REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
08 | 12 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

El Hemingway periodista


Ernest Hemingway

Ernest Hemingway comenzó su extraordinaria carrera de escritor haciendo periodismo y escribiendo algo de poesía. Fue en la novela donde se encontró a sí mismo. Pocos narradores tienen la fuerza y la originalidad del novelista. Una tras otras, sus novelas fueron éxitos y al final casi todas pasaron a la cinematografía con el mismo éxito o tal vez más. Su fama opacó al resto de su generación.
Sus críticos lo han señalado como un ser machista, sexista, para mayor precisión. Su afición por los deportes brutales como el box y el futbol americano y su afición por la cacería completaron su imagen de hombre rudo, bebedor y agresivo. Pero si en sus novelas esta parte está matizada, en los reportajes y crónicas, está el verdadero Hemingway. Corresponsal de guerra, asiduo a las corridas de toros, cazador pasional… En consecuencia, el periodismo de Hemingway podrá no estar de acuerdo a los nuevos valores, pero jamás carece de poder narrativo. Lo que el periodista mira lo transmite claramente al lector.
Ahora poco nos acordamos de Hemingway, lo leemos pero ya no polemizamos sobre su azarosa vida. El hombre que optó por el suicidio se quita la camisa y muestra impúdico el torso desnudo y aguerrido, es el de un soldado, un pescador de grandes especies, un hombre que dispara sin miramientos contra animales africanos o norteamericanos, por igual.
Vale la pena sumergirnos aunque sea de pasada en un inmenso novelista que jamás dejó de hacer periodismo.
El Búho

Ernest Hemingway. Enviado especial *
“La fiesta de los toros es una tragedia”
(Del Star Weekly, de Toronto, 20 de octubre de 1923)

París gozaba de la llegada de la primavera, por lo que todo parecía un poco más bello. Mike y yo decidimos ir a España. Strater nos dibujó un pequeño mapa del país en la parte posterior de una carta del restaurante Strix; escribió el nombre de un restaurante madrileño, cuya especialidad es el asado de lechón, y el de una pensión de la carrera de San Jerónimo, donde se alojan toreros, y trazó el plano de la sección del Museo del Prado destinada a los lienzos del Greco.
Equipados con dicha carta y cuatro bártulos, emprendimos viaje a España con el propósito de ver unas corridas de toros.
Una mañana, tomamos el tren en París y a las doce del día siguiente nos presentamos en Madrid, donde vimos por primera vez una corrida de toros que empezaba a las cuatro y media de la tarde. Dos horas antes compré a un revendedor dos entradas de veinticinco pesetas. Ya no había localidades. Las nuestras eran de contrabarrera y, según nos dijo el revendedor medio en castellano y medio en francés, estaban bajo el palco real y enfrente de la puerta del toril.
Le preguntamos si tenía otras más baratas, de unas doce pesetas, por ejemplo. Nos contestó que ya no quedaba ninguna. De modo que dimos cincuenta pesetas por las dos localidades y, con ellas en el bolsillo, echamos a andar por la acera de enfrente hasta un gran café de la Puerta del Sol. Pasar por delante de un establecimiento así el primer día de nuestra estancia en España y con dos entradas en el bolsillo para asistir a una corrida pasada hora y media con bueno o mal tiempo, nos causó tanta emoción que a la media hora ya estábamos ante la plaza, situada en las afueras de la capital.
La plaza de toros es un gran circo fabricado de ladrillo y está en el extremo de una calle que desemboca en un descampado. Sobre la entrada ondeaba la bandera roja y gualda. Iban llegando autobuses y coches llenos de público. A la entrada había un gran concurso de mendigos pidiendo limosna, hombres que vendían agua fresca y muchachos que ofrecían abanicos, caña dulce, cucuruchos de almendras saladas, granizados y sorbetes. La concurrencia, llamativa y animada, se agolpaba a la entrada. Unos guardias civiles, con el reluciente tricornio negro, el fusil terciado a la espalda y montados a caballo, parecían estatuas ecuestres, por entre las cuales la gente afluía a la entrada.
En el interior, el público estaba alrededor del coso hablando y dirigiendo la vista a unas jóvenes que, con peineta y mantón de Manila, estaban sentadas en el palco. Muchos llevaban anteojos de larga vista para contemplar mejor el espectáculo. Hallamos nuestros asientos y los concurrentes empezaron a ocupar los suyos; los asientos son de fábrica. La plaza es redonda, está enarenada y tiene una barrera de madera pintada de color rojo y que se puede salvar de un salto. Entre la barrera y la contrabarrera queda un angosto espacio que se llama callejón, donde empiezan las filas de asientos como los de un campo de futbol, con la diferencia de que son circulares.
