REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 08 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Matanchén


Gerardo Ugalde

En 1991 la editorial jalisciense Hexágono publicó una novela de título Matanchén escrita por el autor Augusto Orea Marín. Autor de escaso renombre a nivel nacional. Muerto en el 2011. Carezco de más datos biográficos, saltemos a este vano intento de crítica.
Según el absurdo canon que no viene al caso citar, la novela debe estar escrita en capítulos, cosa que ésta no tiene, es un largo (no tanto, la novela no cifra en sus páginas más de doscientas) diálogo entre un tal Juan Gamuza y Epitacio Fletes, hombres de campo, cercano éste a la costa. Matanchén existe, es una población del estado de Nayarit. Particularmente la gloria literaria de este estado no ha reflejado una novela que la caracterice. No tiene a su Rulfo o Arreola como el sur de Jalisco, Sabines y Castellanos en Chiapas, la literatura de la revolución escrita por los norteños, o toda aquélla producida por el narco. La literatura de Nayarit conocida (es más un decir, por hacer un poquito más largo este texto) es la cultura wixarika o huichola. Esta obra refleja el ambiente literario de nuestro país, centrado en las modas de las élites. Nunca en la sana práctica del arte.
La literatura campesina en México se ha perdido, un reflejo de que la agricultura está para dar pena, cosa que es más que una realidad contundente, una verdadera tragedia. Sin embargo olvidemos que esto es un texto que desea hablar de una narrativa fina, moderna, precisa y cargada de un lenguaje distinto. No sólo porque es un intento de imitar el lenguaje de la gente de aquel lugar. Esta narración es una mezcla del realismo seudo-antropológico que caracterizó toda la literatura del siglo XX. Escribir como si el pueblo hablara. Imitándolo para reivindicar sus usos y sus costumbres. Los cuales por alguna extraña razón siempre son místicos y crueles al extremo. Tal vez porque el molde de la literatura campirana está hecho una cuchilla la cual antes derramó sangre. El diálogo entre Juan Gamuza y su compadre, el de siempre, un cliché de la amistad, sube al monte a buscarlo. Platican sus vidas y la de aquellos que los rodearon, pistoleros de un hacendado; los dos cuentan sus conciencias; de ahí resulta que la novela no use un sistema de capítulos, sino de por medio está el flujo verbal entre aquellos hombres durante una noche.
Novela de campo sí, pero no del clásico atiborrado de maíz. Matanchén, de clima tórrido es más práctica agrícola para el tabaco. Los zancudos vuelan en el aire en busca de carne. El humor de los lugareños es de miedo y desesperanza. Como si se hallaran ante la puerta del Inframundo. Epitacio Fletes, compadre de Juan, le comenta que irá con Cleto, el ciego, a que lo contacte con el Toro Barcino, un trasunto del mismísimo Satanás. Durante la novela se le nombra de distinto nombres: Cotón Prieto, Burro Manso, Toro prieto, Guajolote cundo o Chivo prieto. Lo cual, como explica el personaje es porque el demonio se aparece en la forma de tales animales. Como escaleras de una torre de un castillo gótico, la trama asciende hasta franquear la entrada a una cámara sangrienta. El horror que uno lee no se asimila como tal, sino como una historia simple de muerte, venganza y ambición. La conciencia no sólo de aquellos que inician la trama, sino de todos los otros personajes, los cuales van enredándose más y más en la expresión cruda, tosca y a veces un poco incomprensible que utilizan, para hacernos entender que todo está en la manera en cómo se cuentan las cosas.
Creo que la calidad de un texto va por las lecturas que se le realizan, la novela de Augusto Orea Marín al menos vale un par.