REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 09 | 2018
   

Arca de Noé

Política medioambiental en el DF


Juan José Huerta

Con gran aparato publicitario, como es su objetivo presidencialista, el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, realizó del 8 al 10 de octubre una gira de trabajo a Washington para participar en diversos foros internacionales relacionados con la sustentabilidad medioambiental, entre ellos el titulado “El reto de las megaciudades”, organizado por el Consejo Atlántico de esa ciudad, y luego el panel "Nuestras ciudades, nuestro clima", organizado por el Departamento de Estado y organizaciones filantrópicas estadunidenses. Sostuvo también, en la Casa Blanca, una reunión de trabajo sobre esos temas con miembros del staff del Vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden.
Aunque reconociendo las dificultades para hacerlo en una capital que “creció de manera desordenada” y que tiene 5 millones de vehículos, el jefe de gobierno del DF presumió en esos encuentros los modestos programas establecidos en esta capital para combatir la contaminación ambiental; mencionó en particular el sistema Ecobici que cuenta con 6 mil 500 bicicletas, las líneas del Metrobús y las intenciones de sustituir entre 12 y 15 mil vehículos de transporte público contaminantes.
No pudo decir más porque realmente la ciudad de México y su gobierno andan muy fallos en esta materia de sustentabilidad medioambiental, como lo muestran unos cuantos ejemplos.
Para empezar, el proyecto de sustitución de vehículos de transporte público contaminantes está demostrando ampliamente que en la ciudad de México del dicho al hecho hay mucho trecho, ya que a pesar del largo tiempo transcurrido desde su anuncio sigue siendo altísima la proporción de autobuses y microbuses en evidente mal estado de operación que siguen circulando anárquicamente por toda la ciudad sin ser reemplazados, contaminando sin freno el aire.
Anárquicamente, si, pues ni siquiera se pone en ejecución una medida administrativa mucho más simple pero que mitigaría sensiblemente la contaminación atmosférica y de otro tipo causada por el transporte público en esta capital: que todos esos vehículos respetaran las paradas establecidas para subir y bajar pasaje, y no que lo sigan haciendo como actualmente, parando donde se le antoja o se le hace más fácil al pasajero o al chofer. Con esta práctica todos salimos perdiendo: el vehículo tiene que frenar y arrancar muchas más veces, con mayor gasto de combustible, mayor desgaste de la máquina, más contaminación al ambiente, aumento en el tiempo de traslado y en el esfuerzo físico del propio chofer. Lo que se ganaría es mucho haciendo respetar las paradas establecidas. Y también que no hicieran “base”, o terminal, donde se les ocurre frecuentemente en las avenidas de mayor circulación en sus rutas.
Agréguese al desorden de las paradas al gusto, la continuación de otro serio problema muy característico de esta ciudad: los “topes”. Y aquí me cito yo mismo, de un artículo periodístico de hace algunos años (“Los topes, en la vida urbana y nacional”, La Crónica, 7 de enero 2008): “Calles, avenidas, autopistas se construyen con grandes esfuerzos para facilitar el transporte, el tránsito de vehículos, y, ¿qué pasa?: de inmediato cada quien busca utilizar la obra para su ventaja: el automovilista para acelerar indiscriminadamente y el residente a poner obstáculos para evitar ese abuso, o muchas veces por simple reflejo condicionado: 100 topes por colonia, peligrosísimos topes en carreteras y aun en autopistas; topes combinados con semáforo que marca el alto, topes que son zanjas, ¡topes aun en calles empedradas! Consecuencias: desgaste mayor y descompostura de vehículos, accidentes, mayor consumo de gasolina, contaminación aumentada por tantas paradas y arranques (estos, “generan emisiones de gases llamados de alto-arranque múltiple”, dice René Drucker), sufrimiento de nuestras respectivas columnas vertebrales; y no es broma, en breve tiempo será cada vez mayor la proporción de choferes o viajeros que presenten algún tipo de compresión en los discos de la columna vertebral.
También ya hace bastante tiempo que el Jefe de Gobierno Miguel Ángel Mancera ofreció una solución respecto a estos estorbos universales en la ciudad, pero el tiempo pasa y los topes se siguen multiplicando impunemente.
Y no detallemos aquí otras graves manifestaciones de la falta de una política urbana eficaz y sustentable en la ciudad de México: por un lado, la activa proliferación de baches en las calles: hoyos grandes y chicos y coladeras sin tapa, peligros diarios para vehículos y transeúntes. Por el otro el que la ciudad esté estancada con el manejo muy poco técnico del flujo de tránsito de 5 millones de vehículos. Por supuesto, todas estas áreas serían un magnífico campo de aplicación, sin tanto gasto, de una política urbana apropiada.
Que tampoco aplica en cuanto a basura, desechos sólidos, líquidos y gaseosos. Muchas veces, al realizar nuestras actividades diarias, reflexionamos sobre las mejores maneras que tendríamos de disponer adecuadamente de la basura que producimos, con el objetivo de causar el menor daño al medio ambiente en el largo plazo. Pero falta mucho todavía para que esas reflexiones lógicas se conviertan en lineamientos generales que toda la gente conozca bien y los lleve a cabo regularmente. Y lo mismo para que las autoridades responsables hagan la importante parte que al respecto les corresponde en el desarrollo de la infraestructura necesaria para su observancia.
