REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 08 | 2019
   

De nuestra portada

El papa Francisco: expectativas y realidades


Hugo Enrique Sáez A.

El papa Francisco en 2016 realizó por primera vez una visita a la República Mexicana: llegó a la capital el viernes 12 de febrero y se marchó de regreso a Roma el miércoles 17 de febrero, desde Ciudad Juárez, a unos metros de la frontera con Estados Unidos. Fueron jornadas muy prolongadas y de una intensa actividad, que este hombre de 79 años sobrellevó con energía. Desde su llegada al aeropuerto Benito Juárez fue acosado por el poder político nacional que intentaba seducirlo con una recepción oficial folclórica plagada de miembros de la élite plutocrática y política. Los pobres, escondidos bajo la alfombra de la invisibilidad y marginación a que los somete el régimen.
Me parece pertinente contrastar lo que ocurrió en esta ocasión con detalles de la primera visita a México del papa Wojtyla, en enero de 1979. Cabe recordar que la constitución política del país prohibía en ese entonces la realización de cultos religiosos en lugares públicos. Desafiando la ley fundamental de la nación, el polaco ofició misa en el Zócalo ante una multitud entusiasmada por estar en presencia del “representante de Dios sobre la tierra”. Por supuesto, su acción contaba con el beneplácito de las autoridades, ya que el propio presidente José López Portillo lo hizo trasladar a Los Pinos para que en privado celebrara una misa a su madre, uno de los tantos privilegios que un partido hegemónico y casi único se podía permitir. A los pocos meses del evento, renunció el Secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, político brillante, entre cuyos antecedentes debe mencionarse su negativa a ser candidato a presidente para suceder a Díaz Ordaz, quien le proponía modificar el artículo 82 constitucional que lo inhabilitaba para ocupar dicho cargo porque su padre era español. Frente a las críticas recibidas en su propio partido, López Portillo anunció que se multaría con 50 pesos (2.20 dólares) a la Iglesia Católica por la misa en el Zócalo.
Por aquellos años se había expandido el movimiento de la Teología de la Liberación en América Latina, que había fundado comunidades eclesiales de base en diversos puntos donde se asentaban los sectores marginados. Entre otros, significativos nombres de los católicos que adoptaron la opción preferencial por los pobres después de la Conferencia de Medellín (1968) hay que anotar a: Sergio Méndez Arceo en Cuernavaca, Hélder Cámara y Leonardo Boff en Brasil, Oscar Arnulfo Romero en El Salvador (asesinado en marzo de 1980), Gustavo Gutiérrez en Perú, Samuel Ruiz (“Tatik” para los indígenas) en San Cristóbal de las Casas, el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal en Nicaragua (que apoyaba a la lucha de los sandinistas), el padre Carlos Mugica (que habitaba en una “villa miseria” en Buenos Aires y fue asesinado en mayo de 1974 por esbirros de la derecha) y también a Enrique Angelelli, obispo de La Rioja, Argentina, asesinado en agosto de 1976 por la dictadura de Rafael Videla.
En ese contexto, las acciones de los teólogos y los sacerdotes por la liberación se enfocaban en contra de las dictaduras existentes en Uruguay, Argentina, Chile, Brasil, Bolivia y otros países del subcontinente. Karol Wojtyla dirigió sus misiles ideológicos en contra de esta tendencia religiosa dentro de la Iglesia Católica. En la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano realizada en Puebla el papa pronunció estas palabras a las jerarquías católicas reunidas para escuchar las directivas de la máxima autoridad de la Santa Sede, a quien se considera “infalible”:

…se pretende mostrar a Jesús como comprometido políticamente, como un luchador contra la dominación romana y contra los poderes, e incluso implicado en la lucha de clases. Esta concepción de Cristo como político, revolucionario, como el subversivo de Nazaret, no se compagina con la catequesis de la Iglesia.

