REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

René Avilés Fabila recibe un reconocimiento de la Fundación Sebastián


Jorge Ruiz Dueñas

Por el silencioso abrazo de la finitud no solemos preguntarnos cuántos momentos se han incorporado a nuestra propia saga existencial hasta convertirse en nuestra propia carne. Hoy nos reencontramos de nuevo con quienes hemos convivido en esta Fundación bajo la impronta generosa de nuestro común amigo Sebastian, para celebrar el talento y quizá, de igual manera, la vida misma. Me complace que la ocasión coincida con la encomienda de sugerir en unas líneas los méritos que acompañan este reconocimiento a René Avilés Fabila.
Podría repetir mi vida con la ola, parodiando el título de Octavio Paz, y reiterar varias características literarias de la amplísima obra narrativa y ensayística de Avilés Fabila, Profesor distinguido de la Universidad Autónoma Metropolitana y Doctor Honoris Causa por la Universidad Popular Autónoma de Veracruz. Decir de nuevo que su tarea se condensa en cifras dilatadas como la Comedia humana de Honoré de Balzac en cerca de cuarenta títulos y en una incesante labor de difusión cultural, sin olvidar su visionaria conducción de suplementos y revistas de larga data. Añadiría algo en lo que no suele reparar la crónica de nuestra literatura: el creador de Los animales prodigiosos es graduado de Relaciones internacionales de la UNAM e hizo estudios de posgrado en la Sorbona, bagaje con el que se decanta por un periodismo de opinión ágil e informado, y deja atrás a la distinguida generación literaria que le antecede donde menudearon los estudios inconclusos y opinantes sin credenciales. Pero, también me sería dable repetir que se trata de un autor galardonado más de una docena de ocasiones y homenajeado en más actos universitarios que los imaginables, amén de haber colecciones bibliográficas que llevan su nombre a manera de estímulo a los nuevos creadores. Podría decir más. Decir por ejemplo -como el verso de Neruda- que algunos de sus entrañables personajes, a la manera de los the Lost Generation, deambulan con sus debilidades y tensión por las calles de las capitales del mundo y son sátrapas, antihéroes retorcidos o mujeres de constitución desafiante como arquetipos de otras Anaïs Nin de nuestra realidad, plenas de deseo y preconscientes de sus desbordamientos. Incluso me sería posible afirmar que sus escritos fantásticos -de impronta borgiana y kafkiana- alcanzan la universalidad de los mitos, la susceptibilidad de las religiones y la crónica de los oficios.
Pero todo eso lo saben los jurados culturales y los sínodos de los notables después de cincuenta años de escritor del autor de El gran solitario de Palacio. Lo saben los agraviados por sus incontinentes críticas a políticos y santos laicos cuando despiertan en él al polemista a flor de piel, capaz de la mordacidad que apunta hacia el rey desnudo o las princesas precarias. En este nuevo tiempo de canallas, ideológicamente insustanciales y políticamente promiscuos, se requieren voces recias para ubicarnos en la rosa de los vientos del contexto social. Esto también lo podrían compartir ustedes, lo conoce Sebastian, nuestro apreciado anfitrión y compañero desde la intemperie de nuestros años casi juveniles y, claro, también lo sé yo, porque tratándose de Avilés Fabila el adverbio de cantidad siempre es tautológico.
Así, cuando los años nos acercan a la nómina de los caídos, se me ocurre pensar que toda obra sujeta al tiempo como es la literaria, surge de la hipótesis falsa de lo perdurable. Pero el rescate del recuerdo nos alienta siempre a hacer de ese corpus parte de nuestra materia doliente. Por todo ello, esta noche me gustaría tenerle presente como un ser impredecible e insólito en una arena dada a la repetición, al rito y al acotamiento de lo posible. Sí, porque lo normal en René Avilés Fabila es que decida dar batallas contra corriente ante ambientes culturales convencionales. ¿Quién, sino él?, podría darse al empeño de construir un museo del escritor y a la tarea de reunir primeras ediciones de poetas del mundo, artículos personalísimos de primeras plumas, fotografías y testimonios diversos, para dar cuenta de la intimidad de la creación literaria.
