REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Pidiendo posada


Marcela del Río Reyes

Ring... Ring... Al descolgar la bocina una voz, como cualquier otra, pidió a la oficina una ambulancia.
Por la calle, una sinfonía de luces estimulaba la fiesta y la posada. Escaparates con nieve y santaclauses adornaban las avenidas y curiosos papeleritos miraban, a través de sus vidrios, los juguetes destinados a otros niños.
La ambulancia cruzó la esquina donde una empleada se reunía con su novio para ir al cine; iba sin llamar la atención, con la sirena en silencio, sin sumarse al bullicio vespertino y permitiendo que delante de ella fuera cruzando toda una muchedumbre que se lanzaba rápida a la compra de más y más regalos.
Del sanatorio sacaron un cadáver cubierto con un sudario blanco y subió el practicante a la ambulancia, paseando poco después por las calles su muda carga.
Anochecía, el joven practicante miraba con indiferencia las calles iluminadas ya, y repletas de juguetes. Nunca se habían visto tantas jugueterías, en tiendas, zaguanes y banquetas, era como si hubieran brotado de la noche. Una sonrisa cruzó por el rostro del joven practicante: pensaba en la novia, una muchacha de ojos azules que esa noche, mientras él la abrazara al compás de la música, le sonreiría con su mirada dulce.... ¡qué bien que ésta sea la última tarea del día!
Quedan atrás pinos y luces. El bullicio desaparece en la oscuridad de las calles, sólo de vez en vez surge una jacaranda o un árbol de trueno iluminados con foquitos de colores, en un ingenuo intento de hacerlos aparecer como pinos verdaderos.
A los pocos minutos se detiene la ambulancia en una callejuela empedrada. Desciende el practicante; dar una mala noticia, para él, es siempre una tarea más penosa que la de llevar a un muerto paseando por las calles. Mira el papel donde lleva apuntada la dirección y ve que ésta corresponde a una casucha de bloques de cemento, sucia y corroída. Toda la calle le hace sentir un leve temblor en los músculos al observarla, como si la oscuridad se le fuera a ir encima, aplastándolo. Busca el timbre sin resultado y después de tres golpes secos en la puerta rechinante, ésta se abre.
Una mujer morena, de vestido humilde, lo mira extrañada.
–Disculpe señora, ¿vivía aquí el señor Casildo Pérez?
–Sí, señor, aquí vive ¿qué se le ofrece?
–Vengo del sanatorio del Seguro.
–¿Cómo sigue mi compadrito? Tanto que lo hemos extrañado.
–Tengo la pena de informarle que el señor Casildo Pérez ha pasado a mejor vida.
–¿Que mi compadre se murió?
–Sí, señora.
La mujer mira al practicante con ojos de rabia, como si él tuviera la culpa de lo sucedido, después, se internó en la oscuridad de su vivienda y el practicante sólo escuchó la voz, un poco chillona, de la mujer. “¡Oye, Pancho, se murió don Casi!“
No pasa mucho tiempo, después de aquel grito, cuando aparece en la puerta un hombre gordo, con la nariz rojiza de quien bebe frecuentemente.
–Ya me dijo mi mujer la triste noticia de mi compadre. ¡Qué Dios lo tenga en su santa Gloria! Se lo merece después de tanto sufrimiento.
La mujer se asoma detrás del hombro del marido.
–¡Tan bueno que era don Casi! ¿Verdá Pancho?
–Sí, mujer. ¿Sabe usted –dice al practicante, que a todos los comentarios asumía una actitud compungida– su mujer lo dejó y nosotros le hicimos un campito, dormía áhi en la trastienda.
El practicante, entonces, repara en que junto a la pequeña puerta de madera hay un ancho zaguán con un letrero desleído en el que se distingue con dificultad un nombre: “La concentida“, y sobre él, otro letrero mucho más claro, pintado con brillantes colores “Beba Coca-Cola“.
–¡Si usté supiera todas las veces que le aconsejamos que no bebiera tanto! ¿verdá, Lupe?
A cada pregunta, la mujer suspiraba y gemía.
–Sí, Pancho. ¿Te acuerdas de las veces que nos decía que extrañaba a sus hijos y que quería verlos?
