REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 09 | 2019
   

De nuestra portada

De la religión al mercado o a la terapia


Hugo Enrique Sáez A.

¿Cómo comprender el funcionamiento de una sociedad cuyo tejido social está fragmentado en individuos que cada día exhiben un mayor egoísmo al vincularse con el otro basándose en un cálculo de interés personal? ¿Hasta qué punto dicha situación está determinando los elevadísimos niveles de violencia a escala planetaria? ¿Qué criterios son útiles para vincular los indicadores macro y micro de los fenómenos analizados en el presente escrito? Una explicación acabada de esta coyuntura mundial requiere de muchos estudios empíricos basados en sólidos fundamentos teóricos. En las siguientes líneas se esbozarán algunas pistas que podrían conducir a mejorar nuestra percepción de la violencia estimulada por los conflictos que se derivan del egoísmo hedonista manifiesto en la economía, la cultura, la política y la sociedad.
Se parte del siguiente enfoque teórico basado en Foucault. En la actualidad, el homo economicus es el sujeto social predominante en la conformación de los individuos como actores sociales de las economías capitalistas; y ello lo convierte en el intruso que impone su interés en los diversos campos de actividad, no sólo en el terreno monetario. Por un lado, a título de ejemplo, en el ámbito de la sociedad civil se hallaría el “gandalla” 1 que se brinca con agresividad un lugar en la fila de automóviles; por otro, en el plano de las instituciones públicas no falta el funcionario que, abusando de su puesto, sea sorprendido practicando el tráfico de influencias, el cohecho, o el desfalco de fondos gubernamentales. En otros términos, como en toda conducta social, en este tipo de violencia se involucran la inteligencia, la voluntad, el aparato emocional, la imaginación y la percepción sensible de un enorme abanico de individuos (ya sea que se ubiquen en el mando o en la obediencia) colonizados por la forma homo economicus.
El homo economicus es quien obedece a su interés, aquél cuyo interés es tal que, en forma espontánea, va a converger con el interés de los otros. Desde el punto de vista de una teoría del gobierno, el homo economicus es aquél a quien no hay que tocar. Se lo deja hacer. Es el sujeto del laissez faire. Es, en todo caso, el interlocutor de un gobierno cuya regla es el laissez faire. (Michel Foucault, 2012: 310)
Agrega el autor que la entidad subalterna descrita por él es un actor manejable porque en su desempeño está atento a las variaciones del medio que se introducen mediante las políticas gubernamentales; es decir, sin cuestionar se adapta como un participante más del juego económico, y sus decisiones no siguen una línea recta sino que se modifican en función de los indicadores que percibe en su entorno. Pragmático por encima de todo, sin atenerse a valores estables frente a los demás.
El personaje, configurado a imagen y semejanza de la forma homo economicus, erige su interés particular en su esencia y en el fundamento de sus acciones. Un elemento particular del todo social se asume como totalidad absoluta cuya voluntad se convierte en ley ineludible, sin tomar conciencia de que la voluntad es el resultado de un proceso social en que se expropia al actor social de su deseo y se lo orienta a elegir en nombre de una voluntad ajena. Como escribe Victoria Camps, 'La libertad se confunde a menudo con la satisfacción de cualquier deseo', una máxima que se exhibe como estandarte de multitudes. Su objetivo como miembro de un conglomerado humano es maximizar el rendimiento en todos los aspectos de su existencia: monetario, profesional, erótico, de prestigio social. Y para ello echa mano de cualquier medio para obtener sus fines. En consecuencia, el tejido social, compuesto de mónadas sin ventanas (Leibniz), se estructura a partir de intereses personales: en algunos casos se plantearán alianzas entre elementos de intereses comunes; en otros, se firmarán acuerdos de conveniencia con rivales, y también se acatará la subordinación a un poder superior cuando se obtengan beneficios.
Como se ha dicho, el homo economicus coloniza amplias capas de la población y determina su conducta social, cultural, política y económica; pero es necesario marcar una distinción entre quienes mandan y quienes obedecen. En el caso de aquellos que asumen posiciones de poder, cabe subrayar el hecho de que muchas grandes empresas (principalmente, bancos) ubican en puestos clave a gerentes que tengan la característica de ser killer instinct, es decir, que posean “instinto criminal”. En sentido estricto, ello significa que estén en capacidad de ejecutar con dureza medidas para despedir personal o bien que no titubeen al mentir sobre cualquier tema o información ni al utilizar medios ilegales o sucios en beneficio de las corporaciones que representan. Suelen comportarse con soberbia y prepotencia ajenas a cualquier piedad o consideración hacia el otro. Su entretenimiento preferido es perpetuarse en selfies o mostrar su figura en revistas frívolas así como en las redes sociales.
