REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 08 | 2019
   

Arca de Noé

Así se hacen los chismes


Héctor Nezahualcóyotl Luna Ruiz

Mosheh Ben Maimón, llamado por sus cuates del caravanserai del barrio Maimónides o “el Gran Águila”, por su sagacidad, sabiduría y rapidez en las artes nobles y amatorias; filósofo judío elevado, médico destacado desde muy joven, comerciante, traductor e intérprete de la Torah, de Platón y Aristóteles; estaba por comprobar cuan vana es la mentira y el infundio y cómo ofende y golpea el rostro de Yahvé (¡loado sea!). A sus innumerables éxitos editoriales consistentes en la “Guía para descarriados” y sendas cartas a sus amigos, sumaría ahora el título de Ra’is (preceptor y revisor de jueces), amén de su cargo de rah’vi de la sinagoga del Cairo. Se decía también que era médico personal del señor de Egipto y defensor del Islam, Sar-Al-dinh, mejor conocido como “Saladino”, quizá el mayor guerrero musulmán de la época. Maimónides paseaba altivo, vestido con túnica de Damasco negra, admirado por sus estudiantes y las mujeres que por ellos sabían de él; celoso de la reverencia que debía despertar y desdeñoso con los mendigos musulmanes que se agolpaban en la esquina de la Mezquita aquel soleado día de abril de 1180. Vestía de luto aún por su hermano David, naufragado en la costa malabar de la India, cuando navegaba del puerto de Adén, en la mitad del camino de Egipto a la India y en la entrada al Mar Rojo, en pleno y productivo viaje de negocios. Socio comercial de Maimónides y de otros comerciantes, el filósofo deploró tanto la muerte de su hermano como la pérdida de las mercancías y ganancias, dolores que no tuvo empacho en hacérselos saber a sus deudos y amigos en sendas cartas que mandaba con fruición. Además se enfermó de melancolía durante un año, pasándose en su lecho todo el tiempo suspirando, no se sabe bien a bien, si por su hermano ahogado o por sus ganancias perdidas. Un día, soñó que Moisés, el patriarca, considerado por Maimónides igual que Aristóteles en el grado de gran maestro, le reclamaba airadamente y de viva voz su altanería y errores: “¿Seguirás de holgazán, por vida tuya? ¿En qué idioma tengo que hablar, hijo de Maimón Ben Joseph?”, decía, “¿en qué lengua me entenderás?”. Al finalizar su perorata, el libertador de los judíos le dijo una sentencia en un lenguaje extraño, para después agregar en yiddish (lengua de Maimónides) “¡Imbécil!”. Con su aguda memoria, el médico de Córdoba aprestó el cálamo y escribió literalmente el aparente críptico mensaje. Consciente de que el pensamiento de esa época consistía en encontrar los dos significados a una expresión (el práctico u objetivo y el esotérico), el filósofo encargó la traducción a un amigo políglota suyo que en su mocedad había trabajado en la biblioteca de Bizancio. La respuesta de su amigo no dejó de desilusionarlo:

“Te saludo en Yahvé (¡el Altísimo!) con la respuesta a tu angustiada consulta: consiste en cinco diferentes traducciones (en chino, galo, godo y eslavo) de la palabra “imbécil”.

“Wa ma fat fat” (“lo hecho, hecho está”), murmuró el galeno judío, consideró que estaba bueno de compadecerse de sí mismo, se levantó de su lecho y se dedicó a acometer con fe sus responsabilidades del día.
No había llegado al alcázar de la Sinagoga, cuando lo detuvo una multitud salida de no se sabe dónde fregados. Compuesta de viejitas gordas y mugrosas; ancianos llorosos pobremente vestidos (aunque de “pobres” no tenían nada); mujeres jóvenes llorosas con demasiada ropa y muchachos que no decían nada y sólo abrían estúpidos y desorbitantes los ojos; el Ra’ís no podía escuchar ni entender con precisión lo que decían. Uno parecía implorante; otra, renegante; ése de más allá, intrigante; los viejitos harapientos, lloriqueante; el grupito de mujeres de más allá, inquietante, pues tenían el rostro descubierto y varias usaban ropas ajustadas que permitían calcular el tamaño de los senos. Hay que recordar que no es que reprobara el cuerpo femenino, sino que el ra’is Maimónides pensaba que el que se fijara en ellas tenía “pensamientos impuros” y por ello no le gustaba verlas en el templo sin sus maridos. Al médico y filósofo le resultaba fácil saber cómo eran y con qué intención (buena o mala) obedecían, pero no a qué venían. Aguzó sus sentidos entrenados en las calles, huertos y regocijantes jardines de Córdoba y comenzó a captar lo que decían las diferentes voces que se agolpaban:

