REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 08 | 2019
   

Confabulario

Cuentos


José Luis Velarde

El fenotipo extendido
Un hombre más astuto que lerdo retuerce las palabras y los tópicos literarios con perversión a la que puede dedicársele un libro o un fenotipo. Escribe arrastrado por obsesiones que no cesan. Va de lo áspero a la melaza sin empacho. Ofrece sacudidas léxicas con profusión irreprochable y renovadoras propuestas. Extrae posibilidades infinitas de los lugares comunes, mientras los diccionarios colapsan sin actualizaciones disponibles.
Adentrarse en su estilo frenético es aspirar hallazgos en vez de pronunciar significados. Jura que no habrá de fenecer sin cumplir el juramento donde se comprometió a explorar las profundas conexiones del lenguaje.
Persevera, sueña hechizos y a veces consigue uno que otro sortilegio.
Reordena, inventa y pronuncia cada palabra con entusiasmo incesante, aunque bien sabe que ni siquiera se aproxima al verdadero nombre de las cosas.
Dios, preocupado, lo observa desde el cielo donde algunas nubes y arcángeles ya cambiaron de sitio.

El sereno impulso de la marea
El canal reprocha el abandono temporal de la marea. Desearía depositarla sobre una repisa o un hogar donde pudiera amarla sin interrupciones hasta calentar el invierno más frío. Ya extirpada para siempre y sin réplica de las pautas establecidas por el viento, la luna, los astros y las fuerzas inextricables de la galaxia.
El canal exclama que detesta la intermitencia del agua.
Los razonamientos son compartidos por incontables litorales, estuarios, lagunas, rompientes, marismas, diques y acantilados sujetos al ir y venir de la marea.
La marea considerada propia.
La marea incapaz de amarlos y de marcharse para siempre.

En el intervalo que existe entre un segundo y otro
En el intervalo que existe entre un segundo y otro, quizá antes, subsisten otros espacios. Ciclos vitales, abalorios y conjuntos encerrados en microscopios y lentes hasta conformar galaxias diminutas. Se multiplican en cada mundo publicado, página por página, en la minuciosa percepción del adolescente que integra sumatorias imposibles, mientras sueña navegar como si fuera el capitán de una caleta que delinea horizontes y el perfil de los astros.
Escucha ruido en el exterior de la madrugada y la habitación solitaria.
Atisba sobre el hombro. Descubre las trepidaciones del viento y la luminosidad incierta de la aurora aproximándose.
En el este, en la mañana de todos los días, un rayo mayordomo anuncia el advenimiento del sol.
En el intervalo que existe entre un segundo y otro, quizá antes, lo pequeño se agiganta hasta iluminar la intemporalidad del universo.
Amanece.