REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 05 | 2019
   

De nuestra portada

¿Quién gobierna? ¿El Estado nacional o los mercados mundiales?


Hugo Enrique Sáez A.

Byung-Chul Han, escritor en alemán nacido en la República de Corea del Sur, se doctoró en Freiburg im Breisgau, Alemania, con una tesis sobre Heidegger. Ha sido académico en Karlsruhe y ahora imparte clases en la Universidad de las Artes de Berlín. Sus numerosos ensayos, centrados principalmente en el análisis sobre los cambios experimentados en la sociedad a raíz de la globalización neoliberal en curso, conmueven hoy el diálogo filosófico en Europa. Un concepto clave de su arsenal teórico se halla en la idea de “empresario de sí mismo”, como sujeto distintivo de esta fase de la historia humana. Según sus argumentos, el sujeto de obediencia de etapas anteriores del desarrollo capitalista se sustituye en la actualidad por un sujeto de rendimiento.

'El sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo. De esta manera, no está sometido a nadie, mejor dicho, sólo a sí mismo. En este sentido, se diferencia del sujeto de obediencia. La supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad; más bien hace que libertad y coacción coincidan. Así, el sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento.'

Más allá de que se trate de las instituciones estatales o de las organizaciones privadas, los actores sociales son interpelados como productores de un mercado en el que maximizan su rendimiento. Cualquier empleado de banco se capacita por medio del coaching y se lo evalúa para calificarlo por la gerencia en función de la clientela que incrementa o pierde. Un académico recibe su remuneración acorde con los puntos obtenidos por sus publicaciones o por los proyectos que consigue. El ranking de las selecciones de futbol o el rating de un programa de televisión son elementos que reflejan el rendimiento en el terreno de esas actividades. Y la enumeración podría continuar.
Quizá esta categoría sea la innovación más singular del autor en cuanto al análisis social, cultural y político. No obstante, su efecto queda amputado, por decirlo de alguna manera, por el hecho de que no se menciona ni se plantea que el sujeto de rendimiento actúa en un mercado -figura que tiende a subordinar incluso la organización de las relaciones familiares- y que por ende entrega un producto que se valoriza en dicho mercado. El enfoque exclusivo sobre el sujeto que se constituye en amo y esclavo de sí mismo, desvía la atención sobre la tremenda desigualdad imperante en la red de los mercados del mundo, dado que este sujeto no está libre de relaciones de dominación. Según la organización humanitaria OXFAM (diario La Jornada, 18-01-2016), las 62 personas más ricas del mundo, poseen exactamente lo mismo que la mitad más pobre de la población global. Este dato debe hacernos reflexionar.
En los libros de Han faltan párrafos e información sobre el tipo de dominación que preside la vida social en el mundo y que genera riqueza concentrada en pocas manos y pobreza de miles de millones de los habitantes del planeta. No es lo mismo ser investigador de una universidad latinoamericana que no figura entre las cien mejor calificadas del mundo que trabajar en Harvard, por ejemplo. No es lo mismo ser comerciante ambulante en Tepito que controlar el consumo automovilístico a escala planetaria desde una empresa como Toyota. Los mercados de todo tipo son susceptibles de representar en una pirámide, en cuyo vértice superior se ubican los monopolios que tienden a absorber los recursos y la demanda que poseen los mercados menos poderosos.
La tesis con que en este escrito se intenta explicar la desigualdad se basa en varios aspectos centrales. Primero, el “empresario de sí mismo” sí está sometido a un poder ajeno, que como todo poder se define por la relación de intercambio entre protección y obediencia: protección para permanecer ofreciendo su producto y obediencia a quienes ejercen la gobernanza del mercado. Los mercados se conducen mediante reglas que imponen los actores de mayor peso económico, político, cultural o social. El ingreso y permanencia en ese sistema (in put – out put) están determinados por distintos criterios de selección de sus participantes y de certificación del producto a ofrecer. Segundo, los mercados presentan distintos tamaños que reflejan su capacidad de liderazgo o sometimiento respecto de otros mercados. Los monopolios sofocan la producción en pequeña escala o incluso la hacen desaparecer al absorber su clientela. Tercero, continúa vigente la diferencia entre la producción de medios de producción y la producción de medios de consumo. En particular, la denominada “ciudad global” por Saskia Sassen centraliza y controla la generación de nuevas tecnologías en materia de información y comunicación. Sus productos son insumos para generar bienes de consumo, como aplicaciones en la red o el mismo aparato de computación. Cuarto, la producción inmaterial condiciona el movimiento de la economía real (es decir, la producción de objetos tangibles, para decirlo en términos sencillos), de modo que esta última se diseña a partir del modelo digital. Por otra parte, la automatización derivada de la digitalización prescinde de mano de obra humana y arroja al desempleo grandes masas que están excluidas de convertirse en “empresarios de sí mismos”, o bien se insertan -si pueden- en el trabajo informal. Quinto, en el actual nivel de la globalización, la relación entre los Estados está determinada por la relación entre los mercados. Los mercados tutelan a los Estados en un vínculo dialéctico entre ambos. Por una parte, los acuerdos de libre comercio representan un poder legislativo por encima de las fronteras nacionales; tratados que en principio dieron lugar a tres regiones de prosperidad en cuyo interior han surgido las cuarenta metrópolis que integran el complejo de la ciudad global: América del Norte, Unión Europea, Asia del Pacífico. Además, tanto las Naciones Unidas (por conducto del Banco Mundial) como el Fondo Monetario Internacional, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico y la Organización Mundial se encargan de la regulación de los mercados en el plano internacional, e imponen sus reglas por encima de la soberanía nacional. Sexto, la conformación de “empresarios de sí mismo” no abarca al conjunto de la producción ni de la sociedad mundial, porque no todas las economías son de acumulación dineraria. El capitalismo subordina formas de producción diversas, algunas comunitarias, otras de supervivencia, así como no monetarias. Séptimo, el culto de los objetos de consumo por parte de las personas se asimila a las conductas propias de una religión, la religión capitalista, que se constituye a partir de una trascendencia (la valorización de dinero y mercancías) que otorga sentido a las conductas inmanentes. Ello no significa la disolución de las religiones históricas sino su transformación para adquirir mayores espacios en el nuevo contexto mundial; en algunos casos, se desatan auténticas guerras en nombre de sus creencias, como los enfrentamientos entre chiítas y sunitas. El catolicismo entró en crisis por la corrupción de sacerdotes pederastas y por los escándalos financieros, además de la vergonzosa alianza del papa Wojtyla con los grupos más reaccionarios de la política mundial. En otros, sus ministros se adecuan a las formas de comunicación que brinda la televisión, como los cubiertos por histriónicos personajes que prometen salud y bienestar a los espectadores. Por último, el fanatismo sionista preside una campaña de exterminio palestino. No obstante, la lógica de desarrollo eclesial se halla más influido que nunca por la economía capitalista y su ética individualista.
Con todo, no hay una colisión entre los Estados nacionales y los organismos de regulación mercantil; por el contrario, sus acciones se combinan mediante una distribución de funciones: los mercados se orientan al crecimiento económico -principalmente, financiero- y los Estados nacionales se centran en políticas de seguridad. Con respecto a este último ítem, Giorgio Agamben ha escrito:

