REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 05 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Entrevista a Karl Marx


R. Landor

La entrevista parece ser un género periodístico de reciente creación. Sin embargo podemos imaginar que no es tan moderno, si rastreamos, podemos hallar antecedentes. Sin embargo, aceptemos que lo es y que apenas arrancó en el siglo XIX, siglos después de la noticia y la crónica. En este caso lo novedoso es encontrar una entrevista a Karl Marx. No se trata de un documento perfecto, de un acaso encuentro entre un periodista eficaz y un entrevistado genial. Sin embargo, la que a continuación presentamos tiene la rareza de formularle preguntas al siempre inquietante creador de una poderosa ideología, cuya intención no es explicar el mundo sino transformarlo, según escribió el filósofo alemán alguna vez.
En ella no se trata de solicitarle al pensador qué intenta llevar a cabo puntualmente con sus obras, en realidad lo que vemos son unas pinceladas sobre las ideas de un hombre que realizó grandes hazañas intelectuales, formuló una inmensa ideología que no pudo llevar a la práctica y que luego de ser instaurada por Lenin en Rusia, sus seguidores, no fueron capaces de arropar y permitirle el desarrollo que la humanidad necesitaba. Al final se convirtió ante nuestros ojos en una utopía, hermosa como todas ellas, pero muy compleja para que el hombre, que vive de modo permanente en la prehistoria, pudiera desarrollarla plenamente y disfrutarla.
La entrevista se lleva a cabo poco después de La Comuna de París, el primer intento de la clase obrera de tomar el poder. En ese entonces no era fácil explicar la derrota del proletariado. Marx mismo se encargaría de ampliar sus ideas al respecto. El periodista ve en aquel movimiento popular una suerte de complot y nunca es capaz de entender que la clase obrera busca el cese de su explotación y el fin de la eterna lucha de clases.

El Búho

Entrevista a Karl Marx
R. Landor *


Karl Marx (1818-1883), filósofo político y social, comenzó su carrera como editor de prensa en Colonia a principios de la década de 1840. Cuando su periódico fue cerrado por motivos políticos, marchó a París, donde editó otro hasta que también fue clausurado por la misma razón. A pesar de todo, encontró un hogar en Londres, donde escribió sus más importantes trabajos sobre filosofía y economía política. También ejerció el periodismo y fue corresponsal en el extranjero del New-York Tribune desde 1851 a 1862. Su obra maestra, El capital (Das Kapital), fue publicada en 1867.
R. Landor, corresponsal del World de Nueva York, entrevistó a Marx en Londres, y entregó su trabajo el 3 de julio de 1871. Se cree que el otro caballero alemán presente a todo lo largo de la entrevista debía de ser Engels. Sólo un par de meses antes, la Comuna de París, en la que Marx se había visto envuelto, había sido ahogada en un baño de sangre.
Me han pedido ustedes que averigüe algo acerca de la Asociación Internacional y eso es lo que he intentado hacer. En este momento, la empresa resulta difícil. Londres es, sin lugar a dudas, el cuartel general de la Asociación, pero los ingleses están atemorizados y huelen a Internacional por todas partes, del mismo modo que el rey James olía pólvora tras la famosa conjura. La conciencia de la Asociación ha crecido naturalmente junto con las sospechas de la opinión pública; y si quienes la lideran tienen algún secreto que guardar, son el tipo de hombres que saben guardarlo bien. Me he puesto en contacto con dos de sus miembros más destacados, he hablado libremente con uno de ellos y aquí les ofrezco lo sustancial de nuestra conversación. En un aspecto, he satisfecho mis dudas: se trata de una auténtica asociación de trabajadores, aunque esos trabajadores estén dirigidos por teóricos sociales y políticos pertenecientes a otra clase. Un hombre con el que me reuní, uno de los líderes del Consejo, estuvo sentado en su banco de trabajo durante toda nuestra entrevista, e interrumpía de cuando en cuando su conversación conmigo para recibir quejas —formuladas en un tono no precisamente amable— de cualquiera de los muchos maestrillos para los que trabajaba, que rondaban por allí. Había visto a ese mismo hombre pronunciar en público elocuentes discursos, inspirados, pasaje a pasaje, por la energía del odio hacia aquellas clases que se llaman a sí mismas dirigentes. Comprendí sus soflamas tras echar un vistazo a la vida cotidiana del orador. No podía menos que tener la sensación de que disponía de cerebro más que suficiente para organizar un gobierno funcional y, aun así, se veía obligado a dedicar su vida al repugnante desempeño de una tarea meramente mecánica. Era un hombre orgulloso y sensible, pero cada tres por cuatro se veía obligado a responder con una respetuosa inclinación a un gruñido y con una sonrisa a una orden que reflejaba aproximadamente el mismo nivel de cortesía que el que muestra un cazador hacia su perro. Ese hombre me permitió entrever una faceta de la naturaleza de la Internacional, la del enfrentamiento entre trabajo y capital, entre el obrero que produce y el intermediario que disfruta. Allí estaba la mano que se abatiría implacable cuando llegara el momento y, por lo que se refiere al cerebro planificador, creo que tuve ocasión de conocerlo en mi entrevista con el doctor Karl Marx.