A lo anterior agregó que con sus actitudes los teólogos de la liberación (sin nombrarlos así, sólo aludiéndolos) negaban el origen divino de Jesús. Estas disquisiciones doctrinales no concordaban con el Concilio Vaticano II; más bien se remontaban a la Contrarreforma surgida del Concilio de Trento (1545-1563). No sólo ignoró la represión y los asesinatos de luchadores sociales así como la explotación de los pueblos bajo el yugo militar, sino que se mostró cómplice de los gobiernos totalitarios en sus posteriores visitas a Chile y Argentina. En Nicaragua, por ejemplo, se negó a dar la comunión a Ernesto Cardenal.
Su conservadurismo en apoyo a Reagan y Margaret Thatcher se justificaba en que había vivido vigilado por el régimen dizque comunista de Polonia. Sin embargo, su ceguera selectiva le permitió proteger a pederastas y establecer su alianza con nefastos personajes como el fundador de Los legionarios de Cristo, Marcial Maciel, además de su tácita simpatía por los dictadores latinoamericanos. Su mayor mérito fue acceder al espectáculo mediático para darle mayor presencia a su religión entre las masas. Le ayudó en ese propósito, una cierta habilidad teatral que lo conducía a gestos bastante vulgares pero efectistas como besar la tierra a la que llegaba.
Ahora bien, la situación mundial en 2016 es sumamente compleja y amenazante, tanto para el planeta como para la supervivencia de sectores muy pobres en todos los continentes. Al asumir en sustitución de Benedicto XVI, por los antecedentes del cardenal Bergoglio no se esperaba que emprendiera una renovación de la iglesia y que privilegiara medidas de austeridad y de humildad en un intento por lograr el aggiornamento de la pesada maquinaria del Vaticano. Ése fue uno de sus objetivos en México al desplazarse por Ecatepec (un suburbio de la capital, pobre y azotado por la delincuencia), por San Cristóbal de las Casas (en un estado con 27% de población indígena), por Morelia (capital del Estado de Michoacán, donde más de 80 municipios de los 113 están controlados por el narcotráfico) y Ciudad Juárez (que hace algunos años era la ciudad más violenta del mundo, marcada por los frecuentes feminicidios). El mensaje era claro: en esos sitios (y en muchos más) se percibe el contraste entre la riqueza acumulada por unos pocos y la miseria, el desamparo y la inseguridad de una mayoría explotada y sin futuro, como los jóvenes a los que aludió el visitante.
Las relaciones diplomáticas con la Santa Sede se habían reanudado durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, interrumpidas en varios momentos desde la época de la Reforma en el siglo XIX, y muy sangrientas durante la guerra cristera (1926-1929). En consecuencia, Francisco vino a México como jefe de Estado, y en contra de las expectativas de que causaría un escándalo al denunciar la corrupción y los privilegios del régimen político bajo el presidente Peña Nieto, se mostró respetuoso de las instituciones, sin renunciar a señalamientos muy precisos y certeros acerca de lo que se espera de la conducta de un cristiano. Rafael Cardona, un periodista vocero de los más anquilosados políticos retrógrados, a raíz de su ignorancia calificó de una invasión al espacio de Juárez la presencia del pontífice en Palacio Nacional. Al pobre Juárez lo invocan los mediocres cuando conviene pero no practican su “honrada medianía”.
En absoluto dejó de ser incisivo y al mismo tiempo respetuoso el obispo de Roma (como se autocalifica), dado que expuso con claridad lo que es su política para la iglesia, aunque en algunos oídos debe de haber sido urticante escuchar descripciones de sus hipocresías y mentiras, dichas siguiendo aquel viejo dicho: “te lo digo a ti, ventana, para que lo entiendas tú, mi dama”. Por ejemplo:

La experiencia nos demuestra que cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano, la vida en sociedad se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo. Discurso de Francisco en Palacio Nacional

