REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 08 | 2019
   

Confabulario

El otro Vasconcelos


El Búho

Próximamente Héctor Anaya dará a la publicidad su novela Los cuadernos de Ariadna, que se encuadra en varios géneros: policiaco (porque se fragua un asesinato), político, pues tiene como marco la Docena trágica de Díaz Ordaz, el único presidente reelegido, después de la Revolución, y como trasfondo la campaña presidencial de Vasconcelos en 1929. Sin embargo, Anaya la presenta como novela ahistórica.
También tiene una carga erótica (que acentúan los poemas de la erótica infinita Antonia Robles) y esotérica, pues uno de los cuadernos de Ariadna encierra una capacidad de profecía inversa.
Pero además encierra enseñanzas lingüísticas, de redacción y de filología, ya que el padre de la protagonista es el corrector de estilo del llamado Maestro de la Juventud, José Vasconcelos, cuyo mito como escritor, educador, político y ser humano, es desvelado en la más reciente producción literaria del colaborador de El Búho.
Con el permiso del autor y de la editorial Promociones y Proyectos Culturales XXI, S. A. de C. V., adelantamos un fragmento de la novela destinada a la polémica. Este capítulo muestra a

“El otro Vasconcelos” *
–¿Qué fue lo que más admirabas en Vasconcelos, pa?
Muerto José Vasconcelos, meses antes, y publicada de manera póstuma La Flama, quinta parte de sus memorias, Ariadna aprovechó la cena navideña de 1959 para plantear a don Marcelino, ante doña Meche, su madre, y la abuela Maclovia, la pregunta que había rondado su mente durante años.
Lectora diligente y voraz de toda la obra de Vasconcelos, buscó en su póstumo escrito, la llama que había alimentado a quienes como su padre Marcelino lo siguieron en su intento por alcanzar la Presidencia y convertirse en el primer gobernante civil, que procuraría –como su padre lo había creído y tal vez muchos de sus seguidores– cumplir el ideal platónico de que un filósofo estuviera al frente de la República. Pero en el final de su exaltación autobiográfica sólo halló La Flama del rencor, en un texto descuidado, caótico, peor escrito que los demás, aunque más condenatorio.
Era necesario saber de su propio padre qué habían hallado él y los partidarios de un hombre que despertó tantas esperanzas y provocó tantas frustraciones. Creyó que en la ocasión festiva, en la que habían intercambiado regalos, brindado por la felicidad de todos y gozado del alborozo familiar, podría internarse en el resbaloso terreno de las admiraciones equívocas.
Esbozó la sonrisa más lisonjera, mostró la cara más amable, el mejor gesto amoroso, la mirada melífica, la voz pausada, el tono cariñoso con que sabía decirle “te amo” a su papá, para que no percibiera don Marcelino ni maligna intención en la pregunta, ni supusiera reproche oculto en la curiosidad de Ariadna. Era el hombre a quien más quería, el que merecía su mayor agradecimiento por sus enseñanzas de las letras y la vida y no quería molestarlo con preguntas incómodas en torno al llamado «Maestro de América».
Sabía que para su padre, Vasconcelos era el educador, el filósofo, el reformador político, el prosista consumado, el reivindicador de lo indígena, el revaluador de los valores nacionales, el pensador demócrata, aunque en los últimos años había simpatizado con nazis, fascistas y dictadores. Eran tantos Vasconcelos en uno, que Ariadna quería saber qué hechizo había ejercido sobre su padre, los intelectuales, los estudiantes y las masas, a quienes cautivó y logró que apoyaran sus afanes políticos.
Pero antes que don Marcelino respondiera, doña Meche, que le tenía real aversión a Vasconcelos, adelantó su recriminación:
–Es lo mismo que le pregunté a tu padre, hijita, miles de veces: ¿qué le ves a ese hombre? Tan altivo, tan altanero, consumido por el rencor y por sentir que todo el pueblo mexicano lo humilló por no querer morir por él.
–No fue así, Meche. No quería que muriéramos por él, sino con él, que defendiéramos la victoria política conseguida –la comedida justificación de Marcelino.