Karl Marx es un doctor alemán en Filosofía dotado de esa extensa erudición germánica producto tanto de los libros como de la observación del mundo. Debo señalar que nunca ha sido un trabajador en el sentido habitual del término. Su entorno y apariencia son los de un hombre de clase media al uso. El salón en el que fui recibido la noche de la entrevista habría podido ser el agradable refugio de un próspero corredor de bolsa que hubiese demostrado ya su competencia y estuviera ahora enfrascado en la tarea de amasar su fortuna. Era la confortabilidad personificada, el apartamento de un hombre de buen gusto y situación desahogada, pero sin nada que reflejara particularmente la personalidad de su propietario. Con todo, un hermoso álbum de vistas del Rin que había sobre la mesa daba una pista sobre su nacionalidad. Escudriñé cautelosamente el interior de un jarrón que había en una mesita auxiliar en busca de una bomba. Agucé el olfato por si percibía algún olor a petróleo, pero sólo olía a rosas. Retrocedí casi a hurtadillas hasta mi asiento y me senté, taciturno, a esperar lo peor.
Ha entrado, me ha saludado cordialmente y estamos sentados frente a frente. Sí, estoy tête-a-tête con la encarnación de la revolución, con el auténtico fundador y guía espiritual de la Asociación Internacional, con el autor de un discurso que le dice al capital que si le declara la guerra a los trabajadores no puede menos que esperar que la casa arda hasta los cimientos. En pocas palabras, me encuentro frente a frente con el apologeta de la Comuna de París. ¿Recuerdan el busto de Sócrates, aquel hombre que prefirió morir antes que creer en los dioses de su tiempo, aquel hombre de frente despejada y hermoso perfil mezquinamente rematado por una especie de gancho hendido que hacía las veces de nariz? Imaginen ese busto, pónganle una barba oscura salpicada aquí y allá por pinceladas de gris. Seguidamente, unan esa cabeza a un tronco corpulento propio de un hombre de estatura media y tendrán ante ustedes al doctor Marx. Si cubren con un velo la parte superior de su rostro podrían estar en presencia de un miembro nato de la junta parroquial protestante. Si dejan al descubierto su rasgo más esencial, su inmenso ceño, sabrán de inmediato que se encuentran frente a la más formidable conjunción de fuerzas: un soñador que piensa, un pensador que sueña.
Otro caballero acompañaba al doctor Marx, y casi me atrevería a decir que también era alemán, aunque dado su dominio de nuestro idioma no podría asegurarlo. ¿Había acudido como testigo del bando del doctor? Así lo creo. El “Consejo” podría solicitar al doctor que le informase sobre el contenido de la entrevista, ya que, por encima de todo, la Revolución sospecha de sus propios agentes. Así pues, el otro hombre estaba allí para corroborar a posteriori la exactitud de su testimonio.
Fui directamente al asunto que me interesaba. El mundo, dije, parecía estar a oscuras respecto a la Internacional, odiarla a muerte; pero al mismo tiempo se mostraba incapaz de explicar qué era exactamente lo que odiaba. Había gente que afirmaba haber atisbado más allá que los demás en la oscuridad y aseguraba haber descubierto una especie de figura de Jano con una honrada y sincera sonrisa de obrero en una de sus caras y en la otra la agresiva mueca de un conspirador homicida. ¿Podría arrojar alguna luz sobre el misterio en el que se desenvolvía la teoría?
