REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 08 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Entrevista con Héctor Anaya


O. Fallaci

      Todos los poderes, el poder.
      Todos los miedos, el miedo.

OF: Tu nueva novela, LOS CUADERNOS DE ARIADNA, la anuncia el editor en la contraportada, como una novela del poder. ¿De verdad lo abarca?
HA: No lo dudo, aunque no se limita al poder político, tú lo sabes, porque tuviste oportunidad de leerla en el mecanuscrito, sino que se refiere a todos los demás posibles: el amoroso, el erótico, el policiaco, el tradicional, el familiar, el histórico, el mitificador, el cultural, el mágico, el filológico, el académico y el ficcional, que ejerce quien escribe la obra.
OF: Tus personajes viven y nos hacen revivir una década trágica para México, la de los años 60, que en su momento fue revitalizadora y alegre, pero que al revisarla históricamente, como lo haces tú, vemos que fue nefasta para el país.
HA: Es que no fue una década en México, sino una docena de años, que en rigor gobernó el único presidente que se ha reelegido, luego de la Revolución de 1910, Gustavo Díaz Ordaz, que aparece desdibujado en la novela, y fue quien incubó “el huevo de la serpiente”, el del anticomunismo que él profesaba y el del totalitarismo bíblico que él suponía justificaba su abuso del poder, pues parecía apoyarse en la epístola de San Pablo a los romanos, en la que se predica el sometimiento de la gente a las autoridades superiores, pues según Pablo de Tarso, 'no hay autoridad sino por Dios', así que oponerse a la autoridad era resistirse a la disposición de Dios.
OF: El sosías que tú presentas, Tavo, aparece como un psicópata.
HA: Por su paranoia y esquizofrenia y también por el esoterismo, no documentado, pero sí sustentado. Pero además fue un sociópata, muy parecido a los dictadores centroamericanos de aquellos tiempos, como el teósofo ametrallador de El Salvador, Maximiliano Hernández Martínez.
OF: ¿Tu formación sociológica influye en tu prosa narrativa?
HA: Y en mis escritos periodísticos, teatrales y cinematográficos, en la docencia que ejerzo y en las conferencias que imparto. Pero también mis estudios teatrales y nutricionales. Uno aparece siempre en lo que escribe. Por eso les anticipo a mis alumnos de Creación Literaria: «Si no se quieren encuerar, no escriban», porque sus lectores los van a descubrir, por más que traten de mimetizarse en otros personajes o de plano intenten ocultarse. Me han pedido que escriba mis memorias, pero yo respondo que mi vida está presente en los 26 libros que a la fecha llevo publicados. Allí está mi vida.
OF: En tus tres novelas: El sentido del amor, Vida y Milagros y Los Cuadernos de Ariadna, tus protagonistas son mujeres. ¿Por qué esa preferencia? ¿Les debes algo?
HA: En el estilo ramplón de cualquier funcionario, te podría contestar que desde la vida hasta los máximos placeres, pero como tú acostumbras llevar al diván a tus entrevistados, te diré más seriamente que no estoy pagando ninguna manda, que me ha salido de las entrañas darle a las mujeres ese protagonismo, que no obedece a edipismo alguno, ni a un activismo feminista. Respeto y quiero a las mujeres, estoy muy a gusto entre ellas y soy feliz padre de tres hijas y maestro de muchísimas alumnas. Además, así como decía un famoso boxeador que todo se lo debía a la virgencita de Guadalupe, yo todo se lo debo a mi abuela desalmada, que me enseñó “la magia de las palabras”.
La vida de Héctor Anaya es caleidoscópica. La docencia la empezó a ejercer a los 17 años, cuando comenzó a dar clases de teatro a alumnos de secundaria, que a veces lo superaban en estatura y en complexión y no ha dejado de ejercer el magisterio, aunque sin dedicarse a él de tiempo completo. Sin ser titular, ha dado clases en la UNAM, en la UAM, en la Universidad Pedagógica, en el IPN, fue Maestro fundador de la Escuela de Escritores de SOGEM y ahora privadamente imparte cursos de Redacción Literaria y de Lectura de los Clásicos.
