REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Cuba y la modernidad


Fabiola Morales Gasca

La primera vez que pisé tierra cubana fue hace quince años y desde entonces supe que Cuba es como el dulce para los niños, siempre anhelas más.
Aunque pasaron cerca de catorce años para retornar a La Habana mi deseo por ir se mantuvo intacto. A mi regreso, el aeropuerto José Martí me recibía con una gran sonrisa representada en un joven de ojos verdes claros diciéndome alegre “Bienvenida a la máquina del tiempo”. El trayecto hacia el centro de La Habana me llenó los pulmones de ese aire que sólo la bella isla puede otorgar. El joven y su padre, quien conducía un auto clásico Chevrolet de 1951, me comentaron a lo largo del camino las ilusiones y expectativas que sentían frente al levantamiento del embargo que los Estados Unidos ha mantenido desde hace más de 40 años. El joven me señaló con orgullo a lo lejos su universidad e inevitablemente me habló de la revolución y la oportunidad de estudio para todos los cubanos. La desilusión se notó en su rostro cuando me habló sobre los ingresos económicos que reciben los egresados, pero tanto él como su padre no dejaron de perder la esperanza de una mejor vida ante la visita prometida por el presidente norteamericano. Tal vez algún día dijeron, estaremos tomando una coca cola fría frente al Morro.
Lo primero que hice al llegar al centro de La Habana y botar las maletas fue salir corriendo hacia al Malecón para llenarme del aire salado del Golfo de México y salpicarme un poco de su agua. La salinidad y la humedad del Caribe magnifican la arquitectura de los edificios de La Habana vieja carcomidos por el tiempo. Descubrí, conforme pasaban los días que el hechizo de la isla además de sus edificios coloniales, es el espíritu de su gente. Ése es su esplendor y singular belleza que el tiempo y las carencias no pueden mermar. Cada mañana al despertarme, la voces desatadas en las calles me provocaban involuntariamente una alegría irrefrenable. Me movía además la curiosidad de conocer el secreto de la felicidad de los cubanos pese a las limitaciones. Noté que, aparte de la canasta básica otorgada por el gobierno, la sencillez y la creatividad son ingredientes básicos para la existencia diaria. Mis ojos y mi cámara tuvieron la oportunidad de contemplar cómo un afortunado cubano propietario de una joya motriz puede pasarse horas arreglando su auto.
Observé que los niños tienen una educación diaria desde las ocho de la mañana a las cuatro de la tarde, con asesorías los sábados o domingos en materias “complicadas” como las matemáticas. Tuve la oportunidad de echar un vistazo a los libros de textos y me asombró las lecturas y requisitos para redactar aún en su nivel básico de educación. Es evidente porque Cuba tiene altos niveles educativos en América Latina y ha eliminado por completo el analfabetismo en la población.
Entre las visitas guiadas, pasé a la Universidad y admiré desde las escaleras al Alma Máter que custodia al edificio neoclásico de imponentes columnas blancas. Dentro de las paredes de la Universidad Cubana, tal y como me lo dijo mi culto guía, se forja el futuro del país. De las aulas de Facultad de Medicina, salen los mejores médicos del mundo. Esto no me lo dijo mi guía, sino la fila de decenas de personas con diferentes nacionalidades que llegan para recibir atención en el Hospital, un alto edificio que divide La Habana vieja de la nueva, la cual también visité. Como dato adicional relacionado al rubro de salud, añadiré que la Unicef ha declarado el 0% de desnutrición infantil.
La mayoría de las cosas en Cuba me sorprendieron igual o tal vez más que en mi primera visita. La seguridad es una de ellas, se puede caminar en altas horas de la noche por las calles solitarias sin el temor absurdo de ser asaltado; eso para ciertos países ya es una enorme diferencia. Claro, como es natural, algunas cosas han cambiado, tal y como lo pudieron expresar los diversos cubanos con los que entable conversación. Añadiré que me desilusionó no ver en las principales calles “el camello”, famoso medio de transporte público que se volvió en la anterior década, la pesadilla entre la población por su incomodidad e insuficiencia. Como un símbolo de los tiempos modernos Raúl Castro lo reemplazó por una flotilla de autobuses de manufactura china, similar a la de nuestro país.