“Con el desarrollo de nuevas tecnologías digitales, con escáneres ópticos que pueden fácilmente registrar no sólo las huellas digitales, sino también la retina o el iris, los aparatos biométricos parecen desplazarse más allá de las estaciones de policía y oficinas de migración hacia la vida cotidiana. En muchos países, el acceso a comedores estudiantiles o incluso a las escuelas es controlado por un aparato biométrico donde el estudiante debe posar su mano. Las industrias europeas en este sector, que crece rápidamente, recomiendan a los ciudadanos que se acostumbren a este tipo de controles desde temprana edad. Este fenómeno es realmente preocupante, puesto que las comisiones europeas para el desarrollo de la seguridad (como la European Security Research Program), tienen como miembros permanentes a grandes corporaciones como Thales, Finmeccanica, EADS et BAE System, que se han volcado al negocio de la seguridad.”

El énfasis en “políticas de seguridad” intolerantes sostenidas por partidos políticos de derecha (Netanyahu, Le Pen, y muchos más) ha atraído el voto de poblaciones atemorizadas ante la violencia o simpatizantes de la discriminación racial. De esta forma, la democracia política tiende a la desaparición por la vigencia del Estado de excepción, que ofrece “seguridad” a los ciudadanos frente al terrorismo y al “populismo”, considerado este último una grave amenaza para la reproducción del capital. Se vive bajo sospecha de ser terrorista o de pertenecer al narcotráfico. Ambas categorías de delincuentes prosiguen sus actividades destructivas, pero a un pacífico viajero lo someten a humillantes revisiones en el aeropuerto. La toma del poder por grupos comprometidos con el capital financiero internacional se encamina a ejercer un control de toda oposición democrática mediante la represión y la censura, como ha sucedido en México y Argentina con los gobiernos de Peña Nieto y Macri, respectivamente.
En contraste con la elección pública de gobernantes constitucionales, nadie vota las decisiones que toman los mercados, que muestran su apertura para otro tipo de elección al ofrecer una diversidad de productos y bienes seleccionables por el consumidor. En su funcionamiento sólo se inspiran en el interés privado y en la necesidad de reproducir la ganancia capitalista. En una sociedad sometida a la lógica del cálculo no hay pecados ni delitos, sólo errores; errores de cálculo.
Por otra parte, volviendo a Han, éste no profundiza en el análisis del capitalismo, aun cuando formula observaciones interesantes, como su afirmación de que 'Por mediación de la libertad individual se realiza la libertad del capital. De este modo, el individuo libre es degradado a órgano sexual del capital.' La generalidad de este juicio, de nuevo ignora el tratamiento de las inmensas migraciones ocasionadas por el paro en las metrópolis y por la falta de empleo y la inseguridad en los países no desarrollados.
Como lo plantea Marx, la cuestión central del capitalismo es la reproducción del valor. El dinero y la mercancía son formas materiales del valor abstracto, que como tal es invisible, aunque su presencia/ausencia se contabilice en el crecimiento del capital financiero. Esta distinción permite entender el siguiente párrafo sobre el sujeto de la historia en el capitalismo.

'El valor pasa constantemente de una forma a la otra, sin perderse en ese movimiento, convirtiéndose así en un sujeto automático. Si fijamos las formas particulares de manifestaciones adoptadas alternativamente en su ciclo vital por el valor que se valoriza llegaremos a las siguientes afirmaciones: el capital es dinero, el capital es mercancía. Pero, en realidad, el valor se convierte aquí en sujeto de un proceso en el cual, cambiando continuamente las formas de dinero y mercancía, modifica su propia magnitud, en cuanto plusvalor se desprende de sí mismo como valor originario, se autovaloriza.' Marx, El Capital, tomo I, volumen I, página 188.
En este sentido, el capitalismo se presenta como una potencia divina autónoma de la voluntad humana porque 'se crea' y 'se reproduce' de manera automática por el trabajo de los humanos, quienes en la imaginación se representan como 'creaturas' del dinero y de la mercancía. En suma, el culto del dinero y de la mercancía se integra en una religión cuyos templos son los espacios de consumo, ya sea el shopping center, la enfermiza adicción a la comunicación digital o bien los paraísos turísticos, dependiendo de los niveles de ingreso.