El profesor rió, se diría que con cierto regocijo, ante la idea de que le tuviéramos tanto miedo.
—No hay ningún misterio que aclarar, estimado señor —comenzó, con una versión muy pulida del dialecto de Hans Breitmann—, excepto quizá el misterio de la estupidez humana en aquellos que perpetuamente pasan por alto el hecho de que nuestra asociación es pública y que edita informes exhaustivos de sus sesiones para todo aquél que desee leerlos. Puede comprar nuestros estatutos al precio de un penique, y si invierte un chelín en panfletos sabrá casi tanto acerca de nosotros como nosotros mismos.
—Casi tanto... Sí, tal vez sea así. ¿Pero no será aquello que quede fuera de mi alcance la reserva crucial? Para serle totalmente franco, y para exponer el caso tal y como lo ve un observador externo, ese clamor generalizado de desprecio hacia ustedes debe responder a algo más que a la ignorante mala voluntad de la gente. ¿Cree que aún es pertinente preguntarle, incluso después de lo que me ha dicho, qué es la Asociación Internacional?
—Sólo tiene que fijarse en quienes la componen: trabajadores.
—Sí, pero el soldado no tiene por qué ser un exponente del estado que le moviliza. Conozco a algunos de los miembros de su grupo, y creo que no tienen madera de conspiradores. Además, un secreto compartido por un millón de hombres no sería en absoluto un secreto. Sin embargo, ¿qué pasaría si no fueran más que peones en manos de un poderoso y, discúlpeme si añado, no demasiado escrupuloso cónclave?
—No hay pruebas que avalen tal idea.
—¿La pasada insurrección en París?
—En primer lugar, exijo pruebas de que existiera una confabulación, de que ocurriese algo que no fuese el legítimo resultado de las circunstancias del momento, O, incluso aceptando el supuesto de que existiera tal complot, exijo pruebas de que en él participara la Asociación Internacional.
—La presencia en la Comuna de numerosos miembros de la Asociación.
—En ese caso, fue también una conspiración de los francmasones, ya que participaron en ella en idéntica proporción. De hecho, no me sorprendería en absoluto que el Papa les atribuyese toda la responsabilidad por la insurrección. Pruebe usted con otra explicación. La insurrección fue obra de los trabajadores de París. Los más capaces entre ellos debieron ser necesariamente sus líderes y dirigentes, y se da la circunstancia de que los trabajadores más capaces son miembros de la Internacional. Aun así, la Asociación como tal no es en forma alguna responsable de su acción.
—El mundo seguirá viéndolo de otra manera. La gente habla de instrucciones secretas procedentes de Londres e incluso de grandes sumas de dinero. ¿Puede afirmarse que la pretendida transparencia de las sesiones de la Asociación descarta toda posibilidad de secretismo en las comunicaciones?
—¿Ha existido alguna vez una asociación que realizara su trabajo sin la mediación de agencias tanto públicas como privadas? Hablar de instrucciones secretas provenientes de Londres, como si se tratara de decretos sobre la fe y la moral procedentes de algún centro de dominación e intriga papales, es una concepción enteramente errónea sobre la naturaleza de la Internacional. Eso implicaría un mecanismo centralizado de gobierno en el seno de la misma, mientras que su verdadera forma es, deliberadamente, la que mayor juego otorga a la energía y la independencia locales. De hecho, la Internacional no es propiamente un gobierno para la clase obrera en absoluto. Es un vínculo de unión más que un mecanismo de control.
—¿De unión con qué fin?