No se veía ningún asiento desocupado ni a ninguna persona en el ruedo. El público del tendido de sol estaba asándose de calor y abanicándose; todo él parecía una llama de abanicos vacilante. Cuatro heraldos con ropaje medieval se levantaron de entre el público y soltaron una ráfaga de notas por la boca de sus clarines, tras lo cual la banda empezó a tocar y, precediendo a las cuadrillas, entraron en la deslumbrante arena cuatro jinetes, o alguacilillos, con traje de terciopelo negro y lechuguilla blanca.
Tras ellos iban tres cuadrillas de toreros, formadas en el patio y dispuestas para salir cuando la banda empezó a tocar; al frente de cada cuadrilla iba un espada, cuyo cometido era matar dos toros de los seis de la tarde. Llevaban un vestido ponderosamente brochado de negro y amarillo; el típico traje de torero: capa de paseo y chaquetilla bordados de oro con lentejuelas, camisa blanca, corbata encarnada, taleguilla ceñida, medias de color de rosa y zapatillas. La incongruencia de tales medias solía causarme extrañeza después de una corrida de toros. Detrás de cada espada, al que no hay que mirarle el traje de luces, como llaman a este atuendo, sino el aspecto de su rostro después de haber realizado la primera lidia, iban tres banderilleros que vestían como los matadores, pero no tan lujosamente, dos carinegros toreros de a caballo, o picadores, con sombrero, ancho y plano, y garrocha larga cual una pértiga, cuyo aspecto causaba impresión de estar viendo a unos vencedores de un torneo antiguo, y cerraban la marcha los monosabios, con camisa colorada, seguidos de las mulas de arrastre, vistosamente enjaezadas.
Los toreros cruzaron la plaza dirigiéndose al palco presidencial. Caminaban con desenvuelto paso profesional y mantenían el cuerpo ligeramente inclinado adelante, pero en ello no había nada espectacular, excepto su indumentaria. El torero tiene la misma gentileza de cuerpo que el deportista profesional. Al llegar ante el palco saludaron y se retiraron a un punto de la barrera; allí trocaron su capote de paseo bordado de oro por otro puesto en el borde de la misma por sus asistentes, o mozos de estoque, respectivos.
Nos inclinamos sobre el antepecho de nuestro asiento y dirigimos por encima de él la vista a los tres matadores, que, bajo nosotros, estaban apoyados contra la barrera y conversaban. Uno, cenceño y menudo, encendió un pitillo; era un gitano con mirífica chaquetilla bordada en oro y con lentejuelas, y coleta que le salía por detrás de su negro sombrero de candil.
—Ése tan menudo y flaco —comentó un joven, con sombrero de paja y zapatos americanos, que estaba sentado a mi izquierda— conoce muy bien los toros y es un gran matador.
—Es usted norteamericano, ¿no? —le preguntó Mike.
—En efecto —contestó sonriéndose el joven, y prosiguió hablando de los tres matadores—: Conozco bien a esa cuadrilla; ése a quien ustedes están observando, es «Gitanillo»; a ese otro mofletudo lo llaman «Chicuelo», de él se dice que no le gusta el toreo, pero el público está entusiasmado con él; el tercero es Villalta.
Conocía a Villalta; iba erguido como una asta de lanza y andaba cual un lobezno; estaba hablando y riéndose con un amigo suyo sentado en un asiento de contrabarrera. Llevaba un pómulo cubierto con una gasa y unas tiras de esparadrapo.
—La semana pasada sufrió un revolcón en la plaza de Málaga —prosiguió el norteamericano.
Éste, al cual conocimos más tarde, le tuvimos afecto y lo llamamos el «Rey Botella de Ginebra» por un gran hecho de armas realizado a altas horas de la madrugada con el contenido de una botella del renombrado Mr. Gordon como base de sus medios de defensa en una de las cuatro situaciones más apuradas que he visto en mi vida, dijo:
—La función va a empezar.
Montados en un matalón, los picadores habían dado una vuelta al ruedo al galope de su cabalgadura, erguidos y envarados en su silla de montar, que se movía de derecha a izquierda como una cuna. Ahora, retirados de él, estaban cabalgados en su flaca caballería, con un ojo tapado en el patio de caballos, y mantenían la garrocha apoyada en el suelo.
La pareja de alguaciles de a caballo cruzó la plaza para dirigirse al palco presidencial; allí saludó al presidente quitándose su sombrero empenachado y haciendo una reverencia. De dicho palco fue lanzado un objeto, que uno de ellos cogió con su sombrero.
—Es la llave del toril —explicó el «Rey Botella de Ginebra».
Los dos jinetes hicieron voltear a su montura y se volvieron. Uno entregó la llave a un hombre vestido de torero, tras lo cual los dos hicieron un saludo con el sombrero y se retiraron de la arena. La puerta tenía echado el cerrojo y el ruedo estaba completo.
