REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Cinco días en septiembre (2/4)


Salvador Quiauhtlazollin

20 de septiembre
La mañana del 20 de septiembre de 1985 fue soleada. La energía eléctrica se había restablecido completamente en mi colonia. Las cosas seguían igual de confusas; la información, manejada discrecionalmente por los ineptos esbirros de Miguel de la Madrid, fluía a cuentagotas y de forma contradictoria: Seguía vigente el que nadie se moviera de su domicilio, pero por otra parte, el gobierno se empeñó en dar la impresión de que todo estaba bien, fiel a lo que siempre, bajo toda circunstancia, ha manejado el PRI. Por tanto, las estaciones de radio volvieron a su programación habitual, y sólo daban partes sobre los lugares donde estaban los rescatistas, que, hay que aclararlo, todavía eran de la sociedad civil. Fue hasta el día siguiente que el Ejército llegó, organizadísimo bajo el Plan DN-III-E, a unas cuadras de la colonia.
Mientras tanto, mi mamá y yo habíamos ido al aeropuerto. El plan era que un turista pudiera comunicarse con mi abuelita, quien vivía en California, para avisarle que todo estaba bien, pues era imposible llamar al exterior. Hoy, hasta en Facebook hay aplicaciones para avisar nuestro paradero en los desastres. En 1985, ninguna línea daba larga distancia, y los teléfonos públicos, gratuitos por la emergencia, solo podían conectarse con aparatos funcionales. Finalmente, mi madre encontró a un turista que accedió a hacer ese favor. Regresamos a casa.
El resto del día lo pasé en la pick up, juntando artículos para los centros de distribución. ¿Qué juntaba? Lo que la gente conocida de los alrededores me daba. Hoy, cuando sucede una catástrofe, se hace un llamado a donar sólo artículos eminentemente necesarios para hacerle frente. Pero en 1985, a nadie se le ocurría que de poco servían para paliar las insuficiencias de los damnificados los abrigos de piel usados, rollos de película a punto de velarse o juguetes descarapelados. Así que los recaudadores aceptábamos de todo, y con presteza lo llevábamos a los lugares de acopio, que por cierto, cambiaban caprichosamente su ubicación y aparecían o desaparecían sin ton ni son.
Estaba en la colonia Narvarte, recogiendo cosas con mi amigo Luis. De reojo vi en la tele que pasaban una de mis series favoritas: Video rock, conducida por Elsa Saavedra. Era un programa repetido, ya sabíamos que Televicentro se había derrumbado. Salía justo cuando iniciaba el videoclip de Shout, de Tears for Fears. Ya estaba completamente oscuro.
Arranqué la pick up, avancé una cuadra en sentido contrario (cosa que en esos días nadie reprochaba) y justo daba la vuelta sobre Dr. Barragán cuando tuve que frenar intempestivamente. Una multitud, que brotaba como espuma de todas las casas, se arremolinó en el arroyo vehicular gritando histérica. Eran exactamente las siete treinta y siete de la noche.
El segundo terremoto hizo brotar plegarias, alaridos desgarradores, convulsiones, sudor y lágrimas de la gente que huyó en segundos de sus hogares. El pánico se apoderó de los mexicanos soslayando por completo cualquier reflexión. Alcancé a ver cómo decenas de mujeres se hincaban justo cuando se cortó por completo la energía eléctrica. Le dije a una señora: “No se preocupe, este temblor no va a ser tan fuerte”. Su hijo adolescente, desencajado de terror, me espetó: “¡¿Cómo lo sabes?! ¡¿Qué eres Dios?!”
Con esa respuesta, consideré que era más valioso obviar la discusión y dar una explicación general. Me encaramé en el cofre de la pick up, mentalice un poco mis clases de oratoria, y con la voz más tranquila y clara que el miedo me permitía, les expliqué sencillamente una de las lecciones de secundaria: Que un terremoto tendrá inevitables réplicas, pero que serán de una gradación mortífera menor.
Supongo que de alguna forma mis palabras sirvieron, pues los llantos histéricos bajaron considerablemente su tono. Y entonces, ocupó nuestros tímpanos un sonido fantasmagórico: los aullidos combinados de miles de perros que venteaban la muerte formando una nota única, sostenida, sombría, aterradora. Y justo con ese fondo espectral, bajo el cielo estrellado y la moribunda luna menguante, el horizonte pareció estallar: a la lejanía se apreciaban destellos incandescentes que iluminaban la negrura de la bóveda celeste como en una tormenta eléctrica. Una visión sobrecogedora que enmudeció a los pocos que todavía sollozaban.
Y apenas unos segundos antes que el sismo terminará totalmente, sucedió algo aún más hipnótico: los canes enmudecieron su gemido al unísono, como si hubieran recibido una orden del mismísimo Cancerbero. Y como ya nadie emitía el más mínimo ruido, un eco se apropió de nuestras mentes: Era el crujir de casas y edificios que danzaban al traqueteo del terremoto, mecidos por la fuerza indetenible de las placas tectónicas. Crish, crash, crish, crash, crish, crash. Ese vaivén onomatopéyico nos hizo sentir minúsculos insectos en el interior de un reloj de arena, iluminados por los fulgores del más allá.
