REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 07 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Juárez el impasible


Héctor Pérez Martínez

La segunda muerte de Benito Juárez
Hace unos días finalmente se rompió el pacto que el Estado mexicano mantenía, sin duda temporalmente, con la Iglesia católica. El laicismo dejó de existir. El fenómeno es complejo pero desde que Lázaro Cárdenas dejó la presidencia de la república comenzó a gestarse. Su sucesor, Manuel Ávila Camacho, anticipó el futuro al señalar que era creyente. Podía serlo sin necesidad de tales declaraciones. Pero dejaba claro el mensaje de una revolución que agonizaba luego de su esplendor obtenido bajo el gobierno cardenista. Si antes había delicadeza en las relaciones con la Iglesia, hoy son más que amigos, aliados. La clase política que alguna vez se dijo laica, ahora reza y comulga en plena calle, lo que estaba expresamente prohibido por la Constitución de 1917.
El portazo al laicismo, se dio justo en Palacio Nacional. Allí, a unos metros del lugar donde Benito Juárez trabajó por años y muy cerca del lugar donde agonizó. No deja de ser irónico que Peña Nieto se haya inclinado ante los representantes de una deidad, no lejos del hombre que tanto batalló por liberar a la patria de los invasores franceses y de los ejércitos conservadores.
Por tal razón, y a manera de Réquiem, nuestra revista ha seleccionado un fragmento significativo del extraordinario libro de Héctor Pérez Martínez, Juárez el impasible. Vale la pena recordar cómo falleció ese gran liberal mexicano considerado un patricio no sólo de México sino del continente entero. Comparar su atroz final con la fiesta que a unos metros de su habitación Peña Nieto dio para que la clase política mexicana, tan corrupta como envilecida, le rindiera pleitesía al Papa.
Las comparaciones son válidas. Hubo otro México.

El Búho

Juárez el impasible
Héctor Pérez Martínez

     En bronce o duro mármol esculpido, no admires, no,
     su refulgente nombre, ni con su pompa funeral
     te asombre la rica tumba en que le ves dormido.
     IGNACIO MARISCAL