–¡Ah, sí! ¡Quería que el pueblo se levantara en armas, mientras él estaba escondido en el extranjero! En unos Estados Unidos que según él rechazaba y culpaba de todos nuestros males. ¡Qué hombre tan incongruente!
La abuela Maclovia aportó igualmente su punto de vista:
–Sí es cierto, Marcelino. A mí siempre me pareció tan contradictorio: odiaba a los Estados Unidos por protestantes, pero bien que vivía de ellos. Aquí nunca quiso dar clases, pero allá con los yanquis sí, porque adoraba los dólares y despreciaba nuestros pesos. Viejo interesado.
Ariadna se inquietó ante la andanada contra don Marcelino que motivó su pregunta, sin otro propósito que el de averiguar qué había visto su padre en el recién fallecido, hundido los últimos treinta años en la amargura de no ser valorado como el Mesías que el país necesitaba. Lo que menos hubiera querido era incomodar a su padre en la reunión navideña y ya había provocado las reclamaciones de su madre y de su abuela.
–¿Tú qué viste en él, pa? –insistió en una complicidad amorosa con el hombre que le había contagiado el amor por la cultura.
–Ya lo he dicho muchas veces, hijita –puso antecedentes a su respuesta–. Su inteligencia reflexiva fue lo primero que me deslumbró, pues como sabes lo conocí a través de las colaboraciones que entregaba a El Universal y que a mí me encargaban revisar, pues realmente no tenía qué corregirle: acaso reparar una falla de tecla mal tocada o una errata que llegaba a deslizarse en sus impecables escritos, por culpa, tal vez, de la premura periodística.
–Pero luego, pa, al corregir sus libros te percataste de que no era un gran prosista y sólo gracias a tu esfuerzo adquirió fama de artífice de la palabra.
–Y ni siquiera te lo supo agradecer el malnacido –desde su indignación atizó su propio rencor doña Meche, a quien siempre molestó que Vasconcelos no reconociera el aporte de su marido.
–¡Cómo se ve que me quieres, hijita! –don Marcelino pasó por alto los exabruptos de su mujer.
–Eso ya lo sabes, pa, te adoro y te admiro, pero aparte, ahora que ya he leído todas o casi todas las obras de Vasconcelos, incluyendo la póstuma, La Flama, que ya ni te consultó, según se nota por lo mal escrita que quedó, he visto que no atendió tus advertencias y publicó lo que quiso.
–Ay, hijita –respondió a los 74 años, ya no con el ímpetu de otros años, sino con la indulgencia de la sabiduría– ¿por qué supones que son errores de él los que pueden ser faltas mías? Yo no soy infalible.
–Por favor, pa, son cosas que tú me has corregido tras explicarme porqué es erróneo su uso. Si están en sus libros es porque él no aceptó tus sugerencias.
–No es eso, hijita. Piensa que los autores también tienen derecho a defender su estilo. A lo mejor le pareció que lo que yo quería corregir disminuía su impulso.
–¿Cuál impulso? Dirás su arrogancia. Siempre se sintió tocado por los ángeles –no ocultaba su molestia doña Meche–. ¿Cómo iba a aceptar sus errores?
–¿Qué errores, Meche? Un lapsus calami cualquiera lo tiene –la resistencia de don Marcelino se sustentaba en la amistad.
–No es por contradecirte, pa. Pero cuando dio a conocer su Ulises criollo, que es de sus memorias lo primero que leí de él y en principio me cautivó, don Luis Cabrera le señaló los crasos errores en que incurrió y eso que pasó por alto las erratas, que podían deberse a la imprenta o a la mecanógrafa.
–No se te olvide que Cabrera no le tenía buena voluntad: después de ser buenos amigos terminaron en bandos políticos contrarios –quiso matizar la crítica.
–Sí, pa, no se llevaban bien, pero lo que le señaló estaba muy bien sustentado. Le corrigió el mal uso de “hasta” como preposición o como adverbio y tuvo toda la razón, según recuerdo lo que me enseñaste. Escribió Vasconcelos algo de un teorema, que no había entendido “hasta que vio la explicación gráfica” y Cabrera corrigió que debía haber escrito “no entendí el teorema hasta que...” También le aclaró que “obsediar” no existe en español, sino que es “asediar” y que tampoco “cacaraquear”, sino “cacarear”, lo que por cierto sí corrigió en una edición posterior y también aceptó que había sido un error atribuir una conocida fábula, (“A un panal de rica miel...”) al mexicano José Rosas Moreno, cuando que todos sabemos que es del español Félix Samaniego. Eso sí lo corrigió en la edición que yo leí. Lo reprendió por confundir acechar con asechar y que no supiera la diferencia entre “estar de pie” y “estar en pie”.
