REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 08 | 2019
   

Confabulario

Las zapatillas rojas


Valeria Carrara

Cuando las vi en los pies de Ariadna, inmediatamente me imaginé montado en ellas, y vaya que no fue lo mismo cuando lo intenté. Mi hermana lo hacía ver tan fácil, lucía como una princesa, tan ligera y femenina. Sí, siempre quise ser como ella. Desde que inició en sus clases de contemporáneo, yo también quería. A mi papá casi le da un infarto, se le desfiguró la cara, vi cómo sus ojos se le hacían más oscuros; me tomó fuertemente del brazo y me dijo que me dejara de puterías. “¿Puterías?” Yo ni siquiera sabía qué significaba eso. Al otro día me llevó al box, que “para que me hiciera hombrecito”, desde entonces no soporto ver una pelea o algo que tenga que ver con golpes y esos absurdos manotazos de papá en la mesa cuando algo le enfada.
Ha pasado el tiempo y realmente no sé qué significa ser hombrecito. Ahora me siento miserable, lleno de moretones y con mi costilla rota. Ya no distingo si lloro de dolor o de pinche miedo. Yo sólo quería saber qué se sentía poder caminar en la calle con esas maravillosas zapatillas rojas de mi hermana.

Una noche sólo logré llegar hasta el jardín, porque los vecinos discutían a unos metros y no supe si me vieron, pero sus voces me alertaron; me zafé de un jalón las zapatillas y entré corriendo a casa. A la noche siguiente, llegué hasta la plumilla de vigilancia, verifiqué que el señor Rodríguez durmiera, aunque me dio miedo, porque el sonar de los tacones hacía eco por toda la cuadra y volví corriendo.
Ariadna ya había notado las puntas de sus zapatillas raspadas y recuerdo que me hizo un ademán con su mano en el cuello, como señal de “vas a morir”, enseñándome el calzado. Al día siguiente mi hermana se dedicó a contarles a todos en la escuela que a mí me gustaba usar ropa de mujer. Mis compañeros, que de por sí ya me odiaban, rieron todo el día haciendo chistes, poniéndose el suéter en la cabeza simulando una larga cabellera y se contoneaban por el salón gritando “¡Marica!”. Me seguían a casa, me aventaban huevos podridos y hacían guardias en el terreno baldío de enfrente esperando el momento de que yo saliera para seguir acosándome; así por casi una semana. Mi único amigo, Roberto, empezó a alejarse, ya no respondía a mis llamadas y yo seguía soñando con las zapatillas.

Esta maldita noche era la indicada, en casa todos se fueron con la tía Norma y yo me negué a ir por un dolor de estómago inventado. La cuadra silenciosa, todos dormían. Me bañé, perfumé y fui al closet de Ariadna. Recordé aquel vestido que usó en sus XV años, debía estar guardado por ahí. Lo encontré, lucía genial con las zapatillas. Me maquillé como pude y salí a la calle tambaleándome, sólo un poco, gracias a los ensayos previos. Logré pasar el jardín. ¡Qué sensación tan grata del viento moviendo los amplios holanes del vestido! Daba pasos largos para ver asomarse las puntitas de las zapatillas entre la tela; me sentí por primera vez libre, yo mismo, ése era yo, mi esencia pura. Con la emoción, no me di cuenta en qué momento ya estaba danzando y sin caerme, dominando mi andar casi femenino. De repente escuché murmullos y algunas risas, volteé con firmeza y no logré ver nada. Mi corazón daba empujones al sostén relleno de algodón, comencé a sudar frío. Los murmullos más presentes. Pensé correr hacia casa… ¡No! Demasiado tarde. Se acercaban, comenzaron a rodearme, ellos, los chicos que me odian. ¡Roberto! Ahí estaba, lo vi con cara de asombro y pensé o lo imploré, no sé, “¡ayúdame amigo!” y en un instante huyó.
Uno de ellos traía un palo de escoba y me apuntaba con él en la entrepierna. Me arrancaron de a poco el vestido; sentí frío, pánico, temblaba. Un fuerte golpe, empecé a ver pequeñas luces y lo único que recuerdo ahora es ver tiradas, en medio de la calle, las zapatillas preferidas de mi hermana y de mí.