Los espectadores habían estado voceando. Mas entonces reinaba un silencio sepulcral. El que había recibido la llave se dirigió a la puerta del toril, de color rojizo y con una tranca de hierro, abrió el cerrojo de la pesada tranca, que levantó y se retiró. La puerta del toril se abrió y él se quedó detrás de la misma. El umbral estaba oscuro.
A poco, un toro sacó la cabeza, vacilando como si saliera de un tenebroso chiquero, echó precipitadamente el voluminoso cuerpo, de una tonelada de peso y de color blanco y negro, al ruedo y corrió de repelón. Como el sol parecía deslumbrarle, se detuvo y se quedó inmóvil, con los músculos de la cerviz abultados; la vista fija en la plaza, y los pitones, blancos y negros y agudos como las crines de un puerco espín, dirigidos hacia delante. Después de haber dado la primera embestida, me di más o menos cuenta de qué es una corrida de toros.
El toro era muy desconfiado; parecía un poderoso animal prehistórico, letárgico y bravo a un tiempo, y era totalmente silencioso. Con una suave arrancada, embistió y volvió sobre sus pies y manos como un gato. Después de haber embestido, se fijó en el picador subido en su matalón y arrancó hacia él; se opuso a que lo ahuyentasen; hizo caso omiso del caballo; enganchó con los cuernos la pierna del picador, y lo arrancó del caballo con silla y todo.
El cornúpeta le dio unos revolcones. Otro picador esperaba la embestida del animal y tenía dispuesta la garrocha para herirle en el morrillo; pero el toro lo acometió de tal manera, que lo derribó junto con su montura y continuó corneando a los dos. El mofletudo «Chicuelo» salió del burladero y fue al quite; citó a la fiera y, regateando el cuerpo, la condujo hasta el centro de la plaza.
Embestía incesantemente a «Chicuelo», que se mantenía en un sitio, apoyándose sobre sus puntillas y haciendo ondear el capote como un tonelete de bailarina cuando daba un pase. Y el público prorrumpía en un común «Olé!» La fiera se volvía y embestía de nuevo y, rígidas las piernas, inclinado levemente el cuerpo sobre los cuernos del animal y con elegante y suave movimiento de capote, «Chicuelo» repetía el lance sin moverse del sitio. El matador lo repitió siete veces, y los espectadores repetían el «¡Olé!» para animarle. Finalmente citó al toro y, al terminar el pase del capote, se llevó éste detrás de la cintura y, arrastrándolo por la arena, se dirigió hacia la barrera.
—Ese muchacho es un artista con el capote —comentó el «Rey Botella de Ginebra»— Cada uno de los movimientos que ha hecho con él, se llama verónica.
El mofletudo muchacho, al que no le gustaba el toreo y había realizado esas siete magnificas verónicas, estaba ahora junto a la parte de barrera enfrente de nuestros asientos. El sudor de su rostro, casi sin expresión, bri1laba al reflejo del sol; miraba fijamente al cornúpeta y lo estudiaba porque dentro de cinco minutos tendría que darle muerte y se fue a él con el estoque con empuñadura roja y la muleta para rematar la faena, en la que uno puede dar muerte al otro por no haber empate en la lucha entre el hombre y la fiera.
No voy a describir detalladamente la corrida de aquella tarde; era la primera que había presenciado, y no fue de las mejores. Transcurrida una semana vi otra mejor en Pamplona, ciudad situada en la falda de los Pirineos, en el centro de la provincia de Navarra. Desde 1126, hay allí corridas de toros durante seis días una vez al año. A las seis de la mañana, abren los corrales y sueltan los toros a la calle, y delante de ellos corre media ciudad. En Pamplona, donde todo vecino es aficionado a los toros y donde hay cada mañana durante la feria una corrida de aficionados a la que asisten unas veinte mil personas y en la que estos toreros van desarmados, hay casi tantos accidentados como en Dublin cuando se celebran elecciones.
Tampoco voy a hacer un elogio de la fiesta de toros. Es el resto de la época del Circo romano, por lo que es necesario hacer una exposición de ella: no es un deporte ni mucho menos, sino una tragedia; la gran tragedia de la muerte del toro que se representa en tres actos.
El «Rey Botella de Ginebra», que no bebe cuando viaja, nos contó muchas cosas relativas a este espectáculo cuando aquella primera noche estuvimos en el segundo piso del antedicho restaurante, cuya especialidad es lechón asado a la lumbre de leña y lo sirven con tortilla de hongos y clarete. Los demás detalles de esta fiesta nos los dieron en la pensión de la carrera de San Jerónimo; allí se alojan toreros, y conocimos a uno que tenía los ojos saltones.
Todo lo que conocemos de tauromaquia lo aprendimos en las sesenta corridas que presenciamos en distintas partes de España, desde San Sebastián a Granada.
