REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 08 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Huellas que la luz dibuja: memorial literario de una generación de lectores, escritores y mediadores


Jorge Luis Herrera

Cuando la creación, el Verbo ya existía, y el Verbo estaba con Dios,
y el Verbo era Dios. […] En Él estaba la vida, vida que era la luz de los hombres.
La luz brilla en medio de las tinieblas, las cuales no han podido apagarla.

SAN JUAN

Comenzaré, sin más, hablando de dos aspectos que resultan fundamentales para el lector de Huellas que la luz dibuja: por un lado, que los dieciséis autores forman parte de la primera generación del diplomado “El maestro como lector, escritor y mediador. Estrategias para la promoción de la lectura y la escritura” impartido en la Unidad 096 D.F. Norte de la Universidad Pedagógica Nacional; por otro lado, que los autores son, casi todos, egresados de la licenciatura y/o de la maestría en Educación (aunque también hay especialistas en otras disciplinas, como un psicólogo y una bibliotecóloga), que están vinculados a diversas instituciones de educación básica en su mayoría profesores ante grupo y que son afectos al lenguaje y a la literatura.
Sostengo que estos elementos son fundamentales porque ayudan a que el lector se ubique y se aproxime al volumen con la disposición adecuada, es decir, con aquélla que le permita descubrir que se encuentra ante un valioso testimonio, evidencia de que sus autores apuntalaron su formación docente mediante la elaboración de textos literarios que, a su vez, promueven el ejercicio de la escritura creativa, la reflexión en torno a la promoción de la lectura y la escritura en el ámbito escolar, y el intercambio formal de sus experiencias. Por ello resulta muy acertado el título del libro: Huellas que la luz dibuja, ya que en su contexto se sugiere que gracias a la praxis literaria la luz se opondrá a la oscuridad, lo cual contribuirá a que la huella que los docentes dejen en sus alumnos sea más fulgurante, y, a final de cuentas, propiciará que estos últimos descubran la necesidad/posibilidad de expresarse creativamente a través de la lengua; además, quedará de manifiesto que tanto la literatura como la lectura y la escritura no deben vincularse sólo a los ámbitos escolares y laborales, sino también a los del conocimiento, el placer y el entretenimiento.
Ahora bien, entrando propiamente en la recensión de Huellas que la luz dibuja, resulta ineludible resaltar que parte esencial de su riqueza radica en la pluralidad de textos y de géneros que lo integran; el lector podrá encontrar microrrelatos, composiciones surgidas de refranes, reescrituras libres hechas a partir de un poema en prosa, relatos, haikús, caligramas y un decálogo colectivo sobre la escritura.
Los textos se caracterizan por su concisión, frescura e ingenio, y están marcados por un espíritu lúdico que en ocasiones toca la ironía. Las temáticas son diversas: desde situaciones y objetos cotidianos, en apariencia anodinos (como un festejo o un boleto del metro), hasta relaciones intertextuales con obras clásicas de la literatura universal (con 1984 de George Orwell, entre otras); además se abordan tópicos actuales, a veces con una postura crítica (como el de la figura del incompetente presidente de nuestra república).
Otra particularidad del libro son los intereses y los temas reiterados; por ejemplo, Juan Flavio Suástegui Miranda juega con el personaje Scheherezada de Las mil y una noches en un relato (p. 32) y en un caligrama (p. 52). Asimismo, dos autoras presentan sendos haikús dedicados al reloj: Martha Verónica Hernández Herrera (p. 34) y Génesis León Lili (p. 34). Por otro lado, Marta Angélica Palacios Lozano y Martha Elvira Aguirre R. trabajan el motivo de la mariposa, pero en géneros distintos, la primera en un haikú (p. 35) y la segunda en un caligrama (p. 39). En fin, como podrá descubrirlo el lector, Huellas que la luz dibuja posee múltiples virtudes; por ello y con el objetivo de compartir un poco más de mi lectura, a continuación comentaré los siete apartados que lo constituyen y destacaré algunos ejemplos.
La primera sección se compone de veintiocho microrrelatos de doce autores. La mayor parte de los textos tiene un punto de partida común: la frase “su tragedia comenzó desde la cuna misma”; sin embargo, cada uno sigue su propio camino y llega a un destino particular, determinado por la creatividad y por los referentes de cada autor. Por ejemplo, en “Microrrelato 2” de Elizabeth López Flores se establece una relación intertextual con el cuento infantil “La Cenicienta” y se ironiza con el destino de la célebre protagonista: “Su tragedia comenzó desde la cuna misma, fregó los pisos de su madrastra, ahora los del palacio real” (p. 11). Otros microrrelatos enfocan su ingenio y su crítica hacia aspectos de la vida cotidiana mexicana, como en “Idiotiza y telemensa” de Juan Flavio Suástegui Miranda, donde el narrador se vale del sarcasmo para denunciar a las dos principales cadenas nacionales de televisión abierta: “Su tragedia comenzó desde la cuna misma: el canal de las estrellas y la señal con valor. Agoniza en el mundo de la verdad” (p. 12). Por su parte, en “Exigencia nocturna” de Ana Gabriela Matamoros Geminiano dialogan alegremente la canción “El gato viudo” de Chava Flores y el cuento “El gato con botas”: “A media noche, ante su exasperante maullido al pie de la ventana, aquel pequeño gato recibe un zapatazo. Al instante devuelve el zapato. Prefería las botas” (p. 11).
