REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 12 | 2019
   

De nuestra portada

París, la barbarie y los recuerdos


Benjamín Torres Uballe

Conocí París hace más de 20 años, a finales de un frío septiembre. El otoño estaba ahí. La oportunidad llegó de repente por motivos profesionales. La Ciudad de la Luz me cautivó a primera vista. Me convertí, entonces, irremediablemente en uno más de sus amantes incondicionales, igual que muchos visitantes que, como yo, sucumben por necesidad a sus vastos encantos.
Me fijé el reto de volver. Soy muy afortunado, regresé varias veces a pesar del complicado entorno económico en nuestro país, del cual, desde luego, no soy excepción.
He recorrido París por todos sus rincones. En el día, hasta caer exhausto. Otras ocasiones, en inolvidables noches -sobrio las más de las veces, otras no tanto- declamando poesía con amigos franceses y latinoamericanos. Ahí, bajo una farola a la orilla del Sena, éramos una “pandilla de locos” con el gusto por las letras. El cúmulo de recuerdos me avasalla y con ellos viene la infaltable nostalgia.
El viernes 13 del mes pasado -cabalístico, dicen algunos- mientras recababa información para escribir una columna, escuché la terrible noticia. Primero, asombro e incredulidad y en la medida que transcurre el tiempo y se va precisando la información, surgen dentro de mí profundos sentimientos de horror, de miedo, de coraje, de impotencia, también el revelador nudo en la garganta y deseos incontenibles de llorar. Así de fuertes son los lazos con esa nación, con su gente, con los amigos.
La barbarie llegó inmisericorde, cual bestia apocalíptica, y se bebió la sangre de inocentes bajo el diabólico y abyecto disfraz de la intolerancia, el odio, la cerrazón y el fanatismo. La torcida y enferma interpretación que hacen algunos de una religión que nada tiene que ver con muerte y dolor hacia los demás representa hoy nada más que la negación del hombre por el hombre.
En alguna oportunidad, nuestro entrañable Carlos Fuentes dijo que los actos de los locos en ocasiones superan a los de los hombres cuerdos. Nada más cierto. Pero a ello se agregan de forma incontrovertible los errores, los abusos, y la desigualdad, propiciados por las consideradas potencias mundiales. La indolencia de esos países también ha contribuido poderosamente a que la crueldad, como la sufrida por la capital francesa, se haya extendido en gran parte del planeta.
Bien lo ha dicho Barack Obama: “No es un ataque sólo a París y a la gente de Francia, sino a la humanidad y los valores universales que representa”. Sin embargo, también lo es cuando explotan carros bomba en Irak, Turquía, Egipto, o la comunidad internacional permanece convenencieramente impasible ante el holocausto en Siria y el hambre que desgarra a los países africanos, o cierra los ojos ante los “abusos” israelíes con Palestina. Y lo es, incluso, cuando un “dictadorcillo” como Nicolás Maduro encarcela a sus críticos, termina con la democracia y pauperiza al pueblo venezolano. Igualmente cuando desaparecen 43 estudiantes normalistas. Sí, señores mandatarios, no únicamente en el G-7 es tragedia.
Indescriptible es la aflicción y el daño por lo acaecido en París, la sangre de las víctimas y el dolor de las familias permanecerá indeleble como pesada carga en la conciencia de los gobiernos, que han propiciado en mayor o menor medida las condiciones perversas en una ola de violencia que, de no frenarse, cobrará la vida de más seres humanos en cualquier latitud de la Tierra, como sucedió en Madrid, Nueva York y Mali recientemente.
Por lo pronto, pareciera que el hasta hoy muy lucrativo negocio de la fabricación y venta de armas se está revertiendo a los voraces y poderosos estados que las fabrican. Vamos a ver qué deciden, si optan por seguir protegiendo y alentando inmoralmente a sus respectivas industrias de armamento, o finalmente ahogarse con la sangre de niños, mujeres y hombres abatidos con esas máquinas de destrucción en poder de “seres” sin escrúpulos, obcecados por la paranoia y el rencor.
Duele pensarlo siquiera. París jamás será igual, a pesar del espíritu indomable de su gente, que históricamente se ha sobrepuesto a otras tragedias, al horror de las guerras que prácticamente destruyeron su territorio. La atrocidad -a pesar de la gravedad- no fue tanto a lo material, sino a la esencia del pueblo francés. Eso es más peligroso y dañino, ni duda cabe.
No sé si alguna vez regresaré al país galo. Me unen tantos recuerdos afectivos a él, algunos más gratos que otros, pero todos trascendieron y, sublimes, permanecen en mi alma y mi memoria inamovibles. Ojalá que pronto pueda cruzar el Atlántico en compañía de mi mujer y caminar de su mano por los barrios parisinos, hasta que mis piernas sean vencidas otra vez por el agotamiento y el tiempo. Quisiera abrazar a mis amigos, pero hace mucho se perdió la comunicación. Deseo que estén bien para poder reencontrarnos y con una botella de vino recordar a Machado, Lorca, Rubén Darío, Víctor Hugo, Octavio Paz y tantos más. ¡Viva La France! ¡Viva México!
@BTU15
©Benjamín Torres Uballe