REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 08 | 2019
   

Confabulario

Cuentos


Valeria Carrara

DE VUELTA A CASA

Ya me cansé de caminar y no lo veo. Me dijo que lo buscara en la plaza pa’ que no nos vieran cerca de la casa. Pos este canijo, se me hace que se está escondiendo. Ahora que lo vea hablaré con él seriamente y también pa’ que se ande con cuidado, Isidro ya van dos veces que llega antes de su hora de siempre y no vaya a ser que nos vea y se me arma; yo creo que el Isidro me mata, seguro que sí. ¡Ay, no!
¡Ah, qué cosa más rara! Ayer las jardineras tenían florecitas y ora ya no hay. ¿Dónde se ha metido la gente pues? Este pueblo cada vez está pior. Mejor me regreso a casa, no vaya a ser… y no me siento bien, me duele el pecho. ¡Ay diosito no vaya a ser infarto, como le dio a mi santa madrecita! Son estas angustias, me late, sí, eso de andar con dos no está bien… pero es que también ese Isidro, nomás no me da un hijo y yo ya no sé ni qué pensar y siempre de los siempres está cansado, pues. ¿Será que ya está viejo o ya no le gusto nadita?
Uy, cuando lo conocí, ese Isidro me cautivó, me contaba chistes y me hacía reír. Tan bueno que era conmigo y luego, pos quién sabe, fue como si le hubieran cortado la lengua, ya no platica, ya no se ríe, ni me mira. Y ese pelo tan tupido y bonito que tenía se fue cayendo, dice mi vecina que lo están embrujando, ha de ser la vieja ésa que se le insinuaba, me lo hechizó pa que no fuéramos felices.
Y luego el otro, ah, tan bonita sonrisa que tiene el malvado. También bien que supo cómo darme ilusión, la cosa es que es amigo del Isidro y pos está más pior eso. Cómo me dice cosas dulces al oído, uy, se me enchina la piel todita, todita y me siento rete importante. Me dice que me va a llevar bien lejos y que tendremos muchos chamaquitos. ¿Será que se me haga? Ay diosito, aclárame mi cabezota tan tonta.
Mi casita por fin, a ver si ya llegó el Isidro. Ahorita le doy su café con pan pa’ que no empiece con su mal humor. Pero no ha llegado y ya se está dilatando. Ora a ver con qué sale.
Ya pasaron días y éste no aparece… y el otro tampoco. Ah, a la mejor es el castigo que me merezco, quedarme como el perro de las dos tortas. Hablando de comida ya ni hambre me da, ni sueño, sólo me da por andar por’ai caminando y nunca paso de la plaza, mis pies ya no aguantan y mi pecho me sigue punzando como si me diera un martillo bien fuerte. Bueno, pos voy pa’ fuera otra vez, a ver si veo a uno de esos dos.
¡Eres tú! Acércate pues, ¿dónde te has metido? Tengo tiempo esperándote. Ora me ignoras. ¿Qué traes? Tas muy flaco. Hombre, te estoy hablando. Tampoco he visto al Isidro, ¿no sabes de él? Tengo la sensación que eres al primero que veo en mucho tiempo. ¿Pero qué te pasa? ¿Estás enmuinado? ¿Qué tienes en la cabeza? ¡Estás lastimado! ¿Te duele?... ¿Qué haces? No, no me toques el pecho porque lo tengo rete sensible, hombre. Mira nomás, también estoy herida, se parece al boquete que tienes en la choya.
¿A dónde vas? Óigame pues, cómo que te acabo de encontrar y ya te vas sin decir palabra, ni una sonrisita, nada. ¡Espera!... Ya no está, ¿por dónde se fue?
He caminado mucho, creo que ya me perdí, esto ya no se parece a mi pueblo. Siento una infinita tristeza, me siento bien solita. ¡Quiero llorar! ¡Ay de mí!
¿Isidro? ¿Eres tú? Sí eres tú. ¿Qué dices? ¿Qué te acaban de matar? Ay viejo, cómo es eso si te estoy mirando. ¿Te han fusilado porque nos encontraste a mí y a tu amigo afuera de la casa y nos mataste? Isidro, yo no estoy muerta y aquél tampoco, lo acabo de ver, pero se fue, me dejó, ya no estoy con él. Perdóname pues, quédate conmigo y deja de decir tonterías, viejo. Isidro, tienes un hoyo en la cabeza, por eso andas diciendo tanta tontería, se está yendo la inteligencia por ahí pues. ¿A dónde vas? ¿Tú también me dejas, viejo?
Voy a buscar el camino a casa y después me dormiré muchote, a la mejor así se me quita el llanto.

