REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 08 | 2019
   

De nuestra portada

La urgente sustentabilidad medioambiental en la Ciudad de México


Juan José Huerta

Este 22 de abril fue el “Día de la Tierra”, que el movimiento ambientalista mundial empezó a celebrar en 1970, al tomar mayor consciencia de los tremendos efectos sobre el medio ambiente que la raza humana ha provocado en nuestro planeta. Se trata de un fenómeno global que afecta a todos los países del mundo, aunque existen severas diferencias entre ellos en cuanto a qué tan rápido y eficazmente reaccionan a dichos cambios.
Sí, se trata de un asunto extremadamente complejo, que tiene muchas facetas a las que dar su especial atención. De inicio, es necesario subrayar que así como las actividades del ser humano están en el centro de la afectación al medio ambiente de nuestro planeta, es la raza humana la que debe asumir generalizadamente la responsabilidad principal de restaurar y cuidar la ecología de la tierra lo mejor posible, con información suficiente, con educación, con esfuerzos consistentes, con sacrificio de conductas o hábitos que pueden ser muy satisfactorios o convenientes en lo individual, pero muy perjudiciales al medio ambiente y al interés general. Reconociendo esto, debe quedar claro también que la función de los gobiernos es fundamental en la instauración de políticas y normas adecuadas para lograr objetivos ambientales, que sean respetados por todos.
Por supuesto, México ya está inmerso en esta problemática que requiere cada vez una mejor y más oportuna atención. Obviamente, está fuera de lugar la complacencia mostrada por el secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Rafael Pacchiano Alamán, en la reciente reunión de la ONU sobre el tema en Nueva York, al destacar como logros los avances de México en el cumplimiento de los objetivos ambientales del Milenio. Estamos lejos todavía de una realización adecuada de esa tarea.
Y, lamentablemente, en el Distrito Federal, la grandiosa capital de nuestra Nación, se da una de las situaciones más graves en lo que hace al cuidado del medio ambiente. Sí, desde hace cientos de años trastocamos el equilibrio natural de esta Cuenca del Valle de México, pero es en los cuatro o cinco últimos decenios cuando se da origen a la crisis ambiental actual en la megalópolis, junto al aumento de la población y la acelerada trasformación de los modos de vida de la misma, así como una falta de visión previsora y progresista en las políticas de orientación y control de dichos procesos, y la prevalencia de los intereses particulares de ciertos grupos de la sociedad por sobre el interés general.
En este contexto, los recientes decretos de contingencia ambiental por la contaminación atmosférica pusieron en efervescencia a los habitantes de esta ciudad de México. El clamor se concentró, como era natural, en las protestas por las restricciones temporales impuestas por las autoridades a automovilistas, impedimentos que pusieron en evidencia las múltiples fallas que afectan a los medios de transporte y, en general, a las políticas de movilidad de las personas y cosas en esta urbe. Y es que sí, quedaron muy claras las limitaciones de la acción gubernamental en el análisis del problema de contaminación atmosférica de la ciudad y, por lo tanto, en los remedios aplicados. Veamos el tema un poco al detalle:
Para empezar, la contingencia, y el consecuente endurecimiento del programa Hoy no circula, se declara sobre la base de bajar los altos niveles alcanzados por uno de los gases perjudiciales, el ozono, aunque los expertos señalan de inmediato diversas fallas en el enfoque. Así, Telma Castro Romero, directora del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM, argumenta en entrevista que, con las medidas adoptadas, “sólo se reducen los contaminantes primarios (generados por los autos), pero no se ataca la emisión de compuestos orgánicos volátiles, los cuales favorecen la química de formación de ozono en la atmósfera”. Esos compuestos orgánicos volátiles “tienen diversas fuentes de emisión: combustión de gasolina, diésel y gas LP; almacenamiento y distribución de combustibles; quema de leña y biocombustibles; uso de solventes; procesos industriales; aplicación de asfalto; cocción de comida, e incluso la vegetación” (Emir Olivares Alonso, La Jornada, 22ab16).