Se afianza en el sillón, y espera. Juárez ha sido siempre un hombre en espera. Desde su niñez lejana, cuando apacentaba las ovejas de su hato; cuando a la puerta de la escuela de San Pablo Guelatao escuchaba palabras desconocidas para él; cuando los golpes de la fortuna le fueron elevando, siempre esperó. Su vida fue una sucesión de accidentes presididos por la esperanza. Frente al destino irremediable, frente al dolor, cuando nadie aguardaba sino el caos y la derrota, su instinto le mandó cerrar los ojos y tomar esa actitud no por estoica fatalista, porque su espera estaba llena de fe.
Tuvo conciencia de su destino, porque, además, éste era el de la ley.
Cuando Ocampo, González Ortega y Lerdo de Tejada (padre) protestaban y huían de él acusándolo de traicionar los elementales principios de la causa, Juárez había tenido la premonición de que la única manera de salvarla estaba, precisamente, en aferrarse a ella y pasar por encima de contingencias y aun de algunos de sus principios, para hacerlos luego más firmes e invulnerables.
Tenía una actitud mística, irreductible y ansiosa para la obra de su generación y de sus propias manos. Y es ahora, cuando su espera se llena de silencios, que vuelve sobre los pasos de su vida y la contempla desde lejos con un gesto íntimo de satisfacción y amargura.
Comprende que esa obra está en peligro, cuando menos, de tomar una trayectoria distinta de la que él le imprimiera. En este momento se va sintiendo solo ante el poderoso enemigo que se levanta lleno de audacia y juventud a reclamar su sitio, ese sitio que él ha ocupado por largos quince años. Le desazona esa incomprensión la intransigencia que le acusa de detentar el Poder por el Poder mismo, cuando él busca únicamente la perfección del Estado, su rescate, asegurar que en el futuro ninguna facción habrá de entronizarse, que los principios no se prostituirán, que México ha llegado, por fin, mediante el respeto a la Ley, a ser esa patria insigne que ha soñado quien únicamente merece estos ensueños.
En este repaso entrañable contempla un luminoso punto del que parte la renovación de la Patria: la Reforma. Otro más brilla sin igualamientos: la lucha contra el invasor. En estas dos tareas inmensas, sobrehumanas, como que ha debido hacerlo todo: crear un ejército, dirigir la lucha, afirmar la esperanza en el pueblo; en estas dos tareas, su vida y su energía no se consumieron por entero. Su frente está abrumada; la piel se le desencaja del rostro; las manos le han empequeñecido y la ancha espalda que lució y apoyó su menuda figura se le viene sobre el pecho y casi le aplasta. Es cierto. Pero su espíritu batallador sobrevive. Sigue siendo el hombre de bronce impasible.
Lee el Plan de la Noria y sonríe decepcionado. Él, en su hora, afirmó por igual modo que era un fraude la reelección continuada del Ejecutivo, y es cuando siente que su propia reelección es una forzosa necesidad para el bien de la democracia que ha alentado en su vida. En otra forma, el sistema mismo democrático cuyo más puro representante es él, va a rodar estrepitosamente, conculcado sin los puros ideales que Juárez encarna.
Además, el de México es un pueblo joven, recién salido de la dominación española, inexperto e hirviente, con un rumbo apenas trazado. Un pueblo que en el desperezo de largo sueño va en una ciega carrera que casi le lleva al suicidio. Este pueblo necesita un freno que haga menos profunda la diferencia que hay entre pupilaje y libertad.
Juárez piensa así de todas estas cosas; conoce esos, a su parecer, grandes males contra los que ha querido ejercitar grandes remedios. Mas el presidente envejece y el pueblo se encuentra cada día más joven, más dueño de sus destinos. Con esta avalancha no podrá D. Benito. Se resigna y espera.
Oficialmente se prepara para la lucha, anima a sus generales, habla de auxilios y de la opinión pública, que nunca le han faltado; condena de antemano esa malversación de la moral política que hacen los enemigos del Gobierno que representa, y queda ante todos en el punto de dignidad que ha de sostener perennemente.
Otra cosa hay que amontona sombras sobre su frente: un dolor vago que le acosa de improviso. Le tiembla el pecho, los labios se le alargan en una mueca desesperada. Estos sufrimientos se le anuncian con un aura de malestares y sudores, y entonces escapa de su despacho y corre a la alcoba desierta para no dar el espectáculo de su mal.
Allí, escondido, solo consigo mismo, frente a frente a su pasado y su vida, mira que no todo está roto. Él es presa de vacilaciones y torturas a las que se sobrepone para volver a la tarea íntegro y sereno.
Es cuando realiza el balance de sus afectos y se siente un hombre seco, sin ternuras actuales. Un hombre cuya gran pasión es sólo la de la libertad.
Para tantos que le amaron, tuvo la respuesta de su sobriedad. Es que su vieja sangre zapoteca ha conservado la tradición de la insensibilidad, y él, como retoño legítimo de su tribu, no podrá adaptarse a las formas exteriormente entrañables.
Y recuerda la fatalidad que ha seguido a todos sus amigos, como si el estar cerca de él fuera bastante para señalar con un final sangriento a los hombres: Ocampo, Degollado, Leandro Valle, Comonfort. Y recuerda también a los otros hombres que intervinieron en su vida cuando ésta se identificaba con la de México; Maximiliano, Miramón, Mejía, Carlota. Si pudiera vivir un poco más, contemplaría el abatimiento del general Prim en la calle del Turco; el intento de asesinato de Bazaine.
Este dolor que experimenta se complica con el otro sordo que hiere su carne y atormenta con un latir desesperado sus arterias. Porque ahora, además de esos ataques y esos sudores, su frente arde, se consume con el ruido tenaz de la sangre en las sienes.
No, no hay paz posible para él; no hay tranquilidad suficiente para apaciguarle; no hay mano que, acariciando sus cabellos nevados, pueda traerle la conformidad; ni hay lengua amorosa que le calme, ni ruidos domésticos que le distraigan de esos otros interiores que escucha asombrado y temeroso.
Comprende que la hora de la muerte llegó. Se sienta en el sillón y espera.

