REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

La patología de la cultura en México


Francisco Javier Guerrero

No resulta muy placentero leer el libro de Sara Sefchovich denominado País de mentiras. Según esta investigadora social, “en México se miente, todos los días y sobre todos los asuntos. La forma de gobernar en nuestro país consiste en mentir” (contraportada del libro publicado por Editorial Océano en 2008).

Para llevar a cabo su investigación, Sefchovich (SS) recurrió a multitud de testimonios orales, escritos, fuentes literarias y periodísticas, observaciones externas y participantes y no pocos chismes y rumores. A los testimonios que expone SS podríamos agregar otros muchos que conocemos. La posición de SS puede ser ampliamente criticada y debatida; ella ha sostenido que en su obra no pretende ofrecer un punto de vista moral, o criticar al “mal”; se limita a presentar las características de un fenómeno al cual, sin embargo, es difícil acercarse objetivamente, SS no percibe a la mentira como un pecado ni como una cuestión de principios, pero sostiene que “existe un principio de verdad que reside en la razón humana y que es el fundamento de la ética y del derecho, necesarios para vivir. Ello hace que la verdad sea un valor” (Pág. 336).

Para explicar el por qué en México se miente tanto, SS expone al final de su texto que existe un “piso para la mentira”, o sea, un conjunto de factores causales, que propician esa situación negativa y que son básicamente de carácter histórico y cultural. A mi juicio, si bien SS expresa con lucidez y profundidad los rasgos torales de esos factores, no avanza mucho en lo que atañe a sus orígenes, conformación y desarrollos posteriores; subraya las características personales de hombres y mujeres que mienten frenéticamente entre otras cosas, para ocultar sus múltiples yerros. Le otorga un peso sobresaliente a la retórica; considera, con razón, que en nuestro país, un buen conjunto de farsantes –pero también gente seria– cree que las palabras crean la realidad; así, si un gobernante famoso proclama que México se halla ya en el “Primer Mundo”, todo el mundo le cree, aunque obviamente se trate de una falsedad.

En el caso específico de la cultura SS sostiene que se halla monopolizada por elites que se contraponen a todo tipo de aperturas, sabotean a los disidentes y no aceptan críticas. Cita a Arnaldo Córdova, que opina que aquí los grandes intelectuales se convierten en caciques, muy ligados al poder estatal. Les interesa mucho más la promoción que la producción. Estos grupos imponen códigos y prácticas que constituyen un aparato de dominación sobre lo que se hace en materia cultural. Hay que preguntarse: ¿A qué se debe este fenómeno? SS escribe lo siguiente: “En nuestra cultura política siempre ha sido y sigue siendo mejor no hacer las cosas y no moverse, que agitar las aguas… (…)…Aquí lo que se castiga es actuar, lo que se premia es quedarse quieto, la inmovilidad es siempre mejor que cualquier acción. Tratar de resolver problemas sólo complica la vida y no reditúa, así, que mejor dejar que las cosas se queden como están” (Pág. 283).

Y bien, ¿al describir esta cultura política SS no está describiendo también los tipos de culturas políticas que predominaban en la España de Franco, la Alemania de Hitler o bajo el mando de Stalin? Y ello es lógico, ya que si bien en México un gran conjunto de movimientos sociales han hecho avanzar la lucha por la democracia, ésta no se ha establecido ni siquiera como “democracia representativa”, “moderna” o “burguesa”; es algo que va naciendo pero que no ha podido ser parido plenamente; al no convertirse en una realidad cotidiana, se miente más sobre su supuesta presencia; en un país donde, como afirma SS, la cultura nacional tiene un carácter profundamente autoritario, quienes detentan el poder proclaman sin cesar que vivimos en una nación indigestada de aires democráticos, cuando en realidad los sectores populares prácticamente no participan en las decisiones fundamentales del Estado. Y SS alega que se miente para quedar bien con quien se halla arriba o impedir su represión. De lo que se trata es de “…que la posición, el empleo, la vida misma, dependen de haber hecho lo correcto en la opinión y desde la perspectiva del que manda” (Pág. 301). Tan es así que incluso en asambleas que son teóricamente democráticas y en donde se supone mandan las mayorías –he asistido a muchas de científicos sociales, campesinos y algunas de obreros– uno o varios demagogos, a los cuales se les imputa autoridad, real o supuesta, imponen su dominio simplemente gracias a sus ardides y triquiñuelas; esto generalmente sucede cuando tales mayorías están despolitizadas y son presa fácil de todo tipo de tlatoanis.

Me parece que SS debe ahondar su análisis remitiéndose al carácter del modo de producción dominante en México, un capitalismo atrasado y tardío, articulado (y mal) con modos de producción más primitivos, un tipo de sociedad en el cual el bienestar material, la movilidad social ascendente y la disposición de bienes culturales no se consiguen si no es a base de la práctica del autoritarismo, la sumisión, el engaño y el “quítate tú para ponerme yo”. Pienso que el libro de SS debe de abrir las puertas a un debate para entender la causalidad estructural del mal que reseña e ir generando las prácticas que conduzcan a una democracia real.