Crish, crash, crish. El movimiento cesó por completo. Y como un relámpago, en ese preciso segundo, se oyó el efecto Doppler de centenares de sirenas que ulularon al mismo tiempo. El bramido de esas cornetas rompió cualquier lazo de cordura, y empezamos a correr en un maratón frenético hacia los edificios. Yo llevaba una linterna de las más modernas disponibles en esos días, y pronto, sin tener ningún conocimiento de estructuras, me vi buscando resquebrajaduras en cada edificación de la cuadra. Entré a decenas de departamentos y casas, todo mundo me urgía a revisar su morada. Éramos varios los que corríamos de cuarto en cuarto. No distinguimos la más mínima grieta.
Dos horas después estaba de regreso en casa. Mis padres habían ido a ver a mi abuelita, donde nada había pasado. Después de lustros de no hacerlo, y sólo por la cortesía de preguntarle por el estado de sus familiares, crucé palabra con una antipática y ensoberbecida vecina adicta a las anfetaminas. No volvimos a hablar hasta 3 décadas después.
Mi familia se encerró en la penumbra del hogar. A dos cuadras, en el parque, se distinguían las linternas. Fui hacia allá. Muchos vecinos se aprestaban a pasar la noche bajo los árboles. Las cobijas, las colchas y los sleeping fueron extendidos sobre el pasto. De un automóvil salían las notas de las melodías del momento. Sting cantaba. El temor había remitido por completo. Empezaban las anécdotas, esas mínimas viñetas de vida que llenan horas de conversaciones. Un locuaz señor maduro, impulsado por su anforita, describía los hábitos amatorios de su joven y pizpireta esposa. Entonces supe que valía más la pena dormir. Intuía que la mañana siguiente me enseñaría algo sobre la gente, pero mi baturrillo mental me impedía imaginarme qué. Por lo mismo, no sé cómo terminé en el interior del automóvil con el radio encendido, ni a quién pertenecía. Santana tocaba Say it again. No tuvo oportunidad de decírmelo nuevamente: caí en el pozo inevitable del sueño. Ya era sábado.
21 DE SEPTIEMBRE
El alba, el desasosiego y los trinos rompieron mi pesadilla. Clareaba cuando desperté y vi que estaba a media cuadra del parque de la Postal, en la calle de Estafetas. Los vecinos ya se habían retirado. Salí de un automóvil desconocido y fui a recoger la pick up.
Muy temprano ya estaba en un centro de distribución. Cosa extraña: no había autos oficiales, así que fui bienvenido. Me presentaron a dos chavos para que formáramos una especie de brigada sobre ruedas, todavía sin misión alguna. Mientras esperaba que me asignaran algo que transportar, miraba con muchísima satisfacción el ir y venir de los rescatistas. Para ese momento, ya la sociedad civil había dejado el mando al gobierno: médicos de los centros de salud y funcionarios delegacionales ahora administraban los recursos disponibles. Y estos ya no eran escasos. Todo lo contrario: De la Madrid había reconocido su soberana estulticia al no haber aceptado de inmediato la ayuda extrajera, y ésta, una vez permitida, llegó a raudales. Y cada vez arribaba más: justo cuando la descargaban de un camión, sonó en los cielos un rugido y vimos muy de cerca un imponente avión militar que hacía retumbar las ventanas con sus potentes hélices. Los voluntarios se entregaban en cuerpo y alma, los funcionarios trabajaban. ¿Quién no podía sentir un callado orgullo por los mexicanos?
Por lo menos en el centro de acopio, las caras tristes habían dejado su lugar a facciones relajadas. Sonaba fuerte la radio. En un informe escuché que: “Alejandro Chambert está bien y está trabajando”. Pensé en lo ladilla que eran mis compañeros scouts, que siempre se traían al Chambert de su puerquito. Pero la siguiente intervención del locutor me hizo tragar saliva: Entre los desparecidos en una secundaria se mencionó a Martín Gil C. Lo conocía perfectamente: compañero de primaria, nos la pasábamos divirtiéndonos en juegos físicos, que eran su especialidad. Incluso un día nos calzamos guantes de box y nos sorrajamos con alegría la jeta. En tres días de emergencia, era la primera persona por mí conocida que era mencionada como probable víctima.
Una voz sumamente amable rompió el aletargamiento que me produjo la nota. Un funcionario uniformado de blanco nos dijo que lleváramos en la pick up víveres a un sitio donde se necesitaban. No tuvimos que cargarla: ya estaban organizados otros voluntarios exclusivamente para estibar los enseres. Pero la puerca torció el rabo cuando pregunté a dónde llevaría más de 700 kilogramos de alimentos, tiendas de campañas, lonas, linternas, cobijas del ejército estadunidense y otros artículos no catalogados, pero indistinguiblemente militares. “Vayan a la Morelos, HEMOS OÍDO que ahí hay damnificados”.
