REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

Cinco días en septiembre (3/4)


Salvador Quiauhtlazollin

22 de septiembre
El primer domingo después del terremoto dediqué la mañana y la tarde a algo que muchos les parecerá insólito, dadas las circunstancias: el negocio familiar. A tres décadas, con la mitología creada por las crónicas de los medios masivos, pareciera que en el fin de semana de la hecatombe, el DF se había convertido en una urbe fantasmal teñida de desapego, donde en las calles sólo circulaban rescatistas y maquinaria pesada, y el resto de la ciudadanía se la pasaba encerrada, lamentándose entre plegarias. Nada más lejos de lo que en verdad pasó. La ciudad volvió a respirar de inmediato en muchas actividades, y al igual abrieron tienditas de la esquina y grandes almacenes que cervecerías de barrio y mercados populares. Lo único que siguió cerrado la semana siguiente fueron las escuelas, y eso, sólo las que carecían de agua. Entre más alejados del Centro estuvieran los establecimientos, más rápido habían reanudado actividades, algo favorecido de forma notable porque el Metro ya trabajaba a toda su capacidad, saltándose unas cuantas estaciones. De hecho, un mes después del temblor, hasta el conocidísimo Magic, donde trabajaría años después, ya tenía la pista atestada de clientela decadente coreando: ¡Relax: Now's the time, it's partytime… come!
Ese domingo, en el negocio familiar tuvimos actividad normal y sin altibajos. Aproveché, y de nueva cuenta vi a mi abuela paterna. Y en la tarde ya estaba de regreso en la colonia.
Pasé a la Narvarte a buscar a mi amigo Carlos, a quien no encontré, pues él y su cuñado no se habían despegado de un derrumbe de donde extraían cuerpos mutilados. Así que seguí con mi pala rumbo a Avenida Universidad. Ahí, un edificio de departamentos hecho papilla presentaba pocas posibilidades de contener aún supervivientes bajo toneladas de concreto, ladrillo… y alambrón, que es lo que usaron sus criminales constructores en lugar de varilla. Se confirmaba lo que ya era vox pópulli: que la inmensa mayoría de los colapsos se debían a la piramidal corrupción criminal que pudre los cimientos del país desde su fundación. Esas obras tenían el derrumbe en su destino. El imprevisible sismo les dio el empujón que necesitaban para caer.
Más de la mitad del edificio se había perdido en las entrañas de los camiones, que, como los de Soylent Green, esperaban poco para llenarse de despojos e ir a vomitar su carga a un lugar ignoto. Empecé a palear.
Por no tratarse de un conglomerado habitacional, no había maquinaria de demolición. Sólo los furgones materialistas que esperaban que nosotros, los paleadores espiritualistas, llenáramos sus metálicas barrigas. Tampoco nos asistían reflectores y nos conformábamos con el alumbrado público. Un yermo puesto de vacunación se estableció a pocos metros. Acudí a inmunizarme contra el tétanos. Craso, terrible error que pagaría con creces al siguiente crepúsculo.
Paleábamos y paleábamos. La orden era “todo al bote” y al bote iba todo: enseres nuevos, ropa, cascajo, muebles destrozados, hasta bolsas llenas con el mandado recién comprado. Los soldados nos vigilaban con displicencia, pero sin aires de superioridad. No puedo decir del Ejército más que lo que observé: nunca vi a un militar palear, ni cargar nada, ni atender un puesto de socorro, ni retirar un cadáver, ni siquiera dar una orden o hablar con alguien. Pero lo que sí vi es que los soldados se mantuvieron estoicos en sus puestos, impávidos, marciales, con esa tesura de esfinges que garantiza que a su alrededor nadie se atreva siquiera a pensar en alguna tropelía.
Además, estaban los rumores aleccionadores, que reforzaban nuestra presteza moral. Todos los que usábamos la pala conocíamos la historia del voluntario rescatista que nunca se quitó la chamarra, hasta que alguien lo abrazó y se dio cuenta que en ambos brazos tenía decenas de relojes saqueados de los cadáveres. La anécdota terminaba con unos soldados que, sin decir nada, se lo habían llevado al campo militar. Se conjeturaba que ahí se le había dado chicharrón sin juicio previo, al igual que a muchos expoliadores. Y como corolario imposible treinta años después, a nadie se le ocurría mencionar los derechos humanos y las garantías individuales inherentes a ese pillo al que salvaguardaba la Constitución. Era 1985. Había habido una catástrofe. Y la moraleja de la fábula fue que una rata corrió el mismo destino que muchas que se hacían pasar por voluntarios. Nadie lamentaba el expedito destino fatal de unas cucarachas.
Seguí cavando durante horas. Y bruscamente, mi pala atravesó papel apergaminado. Al bote. Pronto estaba paleando miles de estampillas postales. Mi padre es filatelista, así que reconocí varias series importantes. Al bote. Timbres de mundiales y olimpiadas, ediciones conmemorativas de otros países. Al bote. Y entonces, el grial: una multicromática, completa y vistosa serie del siglo 19, valiosísima y buscada con anhelo por los coleccionistas. Representaba por sí misma una pequeña fortuna, suficiente incluso para comprar un automóvil…. y al bote se fue, sin dubitación alguna. Puedo asegurarles que si se me hubiera ocurrido parar, llamar a alguien y explicarle de lo que se trataba, la respuesta hubiera sido la misma: a la cubeta. Y a la basura se fue.
Mentiría si les dijera que seguí en mi labor meditando lo irónico que resulta acaudalar pequeños tesoros que en segundos se pierden ante la inclemente naturaleza. En esos momentos sólo pensaba en el ocre mercaptano que taladraba mis fosas nasales, y que iba y venía como vaho de dragón. En ese momento llegó Ramiro, el único aspirante a la casta política que vi en el rescate. Y después de saludarnos a través del tapabocas, le dije: “Hay que tener cuidado, porque debe haber una fuga de gas.” “No, eso que apesta son los muertos”. Esa revelación proustiana sacudió lo más profundo de mi esencia. Al día siguiente, esos efluvios incorpóreos que flotaban en el aire se transformarían en carne, en primigenia proteína que se descomponía inexorablemente en el polvo.