Por estas estrategias de mando, es legítimo calificar a las empresas como involucradas en una auténtica guerra por el dominio del mercado, en la que se emplea el espionaje, la alteración de los estados financieros, la violación de las normas comerciales (dumping, por ejemplo), la compra de información confidencial a funcionarios públicos, entre otras modalidades de ejercer una violencia clandestina. No resulta extraño, en consecuencia, que hace algunos ayeres se pusiera de moda entre ejecutivos de empresa leer a Sun Tzu o bien emplearlo en sesiones de coaching. Es obvio que a su libro (El arte de la guerra) lo despojaban del contenido espiritual que posee y quizá sólo privilegiaban la primera parte de su tesis central: “Quien vence a otros, es fuerte; quien se vence a sí mismo, es poderoso.” Nunca ha pasado por esas mentes la intención de comprender qué significa vencerse a sí mismos.
El motor actuante en este tipo de conductas -que con frecuencia llegan al abuso extremo- no es el amor a sí mismo que se tenga el ejecutivo o el funcionario de gobierno, porque, al igual que Narciso, el ente dominador está enamorado de su imagen, es decir, de una proyección de su ego producida mediante la asignación de valores a los logros obtenidos en sus áreas de desempeño; y en la determinación de esos resultados exitosos se apela a la medición cuantitativa y al cálculo. En contraste, el amor a sí mismo incluye el cuidado del otro y la capacidad de desarrollar sentimientos basados en afectos alegres que implican un crecimiento que se contagia, así como los afectos tristes disminuyen el ánimo de los contactos. En cambio, el narcisismo se rige por el culto de una imagen singular a la que se agregan cualidades simbólicas incrementables en el tiempo de vida. Por ende, la percepción de la realidad está presa de los números y el cálculo como símbolos de estatus en una escala determinada, por encima de las cualidades que podríamos llamar personales. Así, una mujer bella se define como aquélla que posea un cuerpo 90-60-90, medido en centímetros; un investigador excelente tiene que haber alcanzado el nivel 3 en el Sistema Nacional de Investigadores del CONACYT. Existen, además, poderosas agencias calificadoras de méritos, como es el caso de ISO 9000. Se concibe a la vida como una carrera permanente cuya meta es ganar todas las competencias, superando a los rivales que se presenten, sin importar su identidad ni los medios que se empleen. Al contrario, “La obsesión por la victoria es un estado del alma que favorece al oponente”, como lo plantea Sun Tzu en sus instrucciones para los guerreros.
La guerra en un amplio sentido es la mayor de las violencias entre seres humanos. La palabra guerra proviene del germánico werra (desorden, pelea, confusión, discordia); es decir, remite a una idea de caos, de ruptura de un cierto orden que repercute en el corazón, que afecta las emociones, sobre todo causando miedo o terror. Y como una supuesta especie racional que somos, en este 2016 nos hallamos en un estado de guerra generalizada, con modalidades muy específicas, diferentes a la guerra de Troya o a la guerra de los Cien años, inclusive no se parece a ninguna de las dos guerras mundiales del siglo XX y tampoco a las de Corea o de Vietnam. El eje en torno al que giran las violencias propias de esta guerra generalizada es la economía mundial.
El principal agente de esta guerra generalizada no es un ejército en particular, aunque tanto los militares como los grupos armados irregulares desempeñan un papel importante en esta violencia planetaria, junto con la esclavización de personas, el hambre, la ignorancia, el desempleo, la migración obligada, la discriminación, la falta de un techo. La causa determinante es sistémica e invisible, y tenemos que identificarla en el capital financiero como termómetro de la marcha de la economía. Los movimientos en el dólar o en el euro, en la libra esterlina o en el yuan chino, son decisivos para detonar crisis en cualquier parte del mundo. A su vez, las batallas políticas en los estados nacionales se dan en torno a la relación con los movimientos del capital financiero a escala internacional, al tiempo que para alinearse a las tendencias económicas mundiales, los gobiernos nacionales emplean la cooptación de aliados mediante prebendas y extorsiones de distinta índole. Se forman grupos blindados del poder, cuyos integrantes se unen por complicidad que preserve la impunidad frente a la corrupción.
No obstante, los datos macroeconómicos no explican automáticamente el crimen de un chico de quince años para arrebatarle su teléfono móvil. La relación explotadores/explotados, aunque se cumple desde el vértice de una pirámide, atraviesa la sociedad entera, pero las relaciones de dominación o dirección se reproducen en cada grupo humano concreto. Dominación se denomina al autoritarismo basado en la voluntad de un déspota, que se puede hallar en una familia, en el salón de clases, en el capataz de la fábrica, en el director de una empresa. No hay que tener una visión romántica de la realidad. Eran jefes de tribus los que atrapaban congéneres negros para entregarlos a los traficantes blancos de esclavos. Entre los más pobres suele haber caciques que los controlan, así como dirigentes que terminan asesinados por defenderlos. En contraste, la dirección con autoridad democrática se revela en una conducción respetuosa de las personas a cargo de un líder que convence con su ejemplo.