*

«La angina de pecho, que con más o menos crueldad ataca a otras personas —dice el doctor Ignacio Alvarado, que atendió a Juárez en sus últimos momentos—, desplegó su más extraordinaria energía cuando tuvo que habérselas con un héroe, como si fuera un ser racional que comprendiera que, para luchar con éxito con aquella alma grande, era indispensable ser también grande en la crueldad.
Dos horas hacía apenas que estaba yo a su lado cuando la opresión del corazón con que empezó se transformó en dolores agudísimos y repentinos, los que veía yo, más bien los que adivinaba en la palidez de su semblante. Aquel hombre debía estar sufriendo la angustia mortal del que busca aire para respirar y no lo encuentra; del que siente que huye el suelo en que se apoya y teme caer; del que, en fin, está probando a la vez lo que es morir y seguir viviendo. La enfermedad se desarrolló por ataques sucesivos; los sufre en pie. Vigorosa es la naturaleza, indómita su fuerza de voluntad, y aun desplegada toda ésta no le es dable sobreponerse por completo a las leyes físicas de la vida, y, al fin, tiene que reclinarse horizontalmente en su lecho para no desplomarse y para buscar instintivamente en esta posición el modo de hacer llegar a su cerebro la sangre que tanta falta le hace. Cada paroxismo dura más o menos minutos, va desvaneciéndose después poco a poco, vuelve el color a su semblante y entra en una calma completa; el paciente se levanta y conversa con los que le rodeamos de asuntos indiferentes, con toda naturalidad y sin hacer alusión a sus sufrimientos; y tal parece que ya está salvado, cuando vuelve un nuevo ataque, y un nuevo alivio, y en estas alternativas transcurren cuatro o cinco largas horas, en que mil veces hemos creído cantar una victoria o llorar una muerte.
»Serían las once de la mañana de aquel luctuoso día, 18 de julio, cuando un nuevo calambre dolorosísimo del corazón lo obligó a arrojarse rápidamente al lecho; no se movía ya su pulso, el corazón latía débilmente; su semblante se demudó, cubriéndose de las sombras precursoras de la muerte, y en el lance tan supremo tuve que acudir, contra mi voluntad, a aplicarle un remedio muy cruel, pero eficaz: el agua hirviendo sobre la región del corazón. El señor Juárez se incorporó violentamente al sentir tan vivo dolor, y me dijo, con el aire del que hace notar a otra una torpeza:
»—¡Me está usted quemando!
»—Es intencional, señor; así lo necesita usted.
El remedio produjo felizmente un efecto rápido, haciendo que el corazón tuviera energía para latir, y el que diez minutos antes era casi un cadáver, volvió a ser lo que era habitualmente: el caballero bien educado, el hombre amable y a la vez enérgico.
»Parece que yo mismo estoy desmintiendo, con el hecho que acabo de relatar, esa fuerza de voluntad que lo caracterizaba, supuesto que no supo sobreponerse al dolor de una quemadura; pero no es así, no; el dolor lo cogió de improviso, y su naturaleza, dejada a la influencia de las leyes físicas y sin el freno del espíritu, reaccionó como era necesario que reaccionara, en virtud de esas mismas leyes, con un fenómeno de los que llamamos reflejos; le sucedió lo que al valiente capitán que se demuda involuntariamente al escuchar los primeros disparos; la palidez de su semblante es un fenómeno reflejo que no está en su mano dominar, como no puede dominar la virgen tímida la rubicundez de su rostro al oír las primeras palabras de amor.
»Después de este lance el alivio fue tan grande y tan prolongado que se pasaron cerca de dos horas sin que volviera el dolor; la familia se retiró al comedor, y quedando yo solo en compañía suya, me relataba, a indicación mía, los episodios de su niñez, la protección que le había dispensado el señor cura de su pueblo, etcétera, etc., y cuando yo estaba más pendiente de sus labios, se interrumpió repentinamente, y clavando en mí fijamente su mirada, me dijo casi de modo imperativo:
»—¿Es mortal mi enfermedad?
