REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Un año más sin ella


Iris Santacruz

René Avilés y yo somos hermanos por la parte Fabila que ambos compartimos. Hace quince años murió nuestra madre, dejándonos en una terrible orfandad, no sólo porque nuestros respectivos padres murieron antes, sino porque nos privó, con su muerte, de una de las compañías más divertidas, cultas y desprejuiciadas que hayamos tenido nunca. Cada quien tiene su forma de procesar los sufrimientos. Mi hermano, escritor él, publicó a los pocos días de la muerte de mamá un conmovedor artículo en la revista Siempre! Y después una espléndida novela. Fue su manera de elaborar su duelo. Yo, que no tengo el oficio y que me he resistido a aceptar su desaparición, como si mi necedad fuera a resucitarla, necesité todo este tiempo para, por fin asumir que ya no la tenemos más.
Era absolutamente divertida, fue habitual para nosotros seguir la borrachera en su casa, donde siempre éramos bienvenidos con todo y la bola de caifanes amigos, como ella les llamaba. Cuando Gonzalo Martré, en un alarde de hombre rudo le dijo que él había sido caifán, mi madre con toda seriedad le respondió: tú, más bien, debes haber sido padrote. Una vez establecido que con ella no valían baladronadas fueron entrañables amigos. Conoció a todos nuestros amigos y, de manera invariable terminó siendo también su amiga: Antonio Castañeda, Toñito para ella, Vicente Granados, Tita Pérez Pría, Julia Alfonso, Raúl Ocejo y muchos más. En la casa de Julia, un departamento en el famosísimo Payton Place de la colonia Condesa, organizó un cine club en el que se proyectaban películas de Juan Orol y, por falta de dinero, se emborrachaba uno con vino caliente, preparado según una receta traída por mi hermano de París en uno de sus viajes de regreso a México. No conforme con su cine club, convenció a los asiduos de que era experta en hacer limpias, y no paró hasta que una pobre incauta se dejó hacer la supuesta limpia, en medio de las risas contenidas de quienes más la conocían.
Buena bebedora como era, desconfiaba de todos los que no lo hicieran y de toda diversión que no proviniera del alcohol. El tequila fue su bebida favorita y era difícil seguirle el paso sin terminar haciendo un ridículo espantoso, mientras ella muy dignamente se iba como si nada a su recámara o pedía un taxi para que la llevara a su casa. Excelente cocinera, como buena madre mexicana que se respete, tuvo especial predilección por su hijo varón, mi hermano, y se dedicó, mientras vivimos juntos, a prepararle sus platillos favoritos, que para desgracia mía siempre aborrecí, como riñones, hígado encebollado y carne, siempre carne. Afortunadamente mi hermano se casó con Rosario, su novia de la prepa y se fueron a vivir por los rumbos de la Colonia del Valle.
Fue ésa la época en que mi madre empezó a ir por mí a la salida de la escuela. Estaba en la secundaria, número 11 en la calle de Belisario Domínguez. Ahora que no tenía que encargarse de que mi hermano, no le importaba que hubiera comida en casa, casi siempre nos quedábamos a comer en algún restaurante del Centro, sitios modestos pero con muy buena comida, generalmente española. A veces, comíamos en la casa, pero primero nos cruzábamos la calle para comprar un hot-dog en la panadería que estaba frente a mi escuela. Caminábamos lentamente hacia la parada del tren, en la calle de Bolívar, comiendo nuestros perritos mientras le contaba cómo había estado mi día en la escuela. La costumbre la mantuvimos aún cuando entré a Prepa 1, a unas pocas cuadras de mi anterior secundaria.
En la Prepa 1 nos alcanzó el Movimiento de 68 y mamá, ya no sólo iba por mí a la salida de la escuela sino que me acompañaba a las marchas, a las guardias, a preparar café y picar esténciles para hacer nuestros volantes en el mimeógrafo que nos prestaban en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Me acompañaba, también, la noche en que “decidimos” acampar en el Zócalo hasta que el presidente Díaz Ordaz saliera al balcón presidencial y respondiera a las demandas de nuestro pliego petitorio.
Esa noche, mientras yo estaba en el Zócalo escuchando a los oradores que nos arengaban a quedarnos, mamá estaba en las instalaciones de la Prepa preparando café, junto con otros padres de familia, que también acompañaban a sus hijos en el movimiento. De pronto los soldados que se habían colocado alrededor del Zócalo, y que aparentemente sólo resguardaban las instalaciones oficiales, empezaron a desplazarse hacia el centro de la plancha y por la calle de Pino Suárez avanzaban algunos tanques o tanquetas, no lo recuerdo. Los soldados nos fueron obligando a desplazarnos hacia las calles de Madero y 5 de Mayo y yo, acompañada por mi amigo Francisco Sánchez Sesma, trataba de regresar hacia la Prepa donde mamá se encontraba. Fue imposible, los soldados habían desplegado una auténtica maniobra envolvente y además los signos de violencia aumentaban conforme nos arrojaban del Zócalo.
Un taxista nos recogió a la altura de la Alameda y nos condujo, a petición nuestra, a lo que era nuestro refugio: Ciudad Universitaria. Yo iba llorando por el miedo y por no saber nada de mamá.
Nos reunimos en el Auditorio de Filosofía y Letras, el Ché Guevara. Aunque nadie nos convocó a reunirnos en ese lugar, de manera natural como atraídos por algo profundo y primario, fuimos llegando poco a poco los recién desalojados. Allí escuchamos los relatos y algunos de los miembros del Consejo Nacional de Huelga trataban de ordenar acciones y hacían análisis de lo que había ocurrido, pero en realidad todo era un caos. Un ambiente de rabia, pero sobre todo de miedo reinaba.