Los sábados de 1985 no eran, como hoy, avernos de autos detenidos en un tráfico imposible. Tal vez llegamos en 20 minutos. Dimos varias vueltas: no había edificaciones derruidas. Otras más: nada, la gente en la calle parecía ajena a cualquier tipo de angustia. Nos estacionamos a preguntar a media cuadra de Avenida del Trabajo.
Entonces, como sucede en las películas de ficheras, aparecieron dos señoras fodongas. Sin saludar, con la mirada propia de las comadrejas ante los pollos, nos escupieron un: “¿Qué nos traen?”. “Nada”, les contesté, “es para los damnificados” “¡Nosotras somos damnificadas!” “Damnificadas de la dignidad, la clase y la cultura”, pensé; pero para mala suerte, uno de los chicos había bajado de la camioneta una barra de queso amarillo, perfectamente embalada para su conservación, que pesaba como cinco kilos. “¡Síií, quesito para los niños!”, graznó una de las brujas de barriada y prácticamente se la arrebató al muchacho de las manos. La otra ni siquiera esperó a que se bajara nada más: con la desfachatez innata en los hijos de Sánchez, alargó las manos para apropiarse de lo que pudo. Entonces, un silbido muy mestizo rompió la quietud y se desató la octava plaga bíblica: de todas las viviendas salieron niños, hombres, mujeres y ancianos, y como langostas sudanesas, acabaron con 7 centenas de kilos de provisiones que no necesitaban; y que además les eran completamente inútiles, pues en pocas ocasiones podrían usar una tienda de campaña para 20 personas. Cualquier viso de orgullo que se podría haber tenido por nuestra población desapareció ante estos mexicanos que, en medio de la tragedia, hacen de su humilde condición la excusa perfecta para el abuso, la gandallez y el pillaje. Por ese tipo de actos reprobables, nunca justificaré, pero comprenderé, a quienes, sin conocer sus motivaciones, definan a esos estratos de nuestros compatriotas como “pinches nacos”.
De momento no sentí coraje en absoluto: no me había caído el veinte que fuimos víctimas de un vil acto de rapiña. Sinceramente era, como todos, un joven que se sentía comprometido con las “causas populares”. Los años y el conocimiento profundo de varios ojetes con los que me he cruzado, me hacen ver hoy de una forma muy distinta ese episodio.
Antes de regresar al centro de acopio y distribución, me desvié a la colonia Roma. Una astilla del tamaño de un tocón me perforaba el alma: no había pasado a ver cómo estaba Azul, saeta de ojazos garzos, corza de fugaz mirada, preciosura de melosos labios que en la escuela hizo más tiernos mis recreos. Así que enfilé a la calle de Quintana Roo, a esa bonita casa donde Stevie Wonder nos cantó I Just called to say I love You.
La cara de Azul se iluminó: no sólo llegaba YO, también alguien que supiera que pasaba afuera. La colonia Roma se había convertido en un gueto cercado por ruinas. Lo primero que hice fue preguntarle si necesitaba algo. No, nada material, pero sí información. Vi un destello de esperanza en la cara de la mamá de Azul, que inequívocamente había llorado hasta quedarse sin lágrimas. Aunque su morada no había sido afectada, se olía el cada vez más penetrante aroma del cascajo. Estuve como una hora contestando lo que conocía sobre lo sucedido en los alrededores, cómo funcionaba el rescate, ese tipo de cosas. Pero pronto las preguntas de la señora tomaron un cariz muy humano: me preguntó si sabía el destino de ciertas familias del rumbo. Me era imposible contestarle y eso trasegaba mi espíritu, pues soy muy empático. Pero le garanticé que seguramente estaban bien: aunque muy golpeada, la sección específica de la Roma donde habitaba no tenía edificios colapsados. Estoy seguro que esas palabras fueron bálsamo para ella.
Me despedí de Azul sorbiéndola a ósculos, y regresé al centro de acopio. Eran más o menos las cuatro de la tarde. Tres horas después, ya a oscuras, regresé a la esquina de Xola y Andalucía, donde dos edificios se habían derrumbado. El MP trabajaba presuroso levantado actas sobre los decesos. Entonces un funcionario, viendo que era un bonachón chamaco con camioneta, me hizo una propuesta audaz: llevar un cadáver al Parque del Seguro Social, que servía de morgue. Quise gritarle un SÍ contundente, pero en una milésima de segundo, un pepe grillo salido del inconsciente me hizo decirle: “¡No, para nada! “Hombre, no hay pedo, te va acompañar el Ministerio” “¡No!”
Después de ese inusual requerimiento, me retiré. Sábado en la noche, no lo pasaré por ahí. Pero hasta la medianoche estuve pensando si no debí haber transportado ese cuerpo. Me contesté que nunca podría volverme a subir a la camioneta sabiendo que lo había trasladado. Eso me evitó discurrir más en ese cuestionamiento moral.
Pero hasta hoy, en medio de ensoñaciones vespertinas que no son sujetas a la censura ética, me sigo imaginando a ese otro yo impetuoso cargando una camilla hasta el diamante del campo de béisbol, rodeado de centenares de muertos que me miran con ojos fríos, reprochándome desde sus abismales pupilas que les negué la compañía de uno de los suyos una aciaga noche de 1985.