Esto quiere decir que hay que poner cuidado también en todas esas otras emisiones dañinas, estableciendo normas de funcionamiento y controlando patrones de conductas indeseables que las provocan. Igualmente, habría que investigar formas tecnológicamente avanzadas de reducir la contaminación atmosférica de esas muy diversas fuentes. Así, es urgente el monitoreo regular y el control, en primer lugar, de las emanaciones peligrosas en diversos procesos de transformación industrial que funcionan en esta ciudad (o en actividades comerciales, como los gases que emanan en gasolinerías, y que ya se vigilan).
También, y ésta es una cuestión que no se relaciona solamente con la contaminación atmosférica, corregir con urgencia el mal manejo de los residuos, la basura, en la ciudad de México y municipios circunvecinos, como lo puso en evidencia un estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) presentado a fines del año pasado a las autoridades de la ciudad de México y del Estado de México, al señalar que “el manejo deficiente de desperdicios sólidos (y, digo yo, también los líquidos y gaseosos) pone en riesgo la tierra, el agua y la calidad del aire… el principal ejemplo de mala gestión es el relleno sanitario Bordo Poniente, donde (aunque ya lleva cuatro años cerrado) desde 1985 se depositaron desechos sólidos de la ciudad, hasta llegar a unas 80 millones de toneladas, que generan 1.2 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente al año… No se cuenta con instrumentos de política sólidos que alienten la reducción y el reciclaje de los residuos a nivel metropolitano” (reportaje de Arturo Páramo, Excélsior, 21/abril/16). Ni qué decir de la educación que nos hace falta a los ciudadanos para empezar la selección y el manejo sustentable de la basura desde nuestras propias casas y para tratar de contaminar lo menos posible en cada caso, en cada actividad.
Después de presentado dicho estudio de la OCDE, se han divulgado proyectos de las autoridades citadinas, como la construcción sobre el Bordo Poniente de una planta de generación de energía eléctrica que utilizará el gas metano producido por la basura (y gas natural proveniente de otro lado), al mismo tiempo que se ponen en operación ampliaciones a plantas compactadoras de residuos sólidos con fines de mejor manejo y reciclaje. A su vez, el gobierno federal revisa la concesión del Bordo Poniente porque no se han cumplido los términos de la misma en cuanto a los objetivos ambientales. El diario Excélsior de la misma fecha informa también que “la Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó un punto de acuerdo para crear un laboratorio de residuos sólidos, destinado a optimizar el manejo de los residuos y a mejorar el ambiente en la ciudad de México”. Bienvenidos sean todos estos esfuerzos, pues el tiempo urge.
Considerando especialmente también la cuestión del polvo y muy particularmente las micro partículas suspendidas en el aire, que tienen muy serios efectos sobre la salud humana, pero que no son mencionadas en los reportes sobre la calidad del aire en la ciudad. Una buena proporción de las mismas partículas son producidas por el transporte de carga o de pasajeros que utilizan diésel o gasolinas que ya no cumplen con los índices de “ultra bajo azufre”, lo que Pemex permitió desde 2006 (Ver “Combustibles, la gran omisión ante la crisis ambiental: ONG”, reportaje de Angélica Enciso Landero, La Jornada, 7/abril/16 y artículo “Contaminación: el dilema entre economía y salud”, Javier Flores, La Jornada, 12/abril/16).
Luego, también, es posible analizar los efectos de que en la ciudad existan unos 5 millones de estufas de cocina y otra cantidad similar de calentadores de agua, ambos con uso de gas LP o de leña. O las muy diversas labores, en fábricas y talleres, de pintura y barnizado con aire comprimido, buena parte de cuyas emanaciones van a la atmósfera. Asimismo, revisar dónde es estrictamente necesario el pintado de guarniciones de calles y banquetas, y de mobiliario urbano, a fin de evitar, cuando no lo sea, que los residuos de pintura producidos por el desgaste, vuelen convertidos en polvo a los pulmones de la gente. Bueno, en cuanto al polvo, es necesario recordar las imágenes que vemos a diario de los trabajadores del Servicio de Limpia, o los propios ciudadanos, que levantan grandes nubes de polvo al barrer calles, banquetas, jardines.