De entrada, separar bien los desechos de acuerdo a su tipo: los sólidos separados en a) orgánicos, b) plásticos, c) papeles y cartones, d) vidrios y cristales, d) desechos metálicos, e) desechos sanitarios (sólidos y líquidos), f) de riesgo especial en su manejo. Esto no siempre es fácil, pues muchas veces se encuentran unidos: los alimentos, (orgánicos) con sus envolturas plásticas o de papel, o con recipientes de vidrio o metálicos. Periódicos, revistas o documentos con grapas, alambres o broches de archivo de metal. Se nos hace fácil el tirar los aceites y grasas líquidas a los caños o drenajes; y lo mismo las pinturas o los solventes con que se lavan brochas y utensilios al pintar casas; o los aceites que se cambian a motores de coches. Así contaminamos fuertemente las aguas de los drenajes o de los arroyos y ríos. Si no es que los terrenos baldíos en los que los tiramos.
En cuanto a los desechos gaseosos, además de los producidos por los vehículos de combustión interna como los coches y autobuses, hay otras muchas fuentes: estufas y calentadores en cocinas y baños de casas y negocios, ya sea alimentados con gas, petróleo, leña o carbón; los polvos que se levantan al barrer calles, jardines, casas; al pintar con pistolas de aire.
Esencial es también, por supuesto, que el gobierno de la ciudad opere amplia y eficazmente los controles adecuados para la disposición sustentable de los desechos de manufacturas, operaciones fabriles, agrícolas, de laboratorios y hospitales y servicios de todo tipo, evitando el tan común y dañino manejo inescrupuloso por sus operadores o dueños. Incluso, en el caso de desechos de productos altamente contaminantes, como baterías, pilas, focos con mercurio, sus fabricantes y comerciantes deberían tener una responsabilidad especial en su recolección y reciclamiento seguros.
Importante es que el gobierno del DF tampoco arroje el problema de los desechos de la ciudad a otras localidades aledañas a ésta, al localizar en ellas sus basureros y plantas de acopio o reciclamiento.
Abastecimiento del agua y su uso eficiente. La ciudad de México, a una altura de más de 2 200 metros sobre el nivel del mar tiene una precipitación pluvial que por siglos fue suficiente para alimentar mantos subterráneos y lagos superficiales que satisfacían las necesidades de consumo humano y animal durante todo el año y la conservación del verde del Valle de México. El crecimiento demográfico en esta área y las políticas erróneas que lo han acompañado, como el disecado artificial de los lagos, la sobreexplotación de los mantos freáticos, el cegado indiscriminado de las superficies para alimentarlos, y notables fallas en el ahorro del vital líquido, llevaron a la necesidad de traer el agua de fuentes lejanas para satisfacer las necesidades de la metrópoli, primero del Río Lerma y luego del Cutzamala, que de todas maneras no dejan de ser soluciones temporales, que afectan por supuesto a las comunidades de origen.
Con el agravante de que esas políticas, irracionales como son, se continúan aun en esta era en que ya se conocen sus perniciosos efectos, lo que está poniendo a la capital y a sus habitantes en un grave riesgo de abastecimiento del precioso líquido. Se están dejando muy atrás las soluciones sustentables: promover el ahorro y uso eficiente del agua a todos los niveles, en casas, fábricas y empresas de todo tipo, usar menos agua para cada necesidad, no contaminarla al exceso innecesariamente, reciclarla en todo lo posible localmente. Usar todos los medios a la disposición para aprovechar el agua de lluvia que en muy buenas cantidades cae en la ciudad.
Como es lógico, en todas estas acciones es esencial la función primordial del gobierno de la ciudad en sentar las bases y los procedimientos para orientar las acciones de todos, y en realizar oportunamente el adecuado diseño, la construcción y operación de los proyectos de infraestructura pública indispensables para conseguir los objetivos del mejor aprovechamiento del agua en este Valle de México: estaciones de aprovechamiento del agua de lluvia, drenajes adecuados, plantas de tratamiento de sus aguas de desecho.
¿Está la política urbana aplicada en la ciudad de México en materia de sustentabilidad a la altura de los enormes retos que se presentan? Difícilmente con el limitado enfoque actual en su análisis, su descuido de los aspectos técnicos de avanzada de la política urbana, y la modalidad de la privatización de estas funciones de gobierno, que el GDF está poniendo tan de moda al concesionarlas a particulares en magno proyectos de miles de millones de pesos que abarcan desde su diseño, su operación y mantenimiento a largo plazo. Un ejemplo clásico de esto será la locura medioambiental, centralista y financiera del nuevo aeropuerto internacional de la ciudad de México, que contra todo buen criterio se está empujando adelante por el gobierno federal y el de esta capital.
No es tarea sencilla dotar al DF de infraestructura, dice el Jefe de gobierno Miguel Ángel Mancera. Claro que no, pero menos aún si los recursos financieros y técnicos muy escasos a la disposición del gobierno del Distrito Federal se dedican en amplísimas proporciones a políticas populistas, que llaman de desarrollo del “capital social”, tarea que en el fondo correspondería a las propias empresas privadas que hacen muy redituables negocios en la ciudad y que debieran pagar a sus trabajadores salarios dignos y prestaciones adecuadas, en tanto que al gobierno del Distrito Federal sólo correspondería aplicar una tarea subsidiaria auxiliar en las fallas de la política laboral.
Y, claro, menos se puede ahora cuando grandes recursos presupuestales, incluida una gran propaganda oficial, se aplican a atraer votantes a favor del Jefe de Gobierno para las elecciones presidenciales del 2018.