REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 08 | 2019
   

De nuestra portada

Violencia, deporte y periodismo


Jorge Bravo

Como es costumbre, las tragedias o los incidentes graves nos recuerdan las deficiencias que hemos tolerado. Lo ocurrido la tarde-noche del sábado 20 de agosto en el estadio Territorio Santos Modelo, en la comarca lagunera, cuando se produce una balacera que desconcierta y atemoriza a todos, incluidos los televidentes que seguían la transmisión del partido Santos-Morelia, exhibe la corrupción que hemos consentido como sociedad, así como las reformas que tendrían que hacerse para revertir ese retroceso.

Violencia

En primer lugar, resulta imposible (además de inaceptable) acostumbrarnos a la violencia y considerar que ya es natural y forma parte de la vida cotidiana. Cuando un futbolista entrevistado, o la autoridad misma, revelan que los enfrentamientos en Torreón son cosa de todos los días, lo menos que podríamos hacer es alertarnos y alarmarnos, pero nunca convivir con la violencia. De lo contrario tendríamos que hablar de un Estado de terror (en su doble acepción de situación y de organización política) y, sí, de un Estado fallido, al menos en las regiones o ciudades donde la violencia campea y predomina.

Max Weber decía que el monopolio de la violencia era una competencia del Estado como entidad única. Pero para ser Estado a cabalidad debía conservarse ese monopolio. Eso ya no ocurre en nuestro país, porque ese monopolio está fragmentado y ahora existe un duopolio de la violencia, integrado por las fuerzas del orden y la delincuencia organizada. Esta realidad pone en duda la conformación del Estado en México y, por lo tanto, la vida y seguridad de la
comunidad que lo integra.

La situación de violencia desencadenada y creciente ya es una realidad. Cuando creemos que después de un nuevo atentado hemos llegado a la cúspide de la barbarie y que ya no es posible empeorar, entonces el caos nos sorprende y un nuevo ataque nos ofusca e indigna, además de que corrobora que la violencia no es un estado natural sino una ruptura.

La violencia y la inseguridad pública llegaron para quedarse en México. Es un proceso de podredumbre social y político-institucional que no es posible erradicar de inmediato; llevará años enfrentarlo y solucionarlo si acaso se toman las medidas al respecto. Se requiere una política de seguridad y un conjunto de estrategias y acciones a corto, mediano y largo plazos que impacten de manera favorable y transversal en muchas actividades de la vida colectiva. El error sería incurrir en un estado policiaco, sólo con el despliegue de efectivos del Ejército, la Armada o la policía. La solución transita por el cambio institucional y acciones concretas como declarar jurídicamente los atentados de los grupos de la delincuencia organizada como actos terroristas, como ha propuesto atinadamente el especialista Edgardo Buscaglia.

No es un problema de corresponsabilidad, como de inmediato se apresuraron a decir algunos funcionarios que cuando los problemas los rebasan entonces sí buscan la participación activa de la sociedad, sino de claras (ir)responsabilidades. No pueden compararse las omisiones o las “insuficiencias” éticas o de valores de una sociedad con las de sus representantes políticos. Queda claro que las derrotas y victorias no se reparten de igual manera entre gobernantes y gobernados. No es verdad que el pueblo tiene el gobierno que merece.

Deporte

Si ya sabemos que la violencia tiene ensangrentado al país, es por lo menos increíble que todavía no se hayan tomado las medidas precautorias en espacios y espectáculos públicos, máxime en ciudades identificadas como foco rojo de la criminalidad.

Independientemente del clima de inseguridad, los organizadores del evento mostraron incapacidad para, si no resolver, sí enfrentar la crisis que se suscitó. Pudo desatarse una aglomeración que no ocurrió gracias al diseño mismo del estadio, con salidas francas. Ya existen protocolos internacionales de seguridad para estadios y muchos otros espacios, ya sea en caso de incendios, grescas entre aficionados, terremotos o atentados terroristas. Como era de esperarse, la noticia inmediata fue que la Secretaría de Gobernación y la Federación Mexicana de Futbol revisarían y homologarían los protocolos de seguridad de los estadios para garantizar la seguridad de los aficionados. Faltaba más…
Nadie puede estar del todo preparado para enfrentar una situación de crisis o violencia, impredecible en sí misma, pero sí es posible y exigible activar de manera inmediata mecanismos de seguridad. Por ejemplo, en el sonido local del estadio no se escuchó un sólo llamado a conservar la tranquilidad, lo cual hubiera sido un efecto tranquilizador. La seguridad no consiste –como se practica en México– en abrir fuego a la primera provocación (como si se tratara de una guerra de guerrillas de los años setenta en medio de la selva), violar los derechos humanos de terceros, encender las sirenas y hacer mucho escándalo, desplegar docenas de vehículos, enviar un número atropellado de efectivos sin preparación y que el comandante y el gobernante en turno acudan al lugar de los hechos cuando ya todo está bajo control. Eso no es seguridad ni eficacia sino alharaca.