Pero también a los 17 años debutó con escritos periodísticos en el suplemento cultural de Excélsior y a partir de entonces no ha abandonado el periodismo, ya sea el impreso, el televisivo o el radiofónico. Se define entre bromas: 'He vivido con un pie en la farándula y otro en la academia', aunque en rigor su paso por la televisión siempre fue en programas culturales, del añorado tiempo en que Televisa y TV Azteca solían destinar tiempo y dinero a 'las ineptitudes de la inepta cultura'.
Dirigió, produjo y condujo, programas en la radio y la televisión, entre ellos Abrapalabra, el único taller literario radiofónico, aunque una mal informada Sandra Lorenzano, presuma de haber hecho ella el primer programa con esas características; en la actualidad es comentarista de asuntos políticos y filológicos en Radio Red y en Radio Fórmula. Dirigió revistas paradigmáticas como Geografía Universal (la única de divulgación cultural que ha sido distinguida con la calificación oficial de auxiliar didáctico por la Secretaría de Educación Pública), Geo y La aventura de viajar. Fue funcionario cultural: Subdirector de Divulgación Científica y Tecnológica de CONACYT, Coordinador de Extensión Universitaria en la UAM-A y Asesor de la Dirección General de Publicaciones de Conaculta.
Pero pese a sus trabajos extraliterarios, no ha dejado de escribir, pues sus 26 libros escritos, publicados y vendidos, los ha preparado a lo largo de su existencia: La adivinanza, una obra de teatro, se la publicó la Universidad Veracruzana, cuando Héctor tenía 20 años y a partir de entonces no han dejado de editarle libros empresas públicas y privadas como Plaza y Valdés, Patria Cultural, Conaculta, Bellas Artes, Ágata, Castillo, UAM-Xochimilco, IPN, Secretaría de Cultura de Puebla, Conacyt y recientemente PPC XXI, una editorial de su propiedad. La novela Los cuadernos de Ariadna será el libro 27 en su bibliografía, en que destacan: Los parricidas del 68, las novelas El sentido del amor y Vida y Milagros, Cuentos de mediodía y cuentos de medianoche, El suicida; cuento y luego guion cinematográfico; numerosos cuentos infantiles: Cuenta cuenta, Cuentos nuevos para nuevos niños, Cuentos para no dormir; obras didácticas como Etimologías para niños y La magia de las palabras y obras de investigación: El arte de insultar, El patrimonio intangible y Gente con nombre de calle.
Aparte, ha sido editor de calendarios y agendas culturales e impertérrito practicante de deportes, en especial de tenis. Y no ha sido omiso de actividades amatorias, con parejas más que recordables.
OF: ¿Cómo has tenido tiempo para enriquecer tu vida de tal manera y cumplir el sino de sembrar árboles, escribir libros y tener hijos?
HA: Yo más bien creo que sembré tres hijas, escribí árboles y tuve varios libros, que no dejaré de hacer, pues afortunadamente no he conocido y espero no saber de la hoja en blanco o de la pantalla vacía.
OF: ¿Pero cómo has tenido tiempo de vivir tan intensamente y a veces en situaciones de riesgo?
HA: ¡Imagínate que a mis años no hubiera yo tenido aventuras, amoríos, diferentes quehaceres, quereres y deberes! Habría sido mi vida más inútil que la de Pito Pérez.
OF: ¿Guardas algún secreto de longevidad y de actividad?