La fiesta de toros, repito, no es un deporte, sino una tragedia que simboliza la lucha entre el hombre y la fiera. En una corrida se lidian comúnmente seis toros. Estos animales son criados al igual que caballos de carreras en las ganaderías, algunas de las cuales tienen unos siglos de existencia. Un buen toro está valorado en unos dos mil dólares. Los crían en condiciones adecuadas para que sean fuertes y bravos; en otras palabras, un buen toro de lidia no ha de ser manso.
Este oficio es peligroso en extremo; sólo en dos de las sesenta corridas que vimos no hubo ningún percance. Por otro lado, es muy lucrativo. Un buen torero gana cinco mil dólares en una corrida y uno mediano quinientos, aunque los dos corren el mismo riesgo; estos honorarios vienen a ser los que percibe un gran cantante de ópera con la diferencia de que el torero no ha de dar ningún do mayor.
El torero actúa delante del toro; en ello estriba el peligro. Hay una serie de pases de capote complicados y requieren una técnica tan perfecta como el juego de billar. Además, esta antigua tragedia se ha de representar con vistoso traje y realizar con gracia, soltura y nobleza. Lo peor para un torero es que el público le critique su «mala faena».
La tragedia consta de tres actos, o tercios, y son: varas, banderillas y muerte. Esto es, el toro embiste al picador, y éste le pone varas para defender a su caballo, y se retira.
Luego, sigue el tercio de banderillas; es la parte más interesante y difícil, aunque su técnica es fácil de comprender para todo aficionado principiante; la banderilla es un palo de unos tres pies de largo, armado de un arponcillo de hierro en uno de sus extremos y adornado con una banderita. El banderillero sale a la plaza y sostiene uno de esos palos en cada mano manteniendo los brazos levantados e inclinados adelante, apuntando hacia el toro y llamándole con la voz «¡Toro!», «¡Toro!» La fiera embiste, y el banderillero se pone de puntillas, inclina ligeramente el cuerpo adelante y las clava en el cerviguillo de ella cuando parece que va a engancharlo con los cuernos. Las banderillas deben ser clavadas a uno y otro lado. En este tercio es la primera vez que el animal se ve burlado por no tener delante ningún caballo al que embestir ni haber podido eludir la aguijadura del arponcillo. Por ello embiste al hombre una y otra vez y en la embestida recibe un par de banderillas que penden de su cerviguillo y se mueven como las crines de un puerco espín.
Y, por último, se representa la muerte del toro, que el matador ejecuta. Cada uno de ellos lidia dos toros en una tarde. Esta parte es extraordinariamente esencial y se puede llevar a efecto de una manera: el matador se pone delante del toro y de corrida lo hiere en la cerviz con la punta de la espada. Pero antes ha de hacer una serie de pases de muleta, es decir, engaña al toro con un palo que lleva pendiente a lo 1argo un paño rojo. Aquí ha de demostrar su maestría en el arte de la lidia y es cuando generalmente ocurren percances graves. La palabra toreador es absolutamente española, aunque no se usa. Al torero lo llaman comúnmente espada. Ha de ser diestro en cada una de las tres partes de la corrida: verónicas con el capote e ir al quite cuando el toro ha derribado al picador; poner banderillas, y dar muerte a la fiera según las reglas de la tauromaquia.
Pocos toreros sobresalen en estas tres partes. Unos, como el joven «Chicuelo», manejan impecablemente el capote; otros, como el malogrado Joselito, las banderillas, y muy pocos la espada. Los mejores matadores son gitanos.

“La batalla de parís”
(De Collier’s, 30 de septiembre de 1944)
El 19 de agosto, y acompañado del soldado Archie Pelkey, de Canton, estado de Nueva York, me detuve en el puesto de mando de un regimiento de la división de infantería situado en un bosque de las afueras de Maintenon para informarme del frente ocupado por dicho regimiento, cuyos G y G me mostraron las posiciones que ocupaban sus batallones y me dijeron que la avanzada estaba a poca distancia de Epernon, situado en la carretera de Rambouillet y a veintitrés millas al suroeste de París, donde están la residencia de verano y el pabellón de caza del presidente de Francia. También me informaron de que se luchaba encarnizadamente en las afueras de Rambouillet. Conozco bien todos los parajes y carreteras de los alrededores de Epernon, Rambouillet, Trappes y Versalles por haberlos recorrido a pie, en bicicleta y automóvil varios años. La mejor manera de conocer bien los contornos de un paraje es recorrerlos en bicicleta, pues hay que sudar para subir las cuestas y descender por ellas sin pedalear.
