REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 10 | 2019
   

Arca de Noé

El neoporfirismo económico no resolverá la pobreza ni la desigualdad


Juan José Huerta

El modelo globalizador neoliberal, que se entronizó en México ya hace 30 años, ha sido incapaz de solucionar los gravísimos problemas de pobreza y desigualdad que asolan a nuestro país, al no considerar adecuadamente la diferencia tan grande en la fuerza de países y empresas que compiten en el mercado internacional, cada cual buscando la máxima utilidad para sí; mientras en México se da un grave descuido a factores clave para participar más equitativamente en el juego, como serían un impulso decidido al dinamismo de las fuerzas internas, la mayor incorporación de valor nacional en la producción, el avance tecnológico, la educación y capacitación de la fuerza de trabajo, todo ello buscando satisfacer las necesidades básicas de la mayoría de los mexicanos, tomando en cuenta el fuerte crecimiento poblacional de nuestro país, así como proteger apropiadamente la conservación del medio ambiente a largo plazo.
Y mucho menos ahora es posible lograr esos objetivos, con el modelo de gestión pública convertido en un neoporfirismo económico, que busca convencer por todos los medios de propaganda a su alcance los supuestos beneficios de continuar así insertos en lo que se califica como “la libre competencia internacional”, propugnando la menor intervención del Estado en la corrección de los desequilibrios económicos y sociales, dejados a la libre acción de las fuerzas económicas altamente monopolizadas, la consecuente privatización o mercantilización de un creciente número de funciones gubernamentales, la ausencia de una política industrial idónea de programas efectivos de apoyo al campo y la producción agropecuaria. En su lugar se da la confianza excesiva en la atracción creciente de inversiones extranjeras como factor que resolverá todo. Estos son elementos de la ineficaz “receta ideal” neoporfirista para corregir la pobreza y la desigualdad crecientes.
Las magras cifras de crecimiento económico, la aguda falta de empleo digno, los salarios raquíticos y la informalidad imperantes en muchas ocupaciones a que da lugar el neoporfirismo, resultan naturalmente un rico caldo de cultivo para que una gran proporción de mexicanos, jóvenes particularmente, se vean obligados a buscar las salidas falsas que ofrecen las actividades ilícitas, lo que ha llevado a México a niveles de violencia, crimen, delincuencia, inseguridad, y corrupción nunca antes vistos en nuestro país. Estimulado ello también con un prohibicionismo retrógrado respecto al uso de las drogas enervantes. Obviamente, con cientos de miles de policías y guardias de seguridad, que en cualquier momento se ven sometidos a muy difíciles tentaciones de reclutamiento por el crimen, de sobornos y extorsiones, de violencia misma.
Por supuesto que la globalización es una realidad indiscutible en el mundo actual, pero ello no significa dejar sin defensa el aparato productivo de México ante la creciente embestida de la competencia externa. El propio Estados Unidos, país que con su altísima fuerza económica puede darse el lujo de ser líder en este esquema, tiene establecidos muchos medios de defensa frente a la invasión extranjera desleal de su mercado. Un ejemplo ilustrativo: hace unos días, la Comisión de Comercio Internacional de ese país dictaminó que las importaciones de azúcar desde México afectan o amenazan a los productores locales de caña y remolacha, y sólo no aplicó impuestos a la importación de azúcar mexicana porque en diciembre pasado México se comprometió a limitar la cantidad y precio de su azúcar vendida a Estados Unidos.
Pero aquí dentro, la política de apego irrestricto a la “libre competencia” provoca la perenne invasión del mercado mexicano por productos extranjeros que con facilidad podrían se abastecidos localmente. Pudiéndola tener de manera cómoda con políticas de apoyo adecuadas, los mexicanos hemos perdido la autosuficiencia en sectores clave como los productos energéticos y alimentarios, en los cuales contamos con una potencialidad enorme en recursos naturales, materias primas y capacidad de producción que no hemos sabido movilizar, en detrimento serio de la ocupación de nuestras capacidades internas, y muy en particular de nuestra fuerza de trabajo, sometida así a un altísimo desempleo, a salarios muy por debajo de los mínimos de supervivencia y a la obligación de ocuparse en las más improductivas labores de la informalidad. Productores de manzana de Chihuahua denuncian la importación de cientos de miles de toneladas de esa fruta desde Estados Unidos a precios rebajados (de dumping), lo que ha provocado que hayan tenido que tirar mucha manzana por falta de mercado, tan sólo cien mil toneladas, en 2013. ¿Y por qué tenemos que depender tanto de las importaciones de millones de toneladas de granos alimenticios para satisfacer el consumo de los mexicanos?: más de 10 millones de toneladas de maíz, (una tercera parte del consumo), 4.5 millones de tons. de trigo (65% del consumo), casi 900 mil tons. de arroz (79% del consumo), cerca de 4 millones de tons. de soya (90% del consumo) (Portafolio, Reforma, 21oc15).