Una de las consecuencias de la polarización social es que se imponen políticas basadas en el rendimiento del trabajo como un incentivo del consumismo, es decir, el consumir tomando como parámetro las necesidades creadas por la publicidad comercial, que tiene un cariz político al producir personajes en serie que ambicionan tener la marca más renombrada de las pantallas de televisión o el teléfono móvil más complejo. Círculo vicioso entre producir para consumir y consumir para producir. Y para obtenerlo hay sectores que encuentran en la violencia física el único medio a su alcance: asaltos a casa habitación, en la calle o en el transporte público así como en el privado. La violencia de las armas, en otros casos, se impone en nombre de valores presuntamente religiosos (Siria, Iraq, Israel, etcétera) y provoca masacres y emigración masiva de poblaciones.
La soberanía nacional, menguada, pero todavía existe, aunque restringida ahora por la tutela que las grandes potencias y los organismos internacionales ejercen sobre el Estado nacional. Se transita por un proceso a escala planetaria en el que la obediencia a las leyes estatales se somete a la obediencia de las leyes económicas elaboradas por especialistas neoliberales, entendidas como la contribución a un crecimiento continuo de la producción y los servicios, mediante el aumento exponencial del rendimiento y la orientación de todas las actividades a funcionar como empresa.
En la coyuntura que atraviesan los estados nacionales, los partidos políticos -casi sin diferencias ideológicas- emplean todos los recursos a su alcance para apropiarse el control del gobierno, y mienten con descaro para seducir a las masas prometiendo altos niveles de consumo y bienestar, en consonancia con las leyes de la economía, reverenciadas como verdad que reveló Adam Smith.
Por efecto de los medios electrónicos, el público consumidor se relaciona con otras culturas y adquiere un conocimiento de lugares donde, en apariencia, existen medios de supervivencia más fáciles de obtener. Las migraciones internas e internacionales -tanto las forzadas por la violencia homicida como las voluntarias- han contribuido a un mayor nacionalismo racista en los países receptores. El estado de ánimo de sentirse invadidos por árabes o latinos repercute en un mayor consenso de los votantes respecto de posiciones etnocentristas y autoritarias, como sucede en estos días con Trump.
Otra modificación cultural relevante del individualismo se detecta con relación a las pautas del comportamiento sexual, que oscila entre la permisividad y la prohibición. Así, se advierte la existencia de mayor información sobre el sexo que posibilita quitarle el carácter de tabú y prácticas más abiertas y sanas. La mayor apertura acerca de la sexualidad, que es un dato positivo, se refleja también en numerosas conductas dañinas para el tejido social muy extendidas: la iniciación precoz en las relaciones sexuales -y sin mayores conocimientos ni precauciones-; el incremento de los embarazos adolescentes, en amplios segmentos sociales; al mismo tiempo se legitima la práctica de la prostitución designada con el eufemismo vip, y ello impulsa la trata de blancas con violencia criminal; la crisis de la familia, que tiende a ser sustituida por relaciones efímeras sin vínculos legales; y, at last but not least, se expande la incitación a consumir pornografía, que determina en todas las edades un ansia por elegir las múltiples oportunidades existentes para relacionarse con parejas de diversas preferencias, con la facilidad adicional que promueven las redes sociales de Internet.
Ese panorama refleja la planificación aplicada a la producción de criaturas programadas como centros de decisión autónoma, lo que provoca en estas manufacturas un “sentimiento de poder” muy seductor para muchos. Hay que puntualizar un rasgo muy importante. No hay actores sociales de libre arbitrio sin consecuencias. El individuo y la sociedad son indisociables; por tanto 'hacer lo que quiero' por efecto de un capricho camuflado como poder de decisión autónomo, es un espejismo de inmadurez que siempre termina perjudicando a alguien. Sin este ego hedonista, el consumismo no funcionaría. No es lo mismo la capacidad de decidir que la capacidad de regular las decisiones, y muy pocos practican la autorregulación de su existencia.
En definitiva, ni la religión ni el Estado controlan en un equilibrio razonable la integración poblacional de la sociedad civil, en cuyo interior se desarrollan guerras muy violentas entre grupos diversos y entre individuos que habitan el mismo lugar. Por este motivo, la fragmentación del tejido social por efecto de la producción de mónadas aisladas ha engendrado soluciones individuales alternativas. Si alguien se siente deprimido, concurre al centro comercial más cercano a consumir consuelo y alivio pasajero. Si la neurosis o la ansiedad se elevan, ahí está el ejército de psicólogos, psiquiatras, endocrinólogos y neurólogos listo para entrar en acción.

Según el Diccionario del español en México, gandalla es alguien “Que saca partido de todo, sin consideración ni respeto por los demás.”