REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

Cinco días en septiembre (1/4)


Salvador Quiauhtlazollin

19 DE SEPTIEMBRE, PRIMERA PARTE
En septiembre de 1985, yo era un adolescente chilango respondón, sarcástico y disperso, como todos los púberes. Pero no era malo para la escuela, así que esperaba la entrada segura al siguiente nivel, gracias a mis buenas calificaciones. Tenía mi permiso provisional para manejar flamante, daba las primeras vueltas en la pick up doble cabina de mi mamá, oía decenas de discos, y diariamente sintonizaba Rock 101 en mi grabadora típica de la época. En el coche, botoneaba entre la Pantera (¡gruar!), Radio Éxitos y Capital, sin imaginarme que en esta última me tocaría despedir el último programa de Rock a la Rolling. En resumen, era un escuincle de tantos.
El 19 de septiembre estábamos pintando la casa, por lo que no dormía en mi cuarto, sino en la sala de televisión, que pronto sería acondicionada para dar cabida a las habitaciones de mis hermanas. Así que en dicha sala sólo se acomodaba el sofá en el que dormía, y un librero vacío en el que coloqué la víspera un tubo fluorescente en el entrepaño superior.
A eso de las 6:45, mi padre me gritó que moviera no sé qué cosas, pues mi peor somnolencia siempre es al amanecer. A las 7:15 (creo), mi progenitor regresó de dejar a mis hermanas en la escuela, y como buen papá, de inmediato me reclamó a gritos desde la planta baja que yo no hubiera hecho lo que me mandó. Como dije, yo era especialmente retozón, así que le grité un simple: “¡No me levanté!”. Y de inmediato, otra advertencia sonora de mi señor padre: “¡Está temblando!” “¡Ya lo sentí!”, contesté con fastidio e irritación. Y es que así eran los temblores en el DF: no asustaban, simplemente molestaban. A mi generación sólo le había tocado fuerte el de 1979, cuando la Ibero cayó. El de 1957 nos lo platicaban más como la pérdida de un ángel por parte del cielo, que como una catástrofe. Así que el de hoy era otro “fenómeno telúrico” más. Cómo nos equivocábamos.
El sismo inició trepidatorio. Leve, y de muy pocos segundos. Y pareció terminar. Eso le dio a ese escuincle insolente que era yo la oportunidad de revirarle sarcástico a mi progenitor: “¡Ya ves, ya pasó!” Pero no era así ni de lejos. Un segundo después, el primer jalón me sacó completamente de la modorra. Apenas me había puesto las sandalias cuando oía a mi mamá gritar: “¡La vitrina, la vitrina!”. Apenas dijo eso, se escucharon caer y estallar todas esas bonitas figuritas, vasos, licoreras y ceniceros que las familias mexicanas atesoramos de cada viaje, y que sólo sirven para la nostalgia y para acumular polvo. Yo no lo vi, pero mi mamá, aprovechando el vaivén cada vez más violento del temblor, regresó con un vigoroso manotazo la dichosa vitrina a su sitio antes que cayera. Y de ahí, sólo oí cómo mi familia salía al sitio más seguro de la casa, es decir, al patio.
Mientras, yo titubeaba entre bajar o protegerme. Pensé: “Esto sí va en serio”, y fui presa de miedo atávico, así que sólo se me ocurrió pegarme a una desnuda pared recién pintada. Volví a pensar: “Esto SÍ va muy en serio”. Mis palmas afianzaban el muro que se movía, como si con ello pudiera de alguna forma aislarme del temor infinito. En otros temblores, uno escucha crujidos y las aguas de las cisternas zarandeadas. En este sólo se percibía un ronroneo, como esa baja frecuencia que produce un ventilador nuevo a toda potencia: un ruido blanco profundo, repetitivo, hipnótico. Y muy propicio para alterarnos el corazón y dejarnos impávidos.
El tubo fluorescente mal colocado cayó con estrépito, y al hacerse cisco, me sacó del estupor. Eso me puso de nuevo en alerta, y ante la magnitud del temblor, decidí que era mejor quedarme dónde estaba. Como el pánico remitió ante mi acertada decisión repentina, se reavivó mi curiosidad, y miré con avidez por la ventana. En ese entonces, en una ciudad chaparra y con pocos condominios, alcanzaba a otear sin problemas los volcanes y siempre me deleitaba con las antenas de Atlazolpa, sin saber que años después trabajaría bajo la sombra de la de Radio 13. Miré hacia ellas pero no se distinguían: el aire estaba teñido de una niebla amarillenta, propia de las distopías. Pero lo que se veía claramente era el movimiento de las ondas del terremoto: la Ciudad de México se convertía en un océano de concreto, donde las crestas de las olas eran navegadas involuntariamente por miles de casas. La marea rompería en una fatídica playa terminal.