El practicante, con el respeto que le imponía el dolor ajeno, les pregunta con toda la consideración del caso dónde podía colocar el cadáver o si van a requerir Capilla…
–¡Eso sí que no!– dice la mujer, al tiempo que su voz, antes desmayada, recobra su vigor. Nosotros no podemos enterrarlo, después de todo él estaba aquí como arrimado, además hoy hacemos una posada y ya hemos gastado mucho en la bebida y en la colación.
El hombre se sonó la nariz con gran estrépito y dirigiendo una mirada indignada al practicante le lanza su discurso en tono sentencioso.
–¡Mire, Dotor, o lo que sea, usté tiene que entender la situación. Don Casi lo único que hizo fue criarnos dificultades con la clientela, y nosotros, cuando se fue al sanatorio, pos dijimos: ¡Hasta aquí llegó el favor!, bastante hicimos con tenerlo con nosotros mientras encontraba un lugarcito, aunque ni siquiera hacía nada por hallarlo, se pasaba toditito el día bebiendo, además como le decía, mi Lupe… hoy tenemos invitados a la posada y es día que nos emborrachamos y nos… ¡qué dirían de nosotros: que los envitamos a una posada, no a un velorio!
La mujer interrumpe al marido sin darle al practicante ocasión de pronunciar ni una palabra.
–Pos… lléveselo a su mujer, ella es la que tiene l’obligación, después de todo, ella tiene que pagar lo mal que se portó con él.
–Apunte la dirección, joven, no queda lejos: Calle del Jardín, número siete, pregunte por la señora Modesta.
La ambulancia se pone en marcha. El practicante va molesto, quería terminar pronto con su fúnebre misión, era víspera de Noche Buena y se hallaba en la mejor disposición de aprovechar con la joven de ojos azules, la última posada. El chofer acelera la marcha, también él tiene sus planes para esa noche. Ventanas y rejas pasan rápidas a los costados de la ambulancia. Sus faros cortan las tinieblas deslumbrando a los pocos transeúntes que circulan por esas calles. Al fin, la ambulancia se detiene frente al número siete, después de buscar largo rato la calle del Jardín.
Abre la reja de la vecindad una vieja. El practicante pregunta por la señora Modesta, y la vieja, después de mirarlo desde la indiferencia de sus ojos hundidos, se aleja pesadamente por el patio alargado. Poco después emerge de la sombra una mujer que aparenta muchos más años de los que seguramente tiene, de pelo negro y largas trenzas.
–¿La señora Modesta?
–Para servir a asté. ¿Qué si le ofrece?
–Vengo del sanatorio del Seguro…
–Yo no lo he mandado llamar, siñor.
–Ya sin tantos preámbulos, el practicante añade.
–No vengo por eso, señora, sino a notificarle con mucha pena que el señor Casildo Pérez dejó de existir esta tarde.
–¿Casi se murió?
–¿Cómo “casi“? Ah, sí, perdón…
–¡Qué barbaridad! ¡Qué voy a hacer yo sola, sin un respeto pa‘mis hijos!
–¡Hay que tener resignación, señora!
–Y ¡tanto tiempo que tenía yo sin verlo, pero siempre con la esperanza de que se arrepintiera de haber abandonado a sus hijos y volviera, ahora… ya ni esa esperanza me queda! –gemía, inconsolable. Yo le dicía: “si bebes tanto te enfermarás hasta que un día nos dejó y ya no volví a saber d‘él. ¿Para qué se jue a un sanatorio si sabía que aquí tenía su casa? En los sanatorios siempre se muere el que entra.
–No, señora– replica sin querer el practicante–, sólo los que llegan cuando ya no tienen remedio, pero los sanatorios son para sanar.
–Sí, ya ve cómo se sanó mi Casi. ¡Qué va a ser de mí y de mis hijos! Tendré que volverme a mi pueblo, pero mis hijitos ya se acostumbraron al vivir de por acá, y no van a dejar su escuela…! ¡Casi, Casi ¿de qué vamos a vivir…?!
–Después del entierro, podrá usted gestionar una pequeña pensión.
–¿Entierro?
–Sí, señora… voy por el cuerpo, y usted me indica en qué sitio lo acomodo o si van a requerir...
