REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
10 | 12 | 2019
   

De nuestra portada

Aquel martes...


María Eugenia Merino

Often in the faces along the streets
there was the desperate look of
hunger and loneliness

Carson McCullers
The Heart is a Lonely Hunter

Ese martes de septiembre cambiaron muchas cosas. Quizá lo primero que llamó más mi atención fue la mirada de la gente: esa mirada que meses atrás se mostraba rápida, esquiva, evitando ver a los demás directamente a los ojos; sin hostilidad, pero tampoco afectuosa, sino simplemente ejerciendo con un celo excesivo un derecho a la privacidad propia y a la de los demás. Y si no había contacto visual, mucho menos lo había físico; en el metro, en la calle, en los parques, también se evitaba el roce, siempre sin molestar y sin ser molestado.

Pero ese martes de septiembre algo cambió. La gente se miraba extrañada, con un primer asombro en el rostro; y los días posteriores ya era de consternación, tristeza... una infinita tristeza, pero sin miedo; una complicidad en el dolor… solidaridad. Lo más extraordinario, aun dentro de una tragedia como ésta, fue la reacción de la gente: ahora, en la calle, están buscando ese eye-contact que antes evadían, como si hoy buscaran una respuesta a “¿Qué carajos está pasando en este mundo nuestro?”

Nunca fueron más oportunas las palabras de Carson: “[…] la respuesta espera en cada corazón por separado: la respuesta de nuestra propia identidad y el modo por el cual puede dominar la soledad y sentir que, al fin, pertenecemos”.
Yo también buscaba mi propia respuesta a ¿qué carajos está pasando en mi interior?

Y salí a la calle a buscar compartir mi propio sentimiento de coraje, de sorpresa, de incredulidad, y me reuní con la gente en los sitios públicos, frente a los aparatos de televisión o de radio en las tiendas, en los bares, en las banquetas, frente a las grandes pantallas en Times Square, en donde fuera, a veces hasta por horas, imposibilitada, como los demás, de hacer cualquier cosa porque no hay maldita cosa alguna que hacer.
Dejé de sentirme transparente, invisible. Algunas personas, después de habernos visto con frecuencia en la tienda, en la misma calle, en la lavandería, en la banca de siempre a orillas del Hudson, ahora saludaba, decía buenos días, comentaba lo sucedido o, simplemente, sonreía. Eso, sonreía, ¿o era sólo un rictus de dolor?

Y aquel martes de septiembre cesó la música. En la estación de la calle 72 de la línea 1 del metro no estaba ya aquel japonés que tocaba suaves melodías cuando había poca gente, pero que pasaba a música más movida cuando el andén se iba llenando de personas ansiosas que no querían llegar tarde a su trabajo. Por las tardes, no se vio más a aquel joven alto y huesudo y desgarbado, de melena hirsuta y ojos hundidos que siempre tocaba con su flauta El cóndor pasa.

De los pasillos centrales de la estación de Times Square desaparecieron también los grupos de rap con su música estridente confundiéndose con el rumor de la gente y el ruido de los trenes, y desapareció la orquesta de cuerdas que todos los días me marcaba el camino para transbordar a la línea R en la calle 42.

Ese martes de septiembre se ensombreció el cielo azul y soleado que por la mañana presagiaba un día cálido y radiante. Desde Riverside Park podíamos ver una nube grisácea de polvo que, al paso de los días, se fue tornando amarillenta, manchando el horizonte y dejándonos en la boca un acre sabor “a centavito” --como decían las abuelitas de antes.

Eran los últimos días del verano; los niños estaban ya en las escuelas y muchísimos empleados retornaron a sus trabajos en las oficinas de las grandes corporaciones. Los fines de semana, Central Park, los jardines que abundan en Manhattan y los paseos a lo largo del río, antes tan concurridos, tan abigarrados, ahora estaban vacíos.

Todas las oficinas públicas cerraron, y sólo quedaron los servicios de urgencia; se suspendieron las elecciones locales programadas para ese día, las actividades en las escuelas y los juegos de baseball y el Torneo Abierto de Tenis, entre otras cosas. Las sirenas de las patrullas de la policía, de las ambulancias, de los bomberos no dejaron de sonar mientras atravesaban la ciudad, de día y de noche.