—La emancipación económica de la clase obrera por medio de la conquista del poder político. La utilización de ese poder político para alcanzar fines sociales. Así pues, es necesario que nuestros objetivos sean amplios para dar cabida a todas las formas de actividad de la clase obrera. El haberles atribuido algún carácter especial habría sido equivalente a adaptarlos a las necesidades de una sección, a una nación compuesta exclusivamente por trabajadores. Pero, ¿cómo iba a ser posible pedirle a todos los hombres que se unieran en beneficio de unos pocos? Para hacer algo así, la Asociación habría tenido que renunciar al nombre de Internacional. La Asociación no dicta la forma de los movimientos políticos; sólo requiere un compromiso en lo que se refiere a sus fines. Es una red de sociedades afiliadas que se extiende por todo el mundo del trabajo. En cada parte se pone de relieve algún aspecto especial del problema y los trabajadores implicados lo estudian a su modo y manera. Las interacciones entre los trabajadores no pueden ser absolutamente idénticas hasta el último detalle en Newcastle y en Barcelona, en Londres y en Berlín. En Inglaterra, por poner un ejemplo, está abierto a la clase obrera el camino para poner de manifiesto su poder político. Una insurrección sería una locura allá donde la agitación pacífica pueda lograr los mismos objetivos más rápida y seguramente. En Francia, cientos de leyes represivas y el antagonismo entre las clases parece hacer necesaria la solución violenta de una guerra social. Optar o no por dicha solución es competencia de las clases trabajadoras de ese país. La Internacional no tiene la presunción de emitir dictámenes al respecto; prácticamente no da ni consejos, aunque sí ofrece a cada movimiento su simpatía y apoyo dentro de los límites que dictan sus propias leyes.
—¿Y cuál es la naturaleza de esa ayuda?
—Por poner un ejemplo, una de las formas más comunes del movimiento de emancipación son las huelgas. Antaño, cuando se producía una huelga en un país, ésta era derrotada por la importación de trabajadores de otro país. La Internacional casi ha puesto fin a eso. Recibe información sobre la huelga propuesta y distribuye esa información entre todos sus miembros, que ven inmediatamente que para ellos el territorio de la lucha debe ser terreno prohibido. Así, se deja que los amos se enfrenten solos a las demandas de sus hombres. En la mayoría de los casos los trabajadores no requieren más ayuda que ésa. Sus propias cuotas, o las de las sociedades a las que están más directamente afiliados, les abastecen de fondos, pero en caso de que la presión a la que se ven sometidos llegue a ser excesiva, y si la huelga goza de la aprobación de la Asociación, se cubren sus necesidades con la bolsa común. Merced a esto, la huelga de los cigarreros de Barcelona concluyó victoriosamente el otro día. Sin embargo, la sociedad no tiene ningún interés en las huelgas, aunque las apoya en determinadas condiciones. Es imposible que saque nada en claro de ellas desde el punto de vista pecuniario, y es muy probable que salga perdiendo. Resumamos todo esto en pocas palabras. Las clases trabajadoras siguen sumidas en la pobreza mientras a su alrededor crece la riqueza; son miserables entre tanto lujo. Su deprivación material reduce su estatura, tanto física como moral. No pueden confiar en otros para encontrar el remedio. Así pues, en su caso, hacerse cargo de su propio destino se ha convertido en una necesidad imperativa. Deben revisar las relaciones entre ellos y los capitalistas y propietarios, y eso significa que deben transformar la sociedad. Éste es, en general, el fin de todas las organizaciones de trabajadores conocidas. Las ligas de campesinos y obreros, las sociedades comerciales y de amistad, las tiendas y centros de producción en régimen de cooperativa no son más que medios encaminados a ese fin. Implantar una perfecta solidaridad entre estas organizaciones es el objetivo de la Asociación Internacional. Su influencia empieza a percibirse en todas partes. En España hay dos periódicos que difunden su ideario, en Alemania tres, el mismo número en Austria y Holanda, seis en Bélgica y seis en Suiza. Y ahora que le he explicado qué es la Internacional, probablemente esté ya en situación de formarse su propia opinión acerca de supuestas confabulaciones.
—No acabo de comprenderle.
—¿Acaso no ve que la vieja sociedad, en su búsqueda de las fuerzas necesarias para hacerle frente con sus propias armas, se ve obligada a recurrir al fraude de imputarle todo tipo de conspiraciones?
—Pero la policía francesa afirma que está en condiciones de demostrar su complicidad en los últimos acontecimientos, por no mencionar otros anteriores.