–¡Qué bueno que lo haya puesto en su lugar! –expresó jubilosa la abuela Maclovia, al tiempo que reclamaba–: ¿Y qué no le van a hacer los honores a mi calabaza en tacha? Nomás por ponerse a platicar de ese señor, ya ni probaron mi postre.
–Sabes que me encanta, abuela. Sírveme, aunque tenga que hacer más ejercicio mañana –le respondió complaciente Ariadna.
–¿Qué más le dijo Cabrera, hijita? –quiso averiguar con cierto morbo doña Meche.
–Bueno, pues le dio un buen repaso no sólo con ciertos nahuatlismos, en los que era experto, como saben.
–Cierto –asintió don Marcelino–. Hizo un muy buen Diccionario de aztequismos.
–¿Como qué? A ver, dinos de lo que te acuerdes –curioseó también la abuela.
–Anotó que escribió “chapapote” cuando debió haber puesto “chapopote” y que en vez de “papalote” apareció en el Ulises criollo papelote y hasta se burló de él porque dijo que “papelote es el que hizo el escritor, el casi sabio Vasconcelos”.
–¡Qué bueno, se lo merece! –remató doña Meche.
–También le corrigió los dislates que cometió al citar en latín, pulvis eris, en lugar de pulvis es, o bien: mater misericordis, en vez de mater misericordiae. Como los dos estudiaron Derecho, al igual que yo, lo exhibió por no recordar cómo es en latín una definición de Justicia. Vasconcelos escribió: Justitia est constant et perpetuas voluntas de jus sum quique tribuendi.
–¿Y eso que es? –se extrañó doña Maclovia.
–Algo así como “La justicia es la constante y perpetua voluntad de reconocer a cada quien su derecho” –tradujo don Marcelino–, pero está deficiente la construcción.
–Tú lo leíste, ¿verdad, pa? Así lo escribió y por eso Cabrera le llamó la atención –completó Ariadna–. Porque constante en latín, es constans y no constant. La “de” en “de jus” sobra y el sum es soy, pero está mal usado, porque debiera ser suum, suyo, y el quique debe ser cuique, con “c” y no con “q”.
–¿Y tú sí lo sabes bien, hijita? –capciosamente preguntó la abuela.
Y recibió de inmediato la severa respuesta de la mamá Meche.
–¡Claro que sí, doña Maclovia! Hasta la duda ofende.
–No lo dije por ofender –se disculpó la abuela–, fue nada más para presumir la inteligencia de mi nietecita querida.
Una mirada de suave reproche de don Marcelino dirigida a su esposa Meche, terminó con el conato.
–Ese primer volumen de sus memorias yo no tuve ocasión de revisarlo, hijita
–se justificó don Marcelino.
–Ya lo sé, pa –sentada junto a él, a la mesa, Ariadna recargó cariñosamente su cabeza en el hombro del corrector–, porque no habrías pasado por alto errores históricos, de cronología, que le sirvieron a Cabrera para exhibir a su antiguo compañero de correrías maderistas.
–Ellos compartieron originalmente esos ideales y fueron carrancistas en un momento. Cabrera siguió con don Venustiano, pero Vasconcelos no y tuvo que escapar, en una fuga muy peliculesca porque Carranza lo encerró –aportó don Marcelino su sabiduría.