De este modo se quedan grabados en la memoria; por lo contrario, si se han recorrido en coche, se recuerdan sólo las colinas altas. En la avanzada del regimiento nos encontramos con unos franceses que acababan de llegar de Rambouillet en bicicleta. Allí era yo el único que hablaba francés; me dijeron que las últimas tropas alemanas habían abandonado la ciudad a las tres de la madrugada y que los caminos estaban minados.
Con estos informes, salí para el puesto de mando del regimiento; pero, luego de haber recorrido un tramo de carretera, decidí volverme con objeto de sacarles más información a dichos franceses. Al llegar me encontré con dos automóviles de guerrilleros; muchos iban desnudos de la cintura para arriba, y todos armados de pistolas, y tenían dos fusiles Sten que se les habían suministrado en paracaídas; acababan de llegar de Rambouillet y su relación de la retirada de los alemanes coincidía con la información dada por los franceses de referencia.
El soldado Pelkey y yo los acompañamos al puesto de mando del regimiento yendo delante de ellos en nuestro jeep; allí traduje lo que dijeron de la ciudad y del estado de los caminos a la autoridad militar.
Tras esto, regresamos a la avanzada y esperamos la llegada de un destacamento de artificieros y otro de exploradores que habían de acompañarnos a Rambouillet. Los guerrilleros empezaron a impacientarse cuando llevábamos un buen rato esperando y los referidos destacamentos no se presentaban. Parecía evidente que se iba a limpiar de minas el camino y a establecer una vigilancia para evitar que los vehículos norteamericanos sufriesen destrozos.
Se presentó el teniente de artillería antitanque del regimiento, Irving Krieger, de East Orange (New Jersey), con quien nos dirigimos a Rambouillet; era un hombre rechoncho, fuerte y muy campechano, que causó buena impresión a los guerrilleros, quienes depositaron su confianza en él en cuanto lo vieron detectar minas y limpiar de ellas el camino. La ejemplaridad es el mejor medio para mantener la disciplina cuando se opera con tropas irregulares, que, si son buenos elementos, luchan excelentemente entre tanto confían en quien los manda, pero desaparecen así que desconfían de él o de la operación que se les ha encomendado.
Los corresponsales de guerra no están autorizados para mandar tropas; por lo tanto, acompañé la guerrilla al puesto de mando del regimiento con el único fin de dar información a la superioridad. Hacía buen tiempo; bajamos la pendiente de la carretera de Rambouillet, umbrosa por los altos plátanos que la jalonan, pasamos por delante del muro del parque que está a la izquierda y nos encontramos con que más allá estaba obstruida con una tala.
A la izquierda vimos un jeep destrozado y, luego, dos pequeños ingenios en forma de tanque autopropulsado que los alemanes usan como arma antitanque; uno estaba en medio del camino y apuntaba a la parte alta de la pendiente, por la que descendimos con dirección a la tala que la obstruía, y el otro se hallaba a la derecha de la misma y enfrente del muro del parque. Cada uno llevaba una carga de doscientas libras de trinitrotolueno y estaba unido a un cable eléctrico que se prolongaba más allá de la tala. Si una columna motorizada descendía por la pendiente, uno de aquellos ingenios sería lanzado contra ella por la carretera, y si los vehículos se desviaban a la derecha, lo cual habrían de hacer por el muro que estaba a la izquierda, el otro ingenio sería dirigido contra el flanco de la misma. Parecían dos enormes sapos agazapados en el camino. En la parte de acá de la tala vimos otro jeep y un camión también destrozados.
Cual un muchacho que busca su nombre en los paquetes puestos al pie de un árbol navideño, el teniente Krieger andaba por el sitio minado que había entre las talas y fuera de ellas. Bajo su mando, el soldado Archie Pelkey y los guerrilleros llevaban las minas al pie del muro de un acueducto. Por los franceses supimos que unos alemanes emboscados habían dado muerte a una patrulla estadunidense que hacía una descubierta en aquel paraje. Dejaron pasar el carro blindado por el cruce de Rambouillet, tras lo cual hicieron fuego de ametralladora y artillería antitanque contra el camión y los dos jeeps, matando a sus siete ocupantes. Después, cogieron las minas que llevaba el camión y minaron aquel tramo de camino.
Los franceses los sepultaron en un campo junto a la carretera donde habían caído. Mientras se limpiaba de minas el camino, unas francesas depositaron flores en la sepultura de los caídos y rogaron a Dios por las ánimas de ellos. Aún no había llegado ninguna unidad de exploradores, salvo los hombres del teniente Krieger, que se puso en comunicación por radio con el mando del regimiento.
Entré en la ciudad acompañado de un grupo de guerrilleros franceses, y nos enteramos del número de fuerzas enemigas y del sitio a donde se habían retirado. Informé de ello al teniente Krieger y, al saber que los alemanes tenían diez tanques por lo menos un poco más allá de la ciudad, y que no había ningún obstáculo que nos separase de ellos, se decidió volver a minar el camino y poner una patrulla para vigilar la carretera por si el enemigo volvía. Afortunadamente, llegó la unidad de exploradores del teniente Peterson, de Cleveland (Ohio), y esto desvaneció nuestra inquietud.