Por fin, el sismo fue perdiendo potencia y acabó. De inmediato bajé a ver cómo estaba la familia. Su expresión relajada me indicaba que había pasado la angustia, pero sus rostros miraban con desconcierto e incredulidad los fragmentos de todo lo que había en la vitrina. El recogedor y la escoba aparecieron tan puntuales como en una canción de Crí Crí. Por supuesto, no había electricidad ni teléfono, por lo que me pidieron que fuera a ver a mi abuelita, quien vivía a escasas 8 cuadras.
Me puse tenis y salí de inmediato. Pero en lugar de irme por la calle de siempre, Guipúzcoa, decidí hacerlo por Ahorro Postal. Al llegar a la esquina, en un movimiento reflejo, volteé a mirar la Torre de Comunicaciones de la SCOP. Lo que vi fue alucinante: en la Torre, un infierno, como en una barata reminiscencia cinematográfica. Las llamas consumían con ferocidad los platos de microondas y las antenas, y el humo, negrísimo como Durazo, se elevaba centenares de metros. Miré absorto la pira del único nexo comunicativo con el mundo, y supe que lo que seguiría jamás lo había imaginado. De hecho, pronto sabríamos que nadie lo había hecho.

19 DE SEPTIEMBRE, SEGUNDA PARTE
La Torre de la SCOP se consumía en una pira funeraria que encendía el fuego de nuestro sobresalto, y cada vez iba más, más alto. Caminé rumbo a Calzada de Tlalpan, mientras observaba cornisas destruidas, fachadas cuarteadas, a todos los vecinos en la calle. Como no había flujo eléctrico, muchos sintonizaban la radio de sus automóviles. La mayoría de los autos en 1985 sólo tenían Amplitud Modulada, así que pronto escuché la voz de Fernanda Tapia avisando de cortes viales, fugas de agua, infartos, personas que trataban de contactar a sus familiares. No se comentaba aún sobre derrumbe alguno.
Después de cerciorarme que mi abuelita se encontraba bien, regresé a la casa. Mi mamá se había ido a la escuela de mis hermanas. Mi padre se aprestaba a ir a trabajar, y le ayudé a subir a su vocho un retrato de Benito Juárez que colocaría en su oficina. Todo parecía volver a la normalidad doméstica y laboral. Pero la ausencia de teléfono, electricidad y agua, comodidades urbanas que damos por sentadas, rompía esa sensación. Subí a la azotea para atisbar de nueva cuenta hacia la Torre. Al ver las ruinas de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, me di cuenta que estaba en medio de una ciudad quebrada.
Apenas el 17 de abril había dejado el escultismo, pero ese 19 de septiembre, como buen scout, estaba siempre listo. Me puse mi camisola sin pañoleta y caminé rumbo a la SCOP. No llegué: el Eje Lázaro Cárdenas se había convertido en una lagunilla de agua potable que le cortaba el flujo al Centro a los escasos vehículos que aún trataban de llegar. Ninguno era una patrulla o una ambulancia. Un odioso vecino, un hojalatero que daba molestias en la cuadra, se había convertido en un improvisado agente de tránsito y trabajador hidráulico, que trataba de dirigir tráfico y canalizar aguas al obturado drenaje al mismo tiempo. No me quedé mucho tiempo, y enfilé hacia la oficina de mi padre, en ese entonces en la Glorieta de Vértiz.
Al llegar, la escena se me antojó de cinta de comedia francesa de los setenta: mi padre y sus compañeros miraban alelados desde la banqueta el edificio que era su centro de trabajo. El cuadro del Benemérito había sido bajado del Volkswagen, pero ahora no había dónde ponerlo: el muro completo se había derrumbado. El rostro adusto de Juárez parecía desaprobar la absurda escena con el desagrado que tiene delineado en su descomunal cabeza. Con una sonrisa irónica, me alejé de esa situación que rayaba en humor surrealista.
Pero pronto se borró la alegría de mi rostro: al cruzar Luz Saviñón sobre Mitla, vi por primera vez en mi vida un edifico colapsado. Varios vecinos se habían encaramado ya a las ruinas, y sus fuertes voces mezclaban alarma con estupefacción: “¡Aquí hay un muerto!” “¡Aquí hay otro!”. ¿Cadáveres en cascotes de edificios del barrio? Eso no había pasado en otros temblores. La realidad nos iba sacudiendo con latigazos de pasmo.