–Pues sí, pero Cabrera lo pescó en varias fallas históricas y eso que Vasconcelos hizo un libro de historia de México. Aseguró que Díaz se reelegía cada seis años, cuando que era cada cuatro, pues no fue sino hasta 1904 cuando se aprobó que hubiera sexenio en vez de cuatrienio. También escribió que la Marcha Zacatecas ya se tocaba en los bailes en 1891, cuando que Genaro Codina la estrenó en 1893. Y se anticipó también a poner calles asfaltadas en México en 1895, cuando que se asfaltaron años después. Incurrió en otro anacronismo, al apuntar que en 1910 ya había refrigeradores eléctricos en México, pero fue en 1911 cuando la General Electric los empezó a fabricar en serie y llegaron a las casas en Estados Unidos. De veras, pa, que estaba lleno de errores su primer libro de memorias, que para muchos fue de alto valor literario, aunque para mí, el segundo, La tormenta, fue el mejor contado. Y si hubiera presentado su autobiografía como novela, no habrían tenido importancia sus errores, sus disparates históricos, geográficos y biológicos, que de todo eso le señaló Cabrera. Y ya no sigo para no aburrirles.
–A mí no me aburres, al contrario, hijita: me quitas lo burra y me ayudas a fortalecer el desagrado que siempre tuve por ese señor tan creído, tan mal padre, tan mal hijo y tan mal marido. Porque sólo tenía ojos para su mamá, pero para nadie más –la alentó a seguir doña Meche.
–Y a mí tampoco, preciosa –la estimuló igualmente la abuela–. Ya sabes que todo lo tuyo me parece perfecto.
–Espero no molestarte a ti, pa –intentó conseguir el asentimiento también de don Marcelino.
–No, no, si para mí es música de Mozart tus palabras. Admiro a Vasconcelos, pero no tanto como a ti, mi niña preciosa –la aclaración cariñosa y condescendiente de don Marcelino.
–Digo, por tratarse de tu amigo –temía estar importunándolo.
–Amigo, tu papá de Vasconcelos, pero no de allá para acá –insistió doña Meche en remarcar distancias–, pero este hombre es un alma de Dios –y lo besó, fervorosa.
–Yo sé que no lo vas a aceptar, pa, pero en el fondo tendrás que admitirlo: Vasconcelos no sabía escribir. Sabía contar y hasta describir muy bien a las personas y los paisajes, pero no era un buen escritor, aunque haya sido miembro de la Academia de la Lengua y del Colegio Nacional y muy reconocido por los gobiernos de Cárdenas en adelante. Y eso que él trató de derrocar a Cárdenas.
–¿Y quién tiene la autoridad para decretar si alguien sabe o no escribir? –intentó la defensa don Marcelino.
–Cuando hasta tus mejores amigos te lo dicen, pues sólo por soberbia se negará uno a aceptarlo –argumentó Ariadna, que tenía facultades, pero las había sosegado, por temor a no estar a la altura de los conocimientos de su padre.
–Pero vaya que era soberbio Vasconcelos –confirmó doña Meche–. De haber llegado a la Presidencia se habría proclamado César, Zar o por lo menos Cid.
–Cid... Curioso que lo nombres, ma. No te vayas a molestar, pa, pero ya ves que cuando se fue del país, tras perder la Presidencia, dijo que regresaría cuando hubiera gente dispuesta a defender con las armas el poder que había conquistado. Y luego acusó a los mexicanos de cobardes por no haberse levantado en armas, para derrocar al gobierno, que luego él vendría a encabezar ya terminado el riesgo de la metralla. Yo creo que fue el revés del Cid Campeador, que pese a todo fue fiel al Rey Alfonso, lo que le hizo merecedor de lo que asegura el Cantar del Mío Cid: “¡Qué buen vasallo sería /si tuviera un buen señor!”, pero en el caso de Vasconcelos debe haber pensado a la inversa: “¡Qué buen Señor yo sería/ de haber tenido vasallos!”
–¡Buen punto, hijita, buen punto! –celebró doña Maclovia y compartió la risa doña Meche, no así don Marcelino, a quien le pareció exagerada la paráfrasis.
Ariadna intentó recuperar el ambiente cordial en que su papá se sentiría mejor.