Aquella noche, los guerrilleros patrullaron por las principales carreteras de Rambouillet para proteger a dicha unidad, que se hallaba en el centro de la población. Llovió toda la noche, y por la mañana los guerrilleros estaban calados de agua y fatigados. La tarde anterior habían ido vestidos con los uniformes de faena abandonados en el camión, en que a los siete exploradores los mataron los alemanes emboscados.
La primera vez que entramos en la ciudad, todos menos dos iban desnudos de la cintura arriba, y la población nos recibió sin ninguna muestra de fervor; la siguiente, ya iban uniformados, y nos aclamaron con vítores, y la subsiguiente los hombres llevaban también casco de acero, y nos vitorearon, besaron y agasajaron excesivamente con champaña; entonces establecimos nuestro cuartel general en el hotel Grand Veneur, que tenía una excelente bodega de vinos de todas clases.
El segundo día por la mañana regresé al puesto de mando del regimiento de infantería para dar cuenta de la situación en Rambouillet y de las fuerzas alemanas que operaban entre esta ciudad y Versalles. Miembros de la gendarmería y guerrilleros con uniforme de gendarmes entraban en Versalles, salían y facilitaban a cada hora informes de los miembros de la Resistencia, por lo que se estaba al corriente de los movimientos de los tanques, emplazamientos de artillería, defensas antiaéreas, contingente de fuerzas y posiciones del enemigo.
Estos datos eran llevados al día e iban completándose. El coronel jefe del regimiento de infantería me pidió que fuese al cuartel general de la división para informar de la situación en Rambouillet y sus alrededores, y se consiguieron más armas, para las fuerzas francesas de la Resistencia, de los depósitos cogidos a los alemanes en Chartres.
Al regresar a Rambouillet me enteré de que el teniente Peterson había adelantado su unidad hacia la carretera de Versalles y caminos adyacentes y de la llegada de dos secciones de carros blindados para protegerla. Era muy alentador ver soldados en la ciudad y saber que ya se interponía una fuerza entre nosotros y los alemanes, por cuanto se sabía que estos disponían de dos tanques Tigre entre los quince con que operaban en el sector septentrional de Rambouillet.
En el transcurso de la tarde llegaron allí oficiales del servicio de información estadunidense y británico, que regresaban de cumplir una misión o esperaban salir a cumplirla, varios corresponsales de prensa, un coronel de Nueva York que era el de mayor graduación entre los circunstantes y el teniente de la marina norteamericana. Estaban reunidos allí cuando las dos secciones de carros blindados recibieron la orden de suspender su misión y retirarse a un punto determinado.
Esta retirada dejó la ciudad sin protección de tropas regulares; entonces supimos el número exacto de fuerzas alemanas y su táctica: operaban con tanques en el sector entre Trappes y Neauphe le Vieux; mantenían cortada la carretera de Houdon a Versalles; intentaban cortar la de Rambouillet a Versalles por varios puntos, y hacían descubiertas con tanques ligeros y ciclistas en la parte oriental de las afueras de Chevreuse y Saint-Rémy-lés-Chevreuses.
Después de haberse retirado las unidades norteamericanas de Rambouillet, unas patrullas de guerrilleros armados de granadas antitanques y armas cortas se hicieron cargo de la defensa de la ciudad. Llovió toda la noche, y el tiempo más solitario que he pasado en mi vida fue de las dos de la madrugada a las seis de la mañana. No sé si hay alguien capaz de comprender qué significa, tras de haberse retirado las tropas que la protegen, encontrarse solo en una ciudad grande, bella, indemne y con una admirable población, y enseñorearse de ella como quien dice.
Por faltar las complicaciones de los negociados militares con que los corresponsales tropiezan en situaciones así, se decidió defender la ciudad cuanto fuese posible. Si los alemanes, tras de haberse dado cuenta de la retirada de las unidades norteamericanas, optaban por hacer una descubierta y romper las primeras escaramuzas, encontrarían la réplica debida.
En días sucesivos, los tanques alemanes iban por los caminos del otro lado de la ciudad; cogían rehenes en varias poblaciones, y capturaban a elementos de las fuerzas de la Resistencia y los fusilaban, sin que se les acosase ni molestase. Pero guerrilleros montados en bicicleta los vigilaban y seguían todo este tiempo; luego, regresaban y daban valiosa información de los movimientos de ellos.
Los franceses pueden moverse de un sitio a otro si tienen un motivo que pueda justificarlo; de otro modo, los alemanes pueden sospechar de ellos y pasarlos por las armas. Se detuvo a todo aquél que sabía que éramos una fuerza reducida y conocía a quienes habían realizado misiones para evitar que al regreso a la zona ocupada por los alemanes fuese detenido y forzado a declarar.
