REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 11 | 2019
   

Arca de Noé

Naderías Pasos en la Azotea


Mario Náder Pineda

La señora que tiene firmados papeles por mí que le autorizan a decir que es mi esposa, y desde luego el cónyuge: yo, descansamos un par de veces a la semana en la venturosa casa que poseemos en la sureña zona de Tlalpan.
Consecuencia de la cercanía con el bosque de la zona, (algo así como 200 metros), eventualmente y con suerte sobre las estrechas calles, tenemos la posibilidad de observar, en el día ardillas, y por la noche mapaches, tlacuaches y teporingos; fauna propia de la zona.
Es una casa de sillar y grandes ventanales en lo alto de una cañada, cuyo extremo opuesto colinda con el frondoso arbolado, lo que nos permite observar un denso follaje que resulta tranquilizador y relajante sobre todo si estamos acompañados de un té calientito.
La paz es el signo que le caracteriza. Por las noches el canto o chirrido de los grillos y en los tiempos de lluvias el croar de las ranas además de la arrulladora lluvia, son sonidos endémicos.
Mi padre que fue militar, tenía una comprensible inclinación por las armas y poseía algunas que fue vendiendo con los años, pero siempre conservó un rifle Mendoza calibre 22 que heredé tras su partida.
Aprendí a disparar desde muy joven bajo su tutoría y supervisión.
¿A qué viene todo esto se preguntarán?
Hace unas noches dormíamos plácidamente cuando nos despertó un extraño correteo por encima de nuestra noble techumbre; el ruido no cesaba y tome previsiones para ver de qué se trataba.
Sobre mi traje de carácter para dormir, impuse un cálido abrigo; por claras instrucciones de mi mini señora instalé sobre mi cráneo una abrigadora gorra.
Me conduje al estudio para descolgar la mencionada arma de fuego y luego de cargar unas balas, valientemente me arrojé a encontrar al transgresor de nuestro prístino sueño.
Con sumo cuidado y silencio subí las escaleras y ¡sorpresa!: se trataba de un par de mapaches que literalmente tomaron nuestra azotea como pista de carreras o tal vez como terreno para un rudo flirteo y posterior cortejo con quién sabe qué negra y lúdica intención.
El caso es cuando subí al techo, encendí de golpe una lámpara de minero colocada en mi cabeza y también de golpe uno de los mamíferos se dio a la fuga (supongo que era del género femenino… así son) el otro mientras tanto, fijó su mirada firme y confiada en la mía.
La verdad, me sentí protagonizando aquella mítica película de culto de El Bueno el Malo y el Feo cuando, Clint Eastwood, Eli Wallash y Lee Van Cleef se enfrentan a un duelo a muerte.
El enmascarado mapache me miró fijamente a los ojos, le respondí con fija y turbia mirada, (por la levantada de súbito), el hizo lo propio: súbitamente emprendió la huida a una velocidad de fórmula uno.
UN ÚLTIMO CHAPUZÓN: No pretendía disparar al animal, sólo espantarlo para que nos dejara dormir como lo hacíamos: plácidamente.