolvieran lo que yo pido de un poema.

“Cuando uno tiene delante de sí un poema, está en el derecho de plantearle preguntas. La primera que, desde mi modesto punto de vista, se le formula es ¿Qué es la belleza?, y el poema despliega la respuesta. Con ese criterio empecé la selección. Bateé muchos, se los devolví al poeta que conozco, a amigos íntimos, diciéndoles ‘tu poema no latió, tráeme otra cosa’. Unos me acusaron de haberme vuelto un arrogante, ‘no voy a cambiar una coma’, establecieron. ‘Tu poema queda fuera’, les manifesté. Otros me lo devolvieron y hasta tres veces se los regresé. La única virtud de esta antología es que es dispareja. Hay cosas que gustan a unos y cosas que disgustan a otros. Borges dijo, en otras palabras, que lo mejor de una antología es que es dispareja. Toda antología, como todo coordinador de antologías de poesía, como cada hombre es falible. Asumo la responsabilidad de mi trabajo; pero está en él el honor por el hijo y por el poeta Javier Sicilia”.