Se sabe, igualmente, que los aviones, en sus despegues y aterrizajes, producen cantidades muy sustanciales de emanaciones gaseosas residuales de sus motores; pero ¿qué es lo que prohíjan las autoridades federales y citadinas?: la construcción de un gigantesco nuevo aeropuerto que va a traer innumerables efectos contra el medio ambiente, no tan sólo el atmosférico sino el territorial y el de uso de suelo, aeropuerto que será centralista al extremo, y costosísimo, en lugar de promover la utilización de los aeropuertos alternos que ya existen en ciudades circunvecinas.
Y, bueno, además del cambio climático, en el DF se dan otros muchos serios riesgos ambientales: las grandes fallas en el modelo fallido de movilidad de personas y cosas que las autoridades del DF han dejado reproducirse en esta nuestra ciudad, que siendo una de las principales del mundo, es una de las peores en materia de manejo del fluido vehicular y movilidad de personas y cosas. Se ha prometido que se van a eliminar los 30 mil topes, u obstáculos a la circulación que anárquicamente se ha dejado reproducir en nuestras calles pero, ¿ha visto usted un esfuerzo al respecto? Como he repetido aquí, autobuses y microbuses se detienen cada 30 metros, donde se los piden los que suben o bajan, sin respetar para nada la racionalidad, y el consiguiente ahorro de tiempo, esfuerzo, gasolina y desgaste de vehículos y calles, si pararan solamente en los lugares fijados.
Y ya hemos mencionado anteriormente la falta de previsión de las autoridades en las políticas y normas de uso y conservación de reservas y abastecimiento de agua potable y de realimentación de los mantos freáticos, con la falta de aprovechamiento del agua de lluvia y el creciente cegado de las superficies en que el agua de lluvia alimentaría los mantos freáticos, así como la falta de atención a la educación en el uso sostenible del agua a nuestra disposición. Y qué decir del desarrollo del aprovechamiento de energías renovables, la solar en primer lugar en este Valle de México. La pérdida de habitabilidad en muchísimas zonas y la grave falta de conservación del espacio vivible, especialmente debido a la codicia de los desarrolladores inmobiliarios y sus socios gubernamentales.
En esta pérdida ambiental es fácil trastocar los valores. El anárquico desarrollo urbano destruye bosques urbanos, áreas verdes, suelos de conservación y espacios públicos y, ¿qué se ocurre?: reforestar a lo loco, plantando árboles donde no se debe: en banquetas estrechas, donde impiden el paso peatonal o, cuando los árboles crecen, se convierten en un serio problema de poda para la CFE, a fin de liberar líneas eléctricas o espacios de casas. O se siembran excesivamente en jardines y parques, convirtiéndolos en bosques ya no disfrutables por los seres humanos que aquí habitamos. Ni qué decir de la falta de atención a la conservación de otras especies, animales y vegetales, en este originalmente maravilloso Valle de México.
Pero aquí estamos metidos en la locura constituyente, donde no se piensa para nada en las políticas de desarrollo urbano o en la sustentabilidad ecoambiental. Esto es algo que los proponentes de la 'constitución' de la ciudad de México no tocan para nada, pues sólo hablan de todos los 'derechos' habidos y por haber. Y esto cuando a nivel global se vislumbran unos cambios tan drásticos producidos por el cambio climático, y ambiental en general, tan graves que afectarán los milenarios patrones de la naturaleza, con el muy posible resultado de que los seres humanos ya no sean capaces de “planear sus actividades de todo tipo, desde la infraestructura a la agricultura”… entrando en una “nueva era oscura en el entendimiento práctico de nuestro planeta”. (“A New Dark Age Looms”, William B. Gail, New York Times, 19/abril/16).
En fin, no nos queda a los ciudadanos del DF más que mantener nuestros esfuerzos para modificar esa perspectiva, lo que obviamente no está fácil.