Un joven polaco desertó de una unidad de tanques; soterró el uniforme y la metralleta, y se pasó a nuestras filas en ropa interior y unos pantalones que había encontrado en una casa bombardeada. Facilitó datos interesantes, y se le dio trabajo en la cocina del hotel. La seguridad estaba entonces en un estado primitivo, pues era velada por partidas de gente armada en corto número. Recuerdo haber visto al coronel B muy sorprendido cuando se presentó el cocinero en el comedor que servía de puesto de mando de los guerrilleros y le pidió permiso para enviar al polaco por pan a la tahona; no hubo más remedio que denegar tal petición. Más tarde, ese polaco me pidió que se le dejase ir bajo vigilancia a buscar su uniforme y metralleta para luchar en nuestro comando; también le fue denegado.
Mientras duró esta forma de guerra contraria al dogma castrense, un tanque alemán llegó a unas tres millas de la ciudad por un camino vecinal y mató a un gendarme y a un guerrillero de una guerrilla que hacía una descubierta; los demás pudieron atrincherarse en la cuneta y dispararon contra el tanque, que se retiró después de romper la escaramuza. Los alemanes mostraban una lamentable tendencia a luchar siguiendo el ejemplo nuestro; si hubieran dado al través con él, habrían podido entrar en la ciudad, saborear los buenos vinos del hotel Grand Veneur y, de paso, sacar a su polaco de la cocina y fusilarlo, o embutirlo de nuevo en su uniforme.
Aquellos días, reinaba un singular ambiente en el referido establecimiento. Un anciano, a quien yo había visto una semana antes cuando se conquistó a Chartres y llevado en el jeep hasta Epernon, se presentó y dijo que se podían obtener datos interesantes en el bosque de Rambouillet. Eso no le importaba un comino a un corresponsal; no obstante, éste anduvo con él unas seis millas por un camino que iba al norte de la ciudad y se enteró de la existencia de un campo de minas y del emplazamiento de una batería antitanque en la carretera, casi a la salida de Trappes. Se comunicó dicha información al mando y fue necesario vigilar al anciano, pues quería volver a salir para obtener más información sobre el enemigo y conocía nuestra situación para arriesgarse a que los alemanes lo capturasen. Y así, hizo compañía al joven polaco y estuvo bajo una vigilancia protectora.
Estos asuntos incumben al servicio de información; mas no lo había. Recuerdo que el coronel B dijo:
—Ernest, si hubiera un servicio de información o una administración civil que se encargase de estos asuntos...
Los franceses se encargaban de todo; pero, aunque no siempre, nosotros teníamos que encargarnos de esas cosas.
Entonces se me destinó como capitán, graduación demasiado baja para un hombre de cuarenta y cinco años, a las partidas de gente armada; había que habérseme destinado como coronel, cuanto más que estaba entre extranjeros. Esto tenía un poco preocupados y desconcertados a los guerrilleros, y uno de ellos, que el año anterior había cogido minas a los alemanes y les había volado camiones con municiones y coches con oficiales de estado mayor, me preguntó confidencialmente:
—Mi capitán, ¿por qué continúa usted en este empleo a su edad, con tantos años de servicio y cicatrices de heridas de guerra?
Las heridas se debían a haber chocado contra una bomba de elevar agua a una cisterna en Londres. Le contesté:
—Joven, no he podido llegar a más porque no sé leer ni escribir.
Por fin, llegó una unidad de exploradores del ejército norteamericano y se situó en la carretera de Versalles. De esta manera, la ciudad estuvo defendida; eso nos permitió dedicar por entero el tiempo en explorar el territorio ocupado por el enemigo y espiar su dispositivo defensivo, para dar una información exacta a las fuerzas que habían de avanzar hacia París.
Lo más notable que recuerdo de aquellos días, además de haberme acoquinado un montón de veces, no se puede publicar por ahora. Cuando las circunstancias lo permitan escribiré sobre las hazañas militares diurnas y nocturnas del coronel B que al presente no se pueden describir.
He aquí un reflejo de lo que era el supuesto frente entonces:
Por una pendiente de la carretera se llega a un pueblo con un surtidor de gasolina y un café, que están junto a ella y en frente de él y de su iglesia. Se ve un considerable tramo de carretera recto y una prolongada pendiente de la misma a un lado y a otro de este sitio. Dos hombres observan con prismáticos el norte y el sur del camino respectivamente.
Esto es necesario, puesto que los alemanes están delante y detrás del lugar en que se encuentran los dos observadores. Dos vistosas jóvenes, con zapatos de tacón encarnado, van por la carretera en dirección a la ciudad, que está en poder del enemigo. Un guerrillero se presenta y dice:
—Ésas se acostaban con los alemanes cuando estaban aquí. Ahora se dirigen a donde están ellos y son capaces de dar el soplo.
