REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 11 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

Tranco I
Me paseaba por Xochimilco con María, oiga usted, lectora insumisa y pluscuamperfecta, cómo iba vestida: falda corta que dejaba entrever las maravillas de sus piernas, un escote que me producía “calosfríos ignotos” como Ramón López Velarde decía, y con esos sus negros ojazos que parecen capulines listos para comerlos, y luego su pelo negro azabache, largo, largo como para envolverse en ellos y pasar toda una noche oliendo su perfume y acariciando su piel morena y de regalo de dioses benignos, escuchar su voz, grave, pero que en realidad parece canto mañanero de ruiseñor que comió mucho alpiste, y sus brazos de una piel suave, como suave es el aire xochimilca, suave como su mirada; brazos que al sentirlos yo en mi cuello me transportan al centro de su alma criolla. María es, María está viva, María sabe sanar heridas, María sabe y conoce el alma de nosotros, los hombres, María es sabia -es experta en todas las lides del amor, sabe cuándo darme un beso profundo y cuándo acariciar mi cuerpo. María sabe más sobre el acto amoroso que todos los montes y bosques y flores del campo y arroyos y ríos que serpentean por todos lados. María me recordó a Lucha Reyes cuando esta cantante vernácula decía que: “…Mi vida, tuyo es mi corazón…” Y: “…por un amor, me desvelo y vivo apasionada…”. Pero este encanto fue roto por unos balazos que se escucharon cerca. La muerte siempre está presente en este México violento, en donde asesinar a 43 estudiantes es cosa normal, cosa común y corriente, en donde las balas y las tanquetas son para matar a jóvenes estudiantes y para acallar las voces de protesta. La felicidad en este México es manjar raro, siempre el fraude y las asesinatos nos asaltan y nos quitan ese arrobo. María y yo nos abrazamos más fuerte que el poder de atracción de la Tierra y la realidad nos dijo que el fuego, la violencia institucional produce muertes de inocentes y que el rojo de la sangre cubre las extensiones territoriales de la nación mexica.
Sí, definitivamente la historia de México está escrita con sangre, confeccionada con la violencia, el autoritarismo, los crímenes de Estado, las desapariciones y los robos y más que nada, los fraudes electorales son una realidad obcecada y cruel. Historia en la que los hombres y las mujeres que han querido cambiar la violencia por la paz, la guerra por la convivencia pacífica, la injusticia por la aplicación profunda y real de la justicia; todos los que han luchado por tener un México claro, libre y democrático, han sucumbido ante el embate de los gobernantes en turno, han sido asesinados, torturados, encarcelados. Es historia de nunca acabar. Hoy, el triste hoy es un fiel espejo de todos los horrores que se han vivido desde siempre. La clase en el poder -entronizada al término del mandato presidencial de Lázaro Cárdenas- está formada por funcionarios públicos, por el poder judicial, por el Ejército, y por una parte importante de dirigentes de la Iglesia católica y en primer lugar la clase política, sí, evidentemente los supuestos partidos de izquierda están en la escena sólo para hacer el caldo gordo, están para dar discursos “violentos” y de “protestas” y de “defensa a las clases necesitadas”, pero únicamente hablan y hablan y hablan, y al hacerlo le dan la “legalidad” con su voto “en contra” a todos los actos violatorios de dicha clase en el poder. Así que las leyes, todas, hechas por esta clase, confeccionadas por ellas y ellos, cuidan sus intereses, los consienten, los protegen, los salvan, les tienden las manos salvadoras. Los presidentes de la república pueden violar la Constitución, o robar, o delinquir, y la ley -ya lo sabemos, hecha por ellos mismos- no los castigará. Dichas leyes se aplicarán con dureza a los maestros, a los campesinos, a los obreros, a los estudiantes, a los indígenas, a las amas de casa, y sobre todo, a todos aquellos ilusos que señalan las atrocidades de los gobernantes en turno, las fuerzas del orden -al servicio del poder- reprimirán las huelgas de los trabajadores, meterán a la cárcel a los que se atrevan a cuestionar la política entreguista del presidente en turno. Vivimos plenamente dominados por esa clase alta, y deberemos de aplaudir la venta de las propiedades del pueblo, debemos de sonreír agradecidos ante la entrega de la soberanía nacional, saltar de gozo ante los crímenes de estado, cantar de alegría a todo pulmón ante los altos sueldos y prestaciones y por los autos de lujo de los líderes, y sus cuentas millonarias y por sus riquezas y por sus ranchos fantásticos, eso y más todavía son el capital ganado a costa del empobrecimiento del pueblo mexica, y que todos, jueces, ministros, gobernadores, presidentes municipales, diputados y senadores gozan con amplitud samaritana de esa lotería y claro, todos los que están al servicio de esa clase son “salpicados” de ese oro.
María dijo con voz severa, ¡ya basta! Carlos, vayámonos de aquí, dejemos estas aguas, este lugar, y vamos a mi casa, allí nos tomaremos unos tequilas y nos olvidaremos, aunque sea sólo por un momento, de las traiciones de los gobernantes, y mejor vamos a rendirle un tributo a Venus, a sucumbir ante las flechas de Cupido, y caer presos de la lujuria y seguir las ordenanzas de Afrodita, obedecerla y cumplir cabalmente con sus lecciones amorosas. Le di un beso a María, y salimos corriendo hacia su lugar, a su rincón en donde una hamaca nos recibiría en sus redes, y yo, claro, a caer, sin chistar, sin protestar, sin ofrecer resistencia, en las redes de María. Así fue. Así lo hicimos. Así nos olvidamos de la sangre, de la violencia cotidiana.
De verdad, así sucedió ese día y esa noche encantada. Vale. Abur.