REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

El discurso de los nuevos populistas


Francisco J. Carmona Villagómez

En nuestros días el término “populista” ha sido utilizado como signo de afrenta, “una palabra que suele meter ruido” a la discusión política, sin distinguir siquiera que en torno a este concepto se pueden establecer prácticas, formas de gobernanza o políticas públicas que pueden ser llevadas a cabo, tanto por gobiernos de izquierda, como de centro o de derecha, con raíces populares o elitistas; incluso, por mandatarios que precedieron de elecciones auténticas o con cierto grado de cumplimiento de estándares democráticos 1; y, que en la práctica, muchos jefes de gobierno suelen utilizar este tipo de argumentos para impulsar su agenda social o de gobierno, o encarar, en algún momento de su administración, frente a determinada problemática este estilo de conducción. Por eso, prácticamente -en nuestros días- ningún líder o estadista en el mundo está exento de estar envuelto o tentado de utilizar argumentos “populistas”, ya sea de manera propia o a través de sus voceros autorizados.
En ese contexto, el líder populista suele integrar clientelas y ejerce el poder reivindicando supuestos consensos o mayorías, o simulando tener dichas garantías para poder enfrentar a sus opositores y así imponer su agenda de gobierno. El populismo históricamente ha entrañado, un liderazgo carismático; la apelación directa a una concepción difusa del pueblo o lo popular; y, en algunos casos, el distanciamiento con algunas instituciones políticas que le impiden la imposición de una agenda de reformas.
Quienes han estudiado al populismo insisten en que esos gobiernos ponen énfasis en el llamado a la soberanía del pueblo, pero, no siempre sucede así, incluso también suelen dirigirse a otro tipo de interlocutores, como podría ser a corporaciones privadas, así como a inversionistas nacionales y multinacionales, con los que ha pactado algunas de sus reformas.
Si bien, suelen “proclamar que la voluntad del pueblo en sí misma tiene una supremacía sobre cualquier sistema normativo, provengan estos de las instituciones tradicionales o de la voluntad de otros estratos sociales”, lo cierto es que su ánimo transformador inicialmente se soporta en las propias instituciones y, a partir de ellas, genera los cambios que la cúpula del poder considere convenientes; es decir, los populistas afirman que la legitimidad de sus acciones reside en la voluntad del pueblo, pero, en esencia, el tono discursivo del “supuesto líder carismático” suele ser similar al que emite el demócrata de cuño probado, con la diferencia de que este último suele utilizar los cauces institucionales de manera permanente y destina mayor tiempo para modificar las normas que se oponen a su programa.
Se suele decir que el líder populista satisface los deseos del pueblo o de sus clientelas de múltiples maneras. No sólo le ofrece un discurso eficaz, que de manera directa y sencilla les expresa lo que ellos esperan, sino que también hace uso de los medios de comunicación que reproducen de múltiples formas su mensaje, a fin de generar opiniones discursivas únicas o casi absolutas. El líder no sólo se ofrece al pueblo como símbolo mediante el cual se materializa la voluntad de las mayorías, se trata a la vez de una relación por medio de la cual, ambos, pueblo y líder, crean una nueva realidad, una realidad soportada en la autocomplacencia de verdades a medias, donde la voz de los opositores se reduce al mínimo.
Se suele apelar al pueblo, particularmente a personas sencillas, el ciudadano común, que carece de poder político. Más aún, guiado por la mano del líder, el pueblo se constituye a sí mismo, éste decide su identidad y sus enemigos.
Un liderazgo de este tipo, dotado de tanta influencia, tiende a ser poco responsable en términos políticos o poco susceptible a la rendición de cuentas. Su relación directa con el pueblo lo impele a buscar soluciones rápidas y directas a los problemas sociales, pero, generalmente a simular obras y resultados.
Por otra parte, es interesante observar lo que Helio Jaguaribe 2 distingue en la racionalidad del líder populista que consiste en la necesidad de cautivar a su auditorio presentándose como autor de “milagros inmediatos”, desarrollando una comunicación política que apunta a satisfacer las esperanzas de amplios sectores de la sociedad y a ganar la confianza de una clientela sobre la base de realización de sus expectativas.