-¡Ra’is! ¿Cuándo viene el Mesías?
-Soy Gacela, hermana de Makarim al-Hariri y Salim al-Hariri, mercaderes que naufragaron con tu hermano; mi familia está arruinada y apenas te he podido ver, pues el contrato de “lex rodia de iactu” establecía en una cláusula que se nos socorrería si se producía una desgracia…
-Buen día tengas, Moisés, ¿sabías que dicen que tú autorizaste con tu silencio cómplice al ra’is Ben Judá para recaudar impuestos a través del alcalde Selim, sin tomar en cuenta al juez Perahya?
-¡Ra’vi! Soy secretario y actuario del juez Phineas Ben Meshullam que envía esta carta, donde se te acusa de haber autorizado a que los hombres que acaban de tener una emisión seminal no se bañen…
-¡Ra’is! Somos integrantes del movimiento “Judith Anonimous”, que lucha por reivindicar los derechos de las mujeres, sobre todo en todos los órdenes donde siempre se nos han negado, como ahora que nos oponemos a su último decreto referente al aseo posmenstrual… ¡No es absolutamente necesario que nos bañemos en agua pura y de manantial, como usted postula, ra’vi, basta con recibir el agua de una palangana que lleve una compañera!
Con un suspiro, que pudo ser un graznido, dado su sobrenombre de “Gran Águila”, el médico y jurista se dispuso a hacer honor al mismo y contestar a cada una de las cuestiones según su leal saber y entender, encarando a cada uno de sus interlocutores y en ese mismo momento:
-No tarda, hijo, no tarda, anoche soñé con un huerto cargado de manzanas, amenazado por unos genoim (demonios) que con unos palos trataban de bajar los frutos, pero ninguno caía y los gemoim, se frustraban mucho. Todavía no sé qué significa ese sueño, pero estoy seguro que tiene alguna relación con la venida del Mesías…
-¿Gacela? ¿Hermana de los al-Hariri? Mmmmhhh. No sé, no me suena el nombre ni el parentesco con los supuestos socios de mi hermano que… Ahorita que me acuerdo, no tenía socios… Ni negocios, creo… ¿Qué no era simple viajero de placer? ¡De seguro esos viajes se los pagaba con lo que yo le daba! ¡Y yo que tanto lo extraño! Bueno, hasta luego, señorita Gabriela…
-¿Y en qué se basan para sostener que la omisión confirma, y más tratándose de actos que se presume que son crímenes?, cuando es sabido que podemos hacer el siguiente silogismo demostrativo: a) El ra’is Ben Judá recaudó impuestos a través del alcalde Selim; b) Mosheh Ben Maimón es sólo superior religioso de Ben Judá y nunca ha tratado asuntos de impuestos con él; c) se censura a Ben Judá y Selim por cohecho; d) Mosheh Ben Maimón es sólo cómplice de Ben Judá por omisión en asuntos religiosos, no por cohecho…
-Hijo, dile a mi buen amigo Phineas que su razonamiento no se acerca siquiera al de alguien mínimamente concentrado… que no sea menso, pues: yo lo que supe es que él fue el que autorizó a que las personas rezasen, entrasen en la sinagoga y recitasen la Torá sin bañarse ni purificarse previamente, y lo que yo dije es que la Ley de Moisés, nuestro Maestro, es que la Torá no puede recibir impurezas y que la persona que ha emitido su líquido seminal puede entrar a la sinagoga y recitar el pergamino de la Torá. Eso es muy diferente a que yo ande recomendando las marranadas que, se sabe, suceden en Bizancio, Francia y la Provenza, contrarias a las sanas costumbres de Irak y el Magreb, donde se bañan después de una emisión seminal. Con respecto al miserable que ha dicho que yo no me baño después de una emisión seminal ha mentido. Pongo al cielo y la tierra como testigos de que, a menos que estuviese enfermo, jamás he dejado de bañarme. ¿Cómo iba a modificar, sin motivo alguno, una costumbre heredada de mis ancestros?
-Antes que nada, cruzaos de brazos. Muy bien, ahora, debo deciros que el edicto se atribuye a dos sabios egipcios que acostumbraban viajar por todo el mundo, y adquirieron mucha fama y prestigio y su erudito criterio coincide con los eruditos rabbanitas que el otro día hablaron en la plaza. El problema no sólo es filosófico-religioso, pues en una visión comunitaria como es la de nuestro pueblo, no hacerlo como establece la tradición es desviarse del camino correcto, sino de higiene… ¿Cómo va a ser lo mismo bañarse vertiendo agua que sumergiéndose por completo en el manantial? Niñas, piensen un poco por favor; sigan así, con los brazos cruzados…
Todas y todos se quedaron un rato reflexionando, tratando de digerir las enseñanzas, y casi al unísono volvieron a imprecar al “estandarte de la religión de Moisés”:
-¿Y cómo sabré, ra’vi, que en verdad es el Mesías y no uno de tantos que aparecen por ahí predicando y aconsejando la violencia y la destrucción improductiva?
-No soy Gabriela, sino Gacela, y repito, ra’vi, que como nuevo ra’is debes confirmar ese contrato y, en cumplimiento a sus cláusulas, disponer una cantidad que podría consistir en el 5% de la suerte principal de las mercaderías que, se calcula, había conseguido en su viaje de negocios tu hermano (¡que en la gloria de Aláh esté!) y mis hermanos (¡ay de mí sin ellos!)…
