REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Confabulario

Pepe


Valeria Carrara

         Para Paquito,
         quien todavía lo recuerda
         y de repente le llora


Era talentoso, guapo, joven y hábil para hacer reír. Tenía un gran carisma, un buen trabajo y tenía planes; aún no sé en qué momento decidió desistir de ellos.
Yo ya sabía que vivía atormentado por sueños donde el “sin cuernos” le decía que se lo iba a llevar, Pepe me aseguraba que no eran sueños, que era una imagen real, diabólica, pero que no tenía cuernos, le erizaba la piel; mi amigo se atormentaba por ello. ¿Tomaba por las visiones o tenía visiones porque tomaba? Me lo preguntaba cada que tenía que irlo a sacar de su oscuro cuarto. Se deprimía, bebía hasta el cansancio y hablaba cosas que algunas veces yo no entendía; aunque yo era parte de esa locura que alimentábamos como casi hermanos que éramos… yo también bebía.
Pepe sólo vivía con su mamá, una mujer anciana que en realidad era su abuela, él no conocía otra imagen materna; ella se entregó por completo a su pequeño sobreprotegiéndolo, pero creo que para él nunca fue suficiente. Su padre se presentaba en esporádicas ocasiones. Mal querido por primos y tíos, creo que por envidia. Así creció mi amigo, que me decía: “Paco, no entiendo la vida, ni cómo hay que llevarla. No entiendo el amor y no sé si exista”.
Nos conocimos en la secundaria, había una conexión especial, los dos carecíamos de cosas similares y llegamos a perdernos en viajes filosóficos interminables tratando de comprender qué hacíamos en este mundo. Yo me enfrasqué en la música, él en el diseño gráfico y así nos hicimos adultos.
Hace pocos años, aunque aún lo recuerdo como si hubiera sido ayer, Pepe me llamó de madrugada y me dijo que había terminado con su novia, que ella ya no quería saber más de él; estaba inconsolable y frágil. Comenzó a beber, después de haberle dado un descanso a la botella.
El “sin cuernos regresó”.

Esa mañana Pepe llegó a casa borracho, besó a su mamá que estaba en la cocina pidiéndole un abrazo, le hizo saber que estaba muy triste. La señora molesta le dijo que se fuera a su cuarto a dormir. Ya en su dormitorio quebró el foco y cerró las cortinas para quedarse totalmente a oscuras. Imagino que en ese momento fue cuando decidió cerrar todas sus cuentas sociales.
Yo ya tenía pensado irlo a ver para darle mi apoyo. Me tardé.
Horas después la señora me llamó, no le entendía lo que decía, el llanto no la dejaba expresarse. Dejé todo lo que estaba haciendo y me dirigí a su casa lo más rápido que pude con taquicardia y una sensación de furia y agobio.
─¡Paquito, sube con Pepe! ¡Rápido! ─me indicó su mamá que casi no podía sostenerse en pie.
Abrí la puerta gritando su nombre, encendí el interruptor de luz que no funcionó, al caminar me percaté de los vidrios del foco en el piso. Lo nombré nuevamente y no contestaba. Era una oscuridad que me provocó mucho miedo, entonces dejé pasar el sol del atardecer corriendo las cortinas: no quería voltear hacia atrás.
Respiré profundo y di vuelta… Había un ser extraño colgado de la puerta del baño con un cinturón fuertemente agarrado de su cuello. Ese rostro no era de Pepe, no era mi hermano de pacto, mi insuperable amigo con el que tantas veces reí y lloré. “¡Pepe, eres un pendejo!… ¿por qué no me esperaste?”.