REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
26 | 05 | 2019
   

Confabulario

Cuentos


Jorge Alberto Ley Delgado

Amistad

Cierto día, en un río cristalino, una burbuja muy pequeña salió del agua. Con el paso de los minutos se hizo grande y fuerte, en apariencia, aunque por dentro se sentía sola y triste. Buscó otras burbujas; se dirigió a otro río, pero no halló otra como ella. Le habló al ruiseñor:
–¿Has visto a alguien como yo? –dijo la burbuja.
El ruiseñor movió su pequeña cabeza y levantando una de sus alas señaló al norte.
La burbuja agradecida se marchó en la dirección indicada. Al llegar buscó, buscó y buscó. Una rana encima de una piedra la observaba:
–¿Qué buscas? –preguntó la rana al tiempo que movía sus grandes ojos.
–Busco una burbuja, necesito compañía. Alguien como yo para hallarle sentido a mi existencia.
–Acompáñame –le dijo la rana. Te llevaré ante la reina dadora de vida y protectora de las ranas del planeta, ella sabrá qué hacer.
Llegaron hasta una especie de cueva. Ranas, ranitas y grandes sapos recelosos observaron a la visitante; y al fondo, la reina sentada sobre una perla gigante observó a la pequeña burbuja:
–¿Qué necesitas?–indicó la gran rana.
–¡Oh gran rana! –busco a una de mi especie.
Los grandes ojos de la soberana se posaron sobre uno de los tantos frascos llenos de luciérnagas, y en un santiamén su poderosa lengua atrapó a dos luciérnagas y las engulló.
–He visto muchas burbujas sobre el gran pantano, pero la distancia es extensa.
Con un ademán ordenó que dos grandes sapos la acompañaran hasta el pantano y la protegieran. Así la burbuja custodiada se dirigió al pantano junto a los sapos que iban dando brincos por todos los charcos y saltando de hoja en hoja, observando el vuelo de su protegida.
La burbuja albergaba la esperanza de encontrar compañía. Hicieron alto a pocos metros de una plantación de maíz. Unos cuervos que volaban alrededor miraron a la burbuja y la esquivaron; se posaron muy cerca de los dos sapos:
–¿Qué buscan? –preguntó un cuervo al tiempo que agitaba una de sus alas.
–Buscamos a alguien como yo –respondió la burbuja.
–Ven, acompáñanos –dijeron ambos cuervos. Te llevaremos ante nuestro rey, el único que ha volado sobre los cielos de todo el planeta.
La burbuja, los sapos y los cuervos llegaron hasta un árbol donde el rey, saboreando una mazorca tierna los observó extrañado.
–Vaya, vaya. Dos sapos y una burbuja, que insólito cuadro– dijo el rey cuervo. –¿Qué desean?
–¡Oh gran rey cuervo! Buscamos a mis hermanas las burbujas.
–Diríjanse al gran estanque construido por el hombre que se halla al oeste –dijo el rey cuervo.
–La gran rana me dijo que en el pantano las hallaría, he volado sobre él y no las he encontrado, comentó la burbuja con lágrimas en los ojos. Pero gracias, nos dirigiremos al gran estanque construido por el hombre.
–Espera –dijo el rey, y agitando una de sus alas ordenó a uno de sus más experimentados alumnos cuervo que los acompañara.
Así, la burbuja, los sapos y el cuervo buscaron el estanque. Al cabo de tres horas se detuvieron en una pradera sobre la cual jugueteaban dos perros sucios.
– ¿Qué buscan por nuestro territorio? –dijo uno de los perros.
La burbuja a punto de responder fue interrumpida por el cuervo.
–Nuestra amiga necesita encontrar a otra burbuja.
–Sí, he visto muchas en el estanque construido por el hombre, con gusto los conduciremos –dijeron los perros ladrando al mismo tiempo.
De nuevo, la burbuja, los dos sapos, el cuervo y ahora los dos perros iban en la búsqueda del estanque. Los rayos solares del medio día eran intensos y la burbuja había notado que parte de su estructura presentaba serias grietas. El cuervo advirtió cómo la burbuja se iba abriendo poco a poco, ya que volaba muy cerca de ella.
Después de muchas horas de caminar bajo el sol y la intemperie, la esfera antes cristalina, ahora estaba opaca y casi resquebrajada; daba muestras de que la vida se le escapaba de su interior. Cayó mansamente sobre una llanura. El pasto verde le devolvió por unos instantes un último aliento de frescura y con esto exclamó:
–Pasé todo el tiempo buscando a otra de mi especie que no advertí que en el trayecto reuní verdaderas amistades. Gracias sapos, gracias cuervo, gracias perros. El cuervo voló alrededor en señal de luto, los perros aullaron como nunca lo habían hecho y los sapos impávidos de dolor observaron cómo la burbuja poco a poco se fue desinflando hasta convertirse en fresco aire. La luna visible ya, era la reina de la noche.