-Ra’is, tomando en cuenta la piedad, vejez, templanza, erudición, y los testimonios existentes de los sabios en su favor, y la superioridad sobre todos sus demás colegas en el país, te informamos entonces que no obedeceremos el edicto que inhabilita al juez Perahya. Desobedeceremos pues tu reshat (autoridad) y le seguiremos pagando los impuestos, y desconocemos toda participación en reunión, culto o establecimiento en el que no participe nuestro maqaddam Perahya ben Joseph;
-El caso es que esa gente dice que recomiendas prácticas musulmanas, pero tus hábitos son otros…
-Pues la verdad es que no todas tenemos un manantial o la posibilidad de bañarnos siempre en un manantial cada que menstruamos, por lo que no acataremos el edicto, aunque se le atribuya a los sabios egipcios, pues los caraítas acostumbramos cumplir de otra manera con el espíritu de la ley: son muchos los casos en los que una mujer menstruante pide a otra mujer que no está menstruando que vierta agua limpia sobre ella. Así se cumple la ley, pues si la mujer menstruante se vierte el agua por sí misma, no está purificada ni disponible para su marido; en una variante, hay quienes esperan hasta el crepúsculo para hacerlo y así cumplen la purificación…
Y una vez más el Gran Águila dijo cómo veía:
-Las catástrofes, guerras, agitaciones y revoluciones son presagios del advenimiento del Mesías, los dolores de parto del Mesías, y por eso he señalado hasta el periodo en que vendrá: el año 4976 de la Creación (del 1215 al 1216). Pero Dios es el mejor conocedor de la verdad, que deja abierta la puerta al error y despierta las sospechas de que esa predicción no era sino uno de los bálsamos que formaban parte de su farmacopea…
-Mira, Adela, desafortunadamente hablamos de cantidades líquidas y ciertas y… ¿Cómo podemos saber realmente cuánto se perdió? Las aproximaciones sobre lo que iban o no ganando nuestros familiares son sólo eso: aproximaciones, conflicto que sólo podemos subsanar si tomamos ese 5% pero sobre la estimación de lo que llevaban hasta ese momento invertido del viaje, que serían más o menos 10,000 dracmas… -y tras lanzar un enorme suspiro- búscame mañana en el torreón del muecín y discutiremos la manera de pagar (a plazos, claro está). Bueno, que tengas un excelente día y te bendigo, Madenna.
-Pues el decreto de inhabilitación de Perhaya lo firmé yo junto con Isaac ben Sason, Samuel ha-Levi ben Se’adyah y Manasseh ben Joseph, y lo estipulado en el edicto obliga a todas las personas que lo hayan firmado, a aquellos ante quienes se ha leído o a quienes lo hayan escuchado y aceptado sus disposiciones. Quien aun así lo acepte quebrantar, ha roto su juramento y ha jurado en falso y es incapaz, por tanto, de brindar testimonio y no será exculpado del juicio en el infierno, como dicta la regla que se aplica a quienes incumplen un juramento 1. Si una vez advertido, alguien lo transgrede ante testigos, deberá ser azotado y asumir el castigo que merece todo aquel que jura vanamente por Su Santo Nombre. Además, a su muerte, emergerán Namah y Lillit y (recordando una maldición escuchada en el mercado, vulgar pero contundente) “chiquita y no se la acaban”.
-¿Y cómo sabe esa persona, en su candidez, si he cumplido o no con la costumbre de lavarme? Sus palabras no son sino sueños nebulosos. Es absurdo hablar de esta cuestión trivial, pero debo ser sincero en mi enojo con ustedes…
-Debo ser severo con ustedes y no me puede temblar la mano, ya se ha determinado por los sabios de Alepo que en tanto no se incluya el addendum necesario en la Torá, se entiende que no es lo mismo verter para limpiar que sumergir para purificar. El hecho de no tener un manantial en la casa y por ello no cumplir con las leyes divinas, es como no rezar sólo porque no se posee una sinagoga.
Con estas respuestas se fueron el preguntón adventista, Gacela y los frustrados viejitos rebeldes. Quedaron los puristas religiosos y las muchachas precursoras feministas. Una de ellas, en franco desafío, bajó los brazos y los cruzó por detrás arriba de las nalgas, sujetándose las manos.
-Ra,is, lo que hemos escuchado es que ni tú mismo sabes bien cómo actuar ante estos inconvenientes. Si no te da igual que te viertan agua a que te sumerjas en un manantial... ¿qué procedimiento sigues cuando te lavas después de una efusión seminal? ¿Te viertes agua en el colgajo o lo sumerges? Tus contradicciones te abofetean el rostro y el de Yahvé, rah,vi.
-Ra,is, si hay quienes dicen que un día dices una cosa y al otro, otra… ¿cómo entonces te atreves a ordenarnos que tengamos un manantial forzosamente en nuestra casa? ¡Y ahora nos sales con que es forzoso, para tener que cumplir con las escrituras, que tengamos nuestra propia sinagoga en casa! La soberbia también es afrenta a los ojos de Yahvé, ra,vi.