Más anormal aún: pretender por años convencer del museo a Tartufos y funcionarios agobiados por la disminución de sus presupuestos ávidos de lo efímero y la bonanza de las mayorías electorales. Quién entregaría su biblioteca y patrimonio dispuestos al mantenimiento de revistas literarias, concursos para creadores en ciernes, cursos para hacer mejores escritores, y una casa de la cultura abierta sin cortapisas a proyectos sostenidos con la organización de Rosario Casco, y costeados con su pasión por la enseñanza pública, el sudor de sus dedos y la esgrima de su inteligencia en artículos y revistas.
Más amigo de sus amigos que de la verdad, René Avilés se ha dado a tan extrañas aventuras como conjuntar esfuerzos con nuestro añorado José María Fernández Unsaín, para repatriar a Elena Garro, en aquel entonces aún entusiasmada por los abrigos de París y sus felinos domésticos, hasta que una vez logrado el objetivo se refugió en la soledad de una primavera sempiterna en Cuernavaca. No alineado ni con los no alineados -válgase la metáfora- probablemente Avilés Fabila ha sido el único caso de un ciudadano expulsado dos veces del Partido Comunista, cuando tiempo atrás había renunciado ya a tan tropicalizada organización política, por supuesto, sin registro. Esto no le sucedería ni a Diego Rivera ni, por supuesto a Lev Davídovich Bronstein, el célebre ucraniano mejor conocido en el mundo como León Trotski, aunque como el mártir de Coyoacán, también Avilés Fabila fue fustigado por el espíritu estalinista de su época. En su caso, esto tampoco ha impedido que le huyan las derechas corroídas con su ácido, y los establecimientos patriarcales de la cultura dada su voraz vocación por las cerradas capillas.
Conocí al René de carne y hueso en la casa biblioteca de Alí Chumacero hace más de treinta años. Leerlo era algo que me había desconcertado antes, pero no como esa noche cuando encontré a un civilizado escritor digno de las tertulias de Francis Scott Fitzgerald en sus buenos tiempos de París cuando el entonces desarrapado y juvenil Ernest Hemingway acudía a sus saraos, antes de su conocida ingratitud y, por supuesto, su arrolladora obra. Avilés Fabila estaba allí whiskey en mano, urbano y conversador. Lustros antes, él había caído con toda su generación en la taxonomía de una distraída profesora que cobijó a todos bajo el capelo de “literatura de la onda”. Sin embargo, su literatura ha sido siempre particularmente cosmopolita y no se ha regodeado en vulgaridades gramaticales de ocasión, que a la vuelta de los años hacen ilegibles los textos y quedan dispuestos a la antropología lingüística y a la disección de las clases sociales. Más aún, las damas aseguraban que René despedía una discreta loción de maderas masculinas y no a “condición humana” alguna. Usaba corbata y trajes bien cortados. Por supuesto, yo me percaté que cultivaba la costumbre de acudir al peluquero, no usaba sandalias de pescador ni de pecador y, menos aún, los morrales tan característicos de años floridos que algunos extendieron hasta su quinta década para cargar libros autografiados a la menor provocación. Es decir, René estaba más cerca de la imagen de Carlos Fuentes que de los antiguos residentes del Palacio de Lecumberri, sin que ello signifique no haberse jugado la libertad en Tlatelolco. El colega frente a mí no era como podría suponerse, y sus personajes literarios no hacían apología del ritmo ni del bolero ni dialogaban con lugares comunes y muletillas. Intuyo que René no estuvo nunca dispuesto a la rebeldía superficial, prefiere los riesgos serios y usualmente elige medios de circulación nacional y enemigos de alto calado sin importarle los costos de sus denuncias. A partir de entonces cultivamos una amistad sin reservas y plena de coincidencias.
Lector infatigable, conocedor de la narrativa universal, René no apela a su cultura para ganar el respeto de los jóvenes. Se mueve entre ellos como un rock star, colma auditorios sin proponérselo, no falta a sus cátedras, exige y lee los trabajos requeridos a los alumnos, y por ello le siguen. Avilés Fabila no aparenta, no transige, no renuncia a los placeres de la existencia, no halaga al poder político y menos aún a los prebostes de cualquier laya, pero, sobre todo, tiene un sentido de la lealtad que no hace más amarga la derrota del caído, ni olvida el pasado de los demás cuando el fulgor del éxito se apaga.
Porque es durante el trayecto de nuestra coincidencia en la vida cuando podemos exponer nuestro afecto por nuestros hermanos por elección, este momento me parece propicio para decirle a René cuánto afecto le tenemos y cómo nos regocija saberle reconocido con otras figuras que entre la bruma de las multitudes también hemos admirado.


Marzo 10 de 2016.