El segundo apartado está constituido por quince textos de diez autores. Se trata de reescrituras lúdicas surgidas de refranes populares que conservan su forma de refranes o que adquieren la de microrrelatos. En particular destaco “Orgasmo” de José Joaquín Robles Gómez, que parte tanto del refrán “El que con lobos anda a aullar se enseña” como del cuento “Caperucita roja”; dice así: “La Caperuza en las horas del amor ya no gemía... aullaba” (p. 16). Otro caso original es “Microrrelato 1” de Mónica Velázquez Ramírez, donde se resignifica el conocido refrán “Al que madruga Dios lo ayuda” mediante un simple pero efectivo cuestionamiento al elemento que le otorga sentido: la existencia o inexistencia de una divinidad; reza del siguiente modo: “Al que madruga Dios lo ayuda. El ateo disfruta de más tiempo de sueño” (p. 17).
La tercera sección está conformada por doce textos de once autores. Son recreaciones libres del poema en prosa “Purasangre” del poeta mexicano Jorge Esquinca (1957). En las reescrituras se rescatan la atmósfera onírica y las inquietantes imágenes del original, gracias a lo cual parecería que se protesta contra la realidad mediante la fantasía. Sirvan de ejemplo dos composiciones: “Linaje hípico” de Ana Gabriela Matamoros Geminiano: “Daba pequeños saltos sobre las piedras, Clyo apenas escuchaba mi musitar. Mostraba su azul venoso en la traslúcida piel. Muté en ella y cabalgué. Así continué mi sueño” (p. 24); y el “Sin título” de Yadira Trinidad Orduño: “‘Sueño con niños que se desbarrancan’, me gritó mientras yo brincaba entre las nubes de algodón rosado. Le grité: ‘yo sueño con caminos de tierra y bosques llenos de árboles, ríos con agua corriendo, arrastrando piedras’. Con una gran carcajada el unicornio respondió: ‘eso no existe, son solo cuentos’” (p. 25).
Nueve relatos de cinco autores componen el cuarto apartado. Los textos se caracterizan, entre otras cosas, por su sencillez, brevedad y capacidad para plantear una situación inicial que súbitamente da un giro que trastoca la realidad ficcional. “Elegida” de Juan Flavio Suástegui Miranda, donde se juega con Scheherezada, el personaje de Las mil y una noches, es un buen ejemplo de esto: “Cuando caía la noche, muchas eran convocadas a contar historias. Ninguna pudo ver de nuevo el sol. Ella fue la excepción. El sultán le pidió matrimonio” (p. 30). Un relato que por su frescura y por su modo de personificar animales y objetos me recuerda algunos de Augusto Monterroso es “Amistad” de Mónica Velázquez Ramírez: “La hormiga lenta llevaba una migaja a su refugio, atravesando la cocina. Llegó rápido ayudada por su amiga, la escoba” (p. 30).
La sección quinta está dedicada al haikú: ocho autores presentan dieciocho textos, los cuales, fieles a su origen vinculado con ciertas tradiciones religiosas y culturales orientales, sirven como vehículos para captar clara e instantáneamente aspectos específicos de la “realidad”: desde elementos naturales como la luna o una lechuza, hasta objetos mundanos como una lámpara sensible al tacto y un teléfono móvil; sirvan de ejemplo “Touch” de M. Patricia García Robledo: “Con su pantalla / al toque de mi yema / enciende su luz” (p. 33); y “Celular” de Elizabeth López Flores: “Compañero fiel / Sufro ante tu ausencia / Amo tu diseño” (p. 34).
En el sexto apartado, catorce autores presentan dieciocho caligramas en los que, como lo indica el género, se usa la disposición tipográfica para representar visualmente los temas principales de los textos. Los motivos son diversos: algunos tomados de la naturaleza (mariposa, luna), otros de objetos cotidianos (persianas, zapatilla) y varios más de obras literarias clásicas (1984 de George Orwell y Las mil y una noches).
En la última sección, “Decálogo colectivo sobre la escritura”, los autores comparten reflexiones relacionadas con la creación literaria que, sin duda, podrán iluminar a quienes tengan el propósito de escribir. A continuación destacaré las dos que más me gustaron: la primera y la cuarta: “Evita perder tu tiempo tejiendo telarañas, cuando requieres solo un hilo” (p. 57), y: “Al querer ser originales, escribimos cosas que acaban siendo irónicas, permítelo, probablemente algo que pretendía ser un texto dramático, acabe siendo una excelente sátira” (p. 57).
Para terminar no me queda más que insistir en que, retomando la idea presente en el título del volumen, dibujar con luz sugiere un ir más allá del ejercicio docente, es como una fuerza fecundante que brinda más y mejores herramientas para la promoción de la lectura y la escritura, pues, como toda epifanía, mediante la expresión literaria se manifiesta la luz, luz que se impone a las tinieblas dejando una huella que no es un simple vestigio, sino que, recurriendo a la octava acepción de la palabra “huella” del Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española, se trata de un “camino hecho por el paso, más o menos frecuente, de personas, animales o vehículos”; yo agregaría, de experiencias creativas y de prácticas literarias, en las cuales el verbo irradia luz y es capaz de dejar una impronta en el profesor, en el alumno y en el lector.

Bibliografía recomendada:
Téllez, Daniel (presentación). Huellas que la luz dibuja. México: UPN-Norte, 2015.