¿Qué puede uno hacer cuando no sabe qué hacer? Nada, o casi nada, o muy poco.

De la noche a la mañana, sin que nadie advirtiera quién, cómo o cuándo, aparecieron pegados a las puertas de las casas volantes donde se solicitaban donadores de sangre. En la Cruz Roja, en los hospitales, en todas partes las filas eran enormes; todo el mundo quería ayudar de algún modo: voluntarios de todas las edades se congregaron en los alrededores de City Hall o en el Jacob Javit Center, o en los jardines; las personas mayores servían café y repartían botellas de agua, medicamentos, mantas; una gran cantidad de jóvenes unía sus esfuerzos de manera espontánea y ordenada en los puestos de socorro, bajo la guía de fuerzas organizadas para el rescate de víctimas o para el desalojo.

Busqué en el mapa dónde quedaba el Javit Center y, sin saber bien a bien qué era lo que podía hacer, me lancé hacia allá, pero la ayuda estaba ya organizada: sólo podían donar sangre aquellas personas con tarjeta de identificación de donador, o ayudar quienes tuvieran alguna habilidad especial: médicos, enfermeras, rescatistas, incluso trabajadores de la construcción.

Y ¿qué habilidades especiales tenía yo que pudieran servir de algo? Ninguna.

Regresé con una mezcla de pesar y desaliento. Por el camino pude darme cuenta de que, en todas las iglesias, gente de todos los credos está rezando; algunos lloran, yo también, pero ahora lo hacía con cierto alivio, como si el mero hecho de haber intentado servir de algo hubiera sido suficiente, como si hubiera cumplido con algún deber moral, pero sabiendo en el fondo que no era así.

Mi alivio venía de saberme segura, a salvo; mi abatimiento venía de saber que hubiera podido no ser así.
Por segunda vez en su historia ―la primera fue después del desplome del mercado de valores que dio inicio a la era llamada la Gran Depresión― Times Square conoció la oscuridad del duelo: las miles de luces de las marquesinas del Neaderlander, el Shubert, el Imperial, el Palace, el Belasco, el Broadhurst, el Minskoff... se apagaron, como si todos los teatros estuvieran de luto. Ya no había algarabía, ya no estaba la multitud que a todas horas llena el distrito, el corazón del entretenimiento, el lugar más frecuentado por los turistas de todo el mundo que ahí se dan cita para ver un musical, para comprar una chuchería, un souvenir, unas camisetas con estampas de la Gran Manzana y I love New York, imitaciones de relojes Rolex por diez dólares...
Tantas cosas cambiaron ese martes...

Ahí permanecían, todavía de pie, el Empire State, el Chrisler, el Woolworth... pero en el horizonte faltaba algo. Las miradas se dirigían infructuosamente al lugar de siempre, pero no podían ver lo que ya no estaba: las Torres Gemelas que albergaban el World Trade Center ahora eran un enorme hueco en la geografía del cielo de Manhattan, un sector en donde la gente podía alzar la vista y ver que sus torres continuaban ahí, como siempre, presidiendo el panorama desde donde se veía toda la ciudad a sus pies y, hacia el sur, la Estatua de la Libertad. La gente luego podía continuar su camino con la seguridad de que el World Trade Center, albergado en los famosos edificios, seguiría rigiendo el destino del mundo financiero internacional, pero ahora no más, nunca más.