Otro dice:
—Detenedlas.
Entretanto, se oye un disparo.
—¡Un coche! ¡Un coche!
—¿De los nuestros o de ellos?
—¡De ellos!
Un pequeño vehículo militar alemán viene por la carretera adelante y dispara una ametralladora de 20 m/m; los allí reunidos repelen la agresión a tiros de fusil y metralleta desde la parte posterior del café y del surtidor de gasolina, y muchos vecinos prudentes buscan protección en el campo. Tras eso vira y se vuelve por donde ha venido haciendo fuego contra los prudentes vecinos, que se vuelven valerosos tan pronto como el enemigo ha desaparecido. En total ha habido dos bajas: en el café, dos han caído sosteniendo un vaso de vino en la mano por menospreciar la defensa en un momento de peligro.
Las dos jóvenes son sacadas de la cuneta y acompañadas a un sitio seguro con el fin de que se vuelvan a la ciudad. Hablan alemán y, al parecer, son amigas de los alemanes. Una de ellas dice que no ha hecho sino bañarse con ellos. Y un guerrillero le pregunta:
—¿Desnuda?
—Non, monsieur —contesta la joven—; siempre se han portado correctamente con nosotras.
Se les ordena que regresen a Rambouillet. En el bolso llevan las señas de varios alemanes; ello no puede ser del agrado de la población; sin embargo, no se da ningún caso de apaleamiento ni gritos ni corte de pelo al rape, contrariamente a lo que los alemanes suelen hacer.
Un tanque alemán entra en un pueblo situado a unas dos millas y a la izquierda del lugar; en él hay tres guerrilleros, cuyos pasos los tanquistas han seguido y los han reconocido por haberlos visto otras veces. Los matan a tiros y sus cuerpos yacen en la carretera. Antes de ocurrir esto, a uno se le preguntó si había visto el tanque. Contestó: «Mi capitán, casi lo he tocado con las manos». Una hora después, llega un guerrillero de la ciudad con noticias. Esta circunstancia hace que los presentes muevan la cabeza, pues entorpece la conducción de los alemanes cogidos prisioneros en el bosque a1 puesto de mando para ser sometidos a interrogatorio.
Se presenta un anciano armado de pistola y dice que su mujer ha dado albergue a cinco soldados enemigos en su casa. Esta pistola se le había entregado la noche anterior cuando informó de que salían del bosque y habían estado allí en busca de comestibles. Esos no son los alemanes organizados que continúan luchando, sino que pertenecen a las unidades que han huido de Chartres, se han diseminado y andan errantes por el bosque; muchos de ellos intentan reunirse con el grueso del ejército para continuar luchando, y otros desean rendirse si lo pueden hacer sin arriesgar su vida.
Se envía un vehículo para coger a los cinco alemanes que la mujer del viejo alberga en su casa. Uno de las patrullas de exploración pregunta:
—¿Podemos matarlos?
—En caso de que sean miembros de las S.S. —contesta otro guerrillero.
Intervengo:
—Conducidlos aquí; los interrogaremos y luego los conduciremos al mando de la división.
Y el vehículo parte veloz.
El joven polaco, cuyo rostro se asemeja al de Jackie Cooper cuando éste era joven, está limpiando cristalería en el comedor del hotel, y el anciano fuma una pipa y quiere saber cuándo se le enviará a cumplir otra misión:
—Mi capitán, ¿por qué no se me encarga otra función más útil que estar descansando en el jardín de este hotel cuando París está en peligro?
—Usted sabe demasiado; no podemos arriesgarnos a que los alemanes lo capturen —contestó.
—El polaco y yo podríamos prestar un servicio mucho más útil que servir en este establecimiento —insiste el anciano—; yo lo vigilaría y, si intentara escaparse, le pegaría un tiro.
Respondo:
—A él no se le puede confiar ningún trabajo si no va en una unidad.
—Dice que quiere volver a ponerse el uniforme y salir de exploración con los guerrilleros.
—¡Déjese de cuentos! —le digo—. Y pues no hay quien pueda vigilar al polaco, usted se encarga de su vigilancia.
Entonces se recibió mucha información que hubo que clasificar y mecanografiar; tuve que ir acompañado de una patrulla a Saint-Rémy-lès-Chevreuses. Se supo que la segunda división blindada francesa del general Leclerc se acercaba a Rambouillet por la carretera de París, y nosotros queríamos tener dispuesto el informe de los puntos fortificados del enemigo.


*Tomados de Ernest Hemingway enviado especial, Editorial Planeta, Barcelona, Primera edición, 1968, Colección Ómnibus, P.p. 104-111 y 393-403