»¿Qué contestar al amigo, al padre de familia, al jefe del Estado? Pues la verdad, nada más que la verdad; y procurando disminuirle la crueldad de mi respuesta, le contesté, con la vacilación siguiente a lo imprevisto de la pregunta:
»—No es mortal en el sentido de que ya no tenga usted remedio.
»Comprendió en el acto perfectamente lo terrible de mi respuesta, y no obstante que ella quería decir: «Tiene usted una enfermedad de la que pocos escapan», continuó inmediatamente su interrumpida narración en el punto mismo en que la había dejado, como si la sentencia de muerte que acaba de oír hubiera de ser aplicada a otra persona que no a él mismo. No le vi inmutarse; no le vi vacilar en su palabra, ni trató siquiera de pedirme las explicaciones que tanto deseaba yo darle. ¿No es verdad que se necesita una fuerza de voluntad para hacer lo que hizo? ¡Cuánto dominio sobre sí mismo! Un hombre vulgar habría insistido en conocer los pormenores de mi juicio, habría hablado de tomar las medicinas usuales en estos casos, habría, por lo menos, manifestado, en la expresión de su fisonomía, el estado de ánimo del que, como él, acababa de saber que está al caer dentro del sepulcro, dejando en sus bordes seres muy queridos de su corazón. Esperó para conocer su sentencia a que su familia no estuviera presente, para no acongojarla; y aprovechó la distracción de mi atención para que al hacerme de improviso su pregunta no tuviera yo tiempo de estudiar la respuesta. Su conducta fue fríamente calculada, y para calcular se necesita de un reposo moral, que, en circunstancias tan solemnes como aquéllas, solamente puede dar la fuerza de voluntad de un alma grande.
»Aquella calma de tres horas pronto desapareció, y un nuevo ataque más formidable, más repentino y más prolongado que el de la mañana, vino a perturbar la reciente tranquilidad de los que le rodeábamos, e inútiles fueron cuantos medios empleé antes de ocurrir otra vez al agua hirviendo; fue al fin preciso venir a él, porque ya no sentía yo el pulso debajo de mis dedos. Le anuncié lo que íbamos a hacer, y con la más perfecta indiferencia y con la calma más imponente —y la llamo imponente porque la palidez de su semblante, la falta de pulso y su respiración anhelosa estaban anunciando que el término funesto se acercaba a grandes pasos— se tendió en el lecho, él mismo se descubrió el pecho sin precipitación y esperó sin moverse aquel bárbaro remedio. Lo apliqué sin perder tiempo, y aún me parece que estoy mirando cómo se crispaban y se extendían alternativamente las fibras de los músculos sobre los que se dirigía mi operación, señal evidente de un dolor agudísimo; dirigí mi vista a su semblante... ¡Nada! Ni un solo músculo se movía, ni la más ligera expresión de dolor o sufrimiento; su cuerpo todo permanecía inmóvil, y esto, cuando al quitar el agua se levantaba una ámpula de varias pulgadas sobre su piel vivamente enrojecida. ¡Qué de dolores dejaban transparentar aquella ámpula y aquel crispamiento de los músculos del pecho, y cuánta fuerza de voluntad proclamaban la impasibilidad de su semblante y la quietud de su cuerpo! La primera vez que le quemé sin que él estuviera prevenido, su cuerpo reaccionó como tenía que hacerlo, con los movimientos reflejos que exigen las leyes de nuestra organización cuando no domina la voluntad, y en la segunda ocasión, en que ya estaba prevenido para el dolor, no quiso mover el cuerpo y no lo movió; no quiso expresar el dolor en su semblante, y no lo expresó, quedándose impasible, como si su cuerpo fuese ajeno y no suyo propio.