Yo no estoy muerta, sólo traigo dolor en el corazón.
Yo no estoy muerta, sólo me quedé sola.

SIN TEMOR A EQUIVOCARME

Me mataste a sangre fría, me enterraste, te faltó rezarme; aunque presiento que lo has hecho en tu soledad, con oraciones antes de dormirte; a veces son reclamos, a veces dulces recuerdos.
Cuando me matabas ¿qué sentías? Descanso o seguridad. Creíste que al desaparecerme se iría el dolor de ambos. No estabas preparado para enfrentarme, nunca lo estuviste. Antes huiste mil veces, ahora afilando el cuchillo y dirigiéndolo hacia mi garganta, me dijiste que me amabas, pero te sentías traicionado y esa ira te convirtió en asesino; dos veces, enterraste dos veces el arma. Mi muerte fue inminente, casi no sangré, me fui vaciando con el tiempo, con tus ausencias, con tu amor a cachos y algunas veces compartido. Era un goteo que no cesó, una pequeña agonía.
Un día decidí compartir con otro ser las sonrisas que me fabriqué, tú ya estabas lejos, en uno de esos viajes en solitario que tanto te gustan. Estabas bien, mejor sin mí, te sentías libre, dijiste. Cuando te dio la gana regresaste, otra vez a medias y con un orgullo bien plantado, como si te debiera algo. Te conté de mis frescas risas, de mis pasos seguros, de mis sueños que comenzaban a tener pies y manos y se movían por sí solos… y no te agradó que todo esto ahora lo viviera sin ti y con alguien más al que le agradaba con todo y mis demonios, alguien que desde el inicio me amó con ímpetu y que no huía. Y por ello me aniquilaste, tu ego sobrepasó al amor y no tuviste más remedio que callar mi voz, de esa forma tan tuya, primero con dulces palabras y después despidiéndote dando el zarpazo con el duro metal del dolor.
La muerte en ocasiones es justa, porque te aparta de los horrores mundanos. Me liberaste de la falsa ilusión y te liberaste de mi yugo, que ahora sé, te estorbaba.
Ahora desde el lugar en tinieblas en el que estoy, puedo verte sin que te des cuenta, puedo admirar las cosas desde otra dimensión, recorro los mismos caminos recogiendo los pedazos sueltos de mi corazón. Lo armo de a poco; aún faltan piezas que creo guardaste en la cajita de madera que te regalé. Puedes quedártelas, al final siempre te pertenecieron.
No te juzgo, te deslindo de toda culpa por mi muerte, ésa que de alguna manera yo misma propicié al haberte amado y esperado tanto. Mi muerte me redime, me hace ahora más fuerte y espero mi reencarnación para volver a amar de la misma manera, porque valió la pena por el simple hecho de haber aprendido el valor de la vida. Cuando antes vivir para mí fue por casualidad y vanidad, ahora sería por convicción y ganas, en estado de conciencia y virtud. Mi regreso al mundo será encaminado exclusiva y egoístamente para materializar mis sueños más profundos, esos que creí imposibles, los mismos que a tu lado parecían tan lejanos, no por ti, por mi estúpida creencia de que sólo podía crecer a tu lado.
¿Recuerdas mi ala rota? Ya estaba así cuando me conociste. Sí, la intentaste curar muchas veces, porque también fuiste muy bueno. Nunca alcancé a comprender tu bipolaridad. Ahora ella se recuperó, por tus remedios que aún conservo y por lo que yo me he regalado. Estoy lista para regresar. Si en mi nueva forma humana te encuentro, nada me daría más gusto que verte sobre tus pies, que cuando los hacías caminar, era una dulce danza que me apasionaba. Te saludaré y te daré las gracias porque algún día me diste la muerte.