REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 10 | 2019
   

Letras, libros y revistas

La permanencia de Max


Roberto López Moreno

Max por Max da Max. En abril del 2015 dijeron que Max Rojas había muerto, pero ni fue ni será cierta una noticia así. Por ello mi inicio en este texto, Max, el poeta se estará multiplicando por sí mismo y pluralizándose en nosotros que ninguna culpa teníamos para que nos hiciera eternos.
Cuando en abril del 2015, Max Rojas contaba con 74 años de edad, salió de ellos para abrirse al tiempo total y desde ese momento su edad se convirtió en algo que no se mide pero que percibimos lóngito, sin término en la ondulación de cada verso. Entonces corresponde a nosotros revisar nuestro lapso.
No conocía a Max Rojas, no había oído hablar de él, aun estando yo en el centro de la furibunda mirada que oteaba hacia todos lados buscando la riqueza que autoridades culturales, instituciones artísticas, grupos literarios, editoriales de Estado, aulas universitarias, los grandes premios “dedeados”, las becas autoobsequiadas, los viajes de relaciones, jurados y críticos deshonestos, antologadores bien pagados y demás, nos habían escamoteado a la generaciones que leíamos y escribíamos con la mejor buena fe en la segunda mitad del siglo XX.
A eso me refiero cuando digo que no lo conocía, porque ya una serie de jóvenes de entonces, reclamábamos por qué no aparecían en las relaciones de la “cultura literaria” de ese tiempo, autores tan vitales y tan superiores pero que aún en pleno siglo XXI seguimos rescatando del olvido como Aurora Reyes, Ramón Martínez Ocaranza, Juan Bautista Villaseca o Abigael Bohórquez. ¡Cuánto daño de los confabulados, mercaderes de la letra! ¡Cuánto daño!
En 1983, la ya extinta editorial Claves Latinoamericanas que dirigía nuestro inolvidable Raúl Macín, publicó una colección de cuadernos de poesía en la que yo también estaba incluido. Fue una colección exitosa, pero dentro de los 10 o 12 cuadernillos que constituían la colección, el que llamaba poderosamente la atención, más que ninguno otro, fue uno que llevaba por título: El turno del aullante, de un tal Max Rojas.
El cuaderno -ahora lo comento- lo leí una vez, luego otra, luego otra, hasta que terminé preguntándole a Raúl Macín de dónde había sacado a ese excelente poeta, uno más lanzado al bote de la indiferencia por la cultura oficial; otro que me salía de pronto para exigirme en mi interior y subrayarme que sí había mucho que hacer por nuestra obra propia y por la de esos grandes poetas que el sistema político-literario estaba asesinando sin ningún remordimiento de su parte, para ensalzar a la facinerosada contemporánea que todavía tenemos metidos en la sangre, porque como dioses nos fueron impuestos por todo ese engranaje perverso al que me he referido. Pero además, después vinieron los hijos, y los nietos, los linajes, a ocupar espacios que no merecían; los hijos, nietos (a estos los tenemos ahora mismo ya bien empotrados) y bisnietos de la coludición.
Pues resultó que de pronto se me apareció un magnífico poeta cuyo nombre verdadero era el de Jorge Juan Máximo Rojas Proenza. Después, en la primera oportunidad nos hicimos amigos, por la época en la que él era Director de la Casa-Museo León Trotsky, entre 1994 y 1998, además era importante promotor cultural de la Delegación Iztapalapa. Por eso fue que le tocó participar también en los actos que se realizaron para imponer el nombre de Leticia Ocharán a la Sala de Exposiciones de la casa de la cultura Ricardo Flores Magón, decisión de la entonces delegada de Coyoacán, la arquitecta Itzel Castillo. Max Rojas, entregado de tiempo completo en los asuntos de la cultura. Un personaje así no causa sorpresa alguna si se decide otorgarle el Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer, como sucedió con él en el año del 2009.
Pero volvamos a los trazos del poeta. En el pleno dominio del lenguaje, Max Rojas es constructor de su eterna juventud. Un hombre así siempre será joven y él lo era y lo siguió siendo más allá de los 74 años que dicen que tenía cuando su presunta muerte. Esos siempre jóvenes son los que nos dan la vida que vivimos y a quienes por siempre habrá que darles las gracias por inyectarnos con tanta euforia, metáfora y oxígeno.
Siempre en el dominio del lenguaje digo y desde la aseveración procedo a citarlo: Caidal mi pinche extrañación vino de golpe/ a balbucir sepa qué tantas pendejadas;/ venía dizque a escombrar lo que el almaje me horadaba,/ y a tantas tantoneó para encontrarse/ un agujero tal de tal tamaño que en su adentro/ me agujereaje y yo nos dábamos no pie/ sino siquiera mentábamos finar/ de donde a rastras pudiera retacharse nuestro aullido./ Eso es lo que me queda –dije- de tanta extrañación como he tenido;/ un hueco nada más y ya me crujo/ del tanto temblequear de que ese hueco/ del mucho adolorar se me deshueque/ y ya ni hueco en qué caer tengamos/ ni mi agujero ni mi yo/ tan deshuecado invertebral olvido/ que ni a madrazos mi almaraje quiera/ ponerse a recoger su trocerío.
Hay un lenguaje vital; él daba una de las razones: Militante del Partido Comunista por muchos años, tuve trato con obreros de aquellos tiempos, me gustaba mucho la ciudad y entonces recorría los barrios más bajos y más peligrosos para la época; aprendía y nunca me pasó nada. Pero sí le pasó, le pasó la poesía para quedarse en él para que nos la pudiera dar a los que de él sabemos. Y en este fluir imparable nosotros ya no estaremos y él seguirá siendo la fuente.
Hace algún tiempo, un grupo de jóvenes realizó un recital en un sitio de la avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma, con la participación de tres poetas, Enrique González Rojo, el mencionado Max Rojas y yo. Los muy malvados organizadores sumaron las edades de los tres y al acto le pusieron por nombre “200 años de poesía”. El lleno fue total. Habrá sido por motivación morbosa.
Sumergidos en la poesía de Max Rojas hay que decir que en su escritura siempre está presente una puntual búsqueda en las entrañas del lenguaje. Grita con las palabras y luego las retuerce y las asfixia con saña. Con este procedimiento, las palabras de Rojas hablan como en ningún otro poeta. Hablan lo muy suyo, pero alcanzan tal expansión que hablan lo nuestro, lo muy nuestro, acomodado en los tres ángulos del tiempo.
Max, por Max, da Max… y sólo somos nosotros, que nos estamos multiplicando.