–¿Que qué? ¡No, eso sí que no! ¿Yo con qué voy a pagar el entierro?
–Puede usted ayudarse con la cantidad que otorga el seguro en estos casos.
–Nada de eso, después de que siempre vivió a mis costillas, además, mis hijitos están de vacaciones. Yo soy lavandera y no puedo irme y dejarlos solos con un cadáver, se espantarían.
–Pero, señora, yo tengo que cumplir mi obligación… y necesito entregar el cadáver.
–¿Y qué quiere que yo haga? Tengo que lavar pa’darles de comer a mis hijitos y no voy a dejarlos en ayunas por ir a enterrar a Casi. ¡Qué fácil es irse y no preocuparse por su familia, y regresar pa’que lo entierren ¿verdá?
–Pero debe usted comprender que yo debo entregárselo…
–Llévelo a su hermano, él es el que tiene toda la culpa. Él fue el que sembró siempre disgustos entre nosotros, y Casi se iba a emborrachar todos los días con él.
El practicante tomó nota de la dirección y se marchó. Entre el chofer y él se cruzaron expresiones de disgusto. Aquella tarea se prolongaba demasiado.
Recorren calles sin asfalto, de nuevo las iluminadas y otra vez las oscuras. La noche lleva en el aire un olor a pólvora de cohete y se oye a través de las ventanillas de la ambulancia el cántico de los niños:
En nombre del cielo,
os pido posada…

Entren Santos Peregrinos,
reciban esta mansión
que aunque es pobre la morada,
os la doy de corazón…

Qué crean en el ánimo el espíritu sentimental propio de la Navidad.
Al toque que hace el practicante con la mano sobre la puerta, sale el hermano de su casa y se extraña de ver a aquel joven de blanco. Al saber la noticia baja la cabeza lentamente y dice con voz entrecortada:
–¡Qué descanse en paz!
Guarda unos segundos de silencio que el practicante no se atreve a interrumpir, alza la cabeza y dice como si confesara un secreto:
–Esa mujer tiene la culpa, todo fue que se casara con esa mosca muerta para que él comenzara a beber. Desde que ella lo engatusó, todo empezó a descomponerse. Sobre todo desde que se enfermó y le dieron licencia en la fábrica… ya no dejaba de beber. ¡Pobrecito! Haber tenido tan mala suerte. Éramos seis de familia y ya nos dejaron tres, contando a Casi, como quien dice, quedamos la mitá… ¡Si se hubiera venido a vivir con nosotros no le habría pasado nada!, pero con esa mujer… más le valdría a ella regresarse al maldito pueblo del que nunca debió salir.
El practicante oía todo ya con impaciencia, le urgía terminar de una vez. Interrumpe al hermano y le pide que le indique el lugar apropiado para colocar el cuerpo de don Casi, como también ya él le llama, familiarmente. El hermano ya no lo deja terminar de hablar, abre los ojos e, instintivamente, cubre la entrada de la casa, con sus brazos.
–¡Ah, ni crea que lo va a dejar aquí! Lléveselo a su mujer. Bastantes líos me provocó a mí con sus pleitos en mi cantina, pa’colmo bebiendo de gratis, pa’que todavía tenga que cargar yo con su entierro.
–Pero es que su mujer tampoco lo quiere.
–¡Quién se lo manda, ser tan borracho y pendenciero, si nos hubiera hecho caso a los hermanos! ¡Pero no! Era la mancha de la familia. Todo lo que le sucede bien merecido se lo tiene. ¡Pa’que escarmiente!
–Pero…
–No hay “pero” que valga. Ni me vuelva a insistir. ¡No faltaba más!
Y la puerta se cerró.
Después de algunos minutos, la oficina central de ambulancias del Seguro Social llamaba a la agencia funeraria del Departamento de Prestaciones.
–Sí… envíenos sus papeles con el cadáver. Nosotros nos encargaremos del servicio. ¿Cuál es el nombre del finado?
–Casi… Casildo Pérez.
Unos días después, la oficina de Prestaciones daba entrada a tres solicitudes de reembolso por gastos de entierro: la de la esposa, la del hermano y la de los compadres de don Casi, quien por fin había recibido, institucionalizada sepultura.