–Es una broma, pa, no lo tomes a mal. Lo que he leído es que fueron muchos los que le dijeron que escribía mal, que era descuidado, que no se esmeraba en lo que hacía y con todos los que le dijeron se fue distanciando. Henríquez Ureña le dijo una vez entre copa y copa que era mal escritor y dejó de hablarle Vasconcelos y hasta es posible que haya influido para que se fuera de México. Alfonso Reyes se lo expresó en una carta y no sólo dejó de escribirle, ya que le canceló el nombramiento de Subsecretario de Educación que le iba a ofrecer. Victoria Ocampo, en Argentina, se decepcionó de él y no lo volvió a recibir en su casa. Cabrera en su ensayo crítico que llamó Una cacería de gazapos, escribió que el libro no aporta nada. Castro Leal, años después, le reprochó el descuido en sus textos y recordó que no quiso ser verdadero profesor de aula, tal vez porque «no sabía caminar acompañado», así que lo de «Maestro de la Juventud de América»... queda en veremos. Y otros autores, expertos en su materia, han dicho que las obras filosóficas de las que se enorgullecía tanto Vasconcelos eran “más música que filosofía”; Santos Chocano le reclamó que presumiera de hacer estudios indostánicos sin saber sánscrito y el propio Cabrera lo puso en ridículo por su pobre conocimiento del inglés, el francés, el italiano y el alemán, pues se empeñaba en mostrarse políglota. No sé si recuerdes que en su Indología Vasconcelos reconoció que no escribía bien. Y yo, también, modestamente y gracias a ti, he marcado en sus libros los errores que descubrí en sus volúmenes de memorias y ya no digamos en La Flama y el anterior, En el ocaso de mi vida.
Sintió que estaba agobiando a don Marcelino, al situar en la picota al hombre que les había dado en 1929 a muchos de sus seguidores una razón para vivir. En el afán de darle un respiro a su padre, le procuró un resquicio de aire fresco:
–Termina de contarme porqué lo admirabas, pa.
–Bueno, pues también me gustó su lealtad a los principios que lo llevaron a apoyar a Madero y a buscar luego la Presidencia para poner en práctica el maderismo.
–Pero Vasconcelos era contrario al espiritismo que guiaba a Madero. Además don Francisco no era fascista, pa, como terminó siéndolo Vasconcelos. ¿O acaso persiguió con saña a sus rivales, los encerró en un campo de exterminio para acabar con ellos cruelmente?
–No, hijita. ¿Cómo crees? Madero era demócrata y por el contrario ni persiguió a sus rivales ni los asesinó o siquiera encarceló. Si eso fue lo que más le criticaron por no darse cuenta de que le entregó el poder militar a su enemigo Victoriano.
–Además, pa, Vasconcelos buscó la presidencia porque probó el poder y le gustó. Pero qué bueno que no ganó.
–¿Cómo dices eso, Arita? –extrañado ante la actitud de Ariadna, que parecía festejar el fraude electoral de que fue víctima Vasconcelos.
–No te molestes, pa. Yo sé que tú y muchos intelectuales arriesgaron su tranquilidad, su hacienda y hasta su vida, por apoyar a Vasconcelos, porque creyeron que él garantizaría la paz y la democracia. Pero ahora que he leído más de él me doy cuenta de que no era demócrata, sino autócrata, autoritario, que sólo le satisfacía imponer su voluntad y no le gustaba que lo contrariaran. Sus obras son un canto al individualismo y no oculta su desprecio a las masas. Sé que a su lado viviste tu sueño juvenil, pero Vasconcelos los engañó. Para ustedes fue lo que ahora son la Revolución Cubana, Fidel, el Che Guevara y los demás revolucionarios, para mi generación. Pero éstos no nos defraudarán...
–Bueno, sí, era un tanto caprichoso y no le gustaba que lo encontrara uno en falta, pues varias veces se molestó porque le señalé que se había equivocado al escribir o al dar alguna información. Pero todos hemos tenido unos disgustos pasajeros al darnos cuenta de que fue el descuido lo que motivó la falta. Y más que contra los demás, se enoja uno consigo mismo.
–Pa, ¿sabes qué?: me temo que nos hubiera ocurrido algo terrible si hubiera sido presidente
–¿Temes? Si al contrario, creo que con él en Palacio Nacional habríamos conocido el verdadero progreso.