Poco a poco amaneció y, en tiempos de nula comunicación celular y muy difícil comunicación telefónica, no tenía forma de averiguar qué pasaba con mi madre. Empezamos a dispersarnos y sin saber hacia dónde ir, me encaminé hacia la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales que era donde los preparatorianos nos reuníamos cuando estábamos en CU. Hacia allá me dirigía cuando nos encontramos. Nos vimos de lejos y nos echamos a correr, igual que en las películas, nos abrazamos y lloramos largo rato. Estábamos vivas y, lo mejor de todo, juntas.
La prepa fueron años de mucha cercanía con ella y de largas caminatas por el Centro, y también años muy difíciles. Perdimos la casa en la que yo había vivido toda mi vida y empezamos a buscar dónde mudarnos. Cada fin de semana empezábamos el recorrido. Lo bonito era impagable con el sueldo de maestra de mamá y lo que estaba a nuestro alcance era feo, sucio, incluso sórdido. Ahora puedo imaginar la angustia que ella debió sentir en esos tiempos. Sin más recursos que los suyos y sin más apoyo que su eterna fortaleza y sentido del humor.
Terminamos rentando la parte baja de un dúplex en la Colonia Postal. Como pudo, se las arregló para amueblar con cierto decoro el lugar y lo adornaba con unas preciosas flores de papel crepé de colores chillantes que ella misma elaboraba y que me enseñó a hacer. En cestos de mimbre o vara poníamos nuestras flores para alegrar el lugar. Creo que de allí viene mi gusto por las flores de papel que pongo en días de muertos, combinando los naranjas con los morados y los rosa mexicano. En esa casa vivía cuando entré a la universidad y hasta que me mudé a vivir sola por considerar que era lo adecuado a mi edad y condición de joven revolucionaria y algo idiota.
La mudanza significó un conflicto con mi madre quien se opuso a mi cambio y, como era costumbre en ella, amenazó con que si me iba sería irreconciliable. Así lo hizo y dejó de hablarme por varios meses.
La reconciliación vino cuando le informé que había terminado mi tesis de licenciatura y que tenía fecha de examen profesional y que además me casaría. Tal vez lo de la boda no le agradó mucho, pero sin duda lo de la tesis y el examen la hizo sentir muy orgullosa.
Su relación con mi primer marido fue muy afectuosa. Le tomó cariño, tanto que cuando le avisé de mis intenciones de divorciarme rompió en un llanto desconsolado. Posteriormente le presenté a mis demás parejas y traté de que fueran de su agrado. Nunca lo logré. Ése es un pacato, tenle cuidado, me advirtió de uno. Con este nuevo marido tuyo es muy fácil hacer conversación, ironizó de otro, sólo le das un tema, que de preferencia sea él mismo y lo dejas hablar. Ya nadie le pareció bien y conservó hasta el final un gran cariño por mi primer esposo.
Tuvimos, desde luego, muchos altibajos en nuestra relación. Sin embargo, los años la dulcificaron y le bajaron la guardia. Ahora yo podía poner mis condiciones e imponerle mis planes sin que ella chistara.
Vámonos al bajío para festejar las Fiestas Patrias, vamos a Valle de Bravo y me enseñas a cocinar sopa de rabo de res, voy a tu casa a dormir porque no tengo ganas de llegar a mi casa y verle la cara al idiota de mi marido, y así hasta el cansancio. Siempre estuvo dispuesta a seguirme el paso y a acompañarme.
Luego nació mi hijo, su único nieto, y nuestra vida cambió radicalmente. Nuestros horarios y planes se organizaron en torno al bebé y sus necesidades, sin embargo seguimos saliendo a la menor provocación, ahora llevando al niño. Mixquic en Día de Muertos, Querétaro, Tlaxcala o Cuernavaca, en un fin de semana, y Valle de Bravo, siempre Valle de Bravo donde creció mi hijo y donde pasamos tantas horas platicando, escribiendo recetas y apaciguando nuestras diferencias por viejas rencillas. Tuve en estos viajes por carretera y en los fines de semana en Valle, la oportunidad de preguntarle algunas cosas que ignoraba y de reclamarle otras, pero sobre todo, tuve la oportunidad de quererla más de lo que ya la quería y de admirar su resistencia y sentido del humor.
Si ahora pienso en lo que más me gustaba de ella, concluyo que era su afán por marcar una cierta distancia con el resto de la gente. Esta distancia la establecía gracias a su cultura. Siempre se sintió orgullosa de su enorme cantidad de lecturas y de su corrección para hablar y escribir, así que en algún momento decidió hacerle sentir a quienes la rodeaban o simplemente tenían algún contacto con ella, que había una diferencia y empezó a coleccionar las palabras mal usadas, mal pronunciadas o francamente alteradas que como producto de la ignorancia la gente dice, para hacer escarnio de la incultura de los otros, pero también era su forma de reírse de cosas que sólo ella y sus muy cercanos podían entender.
Decía con la mayor seriedad del mundo: Esto es el non pelustra, quiero un guaskei en las rocas, no dejes la botella destapada porque el perfume pierde su tabú, me siento íngrima y sólida. La lista es interminable y ya sin ella carece de toda gracia. Se trata exclusivamente una sarta de pendejadas dichas por gente ignorante y repetidas sin mucho ingenio por mi hermano y por mí.
A las 12:15 horas del 15 de abril de 2000, los médicos la declararon muerta. La cremamos sin muchos aspavientos y puse sus cenizas bajo un cedro limón. Ahora la primera llamada telefónica del día, la hago a mi hermano y sigo tratando de asumir que ella ya no está más con nosotros. Aunque ya entendí que no puedo resucitarla, escribir sobre ella es una forma de mantenerla viva y una forma de dejar constancia de mi afecto.