—No comentaremos nada sobre esos acontecimientos, si no le importa, porque son la mejor prueba de la gravedad de todos los cargos de conspiración que se han dirigido contra la Internacional. Recordará usted la penúltima “confabulación”. Había anunciado un plebiscito y se sabía que muchos de los electores empezaban a mostrarse indecisos. Ya no creían tan intensamente en el valor del gobierno imperial, dado que empezaban a dudar de la realidad de los peligros sociales de los que supuestamente éste les había salvado. Hacía falta dar con otro fantasma terrorífico y la policía se ocupó de encontrarlo. Lógicamente, dado que para ellos todos los trabajadores son igualmente detestables, le debían a la Internacional una mala pasada. Se les ocurrió una feliz idea: ¿Y si convertían a la Asociación Internacional en su anhelado fantasma, logrando así el doble objetivo de desacreditarla y ganar el favor de la sociedad hacia la causa imperial? De ahí surgió el ridículo “complot” contra la vida del emperador, como si tuviéramos algún interés en matar a ese pobre anciano. Detuvieron a los principales miembros de la Internacional, se inventaron pruebas, prepararon el caso para llevarlo a juicio y, en el ínterin, celebraron su plebiscito. Pero aquella comedia no era más que una farsa grosera. La Europa inteligente, que fue testigo del espectáculo, no cayó en el engaño ni un solo instante y sólo los electores del campesinado francés se creyeron la farsa. La prensa inglesa, que informó sobre el inicio de ese miserable caso, ha olvidado dar cuenta de su final. Los jueces franceses, que dieron por buena la existencia de la conspiración por cortesía entre funcionarios, se vieron obligados a concluir que no había nada que demostrara la complicidad de la Internacional. Créame, la segunda conspiración es igual a la primera. El funcionariado francés ha vuelto a poner manos a la obra: se le pide que explique el mayor movimiento civil jamás visto sobre el planeta. Hay cientos de signos de nuestra época que deberían indicar cuál es la explicación correcta: la inteligencia creciente entre los trabajadores; el incremento del lujo y la incompetencia entre sus gobernantes; el proceso histórico en marcha, que concluirá con la transferencia final del poder de una clase al pueblo; la aparente adecuación del momento, el lugar y las circunstancias de cara al gran movimiento de emancipación. Pero para percibir esto, el funcionario tendría que ser un filósofo y no es más que un mouchard. Por la propia naturaleza de su ser, pues, ha recurrido a la explicación del mouchard: una “conspiración”. Su viejo portafolios repleto de documentos falsificados le suministrará las pruebas. Esta vez, Europa, arrastrada por el miedo, creerá su cuento.
—Europa difícilmente podría hacer otra cosa, a la vista de que todos los periódicos franceses difunden el informe.
—¡Todos los periódicos franceses! Mire, aquí tiene uno de ellos [cogiendo La Situation], y juzgue por sí mismo el valor de sus pruebas en lo que se refiere a su fidelidad a los hechos. [Lee] “El Dr. Karl Marx, de la Internacional, ha sido detenido en Bélgica mientras intentaba llegar a Francia. La policía londinense tiene vigilada hace tiempo la sociedad a la que pertenece, y está adoptando medidas activas para proceder a su supresión”. Dos frases y dos embustes. Ponga a prueba la evidencia percibida por sus propios sentidos. Como puede ver, en vez de estar en una cárcel belga estoy en mi casa en Inglaterra. También sabrá, sin duda, que la policía inglesa es tan impotente para interferir con la Asociación Internacional como ésta lo es respecto a la policía. Y aun así, cabe esperar que ese informe sea difundido por toda la prensa de la Europa continental sin que nadie lo contradiga. Seguirían haciéndolo aunque me dedicara a enviar desmentidos a todos y cada uno de los periódicos europeos desde este lugar.
—¿Ha intentado desmentir muchos de estos falsos informes?
—Lo he hecho hasta quedar exhausto por el trabajo. Para que pueda apreciar el grosero descuido con el que son pergeñados, podría mencionar que en uno de ellos se citaba a Félix Pyat como miembro de la Internacional.
—¿Y no lo es?
—La Asociación difícilmente podría haberle hecho hueco a un hombre tan insensato. En una ocasión tuvo el atrevimiento de publicar una encendida proclama en nuestro nombre, pero fue inmediatamente desautorizado aunque, a fuerza de ser justos, hay que decir que la prensa, por supuesto, ignoró la desautorización.