»Entretanto, desde la mañana había volado por la ciudad la noticia de la enfermedad del presidente y ocurrieron a verlo sus ministros y sus incontables amigos políticos y personales, y por razones que no es difícil comprender, se ocultó tan cuidadosamente al público la gravedad de la situación, la que solamente conocíamos la familia y yo, que todos quedaron creyendo que simplemente se trataba de un reumatismo de la rodilla, y para que no se desvaneciera esta creencia, a nadie se permitió la entrada a la recámara. En esa inteligencia, uno de los secretarios de Estado, el de Relaciones —Lerdo de Tejada— quería hablarle de algún asunto de su ramo, y el señor Juárez le mandó suplicar cortésmente que lo dispensara por aquel día. En la tarde, el mismo ministro insistió en verlo, manifestando que era un negocio urgente, precisamente en los momentos en que el dolor del corazón era muy intenso, en que la respiración era jadeante y en que había desaparecido completamente el pulso. Aquel hombre que llevaba ya doce larguísimas horas de ser la presa de una muy dolorosa enfermedad, y que por esto su energía debería estar agotada, se levantó con calma, sin manifestar ni impaciencia ni contrariedad; arregló su corbata, cubrióse con una capa, se sentó en un sillón y ordenó que entrara el ministro, y haciéndole sentar frente a él, escuchó con atención el asunto delicadísimo que llevaba, discutiendo los principales puntos y dándole, por último, su resolución definitiva y acertada. No había en su semblante en esos momentos nada que revelara el espantoso dolor que le estaba carcomiendo una de sus entrañas; nada que diera a conocer que esa entraña era ya impotente para hacer llegar la sangre hasta la cabeza, y si no hubiera sido por unas gotas de sudor frío que yo enjugaba de su frente y por la palidez indisimulable de su semblante, aun yo mismo habría creído que estaba sano, pues que a impulsos de su voluntad llegó a dominar toda manifestación de sufrimiento, hasta lo anheloso de su respiración, no quedándole más que una aceleración de ella. El ministro se separó deseándole que continuara el alivio del reumatismo, sin haber sospechado siquiera que había estado discutiendo negocios graves de Estado con un semicadáver, en quien el corazón se estaba despidiendo de la vida.
»Aún hay más: una hora después de haber salido el ministro, solicitó hablarle uno de los generales más distinguidos, a fin de pedirle sus últimas instrucciones para la campaña que iba a emprender al día siguiente, y no vaciló en admitirlo inmediatamente, no obstante que le faltaba el pulso hacía varias horas y que su situación era completamente desesperada.
»Lleno de admiración, vi al señor Juárez discutir con él, de la manera más tranquila, lo que era conveniente hacer; todavía no comprendo cómo pudo su cerebro casi exangüe recordar qué personas residían en las poblaciones que iban a ser en breve teatro de la campaña, cómo podía traer a su memoria las cualidades morales y los antecedentes políticos de esas personas, con tanta exactitud, que pudo indicar al general a quiénes era conveniente tratar con severidad, a quiénes había que halagar, de quiénes desconfiar y a quiénes tener por amigos. En una palabra, dio los pormenores todos que daría una persona que tiene concentrada por completo su atención en un asunto de interés y que está libre de toda otra preocupación; es decir, hizo abstracción de su persona en los momentos de morir, para no pensar más que en el bien público en cumplimiento de su deber.
»Todas las personas estaban consternadas. Poco antes de las once de la noche el presidente llamó a un criado a quien quería bastante, llamado Camilo, oriundo de la sierra de Ixtlán, y le dijo que le comprimiera con la mano el lugar donde sentía intenso dolor. Obedeció el indígena, pero no podía contener las lágrimas.
»Momentos antes de morir estaba sentado tranquilamente en su cama; a las once y veinticinco minutos se recostó sobre el lado izquierdo, descansó su cabeza sobre la mano, no volvió a hacer movimiento ninguno, y a las once y media en punto, sin agonía, sin padecimiento aparente, exhaló el último suspiro.
»Yo dije esta sola palabra:
»—jAcabó!
Le contemplamos con una emoción que no trataremos de describir en su recámara, encima de la cama de bronce, vestido de negro, pálido, pero con la fisonomía tranquila, sin contracción alguna, y pareciendo más bien dormir con el plácido y pasajero sueño de la vida que con el eterno y profundo de la muerte.»

*Héctor Pérez Martínez. Juárez (El impasible). Espasa, Calpe Argentina, S.A. Colección Austral. Tercera edición. P.p. 165 al 174.