400 años

–Lo único que nos falta es reducir la corriente de la célula principal y así evitar un posible paro cardiaco –dijo, mientras se limpiaba su amplia barba.
Su colega lo miró fijamente y después de pocos segundos asintió acompañado de un leve gesto. Hacía 35 años que el doctor Maximino López buscaba fabricar un aparato que fuese capaz de extraer la energía del árbol Pinus aristata, con la ayuda de su colega, el doctor ruso Kikus Marcovis especialista en ciencia y tecnología. Con dicho artefacto era posible dotar al ser humano de mayor longevidad.
El doctor López decidió probar el aparato en él mismo porque no había en quien más experimentar. Encendió el pequeño reactor, una masa se calentó a miles de grados centígrados dentro de la esfera con triple capa de titanio reforzado. El laboratorio se iluminó como si el sol estuviese ahí, los tubos de ensayo, matraces, mecheros y otros tantos, raros y modernos aparatos electrónicos parpadeaban luces en todas direcciones. Los ojos del doctor se iluminaron ante la posibilidad de eternidad celular y de inmunidad ante las enfermedades. Entró en el angosto espacio para recibir la radiación, cerró la puerta blindada y reforzada con acero de la mejor calidad. Los gritos se intensificaron, rictus de dolor, retortijones, nuevamente dolor, retortijones que se hacían más y más agudos a medida que la potencia del aparato aumentaba. La luz cegaba, los rayos que bañaban al doctor permearon y se depositaron en cada una de sus células que recuperaban su antiguo vigor.
Después de 3 horas la puerta se abrió y en medio de vapores que emitían colores se sintió un viento caluroso de dudosa procedencia. El Dr. Maximino dio un par de pasos y se desplomó muy cerca del reactor. Despertó dos días después. La piel, el rostro y en general su apariencia física habían cambiado, los 53 años que marcaba su reloj biológico de la muñeca derecha había cambiado a tan sólo 20.
–Hay que realizar pruebas, le indicó su colega. Brinca la cuerda.
Tomó la cuerda y cual jovenzuelo brincaba y brincaba con agilidad felina. La siguiente prueba fue el levantamiento de pesas. Levantó 85 kilogramos, antes apenas levantabas 30.
–La máquina es portentosa, nadie más que tú y yo debemos verla, dijo el doctor Kikus Marcovis.
Él fue el siguiente en ingresar, tres horas después repitió las pruebas que su colega, su reloj biológico marcaba 22 años, de los 60 que tenía. Al cabo de una semana, los dos científicos habían metido a sus mascotas, las cuales jugueteaban por todo el laboratorio.
Pero 400 años después, los dos científicos se encontraban en una cápsula espacial muy lejos del planeta Tierra.
–Nuestra raza acabó con todo, viejo amigo, decía por segunda ocasión el Dr. Kikus.
–Sólo nosotros y nuestras mascotas sobrevivimos. Aceleremos el motor de energía infinita y vayamos lejos del sistema solar a colonizar un nuevo mundo, uno que sea cinco veces más grande y resistente, que soporte todos y cada uno de nuestros experimentos, donde no haya que cuidar los recursos naturales, un planeta que no sea tan frágil como la extinta tierra.

*Cuentos tomados del libro La juguetería y otros cuentos Registro INDAUTOR 03-2015-121811510000-14.