El metro también se detuvo ese martes; en la tarde, en un intento por restablecer las comunicaciones, algunas líneas fueron puestas en servicio, pero el paso a Downtown estuvo restringido y sólo los servicios de urgencia tuvieron acceso. En las primeras horas después del ataque, el tráfico estaba enloquecido; por la tarde, sin embargo, las calles y avenidas permanecían casi vacías, mucha de la actividad estaba paralizada, sin mencionar el área desde la calle Canal hasta Battery Park y los alrededores de lo que se conocía como el WTC que fueron totalmente evacuados. Todos los puentes y túneles que conectan la ciudad con Brooklyn, Queens, Bronx, Yonkers y el resto de las ciudades del estado permanecieron cerrados. La gente fue desalojada por el puente de Brooklyn: una larga y triste caravana de personas llenas de polvo y desolación, un éxodo lento y difícil de figuras fantasmagóricas que, en ocasiones, volvían la vista a la nube de polvo que ahora ocupaba el lugar de las torres. En las siguientes semanas, las rutas del transporte cambiaban con frecuencia, y se tomaba el metro sin saber en qué momento anunciarían por los altavoces dónde habría un cambio de línea, un trasbordo obligado, una parada suspendida; pero uno encontraba finalmente el camino a la oficina, a la casa, al compromiso, a la cita... aunque fuera con demora.

Pero dicen los que saben que la vida tiene que seguir. Y poco a poco la ciudad fue recobrando su rutina. Las calles volvieron a llenarse de gente, pero también de veladoras y flores y fotografías de los desaparecidos, de aquellos a quienes sus familiares buscaban creyendo todavía en un milagro; cada plaza, cada terminal, cada iglesia se convirtió en un muro de lamento y esperanza, en una lámpara votiva. La gente se reunía en las esquinas, tomada de la mano, para cantar, y no era difícil escuchar God Bless America o Amazing Grace de vez en cuando.

Los teatros abrieron aunque no con mucho público, en un esfuerzo por recuperar algo de lo que Nueva York perdió ese martes. Alentada por la consigna difundida para exhortar a la gente a continuar con su vida cotidiana, a salir a las calles, visitar museos, ir al teatro... fui a ver el musical Chicago. Al final de la representación hubo un momento conmovedor cuando una de las chicas del cuerpo de baile salió a agradecerle, con voz entrecortada, al público su presencia, que seguramente había asistido con ciertas reservas debido a las circunstancias; tras ella, salió todo el elenco a aplaudir calurosamente a ese público que no podía deshacer el nudo en la garganta.

Un par de semanas después, la música volvió al metro, y ahí estaba el cadencioso sax con Yesterday, en la estación de Christopher Street, y un blues que se sentía más triste y más blues que de costumbre, compartiendo sus lamentos con los transeúntes… y era tan triste; y la guitarra empezó a sonar en la calle 72… y era tan triste; y la banda regresó a la calle 42… y era tan triste. No volvieron a escucharse las notas de la Rapsodia Húngara en el violín del japonés.

Después de ese martes, la temperatura que anuncia el otoño empezó a ser menos cálida. Una semana más tarde, el paisaje era otro; la llovizna casi perenne y el cielo nublado propios de la época se enseñorearon en las calles, pero ahora parecía como si el cielo estuviera llorando. Y no nos dábamos cuenta de que era el reflejo de nuestro ánimo, o para decirlo mejor, de nuestro desánimo.

Los árboles de Central Park casi imperceptiblemente empezaban a cambiar de color; ya se adivinaban los ocres y los dorados que vestirían sus copas en los meses por venir.

Y la gente volvió a llenar los vacíos de los parques.

Pero también se acostumbró uno a quedarse en casa para ver y escuchar las noticias, con una avidez por estar informado de lo que sucedía a cada minuto. Un poder casi hipnótico nos mantenía frente al televisor, para ver una y otra vez las imágenes de las torres desplomándose, o junto a la radio, que no por no tener imágenes era menos terrible. Nunca, nunca, nunca el Adagio para cuerdas, de Barber, se escuchó más triste que, todas las noches, al cierre de las transmisiones de la BBC.

Sí, es cierto. Ese martes de septiembre la ciudad de Nueva York sufrió un artero ataque, pero también es cierto que perdió algo más que sus Torres Gemelas, un emblema de la ciudad que nunca duerme, un par de rascacielos que, junto a muchos otros, ya formaban parte del paisaje de la Gran Manzana, y que por mucho que miráramos hacia allá, hacia lo alto, ya no las veríamos: habían quedado sólo en los ojos de nuestra memoria.