–A lo mejor el progreso sí (hasta con Porfirio Díaz se alcanzó), pero no la Civilización, que debería ser la aspiración de todo gobernante. Dice Bertrand Russell que se ha obtenido más fácilmente el progreso que la civilización. Vasconcelos fue intolerante, hasta con sus superiores: no soportaba que le llamaran la atención y por eso le presentó su renuncia al presidente De la Huerta (que lo nombró “de dedazo” Rector de la Universidad, pues no había dado clases en ella), cuando provocó conflictos internacionales con Venezuela. Le adelantó la renuncia antes de que lo llamaran a cuentas. Y otro tanto hizo con Obregón que creó para él la Secretaría de Educación Pública: «Aquí está mi renuncia, si no se hacen las cosas como yo digo», parecía querer significar con sus dimisiones.
–Eso demuestra que era un hombre congruente, honesto, que esperaba respeto y aceptación de lo que hacía.
–No dudo de su honestidad, aunque dicen que en Sonora, cuando Cárdenas lo nombró, allá por 1939 rector de una universidad que apenas se iba a construir, empezó a cobrar su salario y el de su yerno Herminio Ahumada. Un periodista, el director del periódico El Imparcial, José Abraham Mendívil, lo denunció, y entonces el hijo de Vasconcelos, José, lo retó a duelo; el periodista aceptó, siempre y cuando primero se batiera con don José; aparentemente aceptó Vasconcelos, se pactó el duelo y cuando ya se iban a enfrentar salió huyendo en la madrugada el valiente señor.
–Valiente sí era. Un día se enfrentó, él solo, a los bachilleres que en la Preparatoria le había organizado en su contra Lombardo Toledano.
–Se les enfrentó, porque no los quería. No se puso a dialogar con ellos... Fue a imponerse, a desafiarlos, porque tal vez buscaba desde entonces el martirologio que le concedió Calles. Pero antes, según cuenta en Ulises criollo, atacó a los jóvenes anti-maderistas mediante unas declaraciones en la prensa, en las que habló de “el fetiche del estudiante”. No menciona el nombre del diario a cuyo reportero (no repórter, como escribió, ¿verdad, pa?) le entregó sus furiosas declaraciones en que criticaba a los opositores y les planteaba que no bastaba ser joven para tener la razón, porque se podía ser joven y servil, como muchos que no participaron en la lucha antiporfirista. Ni como Rector ni como Ministro de Educación contó con la simpatía estudiantil, pero extrañamente como candidato a la Presidencia sí lo apoyaron muchos jóvenes, estudiantes sobre todo.
–Durante la campaña por la Presidencia dio muestras también de gran valor, al no rehuir las amenazas de quienes estaban contra él.
–No te lo voy a negar, pa, vivió peligrosamente, como héroe romántico, pero hace falta más que eso para ser un buen político. Él quería que se hiciera lo que ordenaba y no aceptaba la disensión. Habría sido como el actual Ministro de Gobernación: duro, intransigente, colérico, mandón. El Tavo éste que escogió Rodolfo El Joven.
–Eso dicen –aventuró la abuela Maclovia–, que es “de pocas pulgas”.
–El nuevo presidente, que fue vasconcelista, debería haberle ayudado –lamentó don Marcelino.
–¿Por qué, pa? Rodolfo El Joven, no tiene nada que ver con el vasconcelista que un día fue. Es del partido oficial que tanto atacó Vasconcelos cuando fue disidente. Pero cuando lo expulsaron de Estados Unidos regresó a pedir favores a sus contrincantes. ¿No se dio cuenta de que el Rodolfo presidente ya no era el del 29, que corrigió el rumbo y ahora está en el partido que le robó las elecciones?
–¿Y por qué lo corrieron de Estados Unidos, hijita? –quiso saber doña Meche.
–Hay muchas versiones: por simpatizar con los nazis, por haber atacado en sus artículos a Lincoln y a Washington, por su posición antiprotestante o bien porque creyeron que vendría a hacerle la guerra a Cárdenas, “el comunista”.
–Mucha gente se ha vuelto contra él por simpatizar con Hitler y Mussolini, pero no es el único personaje de la cultura que se dejó seducir por el antiimperialismo de los nazis –el intento de don Marcelino por rescatar a su admirado autor.
–¿Mal de muchos, pa...?
Muchos creyeron en Hitler al principio... Se confundieron.