HA: Bueno, tampoco en nuestros días llegar a los 70 años es longevidad. Pero sí provengo de madera de ahuehuete. Mi padre vivió 97 años y se retiró porque ya no quiso vivir. Por la vía paterna, hubo familiares de más de 100 años, que yo creo se aumentaban la edad, en un rasgo de especial coquetería. Y por lo que hace a la vida prolífica, como terminé la procreación con un trío de hijas queridas, me dediqué a la creación. Nunca he dormido mucho, pues soy de la línea ontológica de Hemingway, quien decía: “Los que realizamos nuestros sueños en vigilia, no necesitamos dormir para soñar”. Así que el tiempo que no dedico a dormir lo utilizo para escribir, leer o hacer otras actividades propias de mi seso. (Y también de mi sexo, ¿por qué no?).
OF: Entre los escritores mexicanos te distingues por tus juegos de palabras, tu sentido del humor y por el conocimiento del lenguaje.
HA: Fui alumno de Salvador Novo, quien siempre enfatizó, en parodia de la marxología de los años 60 que 'El humorismo es la etapa superior de la inteligencia', en vez de 'El imperialismo es la etapa superior del capitalismo', así que en su recuerdo y tal vez por haberlo aprendido bien de él, espero saber trasmitir amenidad en mis escritos y también en su homenaje procuro escribir correctamente, lo que no implica ser súbdito de la Real Academia Española, sino hacerme solidario del real idioma de nuestro tiempo y de nuestra vida, que nada tiene que ver con los barbarismos y solecismos que circulan en los medios impresos y electrónicos y que se multiplican en las redes sociales y en los discursos de ignaros y de presuntos académicos.
OF: ¿El filólogo Marcelino que aparece en tu novela, eres tú?
HA: Tal vez, y a lo mejor soy Víctor, Rodolfo, Miriam, Ariadna, Margie, Maclovia y hasta Rodolfo El Joven y Tavo. Si Flaubert aceptó: Madame Bovary ces't moi, yo también podría decir que soy todos los personajes y hasta todos los poderes.
OF: ¿Rechazas todos los poderes?
HA: No, no soy anarquista, aunque sí me declaro independiente. Huyo de la dependencia, por lo que al margen de mi generación yo no me hice adicto a ninguna droga, ni siquiera a la mota, que era tan común y que me ofrecían de manera gratuita y como preámbulo de placeres concatenados. También he hecho mía una aspiración que le escuché al actor Carlos Ancira: “Llegar vivo al día de mi muerte”, para no depender de familiares y amigos, pues no quiero que me odien por desgraciarles la vida, al hacerse cargo de quien no puede ni comer ni defecar solo.
OF: ¿Por qué, entonces, tu novela se centra en el poder?
–Pues por eso, porque puedo, porque todavía puedo... La verdad es porque lo humano se cifra en la potestad. Hay muchos poderes negativos exhibidos en mi novela, pero también se exaltan los positivos: el amor paternal y el filial, el erótico, el leal de la prima que quiere vengar a quienes violaron, mataron y mutilaron a Margie, el de la palabra bien dicha, el de la vida lúdica y el de la escritura igualmente juguetona. El que sí me parece condenable es el poder superlativo que ejercen los políticos, pero ese poder en el nombre lleva la fama: potísimo. No es mala palabra, sino tan sólo el superlativo de poder. Auténticamente es justicia poética.
OF: El miedo y el terror, también tienen un lugar central en tu novela.
HA: Por desgracia son compañeros de ruta el poder y el terror. Desde el mítico Zeus hasta los mitificados santos hacen sentir su poder al infundir temores y terrores. El supuesto Apóstol de la educación que algunos han creído fue Vasconcelos, ejerció el terror cultural y el intelectual, con quienes fueron sus prosélitos electorales y con quienes cedieron a su seducción.
OF: ¿Por qué la emprendes contra Vasconcelos?