En el colmo del cinismo, esas palabras fueron rubricadas con un cerrado aplauso por los políticos convocados a Palacio Nacional. Quienes sí violaron las normas del Estado laico fueron los mismos políticos aplaudidores, que le pidieron la bendición, algo que el papa consideró inapropiado llevarlo a cabo en ese recinto de las máximas autoridades del Estado laico. El oportunismo de los políticos continuó en diversos actos, sedientos de obtener una foto con el huésped o de besarle su anillo, como lo hicieron dos gobernadores. De alguna manera obedecían al extinto y sempiterno líder de la CTM, Fidel Velázquez, cuando amonestó: “el que se mueve no sale en la foto”. El colmo del abuso fue la imposición del gobernador de Chiapas, que junto con otros fariseos ocupó las primeras filas en San Cristóbal de las Casas, pese a que la voluntad del Vaticano era que los indígenas fueran los únicos invitados.
En suma, quedó claro el resumen que publicó Jorge Zepeda Patterson en el periódico El País (17 de febrero de 2016)

Pero también es cierto que hizo lo que ningún Pontífice en las seis visitas anteriores. Reconvino a los políticos y a los pudientes por su corrupción, pidió perdón a los indígenas por la exclusión, la miseria y la explotación; hizo un homenaje a Samuel Ruiz, el obispo de los pobres quien en vida fue marginado por sus superiores; exigió a los curas a no resignarse ante el crimen y la violencia; cuestionó el feminicidio tan ignorado por el clero. En suma, si bien no rehuyó la alfombra roja con que lo recibieron las autoridades políticas y eclesiásticas, acudió a las zonas candentes de la geografía para poner el dedo en las llagas purulentas de los grandes males nacionales.

Quizá ocurrió en Morelia el hecho más importante para el Vaticano, cuando el prelado se reunió con religiosos tanto de la jerarquía como de la base, los que están en contacto directo con el pueblo raso. En un momento del sermón los exhortó a que no se dejaran tentar por el pecado de la “resignación”. Y esta posición contrasta con algo histórico, porque la resignación ha sido una pieza clave de la evangelización en América Latina. A las masas se las ha educado para que aceptaran un destino inmutable y para que permanecieran en la pasividad. Al tiempo que criticaba la sumisión al poder del dinero, exhortaba a resistir frente a la delincuencia o a las imposiciones gubernamentales. En cambio, a los jerarcas los puso en cintura para que dejaran de conspirar.
En San Cristóbal de las Casas, con humildad, pidió perdón a los pueblos originarios por las vejaciones sufridas, de las que también fue responsable la Iglesia Católica. El Concilio Vaticano II impulsado por Juan XXIII había determinado que la misa ya no se celebrara con el sacerdote de espalda a los fieles y que en lugar de latín se emplearan las lenguas vernáculas, pero eso no se aplicaba con los indígenas. El pontífice vino a anunciar que incluso se imprimiría una biblia en alguna lengua de los indígenas.
Entre las críticas vertidas a su recorrido por los distintos puntos del país, se ha mencionado que no recibió a los padres de 43 muchachos de Ayotzinapa secuestrados. En el avión de regreso, explicó Francisco que había recibido multitud de pedidos de audiencia por parte de grupos que buscan a los desaparecidos en distintos lugares de México. Yo me imagino que hasta el padre Solalinde, amenazado de muerte por el narco a causa de que defiende a los migrantes, debe de haber intentado obtener una audiencia.
Por último, un aspecto que no ha recibido mayores comentarios. La masa de los creyentes que cada 12 de diciembre concurre a rendir culto a la virgen de Guadalupe, ¿cómo experimentaron la visita de su santo padre? Cabe subrayar algo significativo: la religión católica en México combina elementos de la evangelización europea con prácticas y creencias prehispánicas. Por consiguiente, su relación con la figura del pontífice y otros símbolos de la iglesia adquiere ribetes mágicos. Verlo de cerca, recibir un beso o una caricia del Vicario de Cristo en persona, o un saludo desde el papamóvil, proporciona una experiencia casi equivalente a una hierofanía, una manifestación de lo sagrado. Ellos, los que creen por encontrar un refugio para su indigencia, seguirán obedeciendo a las autoridades de su iglesia, con renovado espíritu por sentir que el pastor se encarga directamente de cada una de sus ovejas. ¿Veremos alguna vez que un presidente se acerque a cada uno de los ciudadanos de México?