—¿Y Mazzini? ¿Es miembro de su grupo?
—(Riéndose). Desde luego que no. Poco habríamos avanzado si no hubiéramos superado el alcance de sus ideas.
—Me sorprende usted. Yo habría asegurado sin dudarlo un instante que representa las posiciones más avanzadas.
—No representa nada más avanzado que el viejo concepto de una república de la clase media. Nosotros no queremos saber nada de la clase media. Él se ha quedado tan rezagado dentro del movimiento moderno como los profesores alemanes que, no obstante, siguen siendo considerados en Europa los apóstoles de la democracia cultivada del futuro. Y lo fueron en su día, probablemente antes del 48, cuando la clase media alemana, en el sentido inglés del término, no había alcanzado un grado de desarrollo apropiado. Ahora se han pasado de hoz y coz a la reacción y el proletariado ya no sabe nada de ellos.
—Hay quien cree haber visto signos de un componente positivista en su organización.
—No hay nada de eso. Hay positivistas entre nosotros y otros, que no pertenecen a nuestro grupo, colaboran también, pero no es sólo en virtud de su filosofía, que no tiene nada que ver con un gobierno popular, tal y como nosotros lo entendemos, y que sólo busca colocar una nueva jerarquía en el lugar de la vieja.
—Se diría entonces que los líderes del nuevo movimiento internacional han tenido que crear una filosofía además de una asociación en la que agruparse.
—Exactamente. Es poco probable, por ejemplo, que pudiéramos tener la menor esperanza de prosperar en nuestra lucha contra el capital si deriváramos nuestras tácticas de la política económica de Mill, por citar a alguien. Él ha seguido la pista a un tipo de relación entre capital y trabajo. Nosotros esperamos demostrar que es posible establecer otra.
—¿Y la religión?
—A ese respecto no puedo hablar en nombre de la sociedad. Personalmente, soy ateo. Sin duda resulta sorprendente escuchar una declaración así en Inglaterra, pero hasta cierto punto es reconfortante saber que no es necesario hacerlo en voz baja en Francia ni en Alemania.
¿Y aun así ha convertido este país en su cuartel general?
—Por razones obvias; el derecho de asociación es aquí un derecho establecido. Existe, efectivamente, en Alemania, pero está asediado por innumerables dificultades. En Francia, durante muchos años no ha existido en absoluto.
—¿Y en Estados Unidos?
—Nuestros principales centros de actividad están por el momento entre las viejas sociedades europeas. Son muchas las circunstancias que han tendido a impedir hasta hoy que el problema del trabajo asuma una importancia dominante en Estados Unidos, pero dichas circunstancias están ya en proceso de desaparición. Al igual que en Europa, el trabajo empieza a ganar importancia a grandes pasos gracias al crecimiento de una clase trabajadora distinta del resto de la comunidad y disociada del capital.
—Parece que en este país la solución esperada, sea la que sea, se alcanzará al margen de métodos revolucionarios violentos. El sistema inglés de recurrir a la agitación por medio de las plataformas y la prensa hasta que las minorías se convierten en mayorías constituye un signo esperanzador.
—Yo no soy tan optimista como usted. La clase media inglesa siempre se ha mostrado dispuesta a aceptar el veredicto de la mayoría en la medida en que ha ostentado el monopolio del derecho al sufragio. Pero recuerde lo que le digo, en cuanto pierda una votación referente a algo que considere vital seremos testigos de una nueva guerra de esclavistas.
He expuesto aquí, en la medida en que mi memoria me lo ha permitido, los momentos más destacados de mi conversación con este hombre notable. Dejaré que saquen ustedes sus propias conclusiones. Por mucho que pueda decirse en favor o en contra de la posibilidad de su participación en el movimiento de la Comuna, podemos tener la seguridad de que la Asociación Internacional es un nuevo poder en el seno del mundo civilizado con el que éste tendrá que echar cuentas, para bien o para mal, más pronto que tarde.

*The World, 18 de julio de 1871.
Las grandes entrevistas de la historia 1859-1992. Edición de Christopher Silvester. Editorial El País/Aguilar. Madrid, España. Cuarta edición. 89-97 Pp.