HA: No, yo voy sin celos. Además el propósito de la novela no es revelar quién fue en realidad el llamado “Maestro de la Juventud”. Es, como dicen ahora, un daño colateral. De pasadita se le presentó a mi protagonista Ariadna la oportunidad de quitarle las aureolas al hombre que más admiraba su padre, el corrector de estilo de Vasconcelos, y como ella piensa al igual que yo “sálvese el chiste, aunque se pierda el amigo” [que hace más de 20 siglos me fusiló anticipadamente Quintiliano, aunque él lo escribió en latín para que no fuera tan evidente el plagio: Potius amicum cuam dictum perdere], ve en la novela la oportunidad de desnudar al mito cultural y educativo y rastrea todas las pistas que ayuden a demostrar que ni fue filósofo brillante, ni el Gran Educador, ni el Supremo Editor, ni habría sido el platónico Filósofo que gobierna, sino un anticipado Díaz Ordaz autoritario, porque nada tenía de demócrata, ni de devoto católico, aunque disimuladamente dejó la huella de su mochería en el lema universitario, ya que detrás del laico: “Por mi raza hablará el espíritu”, estuvo su intención de insinuar que era el Espíritu Santo.
OF: ¿Crees que van a atacarte por exhibir así a Vasconcelos?
HA: Ojalá algún vergonzante vasconcelista, pero que de veras lo haya leído, se lance al ruedo, porque es evidente que quienes lo han enaltecido no han conocido realmente lo que él pensaba o escribió. Si Fox, el empleado de la Coca-Cola, hubiera sabido lo que Vasconcelos escribió del tal refresco, no habría bautizado con ese nombre al pomposo mamotreto.
OF: ¿Es una novela fácil de leer?
HA: Te podría contestar para alejar a presuntos lectores, que sigue la estructura que Homero le dio a la Ilíada: anticipación y retardo. Pero la verdad es que son muchas las obras que han seguido el modelo ya probado por Homero, el Macbeth de Shakespeare; la Fuenteovejuna de Lope; el Fausto de Goethe; los Cien años de soledad, de García Márquez; La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán; El perfume, de Süskind, e infinidad de cuentos infantiles. Mi novela sigue un principio que aconsejo: quien debe trabajar es el autor, no el lector, pero no es una obra plana. Tiene muchas referencias cultas, pero no dejo, como acostumbraba el recién fallecido Umberto Eco, que el lector se devane los sesos para averiguar a quien alude una cita. Prefiero aclararla, para que prosiga el lector, y aunque no se acostumbra en las novelas –tal vez algún desprevenido crítico me lo señale–, introduzco en esta novela notas al pie de página que servirán para contextualizar o para orientar al insatisfecho lector.
OF: ¿Qué esperas de esta novela?
HA: Que sea leíble, porque me he esforzado para que resulte legible. Que el lector llegue gozoso al punto final y que recuerde, una página, un párrafo, una línea.
OF: En vista de la amplia temática que abarca, ¿se la debe considerar novela-río?
HA: ¡Por favor! Cuando mucho será un charquito de letras. Los “lagos hemáticos”, que llaman ahora los posmodernos reporteros policiacos, son por cuenta de los gobiernos que se reseñan.
OF: Y a propósito de modernidad, ¿qué significa esa clasificación que el editor pone en la contraportada: “novela historiográfica posmoderna”?
HA: Como la novela roza la historia, pero no es histórica, sino más bien ahistórica, entra en esa nueva categoría que desvela a los teóricos de la Historia, desde que en el siglo pasado cuestionaron “la verdad de la historia”, que todavía un desfasado Procurador de Justicia quiso hacer valer, precisamente para envolver la gran mentira relacionada con los desaparecidos de Ayotzinapa. Por eso fue que me serví del gran creador de la “Historia verdadera”, Luciano de Samósata, el inventor de la ciencia ficción, pues fue el primero que hizo llegar a la Luna, en el siglo II de nuestra Era, a un navegante terrestre, precisamente en un barco volador. De su falsaria Historia verdadera, tomé el epígrafe principal de la novela: «Escribo, pues, sobre asuntos que jamás he visto, aventuras que jamás he oído ni nadie me ha contado, sobre cosas que no existen en absoluto ni tienen visos de que puedan existir. Por lo que mis lectores harán bien en no otorgarles crédito alguno». Así que 'sobre advertencia no hay regaño'.