Esto es, ofrecen la realización rápida de los objetivos prometidos (la premura de las reformas al margen de las contradicciones que pudieran presentarse en su implementación). Se niegan a considerar los largos plazos que suelen ser necesarios para la satisfacción de las demandas populares en sociedades democráticas, ya que en la lógica de la evaluación de los resultados de las políticas públicas, se requieren tiempos precisos, máxime que es evidente la naturaleza compleja de la gobernanza y del ejercicio de gobierno.
Asimismo, los partidos, las asociaciones civiles, las leyes, y las instituciones políticas, suelen presentarle obstáculos a los populistas. La necesidad de la “inmediatez de las Reformas” o de la agenda que busca sobreponer, le significa dirigirse directamente al pueblo, sin una intermediación que interfiera, retarde o modifique la propuesta original. Si existen partidos u organizaciones que sirvan al populismo, suele pactar con ellos, sobre todo, si carece de mayorías calificadas en el Congreso. Suele presentarse en el discurso político como un demócrata de formas, pero no de compromisos.
Frente a los populismos tradicionales, también se han erigido los nuevos populismos, quienes convocan a “sectores interesados” de corte clientelar entre las élites del país y no precisamente a las masas, a converger en un proyecto único que reporte ganancias para sus intereses, al margen de que tenga o no respaldo de las mayorías.
Igualmente, el populismo se ha mostrado a menudo xenófobo, aperturista al gran capital, modernizador, autoritario, reformista en el plano económico; como también, reivindicador de la justicia y la moralidad, o de acompañante de las mejores causas del pueblo. Los populistas disponen entonces “de varios pueblos”, el pueblo cívico que comparten con los republicanos, el pueblo plebe que se refugia en las masas, o el “dolce canto” para las oligarquías y las élites de un país. También, han habido populistas nacionalistas con fuertes compromisos sociales como Lázaro Cárdenas, como entreguistas y facilitadores del capital privado, que suelen ser aplaudidos por los sectores más conservadores de la sociedad, como ocurrió con Salinas de Gortari.
Ernesto Laclau 3 planteaba que el populismo consistía en una retórica de confrontación social que opone a las masas al “bloque dominante”, con el solo fin de hacer olvidar “las contradicciones sociales” o las desigualdades, y que lo que esta retórica en realidad busca es preservar el orden social. Incluso, es preciso en distinguir que los líderes populistas no son en ningún caso, revolucionarios o anticapitalistas, a pesar de sus arengas.
También algunos teóricos han señalado que los populistas suelen retratar a sus oponentes como “populistas”, sin reparar siquiera que el populismo sólo constituye una forma “polémica de acción política” 4, que discursivamente o, a través de actos de gobierno, buscan provocar en el público -principalmente- una reacción emocional de respaldo frente a alguna coyuntura, o una situación de apoyo en los electores a los cuales se dirigen dichos mensajes, en aras de conservar su lealtad, o en su caso, inquietar y provocar una reacción de los otros sectores de la sociedad, con el afán de poder estar en condiciones de establecer un pacto, o simplemente para enfrentar a sus oponentes.
Finalmente, como menciona Guy Herment, “los nuevos populismos ya no pertenecen sólo a los pobres, ahora también es la expresión de una población semi-acomodada que se opone, ya no a los ricos o a los poderosos, sino a los desfavorecidos, con quienes no se sienten de ninguna manera solidarios”.

NOTAS
En los términos señalados por Guy Hermet, “…el populismo no rechaza exactamente el principio de representación querido por la democracia. Lo simplifica, le da una tonalidad emocional, rechazando las mediaciones complicadas…, lo hemos visto claramente en México durante el periodo muy largo de la ‘dictadura perfecta’ del Partido Revolucionario Institucional.” Herment, Guy, “El populismo como concepto”, Revista de Ciencia Política, vol. XXIII, número 1, Universidad Católica de Chile, 2003, p. 12.
2 Jaguaribe, Helio, Problemas do desenvolvimiento latinoamericano, Río de Janeiro, 1967, p. 168.
3 Laclau, Ernesto, Politics and Ideology in Marxist Theory, London Humanities Press, 1977, pp. 172-173.
4 Canovan, Margaret, Populism, New York, Harcourt-Brace Jovanovich, 1981, p. 123.