El sabio judío no podía creerlo: ahora las cinco muchachas mostraban desafiantes al vaivén del viento cordobés sus turgentes y enormes pechos, que impúdicamente mostraban, a pesar de los kilos y kilos de ropa del chador. El colmo fue cuando, estupefacto ante el desafío, fijó sus ojos en la más dotada y adivinó en uno de sus pechos el exuberante y agradable bulito que formaba un pezón. Bajó la vista, se llevó las manos al rostro unos segundos y con expresión tirana se descubrió, exponiendo su rostro encolerizado:
-Dios perdonó una vez la estratagema de Israel (Jacob), pero no los perdonará a ustedes por infamar mañosamente a uno de sus intérpretes. Estáis entendiendo todo mal y eso es afrenta no sólo a los ojos de Yahvé, sino al recuerdo imperecedero de vuestras madres, que de seguro nunca imaginaron tener hijos lo suficientemente estúpidos. Si yo afirmo que siempre me baño después de una efusión seminal, esto es y no otra cosa y así deben tomarlo y asumirlo, insensatos. En cuanto a sumergir o verter agua en el colgajo, esto es intrascendente, el propósito es asearse.
-¡Cruzaos inmediatamente de brazos y dadme la espalda! -Pero como lo hicieron demasiado rápido, bien pudo observar Maimónides los divinos contornos de sus nalgas, por lo que ordenó de nuevo que se voltearan, pero cruzadas de brazos. Bien. Así como estos hombres lo han hecho, ustedes también han entendido lo que se les pega en gana, pero siendo mujeres esto es más preocupante porque debéis estar siempre atentas y sin distraerse a lo que os digo. No quiero que tengan una sinagoga en casa, no quiero que tengáis un manantial propio en casa: si carecen de él, lo mejor es que vayan a casa de una amiga o pariente que sí lo tenga, yo os autorizo.
Antes de que lo recriminaran otra vez el Ra,is Joseph Ben dio la vuelta y se retiró, en medio de los murmullos indignados de sus interlocutores (as). Al día siguiente, cuando se dirigía a su tienda, llamó su atención una serie de “pintas” aparecidas en los muros de la casa que servía de oficina de correos: “Joseph Ben, no te lavas tus partes, pero exiges que nosotros tengamos manantial y hasta sinagoga”, y otra: “Ra,is, si te da lo mismo sumergir que verter agua en nuestro órgano… ¿Cómo te permites aleccionarnos si tú ni siquiera puedes imponerte a las mujeres para cumplir las normas?”. Volteó a su lado y observó a unos jóvenes que reían de las “pintas”. Lanzó un largo suspiro y, adoptando de nuevo su majestuoso aspecto, se dedicó a acometer lo que depararía el día de los chismes tan burdamente propinados.
Éste y otros fragmentos originales del pensamiento de Maimónides se obtuvieron del impresionante libro Maimónides de Joel L. Kramer, de la excelente edición de Kairós|vitae, de 2010.