Uno puede caminar en La Habana y contemplar autos modernos, cosa que no se podía apreciar hace diez años. Los automóviles nuevos pertenecen, según me dijeron, a extranjeros o a gente del gobierno. También se puede ver en la televisión noticieros y programación extranjera. Las telenovelas y los realities se abren paso veloz en la sociedad cubana, cosa que me desconcertó, pues hace poco el placer de ver una telenovela se contaba sólo una vez a la semana. Aún así, los documentales y programas de cultura se dejan ver en la programación espolvoreada de vez en cuando por películas europeas y norteamericanas, sin dejar de mencionar a las ya clásicas películas mexicanas. A México se le ve como un país hermano en las buenas y en las malas y no es extraño que si se es mexicano le sonrían y le den una larga lista de cantantes, actores o gente conocida (incluyendo escritores) que se admiran allá.
Conforme pasaban los días me habitué a la Isla, a los Chrysler, Ford, Chevrolet, Pontiac o Cadillacs del siglo anterior, a los camiones viejos o improvisados para el transporte de la ciudad a la periferia. Contemplé los interminables campos de caña de azúcar. Caminé por los museos, los callejones salpicados de historias secretas; me fasciné como muchos extranjeros lo hacen frente a sus edificios y la sinceridad de su gente. Escuché de primera mano discursos sobre Fidel, José Martí, Camilo, el Che y el por qué de la Revolución. Tomé gran gusto por el pollo o el lomo de cerdo con frijoles y arroz. Entré a varias librerías y vi con enorme felicidad, que los libros eran baratos; estuve en los jardines del Hotel Nacional con sus pavorreales; visité la Casa de las Américas y me senté frente a la nueva embajada norteamericana en Cuba que se erguía orgullosa. Platiqué con escritores y artistas, admiré su bulliciosa creatividad. Me contagié de la alegría cubana, pero sobre todo me extasié la vista con su gente: blancos, negros, mulatos, mestizos; me llene los oídos y el alma con su forma agradable e interminable de hablar. Para todos los cubanos, como la chica blanca de pelo afro, el mulato de ojos verdes o el grupo de jóvenes negros que intentaban mejorar su inglés a la entrada de un edificio viejo, la ilusión de una mejor vida tras las promesas de levantar el embargo se deja entrever cuando uno les pregunta qué piensan sobre el futuro. Los jóvenes, hambrientos de modernidad quieren tener en sus manos artículos nuevos así que sueñan con celulares, pantallas, lap tops, tablets y WiFi al por mayor, mientras que la gente adulta que ha pasado su vida en restricciones tratando de levantar a su país revolucionario confiesan cierto temor a que las cosas en Cuba cambien para mal. Temen que las cosas buenas, como la educación, la sencillez, tranquilidad y la solidaridad entre los cubanos se pierdan para siempre.
No es extraño ver ciertos lugares con acceso a internet inundados de adolecentes que quieren comunicación con el mundo, tampoco es extraño ver que la conexión se caiga y tarde algunas horas en re-establecerse. Es normal ver en las calles el cableado que se instala para satisfacer las inmediatas necesidades de modernidad que los tiempos cubanos requieren. Los jóvenes de La Habana estudian carreras relacionadas al turismo y aprenden con habilidad inglés. La juventud está hambrienta de capitalismo y de innovación. Sin duda alguna “El cocodrilo” (como le suelen llamar los propios cubanos a la Isla) está en una época de transición importante. Toda modernidad tiene su costo, y espero que ante los momentos de cambio que se encuentra Cuba salga triunfante.
Estoy segura que mi siguiente visita a La Habana será totalmente diferente. Tal vez el país sea otro, mientras tanto seguiré anhelando sentarme en el malecón para salpicarme y dejarme hipnotizar por el mar Caribe. Soñaré con el triunfo de la revolución, mientras una hermosa máquina de tiempo se lubrica.