–Pa, no te desgastes en su defensa.
–El Vasconcelos que nos animó en el veintinueve merece todos mis respetos.
–Pero cambió, pa. Ya no es el que ustedes creyeron iba a salvar al país.
–La vida no es lineal, hijita. Hay cosas que nos modifican. Alguien lo convenció...
–Vasconcelos no fue sorprendido, siguió creyendo en los nazis y los dictadores hasta el último día de su vida. ¿No dirigió la revista Timón, con dinero de los nazis?
–Muchos se equivocaron. Ya ves que Henestrosa también se afilió al nazismo, el “Doctor Atl”... –quiso disminuir la culpa de Vasconcelos.
–Al borrachín de Andrés lo deben haber convencido con una botella de mezcal –doña Meche no se sorprendió de esa simpatía.
–Pues sí, pa, pero Pellicer no se dejó embaucar, ni los hermanos Magdaleno, ni Fedro Guillén, ni Gómez Arias y otros vasconcelistas. Tú mismo. Él ya era nazi y racista, antes de que apareciera Hitler.
–Eres muy dura con él, hijita. Se te olvida todo lo que hizo por el país. Su labor educativa y de editor de libros clásicos...
–¿De veras creíste en sus exageraciones? Un educador que no educa y que ni siquiera creía en los profesores, sino en el libro...
–A lo mejor quería tener más lectores... –la abuela introdujo su socarronería.
–Él no quería educar, pa –continuó Ariadna su tarea lapidaria–, sino instruir, volver más productiva a la gente, para que fuera más útil a los empresarios. Lo bueno es que todo está por escrito. Ni siquiera su labor alfabetizadora ha funcionado: cuarenta años después sigue muy elevado el número de analfabetos... En cuanto a los libros, hizo menos ejemplares de los que presumió y fue muy selectivo con los autores que para él merecían ser editados: escogió a los místicos, a los que compartían su doctrina mesiánica. De Romain Rolland imprimió un verdadero papasal: sus aburridas biografías de Beethoven, Miguel Ángel y Tolstoi. A esos “primeros lectores”, que él decía, ¿les iba a interesar la correspondencia de Beethoven con gente desconocida? Y aparte de eso, libros con un diseño nada atractivo y con letra tan pequeña que a muchos no se les debe haber antojado leerlos. Yo creo que sus clásicos tan afamados fueron “pomada contra la lectura”. Dicen que sus tirajes nunca fueron de cincuenta mil ejemplares como presumió* y que además la gran mayoría se quedó en las bodegas**.
–Bueno, eso de editar a los místicos que compartían su doctrina, no creo que haya estado mal, hijita. Porque habrá sido malagradecido con tu pa, mal marido y peor padre, pero con todo y su egolatría, nunca dejó de ser un buen creyente católico –reconoció doña Meche.
–Pues ni en eso fue congruente, ma –sorprendió Ariadna a dos almas religiosas, doña Meche y doña Maclovia–. Convenenciero, más bien, aunque me miren asombradas, ma y abuela. Recuerden que un tiempo se apartó de la Iglesia y luego se arrepintió, pero llegó a escribir que estaría junto a los ateos si ellos creían más en la justicia que en la Iglesia. Y en su último libro, La Flama, recogió el diálogo que tuvo con su antiguo enemigo Calles, quien lo invitó a participar en una conjura contra Cárdenas, a quien supuestamente los militares iban a derrocar y como el que fue Jefe Máximo le ofreció que lo llevaría a la Presidencia, Vasconcelos escribió que con tal de llegar a ser el supremo gobernante, era capaz de asociarse con el Diablo. ¿Eso lo declararía un católico devoto?
–No, ni lo mande Dios –se persignó doña Meche.
–Y convenenciero como fue, cuando creó el lema universitario no se atrevió a mostrar lo que en realidad pensaba: que se refería al Espíritu Santo, cuando propuso que en el escudo figurara lo que siempre se creyó era una leyenda laica: “Por mi raza hablará el espíritu”, pero no el alma, la sensibilidad, sino el Espíritu Santo. ¿Por qué no se atrevió a exponer su credo? Porque así le convenía en ese momento: no quería disgustar a los revolucionarios jacobinos, que había muchos, porque a diferencia de la lucha por la Independencia en que abundaron los curas, empezando por Hidalgo y Morelos, en la Revolución de 1910, no hubo alguno recordable.