Es indispensable información estratégica, evaluación de problemas y vulnerabilidades, investigación de riesgos y amenazas, inteligencia y coordinación, informes permanentes, comunicación y tecnología modernas, estrategias, monitoreo y alertas, disuasión y capacidad de respuesta de los elementos de seguridad ante situaciones límite. Es decir, una auténtica infraestructura y sistema de seguridad pública que anteponga la inteligencia a la utilización de la fuerza; esta última es sólo un elemento para garantizar la seguridad, pero no necesariamente es un factor primordial. Desde luego, todo lo anterior es más complicado: requiere capacitación permanente, destinar cuantiosos recursos y erradicar la corrupción sistémica.

Desde que se suscitaron los acontecimientos contra la delegación judía en Munich, durante los Juegos Olímpicos de 1972, han venido reforzándose las medidas de seguridad no sólo en los espectáculos deportivos, sino también en el resto de las actividades. Muchos otros atentados han venido reforzando esas disposiciones, hasta que el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York robusteció la seguridad en edificios públicos y aeropuertos. La criminalidad en México tendría que obligar a una mayor vigilancia y seguridad, lo que implica profesionalizar a los cuerpos policiales y a las fuerzas armadas, con facultades y restricciones muy específicas para evitar abusos.

Periodismo

Si la sociedad y el gobierno deben prepararse para enfrentar una situación cada vez de mayor riesgo e incertidumbre, también los comunicadores y los periodistas. La cobertura de los conductores de TV Azteca, y su posterior suspensión, evidenciaron no sólo el nulo instinto periodístico de los mismos, sino la incapacidad de informar a la sociedad en situaciones de crisis, más allá del consabido amarillismo.

Esa baja en la calidad de las transmisiones deportivas, con conductores avocados a publicitar productos y alburear en todo momento, pero no a explicar los acontecimientos, es un reflejo del propio deterioro informativo y periodístico que no sólo practican las empresas televisivas, sino en general los medios en México, siempre con excepciones. Sin necesidad de incurrir en acaloramientos e improperios, como fue el caso de dos de los conductores de TV Azteca, esa televisora dejó pasar una oportunidad periodística inédita e, incluso, la opción de recuperar la credibilidad en ese tema, considerando que la gran mayoría de la población se informa a través de tal medio.

En marzo pasado Televisa y TV Azteca promovieron la firma de un Acuerdo para la cobertura informativa de la violencia, cuyos principios rectores son el respecto a la libertad de expresión, la obligación de los medios de informar con profesionalismo y la responsabilidad social. Cuando se le cuestionó al ex futbolista Luis García (quien ha llevado la crónica deportiva a niveles ínfimos) sobre las razones de suspender la transmisión de TV Azteca, adujo que no debía hacerse apología de la violencia. ¿Desde cuándo informar y ejercer el periodismo profesionalmente significa exaltar las acciones criminales? El canal de noticias de Televisa, Foro TV, tampoco abordó el tema como hubiera correspondido a un espacio que se ufana de transmitir programas de información y opinión.

El punto ocho del mencionado decálogo señala, respecto de proteger a los periodistas, que “Cada medio debe instituir protocolos y medidas para la seguridad de sus periodistas y reporteros al cubrir la información proveniente de la delincuencia organizada, como lo son no firmar las notas sobre estos temas, hacer notas y coberturas conjuntas con otros medios y no hacer reportes en vivo desde las zonas más violentas.” Sin embargo, nada se dice de capacitarlos para que ofrezcan una amplia cobertura informativa en casos como los ocurridos en Torreón.
Por el contrario, el canal de deportes restringido, ESPN, que transmitía por su cuenta el partido para los abonados a la televisión de paga, sí continuó la transmisión y la cobertura en vivo de los acontecimientos que ocurrían en el estadio lagunero. Se erigió en una opción novedosa, aunque sólo fuera para los escasos suscriptores al servicio. La red social Twitter –como ya es cada vez más común– también se convirtió en una plataforma alternativa y catártica ante el injustificable vacío informativo de TV Azteca y Televisa, aunque acotado para los todavía insuficientes cibernautas.

Aunque no llegó a mayores, este incidente exhibió: 1) un clima de violencia sobre el cual no existe modo de defensa y protección alguna por parte de la población civil, 2) la ausencia de protocolos de seguridad basados en la inteligencia y no en la fuerza y 3) un periodismo televisivo anquilosado e incapaz de responder a las demandas informativas de la gente. Lo anterior fortalece a los delincuentes y debilita a la sociedad.

beltmondi@yahoo.com.mx