REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

Tranco I
Hola, queridas amigas insumisas, como siempre nos hacemos presentes en estos aciagos y duros días por los que nos hace pasar el peñanietismo imperante. Sí, claro que este personaje ha “movido a México”, pero lo ha movido hacia lo más negativo que a la nación pudiera pasarle. O sea que todos sus planes, sus proyectos y sus “cambios” han sido una traición a la moral republicana y a la Revolución Mexicana. Antes todo era nuestro, la tierra el petróleo, las aguas, los ríos, las playas, la electricidad, el gas, el aire, etc., etc. Y con los famosos “cambios para mover a México”, la modificación en la ruta revolucionaria y mexicana se perdió para siempre. Ahora en lo que queda de este país, todo está en manos extranjeras, la banca, el petróleo, los mares, el aire. Todo se compra y se vende en inglés, nada nos pertenece, los cientos de empresas que operan en el país son de capital extranjero. Las minas son chinas o canadiense, ahora los mexicanos somos esclavos de ellos. La tecnología que priva es japonesa, inglesa, alemana, norteamericana, y de las operaciones financieras, esos enclaves económicos, se llevan a sus países de origen millones y millones de dólares. Los aparatos de TV son marcas extranjeras, los radios receptores, los teléfonos, los celulares, los aditamentos, los auriculares, los equipos de sonido, las computadoras, grandes, medianas y chicas, de capital extranjero. Lo dicho nada nos pertenece. Ahora somos país de maquiladores, de lleno, de tiempo completo. La soberanía no existe más que en el plano político. Por eso al habitante de Los Pinos, le aplauden a rabiar cuando visita los países que han ganado todo. Y, en fin, amigos luchadores -técnicos y sin máscara- yo les deseo, ya entrado este año de 2016, y si sobrevivimos a los asaltos, a los robos, a la corrupción imperante, a los cristalazos, a los asaltos en los camiones y en los caminos y en las calles, les deseo, digo, que no lloren, que se aguanten como los machos y como las hembras de valor y en un último suspiro de mexicanidad digan que como México no hay dos. Sí, porque si hubieran más, como el país navega, pues la tragedia sería universal. Mejor meternos a Mi Oficina, pedirle a María que nos ponga una ringlera de tequila blanco, del que raspa, y que sus piernas y su cara y sus ojos nos sigan iluminando algo de lo que la vida queda en el entorno salvaje que se tiene a la mano. Y entrarle a los chicharrones en salsa verde, a las tortillas de máiz morado, comer unas memelas y unas chalupas, y gozar viendo el molcajete rebosar con el aguacate y el queso Cotija y los chiles toreados. Y en la rocola escuchar lo que queda de nuestra música: a Negrete, a Chava Flores. Y luego, en la mesa mía que mira a la calle, ver pasar las marchas de rabia de los maestros, atacados en su dignidad por tipos que me recuerdan a Goebbels, y ver a los estudiantes que piden pan, y ver a las amas de casa tratando de que el salario de su esposo les alcance para los frijoles y contemplar con ira solidaria a los contingentes de la gente del campo que ha sido vulnerada una y otra vez por este gobierno entreguista. Y ver, con más rabia todavía, cómo el presidente Peña se pasea en un avión que es digno de sultanes y de millonarios excéntricos y no el que pudiera ser de un verdadero representante popular. Pero, bueno, mejor le digo a María que voy a pasar por ella al dar las doce de la noche y salir luego abrazados y recorrer, con la luz de la luna menguante, las calles de ese México que se nos fue de la mano.
Vale. Abur.