–Tal vez no planteó lo del Espíritu Santo porque consideró que no era el momento de hacer confrontaciones religiosas –intervino el descreído Marcelino–. Si así se produjo la guerra cristera, ¡imagínate si él hubiera provocado el choque!
–Él siempre hizo gala de su honestidad de pensamiento y declaró su fe religiosa, pero en este caso prefirió ocultar su devoción. En La Flama exalta a los cristeros casi los santifica, pero no los aceptó en su campaña presidencial, porque acababa de pasar la guerra cristera y no sería bien visto que acogiera el apoyo de los devotos, uno de los cuales, León Toral, fue quien cometió el magnicidio contra Obregón.
–Fue la estrategia de entonces –quiso precisar el activo vasconcelista.
–Cuando le convino se manifestó conservador, fascistoide, reaccionario, en los últimos años, para ganarse un lugar en la Catedral, donde se guardan sus restos.
–La Iglesia debe haber considerado que lo merecía –las palabras sensatas de doña Maclovia.
–No, abue, yo creo que también engañó a la Iglesia. Todo en Vasconcelos fue mentira, mito. Se creyó genio y no lo fue; gran escritor y tampoco resultó; filósofo y no aportó nada; educador, editor, maestro y hoy ha quedado al descubierto su pobre actuación; opositor y anduvo buscando honores y reconocimientos de un gobierno que decía detestar; presumía de demócrata y terminó justificando al fascismo porque hemos vivido en él, y admiró a los dictadores, porque «Un dictador genial puede hacer algo». Predicó el amor en uno de sus discursos, pero no lo practicó y en cambio exaltó «el odio que purifica», contra judíos, comunistas, protestantes, masones, la familia, los hijos, las culturas prehispánicas, que iban a constituir «La raza cósmica» y terminó despreciándolas, para glorificar la conquista brutal que no destruyó nada, según él, porque antes de los españoles no había nada valioso en estas tierras. De lo único bueno que hizo se arrepintió: la pintura mural y la lucha por unas elecciones limpias.
–¿Ése era el verdadero Vasconcelos, hijita? –descubrió doña Meche argumentos en qué sustentar su antipatía.
–¿No hallaste nada bueno en él, hijita? –quiso saber don Marcelino.
–De muy jovencita, niña casi, me interesó el carácter amatorio de su literatura. Me atrajo por la forma como expresaba su amor por Adriana. Pero al leer después cómo la despreció porque aparentemente lo “engañó” con Martín Luis Guzmán, luego de abandonarla en Nueva York, para ir a Sudamérica, en busca de trabajo, me empezó a decepcionar... Y también su soberbia. Según escribió en una carta a un amigo, tendríamos que «llorar de vergüenza, de impotencia y rabia por lo que perdieron perdiéndome». Pero la verdad yo siento que ganamos más perdiéndolo.
–¿Eso escribió? –Se indignó doña Maclovia–. ¡Viejo vanidoso! ¿Qué se creyó?
Y aunque hubo besos y abrazos, alegría por otros motivos, superado este episodio, no fue una Nochebuena, ni siquiera para Ariadna, que entendió el significado de la victoria pírrica de hacerle aceptar a su padre una realidad, que seguramente no desconocía: la existencia de otro Vasconcelos, encubierto por el mito.
Ariadna también comprendió que pese a todo, Marcelino seguiría admirándolo, cuando la despidió con una frase definitiva:
–Hijita, yo nunca voy a negar mis amores juveniles.

* El escritor y académico, Felipe Garrido, en Las Jornadas vasconcelianas de 1982, tras consultar diferentes fuentes, calculó que los tirajes reales pudieron haber sido de 11,557 ejemplares en un caso y en otro, de 6,118 y no los 25 mil que divulgó Vasconcelos, en Indología y El desastre.
** El Mtro. Jorge Hernández C, en su inédita tesis doctoral aporta cifras oficiales de la SEP, según las cuales, en 1925, de 239,685 libros editados, sólo se habían distribuido 8,112.