Volví rápidamente a la casa y me encontré con mi mamá, que había dejado a mis hermanas en sus escuelas, y que me urgió a que fuéremos a la colonia Jardín Balbuena, donde vivían la mayoría de mis parientes del lado paterno, y donde estaba el negocio familiar. Como dije, me iniciaba en la manejada, y enfilé con premura la pick up por Plutarco Elías Calles. A la altura de Morazán, había un improvisado retén: ciudadanos comunes iniciaban los cortes viales. Al llegar al mecate que prohibía seguir adelante, un hombre me hizo la seña universal que indica paso cerrado. Sin pensarlo, le señalé la insignia de Lobo Rampante de mi camisola, con lo que me dio marcha inmediata. Algo de no creerse, pero acorde con el pandemónium reinante: se le hacía caso a un mozalbete que iba uniformado como monigote de portada de Marillion.
Después de un rodeo, llegamos primero al negocio familiar. La Balbuena parecía otra ciudad: había teléfono, electricidad, agua corriente. Nuestro trabajador, el maestro Adolfo, veía sereno las noticias, como se ven los partes noticiosos sobre guerras a miles de kilómetros. Sólo había Canal 13, y ahí se alternaban las confusas notas, a las que no les presté mucha atención. Casi todas ellas hablaban de un centro convertido en zona de desastre. Pero a nosotros nos urgía llegar a casa de mi abuela materna, donde nos enteramos que todos los familiares, por lo que se sabía, se encontraban bien. Recuerdo que también fui a casa de mi tío Rolando, que en esos momentos me pareció increíblemente grande. Ver una edificación hecha papilla hace que imprevistamente cambien tus percepciones espaciales.
Regresamos a casa, donde ya había un escuálido chorro de agua. Mi mamá fue por mis hermanas. Parece mentira, pero en la cacofonía del temor y los rumores, a esas alturas del día aún no sabía que se había desplomado el cercanísimo edificio junto a los afamados ultramarinos Los Elefantes.
Como dos horas después, me visitó mi amiga Claudia, una chica inteligentísima. La acompañaba a remolque, como siempre, su apocado novio, creo que le decían Tonche. Ella llevaba un pico y él una pala: “Vámonos al rescate”. “¿Rescate?”. Cuando uno es joven no piensa las cosas ni dos segundos: un impulso ontológico nos empuja de inmediato a hacer lo que consideramos correcto. Cogí la única pala que tenía y partimos.
Caminamos rumbo a la Narvarte, pero en el edificio de Mitla no nos dejaron subir. Entonces, nos desviamos hacia Xola y la cruzamos a la altura de Xochicalco. Ahí, un vejete desagradable e idiota, como muchos que ustedes conocen, nos increpó que no tuviera agua y que raudos hiciéramos algo porque se quería bañar. Por lo visto, no tenía idea de lo que sucedía, lo cual era comprensible, porque aún no había llegado la luz. Fieles a nuestro ímpetu juvenil, le contestamos agriamente. El viejecillo nos insultó a su vez con aciduladas palabras.
Claudia, al fin y al cabo niña de su casa, tenía que regresar temprano. El sol se había ocultado cuando nos separamos. Por mi parte, tomé en Isabel la Católica un delfín rumbo al Centro (noten que el transporte público sobre las calles pequeñas funcionaba casi normalmente). Me bajé a la altura de Tlaxcoaque. Ahí vi dos camiones foráneos de los cuales descendían unos campesinos armados de azadones y herramientas. Como ente urbano, sentí hacia ellos un agradecimiento inconmensurable.
Seguí avanzando rumbo al Zócalo. Debo aclarar que tuve suerte: al día siguiente, el Ejército cerraría completa la entrada al Centro Histórico. Crucé 20 de Noviembre. Y lo que vi al final de la cuadra marcó a hierro en mi mente la magnitud de lo sucedido: el Conjunto Pino Suárez era ahora una montaña de escombros. No había forma de distinguir simetría anterior alguna en ese inmenso montón de cascajo. Y lo extraño, extrañísimo, es que en ese amasijo de concreto iluminado no había nadie encaramado, como si fuera un Himalaya enano que no valía la pena escalar.
Después de ver eso, con la nariz agrietada por el polvo, caminé entre cascotes rumbo a Bolívar. Tomé ahí uno de los pocos camiones amarillos que aún circulaban, y que sólo cobraban 80 centavos. La electricidad ya había retornado a la colonia, no así el teléfono. La blanquecina luz mercurial bañaba mi cuarto. No cerré los ojos hasta pasada la medianoche. Había contemplado, como un Dante de sarape, las primeras escenografías de tímidos círculos infernales. ¿Podría pasarnos algo peor? El día siguiente nos demostraría que sí, que los monstruos titánicos que mueven miríadas de roca bajo tierra… nunca duermen.