REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 08 | 2019
   

Confabulario

Un ombú


José Luis Velarde

Rasca la costra empedernida en la rodilla derecha. Aparece pus ambarino. Oprime cuanto puede hasta marearse por el efluvio pestilente. Otra lastimadura en el cuerpo adolorido de tanto ir y venir sin rumbo. Atisba la pampa desierta y encuentra más yermo el corazón vacío. Camina por una hendidura reseca del terreno que le recuerda el cauce de un arroyo y le protege del viento helado de julio. Se detiene para observar el cielo donde el sol apenas asoma entre las nubes sempiternas. El horizonte ambiguo y gris no ofrece buenos puntos de referencia. La noche anterior maldijo no saber gran cosa de las estrellas. La Cruz del Sur siempre fue más una canción de Barocela que mapa celestial. Le fastidian las piernas y se desploma en la tierra amarillenta. Una yarará de cabeza triangular pasa muy cerca. El bicho acomete sin que él intente alejarse. El espanto se agotó dos o tres meses antes de viajar a Santa Rosa. Los colmillos de la víbora no penetran la piel de las botas. El hombre la mira escabullirse por una grieta del arroyo interminable como el polvo contenido. Nota los ojos llorosos. Limpia lágrimas que se agotan al mismo tiempo que la luz vespertina.
Muchas veces se preguntó si acompañaba a su mujer como personaje de una obra destinada al éxito instantáneo. El retrógrado actor que aparece en las telenovelas para sugerir a la esposa fastidiada que un viaje al corazón de la pampa puede armonizar las emociones descompuestas.
Se frota el cabello y descubre instantáneas del camino silencioso.
La sonrisa tibia de ambos.
Socavones calcificados.
Una polaroid que nadie toma para inmortalizar la ruta seguida por la pareja con rostros disminuidos. Las manos resecas rehuyéndose. La distante cercanía de los asientos contiguos. En Luján estuvo a punto de subir a un ómnibus que fuera a cualquier parte para abandonarla de una vez por todas. No lo hizo, pero la primera noche en Santa Rosa abordó una bicicleta que lo condujo al oeste. Al aproximarse a la laguna de Don Tomás pudo verse junto a la mujer en el bote del catálogo turístico compartido al inicio del viaje.
Serpentea para eludir los fantasmas entrevistos. Se distancia de los caminos pavimentados y se dirige al norte. Mira una embarcación sacudida por el oleaje. Imágenes veladas y la luz de la luna en su cuarto menguante. La cena romántica en el hotel servida sin caballero para una esposa indiferente. La ciudad percibida en la segunda noche como una luz difusa hasta que el hombre sólo puede atestiguar luciérnagas. La marcha cada vez más difícil y la indiferencia del regreso. El aire frío entumeciéndolo como a los maniquís de las vidrieras. El manubrio quebrado y la rodilla azotada por las piedras. Raciona el agua de la cantimplora más por instinto que por prevenir la deshidratación. Sabe que en otro momento pudo volver. Sonríe al saberse tan incongruente como el ombú que se levanta muy cerca sin frutos y sin leña.
Quisiera celebrar el descubrimiento con una fotografía.
Una instantánea condenada a emborronarse por el transcurrir de los años.
El frío le dificulta respirar.
Sabe que no puede encontrarse demasiado lejos de alguna ruta, de alguna estancia y cierra los ojos.
El cansancio, el sueño.
El hombre triste ni siquiera busca refugio bajo el follaje del árbol agitado por el viento hasta producir palabras intensas como silbidos que sólo escuchan los fantasmas.