¡Ah!, pero el estímulo a la productividad y producción del campo se mantiene estancado; las inversiones del gobierno federal se concentran en los magno proyectos podemos decir suntuarios o redundantes de supercarreteras, distribuidores viales, un nuevos aeropuerto innecesario, con un descuido total de los micro proyectos tan importantes que serían para los campesinos mexicanos para poder estar en condiciones de competir internacionalmente. Ítem más: “la reforma energética aprobada durante este sexenio tuvo entre sus múltiples puntos criticables la adopción de un modelo que preconiza el interés de los consorcios energéticos por sobre los derechos de diversos sectores de la población: debe recordarse que en el marco de esa modificación constitucional y legal se aprobó la posibilidad de que las tierras particulares, comunales y ejidales fueran expropiadas en aquellos casos en que los propietarios no lleguen a un acuerdo con las empresas trasnacionales sobre la renta o venta de las mismas. Además, la reforma establece que la exploración, la extracción y el transporte de petróleo tendrán preferencia sobre cualquier otra actividad que implique el aprovechamiento de la superficie o del subsuelo de los terrenos afectados (“Paquete fiscal, puntilla al campo”, La Jornada, editorial, 1no15).
En la propaganda oficial se destaca mucho el éxito de este modelo señalando que el mismo ha permitido que nuestro país sea líder en la exportación de manufacturas importantes, en particular automóviles. Pero lo que por supuesto no se menciona, es que en lo que se ha convertido a México es en un país maquilador, que importa de otros países la mayor parte de las partes y piezas, de la tecnología y de la administración que entran en el valor de los automóviles exportados, por lo que es mínimo el contenido nacional incorporado en cada unidad. Se trata del mismo esquema establecido ya desde 1965 en la industria maquiladora en ciudades de la frontera norte de México, sin grandes avances en la incorporación de valor nacional.
Y lo peor es que ese modelo se está reproduciendo ahora en el remate internacional a que se ha sometido a la industria energética del país, en cuyos proyectos se establecen metas mínimas de contenido nacional ¡a plazos de 10 años!, como lo comenta George Baker respecto a reciente Panel de Energía de la Sociedad de Ingenieros (“Contenido nacional”, Milenio, 12oc15). Incluso hay una puerta de entrada para que las propuestas Zonas Económicas Especiales “se conviertan en grandes regiones maquiladoras de mano de obra muy barata” (Artículo “Zonas económicas: beneficios ¿para quién?”, José Luis de la Cruz Gallegos, El Universal, 3nov15)
Un nuevo proyecto de política industrial seguirá así en la lista de espera indefinidamente. Según una información que da risa, pero que refleja la percepción que tenemos en México al respecto, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), al definir como “manufactura” la elaboración de pan y tortillas, registra en los Censos Económicos de 2014 a estas actividades como las más numerosas en el aparato productivo nacional, seguidas de las herrerías (nota de Frida Andrade, Reforma, 2nov15).
Y luego, frente a las inmensas ganancias de los grandes conglomerados económicos nacionales y extranjeros en México, que nada garantiza que buscarán redistribuir para fortalecer el nivel de vida de la población y el mercado mexicanos, y la correspondiente debilidad relativa de los ingresos y finanzas del gobierno federal (con un endeudamiento que ya llega a casi 8 billones -millones de millones- de pesos) y la quiebra de sus empresas, como Pemex y CFE, emblemáticamente; frente a esas tristes realidades, decimos, la administración federal toma la salida fácil de privatizar, “subrogar”, mercantilizar, un creciente número de sus funciones públicas; como ejemplo más vistoso las del sector energía, pero también servicios médicos del IMSS e ISSSTE, pensiones de empleados públicos. Y, claro, la mano libre que se deja a los contratistas privados de los macro proyectos, empezando por la asignación directa, los costos inflados, la fijación de tarifas de servicios…
Y tenemos que fijar también la atención en los perniciosos efectos que el esquema neoliberal está provocando en la conservación de nuestro territorio, de nuestro medio ambiente, de comunidades y pueblos a todo lo ancho de la nación.
Me parece que estos son límites que el pueblo mexicano no debe dejar que se sobrepasen, en beneficio de todos los diferentes sectores y clases sociales en nuestro país, e incluso de los países que son los principales socios de México. Estamos hablando de la supervivencia de la estabilidad, la paz, la libertad, la seguridad y la sustentabilidad ambiental de nuestro maravilloso país.